domingo, 21 de julio de 2024

El inmortal (I)


El códice que compré a aquel anticuario, tras no pocos regateos y discusiones, me había provocado una sensación de desasosiego creciente, según deshacía el camino hasta mi casa, en aquella tarde melancólica y lluviosa. Sentía malestar por la gran cantidad de dinero desembolsado, el absurdo regateo, pero sobre todo me reprochaba a mí mismo el irrefrenable arrebato, como tantas veces anteriores, de adquirir, a toda costa, aquel libro, en cuanto mi vista se posó en él. Manías adquiridas de un bibliófilo coleccionista, obsesivo con ejemplares tan antiguos. Ése al menos, era mi diagnóstico inicial y mi estado de ánimo cambió en cuanto trasladé mis pensamientos al libro, que transportaba bajo mi brazo derecho, sintiendo mi espina dorsal recorrida por todas esas sensaciones de anhelo que mi insistente predilección por las ediciones originales, sobre todo los códices, me proporcionaban, cada vez que tenía la rara oportunidad de adquirir uno de ellos.  

Agotado por el peso y sin lograr dar con un taxi libre, me decidí por el metro; el viaje me pareció interminable, con vagones repletos de rostros cansados, somnolientos, hasta que al fin llegué a mi hogar, sintiéndome inmediatamente aliviado del cansancio, refugiado del mundo y de la noche. Me instalé en el sillón cercano a la chimenea, con una taza de té hirviente, sustituyendo los últimos resquicios de mi mal humor por la expectación del alquimista a punto de diseccionar el continente de alguna voz del pasado, que esperaba fuera muy remota en el tiempo. 

Desplegué sobre la mesa el libro, de grandes dimensiones, incluso algo mayor que las usuales de los códices medievales, tal era mi intuición sobre su datación. La encuadernación era de tipo Copta, destinada a preservar todos los pergaminos escritos, recortados en piezas rectangulares que, a su vez, se habían doblado por la mitad formando todos aquellos bifolios que se unían entre sí como cuadernos y que constituían el armazón de mi códice, cosidos con nudo cadeneta y protegidos por unas tablas de madera que formaban las tapas. La portada había sido delicadamente tallada en bajo relieve: “Memoriam immortalis”. 

Ardía en deseos de leer el libro, pero antes, si bien el estado de conservación era adecuado, debía eliminar cualquier atisbo de polvo o suciedad: procedí a una limpieza en seco del cuerpo del libro y de la cubierta. Me preocupaba el estado de los cordones e hilos que unían entre sí a los diferentes cuadernos y la tapas, muy deteriorados, así como el lomo, que al estar al descubierto, mostraba un tono sustancialmente más amarillento que las páginas. 

Sopesé las dos opciones posibles, reemplazar el cosido o simplemente, desmontar el libro, procediendo a comprobar el estado de cada uno de los cuadernillos, siendo esta última por la que me decidí, al fin y al cabo tiempo habría de volver a la encuadernación original, con nuevos hilos. Conté hasta veinte cuadernos, sin desgarros aparentes en sus hojas, pero necesitados de una limpieza, dado el  polvo adherido en los bordes de las páginas. Tras un par de horas de tratamiento con gamuzas adecuadas, más el tiempo que invertí en una cena frugal, todos aquellos pergaminos estaban listos para una primera lectura. 

El códex podía interpretarse, al menos en sus primeras páginas, como un dietario, cuyo autor, un monje, no revelaba su identidad, salvo que se refería a sí mismo como Immortus. Desesperaba por encontrar al menos una fecha, entre aquellas abundantes páginas, hasta que al fin leí la siguiente frase: Anno domini Millesimo sexcentesimo DLX. El misterioso autor había escrito en latín, la lengua litúrgica de la Iglesia católica, aquellas páginas en el año 560, en plena Alta Edad Media, entre los muros de la abadía benedictina de Montecasino, al sur de Roma, que describía de forma pormenorizada, justo el lugar donde San Benito de Nursia estableció su primer monasterio, origen de la orden. 

Así, el códex describía a los monjes en tareas de copiar y conservar manuscritos antiguos, asegurando la supervivencia de valiosos textos de la antigüedad y como centros de educación, brindando formación a las comunidades locales, además de detenerse en los pormenores de las rutinas estructuradas de los monjes del monasterio, dedicados a la oración, el trabajo y las actividades comunitarias. Immortus, junto al resto de la comunidad, se levantaba a diario muy temprano, para el primer servicio de oración, conocido como vigilias o maitines. A lo largo del día, todos participaban en diversas formas de oración, incluido el canto de salmos y la reflexión meditativa. 

La vida de un monje benedictino estaba centrada en la búsqueda de Dios a través de la oración y el trabajo: Ora et labora. En consecuencia, Immortus describía la vocación monástica como de absoluto recogimiento, pues el objetivo vital era la contemplación de Dios y de las realidades celestiales, sin que por ello se desvincularan de la Tierra, si bien me causó perplejidad la lectura de este párrafo: ... es misión del monje interceder ante Dios por las necesidades de la Iglesia y de todos los hombres y atraer las bendiciones divinas sobre ellos. En este cobijo que he elegido, donde transcurre mi nueva vida, me siento a salvo de los hombres, pero sobre todo de mí mismo, rodeado de candorosos monjes que sueñan con quimeras... 

Aquel sorprendente párrafo daba fin a lo que en realidad era una larga introducción. A continuación, Immortus describía, en primera persona, …yo estuve allí…, había escrito, un famoso episodio de la segunda guerra médica:  ... fue el último verano de mi vida en el 480 a. C. Tras el fin, en Atenas, del congreso de ciudades de estado griegas, donde treinta estados acordaron aliarse contra los persas, situándonos los atenienses y junto a nosotros, los espartanos, a la cabeza de la alianza, Temístocles me miró fijamente, mientras sus manos apretaban mis hombros: "... Euríbiades nunca estará a la altura de esta guerra, mi fiel Ioannis; irás junto a él y si llega el caso en que su cobardía se manifiesta, mátalo y ocupa su lugar. Los espartanos deben ver en nosotros la fuerza y la sangre que Jerjes se merece, nunca debilidades de un general que debió haber nacido mujer...".  

,,,Yo era el jefe de la mayor división de hoplitas de Grecia, pero sobre todo, era el mejor amigo de Temístocles, desde nuestra infancia. Asentí y ambos sonreímos, a pesar de que sabíamos que mi muerte, en el escenario que nos esperaba, estaba escrita con esa orden...  Así, los acontecimientos me llevaron, junto a los espartanos, comandados por Leónidas, entre ellos el fiero Diéneces, con el que empaticé enseguida, hasta el reino de Hades en el que se convirtió la batalla de las Termópilas..."  

A pesar de que la narración de Immortus era absorbente, me vi obligado a dejar de leer, estaba completamente desconcertado. Lo que en principio parecía un dietario de un monje benedictino del siglo VI, se había transformado, en el segundo cuaderno del códice, en un relato, muy pormenorizado, de famosos acontecimientos mitificados desde el siglo IV a. C., hasta nuestros días. Una absoluta rareza y un recurso literario asombroso en el contexto que había sido escrito, al situarse el propio Immortus como uno de los protagonistas del relato, bajo el nombre de un hoplita.  

Telefoneé a un amigo aún más bibliófilo que yo y especialista en literatura medieval: ... Muy extraño, todo lo que me estás contando. Los trabajos relacionados con la teología fueron el tipo de literatura dominante; es muy excepcional que el clero en los inicios de la Alta Edad Media se dedicara a la denominada literatura profana, que se basaba en traducir a las lenguas romances textos como hagiografías o crónicas históricas.  El romance, como sinónimo de relato, surgiría siglos después, como un género, al dejar de lado las fuentes clásicas e inspirarse en tradiciones orales…No concibo a un monje en el 560,  creando literatura como la que me describes…  Convendría, sin duda, verificar la antigüedad de ese códice, quizás sea una hábil falsificación… 

A estas alturas de mi vida, me había convertido en una suerte de experto paleógrafo. No me era necesario cotejar los textos de Immortus con otras obras, de fechas conocidas, para llegar a conclusiones basándome en la escritura, la puntuación, las abreviaturas… No había duda, todos estos elementos estaban presentes, fieles al siglo en el que se suponía, el códice había sido escrito. En las superficies de las páginas destinadas a la escritura, estaban presentes las pequeñas incisiones, realizadas con el extremo de una navaja, así como a las imágenes, los márgenes y el formato del texto en dos columnas. Me detuve en la contemplación de las miniaturas: los temas de carácter sacro habían sido sustituidos por magníficos dibujos, muy realistas, en aguadas sobre los pergaminos, ilustrando la ferocidad de la batalla de las Termópilas.

Seguí leyendo a Immortus. Narraba detenidamente aquellos hechos que el historiador Heródoto habría descrito posteriormente, pero despojados de cualquier matiz heroico: … éramos alrededor de siete mil hombres, surgidos de la alianza de diferentes polis griegas frente, al menos, doscientos mil soldados persas… Este paso era el más estrecho por el que los persas podían entrar en Grecia ya que estaban obligados a moverse cerca del mar para que la flota pudiese aprovisionarlos. Los persas no podían desplegar la inmensidad de su ejército y nuestro fin era hacerles frente hasta perecer. Todos los comandantes, entre los que se incluía Leónidas, daban órdenes a sus tropas, entre las que nos encontrábamos aquellos que estábamos adiestrados en el combate en formación cerrada, los feroces espartanos y la falange, constituida por los que formábamos el ejercito de los hoplitas, pesadamente armados, mientras que el resto de los griegos eran apenas artesanos y campesinos poseedores de una panoplia y reclutados en virtud de ello, aunque no forzosamente eran conocedores de los entresijos del combate. 

...Había muchos hombres, sí. Pero muy pocos soldados… Bien pronto, los ataques sucesivos de los persas tiñeron e inundaron de sangre la tierra, mientras que los cuerpos despedazados se iban amontonando en aquel escenario de destrucción y muerte. Nuestro sistema de combate, basado en la falange, una formación compacta de hoplitas equipados con un casco, armadura, una lanza y un escudo redondo llamado hoplón, permitía que cada soldado protegiera a su compañero con su escudo mientras todos, al unísono, avanzábamos o retrocedíamos ante el enemigo, infinito en número…

Recuerdo los gritos, el ruido metálico incesante, aquel olor nauseabundo y sobre todo el color rojo que nos cubría a todos. El miedo inicial y el terror  a la muerte, quedaron sustituidos por el más elemental instinto de supervivencia, convirtiéndonos en bestias sangrientas, privadas de la razón y ávidas por destruir y despedazar a todas aquellas hordas de persas. Atravesábamos con nuestras lanzas sus cuerpos, cortábamos con las espadas sus extremidades, nos replegábamos y volvíamos a empezar… Mis venas estallaban a cada orden que daba a mis hombres, para que, antes de perecer, mataran y siguieran matando, pues la suerte de todos estaba escriba. La mía llegó antes de la traición de Efialtes. 

...De repente, una de aquellas miles de flechas que los arqueros persas arrojaban constantemente contra nosotros, atravesó mi garganta. Fueron segundos eternos de dolor y agonía, desangrándome a borbotones, hasta que mis ojos se cerraron. Cuando resucité, con mi cuerpo incrustado en una montaña de cadáveres, entre los que me abrí paso, la batalla había terminado, los persas nos habían aniquilado. Los cuerpos caídos, devorados por las llamas, cubrían la tierra, hasta allá donde se perdía la vista… En aquel paisaje surgido del averno no quedaba rastro alguno de épica, de valor. Intente respirar profundamente y me tumbé para contemplar las estrellas. Doloroso es morir, pero aún lo es más el volver a vivir, por más que lo hayas hecho mil veces, hasta que tu cuerpo y tu mente, vuelven a ser tuyos…

Tuve que leer el último párrafo más de una vez, hasta estar plenamente convencido de que aquellas inverosímiles palabras no representaban ninguna metáfora. Sentía mi columna vertebral desbordada por la imaginación. La traducción literal del nombre de Immortus podía ser el no muerto, aquel que no muere, esto es, el inmortal. Desistí, al menos por el momento, de abrir el siguiente cuadernillo del Códice, temeroso ante su contenido, pero sobre todo de mis presentimientos. A pesar de la lluvia, o quizás gracias a ella, abrí de par en par un balcón y trasladé mis sentidos al aguacero invernal, en un intento de diluir toda aquella maraña de sensaciones que jugaban con mi mente.

Poco a poco, con la ayuda de una copa de brandy que tomé con parsimonia, la cascada de emociones fue menguando, hasta hacerlas soportables; al fin y al cabo, solo eran mis propias fantasías las que estaban desbordadas. Abrí el siguiente cuadernillo, conteniendo la respiración. Allí estaban las primeras palabras que temía encontrar, que deseaba leer: Ibi eran… Yo estuve allí.

… El hundimiento del Imperio persa se decidió en la batalla de Gaugamela. Entre el inmenso ejército macedonio comandado por Alejandro Magno, yo formaba parte de la retaguarda de la falange, sosteniendo con ambas manos la larga pica denominada sarissa. Tenía una longitud de cinco a seis metros de media y llevaba en las extremidades puntas de bronce, preparada para plantarla en el suelo y poder soportar una carga de caballería. En esta mi nueva vida, al igual que las anteriores, yo seguía siendo el cada vez más experto y eficaz guerrero, con un cuerpo curtido en tantas guerras, tantas batallas. Nunca había podido elegir, no era un ciudadano griego dueño de sí mismo, y como simple extranjero, rozaba la esclavitud al intentar trabajar en cualquier oficio que no fuera la guerra. 

...Mi destino estaba ligado a ser soldado; yo era un experto estratega que manejaba con maestría cualquier arma y cuyo valor en el campo de batalla era conocido y alabado por los demás guerreros, por todos mis superiores,  incluso por los jóvenes aristócratas que sin ser guerreros, estaban estúpidamente orgullosos de formar parte de la caballería ligera y ser los primeros en morir. No se concebía el combate como una exhibición individual de heroísmo, en el que sólo los más jóvenes e idealistas creían, sino como estrategia colectiva en el que los demás me veían como un líder, a mi pesar. Como hombre, me repugnaba matar, pero el mundo entero estaba en guerra y como soldado, mi vida, al menos en parte, hasta que como en tantas veces anteriores me fuera arrebatada, me pertenecía y debía luchar por ella…

Mucho se hablaría posteriormente de esta batalla, que daría gran fama a Alejandro Magno por su brillante táctica militar, pero también por la habilidad del ejército macedonio, dispuesto en forma de rectángulo, de modo que podía enfrentarse a ataques provenientes desde cualquier lugar y que se desplegó como un solo hombre, en una formación en cuña, hacia la brecha abierta en la línea persa por el torpe avance de su propia caballería, que fue diezmada cuando emprendió la huida. Los hoplitas construimos un cerco de lanzas que rodeó a toda el ala izquierda de jinetes persas y a continuación, nuestras espadas cortas de hierro hicieron el resto, en un sangriento combate cuerpo a cuerpo. La tropa de élite de infantería que yo comandaba, pezhetairoi, logró abrirse paso hasta situarse a escasos metros de Darío, que tenía escrito el horror en su rostro: la derrota era aplastante y con ella, finalizaba su reinado, el propio imperio, pero también su vida. 

...Un impulso repentino me llevó a deshacerme de mi casco y la coraza, utilizando a continuación todo mi cuerpo para arrojar parte de una sarissa al aún Rey de los persas, que emprendía la huida. La lanza no encontró su objetivo, pero atravesó el cuerpo del conductor de un carro falcado, uno de los escoltas del Rey. Parmenión, el segundo al mando del ejército de Alejandro Magno, testigo de mi hazaña, celebró la misma alzando su espada y gritando mi nombre: ¡Doro!, que fue coreado por mis hoplitas. La victoria se aliaba con el éxtasis y la euforia, convirtiéndonos en dementes ebrios de poder, bañados en la sangre y vísceras del enemigo. A partir de entonces, me convertí en uno de los generales de Alejandro, célebre pero con una visibilidad que me suponía un grave riesgo: yo no envejecía y pasados los años, como tantas veces en tantas vidas, comenzarían los rumores, después las preguntas. Aquella privilegiada posición en el ejército no podía durar mucho tiempo.

Contribuí con mi espada a conformar el imperio más grande de la Antigüedad, forjando lo que luego sería el periodo helenístico, conquistando el mundo griego, Egipto, India y el imperio persa. Así se forjaba la historia de un mundo condenado a ser siempre conquistado, sobre todo tras la muerte de Alejandro. Los generales y sus hijos se repartieron su imperio, disputándose entre sí el poder y la hegemonía durante dos décadas y seis guerras; entre ellos estaba Crátero, al que yo servía. Navegamos con la flota cilicia hasta Grecia donde estalló la Batalla de Crannon. Había que obligar a los atenienses a batallar y derrotarlos, tras su rebelión contra la hegemonía macedonia. La táctica era muy básica: la caballería debía fulminar al ejército griego, constituido básicamente por mercenarios, secundada por una infantería que yo mismo dirigía.

Mi pasado ateniense había sido olvidado,  tanto por los macedonios como por mí mismo, un extranjero de ninguna parte. Nos hicimos con la victoria con suma facilidad  y Atenas fue obligada a rendirse incondicionalmente y a aceptar una guarnición macedonia, así como la sustitución de la democracia por una oligarquía. Fue mi gran oportunidad: me puse al mando de la guarnición, a las órdenes de Foción, un honesto estadista ateniense que acabaría suicidándose, víctima de múltiples conjuras en una Atenas que perdía su identidad, de estadistas mediocres sedientos de poder.  Antes que ello ocurriera, logré encontrar lo más parecido a un hogar en el que vivir. Recuperé, poco a poco, mi esencia de hombre, desplazando la del guerrero. Tener un techo sobre mí, dormir en una cama, disfrutar de una intimidad que me resultaba insólita, me proporcionó una dignidad de la que rara vez había disfrutado. 

...Gozar de la compañía de mujeres fue un bálsamo definitivo para mi espíritu. Cuando comencé a convivir con una de ellas, me sentí plenamente dichoso: mis deberes para con la guarnición eran limitados y mi vida transcurría con cierta placidez, al margen de las guerras y de los hombres, por más que era consciente de que la oligarquía ateniense era insostenible y que en cualquier momento acabaría estallando en una guerra interna, como así ocurrió tras la muerte del tirano Antípatro y tras sucederle el general Poliperconte, que precipitó los acontecimientos en Atenas, condenando a Foción a tomar la cicuta. Horas antes de suicidarse, me mandó llamar a su casa, en la que estaba prisionero.

- … De nada ha servido que la ciudadanía clame contra esta oligarquía en la que se refugian todos estos tiranos, ávidos de poder. Prefiero morir antes de sufrir más humillaciones, rodeado de guerras sinfín, en las que las víctimas siempre serán las mismas: soldados disciplinados como tú, que lucharán sin hacer preguntas y atenienses jóvenes obligados a tomar las armas… - me confesó aquella noche. Aquel hombre, uno de los pocos justos que había conocido, a lo largo de todas mis vidas, estaba a un paso de la muerte, despojado de cualquier esperanza.

- … Sois un hombre querido y respetado por el pueblo ateniense, señor. Podría ayudaros a escapar, todos los hombres de la guarnición lucharían a vuestro lado…

- Mi fiel Doro, es inútil. El imperio que forjó Alejandro se fragmenta, a base de conjuras y guerras, en varios reinos. Y Roma está surgiendo, convirtiéndose en la mayor potencia de Italia. Nada tengo que hacer en este escenario de muerte y destrucción que nunca tendrá fin. Te he mandado llamar para que seas tú quién huya. En breve, toda la guarnición será acusada de traición; vuestra mayor falta será la de dedicaros a preservar la paz en Atenas. Para los tiranos, el único guerrero concebible es aquel que se dedica a matar, bajo sus órdenes. Escapa hoy mismo rumbo a Italia, allí nadie te conoce. Sobre tu persona circulan, desde hace tiempo, rumores muy extraños que evitarían recordar que eres un héroe de guerra y el mejor soldado que he conocido…

Me despedí de Foción con gran pesar. Había llegado el momento de dejar atrás mi vida como Doro, el célebre soldado macedonio. Esos rumores sobre los que había sido advertido eran inevitables, transcurridos los años. El uso constante del casco, para ocultar mi rostro, mi escasa visibilidad en la vida pública, no habían podido evitar que las personas se asombraran ante un hecho evidente: todo el mundo envejecía a mí alrededor, salvo yo mismo. No sin aflicción, dejé atrás Atenas, mi casa, a mi mujer y cabalgué aquella noche, con ropa ligera y algunas armas, en dirección a Roma… 

Tras finalizar la lectura del cuadernillo, me sorprendió el amanecer y junto a él, el sueño. Dormí profundamente unas cuantas horas, en el sillón, soñando con el hombre que recorría, como testigo y protagonista, la triste historia del mundo, entre civilizaciones permanentemente alzadas en armas y que no cesaban en su exterminio mutuo. El rostro de Immortus permanecía siempre difuso en las imágenes oníricas, sustituido  por las miniaturas realistas dibujadas con pincel con tinta china, que ilustraban profusamente los cuadernillos del códice. El sonido de las espadas de acero, chocando entre sí, surgía de las ilustraciones, entre gritos y alaridos. 

El color rojo inundó mis pupilas y comencé a correr desesperadamente, saltando de una miniatura a otra, sin poder alcanzar a Immortus, que se deslizaba por las escasas rendijas que dejaban tras de sí todas aquellas conflagraciones sin límite de continuidad, alimentadas por conflictos de violencia atroz entre naciones o grupos sociales organizados políticamente que, respaldados por la fuerza de las armas, buscaban imponer o salvaguardar sus propios objetivos, en contraposición al del eterno enemigo. Así, el mundo se llenaba de cadáveres, mientras su propia memoria era escrita y reescrita a trompicones por espadas de hojas largas y puntiagudas, dagas, puñales, lanzas, arcos y flechas… ¡Esta no es mi guerra!, escuché a mis espaldas. Al volverme, la silueta majestuosa de Immortus coronaba un risco bajo el que centenares de guerreros se desmembraban mutuamente…

Al despertar, todas aquellas imágenes aún me perseguían. Para huir de ellas, decidí, previa ducha reconfortante, almorzar con Cosme, el presidente del Archivo Histórico Diocesano de la ciudad, tras contactar con él por teléfono, otro viejo amigo que había acabado sustituyendo la vida, tanto por la religión, como por los libros. Entré a la Catedral tras detenerme unos segundos en la contemplación de la fachada sur, con sus tres imponentes pórticos y tras desplazarme a la fachada occidental y admirar el triple pórtico ojival sobre el que se abría un gran rosetón con vidrieras. Sin duda, deseaba compartir un rato de conversación con Cosme, pero en el fondo, el encuentro era una excusa para que mis sentidos se deleitaran con la arquitectura de aquella gran Catedral gótica. Me senté en su interior y mi vista se perdió en aquella planta clásica de tres naves que se convertían en cinco a partir del transepto, con el objetivo de acoger en esa zona a los peregrinos del Camino. Sentí una mano en mi espalda.

-… El arte siempre estuvo al margen de la fe, pero sin la fe, la humanidad no habría disfrutado de esta maravillosa estructura que algunos denominan flotante, con los muros sustituidos por inmensos ventanales vidriados…Y te lo digo a ti, ateo confeso, que no obstante, rindes completa admiración a esta Catedral… - me susurró Cosme. Nos abrazamos y al poco tiempo, dábamos cuenta de un apetitoso cocido, propio de aquel crudo invierno que recorría las calles de la ciudad.

-… La inmortalidad, la vida eterna, conceptos filosóficos y religiosos. Para la filosofía, una utopía, como respuesta a la angustia y al miedo que produce en el ser humano la conciencia de que su existencia es finita. En tal sentido, las restantes especies, en su ignorancia, son más afortunadas. Para las religiones, es sinónimo de una nueva vida espiritual, plena y dichosa, tras la muerte… 

-… Pero solo para los creyentes… El resto, me temo que debemos conformarnos con convertirnos, de nuevo, en polvo…  - Nos reímos los dos, abiertamente. Nos conocíamos desde pequeños y más allá de los rumbos dispares que habían tomado nuestras existencias, nos profesábamos una gran admiración mutua.- Tú eres teólogo y has estudiado a fondo la historia de las religiones, por lo tanto de los dioses. En la religión mesopotámica y griega, los dioses también hicieron físicamente inmortales a ciertos hombres y mujeres…

- … Y también estudié a los alquimistas que buscaban crear la piedra filosofal y las leyendas de diversas culturas como la Fuente de la Juventud, descrita por Heródoto o la original de China, de los Melocotones de la Inmortalidad, que inspiran los intentos periódicos de descubrir elixires de la vida… - contestó Cosme -. Sobre la inmortalidad física, si quieres saber mi opinión, un día hablé con un cabrero entrado en años. Y me dijo algo así como que llevaba observando la naturaleza desde la infancia y que todo lo que nace, está predestinado a morir… Un hombre mucho más que sabio que la mayoría, incluido nosotros…

Paseamos, tras el almuerzo, por el jardín histórico y parque público de la ciudad, dado que la lluvia había cesado, al menos momentáneamente. El sonido de las numerosas fuentes acompañaba nuestros pasos entre castaños de Indias, rosas, cipreses calvos, plátanos de sombra, lirios y un sinfín de especies más que componían una sinfonía de colores que acompañaba nuestros pasos. Llegamos al estanque, desierto de barcas y comenzamos a arrojar el pan que había sobrado de la comida, a las numerosas carpas, que se afanaban en devorarlo. Nada conté a Cosme sobre el códice, pero conscientemente o no, me había esforzado en hacer girar nuestras conversaciones en torno a la inmortalidad como concepto, que nos había llevado inevitablemente hasta la entelequia surgida del sueño colectivo de la humanidad, en la que yo estaba ubicado, hasta que los textos de Immortus surgieron ante mi vista.

Atardecía, cuando nos despedimos, con la promesa mutua de volver a vernos en breve. Solo me detuve, de regreso a mi casa, para adquirir una botella de brandy Cardenal Mendoza en un establecimiento cercano. Aquello que yo deseaba seguir haciendo, se reducía a imaginar, como vagabundeo y como error, con todos los sentidos que podía encontrarle a aquel verbo. Junto a tantos otros verbos y acciones. Estaba inmerso en días mentales, llenos de juegos barrocos de luces y sombras, de ambigüedades que transcurrían únicamente en mi cabeza. Cuando volví a sentarme en el sillón del salón, al calor del hogar, me vi caminando por una cresta de montaña estrecha y afilada,  sintiendo el vacío a ambos lados de los pies. Abrí el siguiente cuadernillo del códice...

 (continuará...)

sábado, 13 de julio de 2024

Lejos de Camelot


Junto al débil calor de la hoguera, los guerreros compartían una frugal comida, sin canciones, sin risas, sin aquellas fanfarronadas destinadas a justificar una vida cuyo único destino era perecer, bajo la afilada hacha de cualquiera de los miles de bárbaros que asolaban el reino. El cansancio acumulado de años de batallas y escaramuzas, las múltiples heridas y cicatrices, pero también el paso de los años, que había borrado la lozanía de todos aquellos rostros, se habían cobrado los últimos vestigios de heroicidad en esos espíritus que un día estuvieron impregnados de grandes anhelos de hazañas inmortales, de gestas gloriosas. En su lugar, las más tristes de las resignaciones imperaban en aquel silencio nocturno, que apenas durarían un rato de sueño, antes de dar paso al alba y la enésima lucha a muerte, en la que perecerían muchos de ellos, mientras otros aplazarían sus destinos hasta el día siguiente. 

Vistieron por primera vez, con orgullo desmedido, sus armaduras de caballero, al ser nombrados por Arturo en una ceremonia con la que todos habían soñado, desde su infancia en Camelot. Jóvenes que habían nacido en una familia aristocrática, con una completa formación,  dinero para armas, caballos y escuderos, además de profesar, con absoluta devoción, las reglas de la caballería. … Pero hoy, bajo el cielo estrellado, nada queda, salvo el polvo del camino y la sangre del enemigo infame, mezclada vilmente con la nuestra. Nadie hablará de nosotros, cuando nuestros cuerpos se corrompan, pisoteados mil veces por los cascos de los caballos… Pensaba, somnoliento, Sir Danadan, uno de los jinetes de Camelot más alabados, tanto por su pericia con los caballos, como por su maestría con la espada. Noble de alta cuna, siempre había hecho del valor y el coraje que emanaban del concepto del honor, que constituía la piedra fundamental del código caballeresco.  Era el compromiso más solemne en Camelot y en su juventud, había hecho gala de todos aquellos ideales. Marchando siempre en busca de misiones más arriesgadas y peligrosas, poniéndose al servicio de una dama u otro caballero de nivel superior. Llevando a cabo hazañas de armas siempre meritorias, ganándose el respeto de los demás caballeros, pero también por parte de los campesinos y las demás clases sociales, que ensalzaban su coraje, usado siempre al servicio de la justicia, nunca para su propia vanidad o engrandecimiento personal.

… Pero en mi cuerpo desgastado, cruzado por heridas mal curadas, apenas quedan vestigios de aquellos tiempos, que tan lejanos parecen, sustituidos por fragores de batallas interminables y ese olor nauseabundo que emana del fuego, cuando reduce a cenizas los restos de todos esos cuerpos despedazados… Sir Danadan sentía, dentro de sí, como una fuerza abrumadora, su propia debilidad, esculpida en lo que quedaba de su conciencia, tras años de guerras sin cuartel. El miedo más elemental guiaba su espada, para intentar, desesperadamente, sobrevivir cada día.  Todos los ideales habían desaparecido: defender Camelot, incluso a su propia familia; todos sus esfuerzos para ennoblecer el espíritu y alcanzar la gloria a través de la justicia, habían sido reemplazados por una cobardía creciente ante la muerte. De esa caída, atravesado por lanzas y espadas del enemigo, la misma suerte que habían corrido todos los escuderos, que no podría seguir evitando mucho más tiempo, mermadas sus fuerzas, incrédulo ante las normas y el juramento de honor, el compromiso más solemne del caballero… Me he convertido en un mero asesino. Uno más, entre tantos caballeros, que combaten, cada día, del modo más vil y cruel con otros asesinos, aún más sangrientos que nosotros. 

Cuando la noche se cerró, se alejó con sigilo del grupo, desembarazándose de la desgastada armadura de cota de malla, de la capa con capucha, de la sobrevesta, hechas jirones, con los colores de su familia y el escudo de armas. Junto a todo ello, depositó la lanza y la gran espada que le habían acompañado gran parte de su vida. Retiró la montura a su caballo y emprendió la huida, a todo galope, con rumbo a ninguna parte, despojado de toda su identidad, dejando atrás todos sus recuerdos y dispuesto a abrazar otra vida, como un simple campesino o siervo, incluso como un esclavo. Había tomado la decisión de seguir viviendo, a toda costa, lejos de la guerra y de Camelot, por más miserable que pudiera ser su próxima e incierta vida. Anhelaba el más elemental de los deseos: seguir existiendo, con un simple techo sobre su cabeza y una cama donde la muerte vendría a visitarle, algún día y a la que se entregaría en paz, en silencio, con una profunda tranquilidad, sin más compañía que la de sí mismo. Con suerte, aprendería a vivir del producto de la tierra, propia o ajena, lejos del mundo que había conocido, pero también de sí mismo. Si un río acompañaba sus días futuros, podría nadar en él, pescar truchas, asarlas en la orilla, escuchar cada día su sonido, sentir constantemente la naturaleza prístina. 

Una certera flecha atravesó, repentinamente, su cuerpo. Cayó del caballo, sin conciencia de dolor, quedando tendido en el suelo, contemplando el amanecer, deleitándose con los rayos de sol, colándose entre las nubes. Se imaginó, antes de expirar, un riachuelo de montaña, descendiendo precipitado por las laderas, saltando en cascada, remansado en el lago, acogiendo aves y anfibios, convirtiéndose en un río y que seguía su descenso, más calmado, hacia el mar.         

jueves, 11 de julio de 2024

El deseo


Cerré los ojos y por fin, vi a la mujer desnuda emerger de las aguas, en un contraluz de una radiante mañana estival. No tuvimos que intercambiar palabras, bastaron las miradas. Cogidos de la mano, nuestros pasos, instintivos, se situaron en la orilla del mar, a merced de las olas, que no cesaban de saludarnos. La había encontrado, para instantes después, perderla irremediablemente. Me sonrió, acarició mi rostro y tras sumergirse, la perdí de vista. Lo único que pude hacer fue sentarme en la arena, imaginando como buceaba con rumbo, quizás, a Atlantis. Allá donde fuera, mis pasos nunca podrían seguirla; mis sentimientos no podían competir con la libertad que irradiaban intensamente sus ojos. 

Pasaron las horas, quizás los días. Yo seguía sin moverme de la orilla, sin dejar ni un momento de mirar la línea del horizonte, dejándome acariciar por la brisa marina, disfrutando de las estrellas y de aquellos amaneceres estivales que daban paso a las gaviotas, con su vuelo alto, siempre en círculo, persiguiendo a todas aquellas barcas y sus jábegas. Los pescadores me saludaban con la mano, cada mañana y uno de ellos, pasado el tiempo, me susurró las siguientes palabras: … Siempre el deseo, pero tienes que huir de tu propia memoria y solo entonces, los dioses del mar te concederán consuelo a tus anhelos…   Así, borré mis recuerdos, incluso mi conciencia y me convertí en prisionero del olvido, libre, por tanto, para soñar sin temor a ser despertado. 

Cerré de nuevo los ojos y la mujer apareció en alta mar, moviendo sus brazos, llamándome. Nadé hasta ella y su abrazo borró todas mis dudas. Enseguida nos hundimos bajo el agua y me sentí impulsado hacia las profundidades, insospechadas, inexploradas, de aquel universo azul, hasta que una ciudad colosal apareció ante nosotros. La sirena me había llevado hasta la isla de Atlas, en la que divisé varios templos rodeados de escalinatas entrelazados, coronados por un templo superior con columnas áureas. La música y el regocijo de los atlantes me confirmaron que yo me había convertido en uno de ellos. Así, me vestí con una túnica y cogido del brazo de mi amada, ascendimos al gran templo donde esperaban mi llegada. 

El sumo sacerdote se levantó del trono, solemne y exclamó: … Las cosas son de quien más las desea. De quién más las ama o necesita…  Tú que amas intensamente, incluso sobre ti mismo, te mereces ser aquel con el que Atlantis sueña y tú mismo siempre has soñado… recibe la corona, extranjero y con ella la felicidad, junto a tu amada…  Se sucedieron los clamores, de los miles de atlantes que celebraban mi llegada, así como las bellas melodías que recorrían las monumentales paredes. Besé a mi sirena y sentí como mi cuerpo se transformaba. Una de las canciones penetró en mis sentidos: … ¿Qué le puede dar Ítaca al que la ha buscado, como Ulises, durante tanto tiempo? Le ha dado el camino, lo vivido, hasta llegar a ella. Ese es el sentido y no el final… Así, me dispuse a reinar en el gran continente sumergido, pero sobre todo, para mí mismo. El deseo, pensé. Solo el deseo… Y entonces, abrí los ojos. 



domingo, 14 de abril de 2024

Más libros, más libres


En mis recuerdos, aquellas librerías de viejo, de compra/venta/cambio, de libros de segunda mano, sus paredes permanecían ocultas por elevadas estanterías repletas de ejemplares que habían pasado por dueños varios, llenos de palabras que seguían queriendo viajar por otros espacios, por otras manos, desafiando el tiempo. En sus pasillos, solían alzarse grandes pilas de tebeos, entre un equilibrio imposible y ese olor característico de descomposición química de aquellas abundantes páginas, tendentes a amarillear. A día de hoy, siento que esos establecimientos huelen, básicamente, a nostalgia de aquellos tiempos en los que, al igual que Perseo, recorría un laberinto, dispuesto a conseguir tal o cual ejemplar, abriéndome paso entre bosques de letras y sugerentes portadas de historias conocidas o aquellas inéditas con las que la imaginación se disparaba instantáneamente. Cualquier libro tiene un carácter particular, una vida propia que pugna, a veces llamándonos a gritos desde su lomo, por sobrevivir. 

En estos establecimientos, hice por perderme, tantas veces, en mi infancia y adolescencia, cuando aún creía que el paso del tiempo se detenía al poner un pie en la entrada. Buscaba siempre los libros de los autores que ya conocía, esperanzado que, junto a ellos, otros escritores inéditos me serían revelados y accesibles a ese escasísimo dinero de bolsillo que había logrado reunir en días previos. Andaba sin cansarme y para ahorrar el dinero del autobús, desde mi casa hasta el centro de la ciudad, retornando el camino eufórico, si con suerte había logrado dar, con tal o cual libro, ese tebeo, aquella colección que, si bien no podría adquirir, nada me impedía soñar con ella. Tiempos de un famoso pirata malayo deshaciendo entuertos, de Ned Land, de Buck, un enorme perro, cruce de San Bernardo y Scotch Collie; del valiente Porthos, cuya muerte me impresionó vivamente entonces y aún hoy: antes de que estalle una bomba, debe correr para ponerse a salvo, pero antes de que lo logre, se pregunta cómo es posible que pueda poner un pie delante de otro continuamente. Entonces deja de correr, de andar; no puede avanzar más... Todo explota. 

De Jorge, Dick, Julián, Tim y Ana; de Guillermo Brown. De Ulises, matando a todos los pretendientes de su mujer; de Jim Hawkins, fascinado con un pirata cojo; del profesor Otto Lidenbrock, saliendo despedido por la boca de un volcán; de Fahrenheit 451, la temperatura exacta a la que arde el papel; de Gregorio Samsa, de Laureano Buendía, de Holden Caulfield con cuyo nihilismo nunca logré identificarme. Del califa Harun Al-Rashid, de Heathcliff y Cathy, de Samuel intentando comprender la obsesión de Ahab, de Philip Pirrip y su periplo vital. De Jean Valjean, condenado por robar una barra de pan, de Holmes y Watson, de Dorian Grey, de la señora Dalloway, de Gatsby en un mundo de jazz, glamour y art decó que no podía imaginarme hasta que, gracias a alguna enciclopedia de una biblioteca pública, pude visualizar los años 20... y tantos y tantos otros personajes. 

Los tebeos eran parte de otra obsesión complementaria, ante el desespero de mis padres. Mi madre decía que tenía los tebeos metidos en los sesos, fiel descripción de una afición que las editoriales Bruguera, Vertice, Buru Lan, entre otras muchas, fomentaron entre la infancia en la década de los 60 y siguientes. El tebeo apaisado de las editoriales Valenciana, Maga y otras muchas, que tanto habían disfrutado generaciones anteriores, habían dejado paso a otro tipo de revistas semanales a color. La papelería de la época, pero sobre todo el quiosco, eran templos a los que corríamos como una exhalación cuando algunas pesetas de aquellos tiempos caían en nuestras manos. En la parte patria, deslumbraban nuestros ojos Gago, Darnís, Ambrós, Fuentes Man, Vázquez, Ibáñez, Carlos Giménez, Pepe González,Víctor de la Fuente … Pero sin llegar al grado de exaltación que sentíamos con Hergé, Goscinny, Alex Raymond, Harold Foster, Milton Caniff, Segar, Carl Barks, Breccia, Jack Kirby, Gene Colan, Robert Crumb, Walter Simonson, Bernie Wrightson, Alex Toth, Jacques Tardi, Barry Windsor-Smith... Todos los tebeos pasaban, en mi barrio, de mano en mano, eran leídos y releídos, cambiados por otros en alguna de las tiendas ya descritas y en el mejor de los casos, incluso coleccionados, si éramos suficientemente persistentes con nuestros padres, como fue mi caso con The Phantom, en una de las editoriales citadas.  

La lectura te hacía pasear por jardines de senderos que se bifurcaban constantemente. ¿Dónde estaba situada Islandia, en concreto Reikiavik, en el maltrecho globo terráqueo que usaba en mi infancia? La inmensa curiosidad, al intentar imaginar un volcán por el que tendrán que introducirse Otto Lidenbrock y Axel, en el famoso libro de Julio Verne, no finalizaba con su situación geográfica: cuando me enteré, gracias a Don José, un paciente y culto maestro de la época, que la mitología islandesa estaba contenida en la conocida como mitología nórdica o escandinava, incluyendo a Asgard y Thor, nada menos que uno de los grandes personajes de la Marvel,  hice por conseguir información, acorde a mi corta edad, de los pueblos germanos del norte y de sus famosos vikingos. Así llegué, por un golpe de fortuna, a un ejemplar de la publicación de la editorial Novaro, Aventuras de la vida real, dedicado a Eric el Rojo.

Mientras me preguntaba cómo era posible que coexistieran un Dios nórdico que se paseaba por Nueva York con su martillo Mjolnir con el Dios de nuestra religión católica, representado en el catecismo escolar que debía aprenderme de memoria cada curso, los fascinantes viajes de Eric el Rojo me derivaron al círculo polar ártico, de nuevo a mi globo terráqueo y de ahí al resignado Don José, que me dijo algo así como ... dile a tus padres que te regalen un libro que te va a gustar mucho, Los cazadores de focas de la bahía de Baffin,  de Emilio Salgari... 

Mi padre, a su vez un gran lector, pero sin apenas tiempo para leer por el pluriempleo de la época, no solo me consiguió el libro en cuestión, sino que además me habló de un tal Jack London, cuyos relatos, que transcurrían en Alaska, me gustarían mucho más que los de Salgari. Alaska… a vueltas con el globo terráqueo y la colección Joyas Literarias Juveniles que leíamos con fruición en mi barrio, adaptando en viñetas a grandes clásicos de la literatura, entre ellos al propio London, cuya vida fue tan apasionante como su obra literaria, así lo descubrí en la enciclopedia que adornaba los estantes del mueble del salón de mi casa, que nunca me gustó al carecer por completo de ilustraciones. Su periplo vital abarca el período que va desde la Guerra Civil Norteamericana a la Primera Guerra Mundial. Yo no sabía nada de la Guerra de Secesión, hasta que en 5º o 6ª curso de la EGB de la época, Don José se detuvo en este periodo histórico. Fue para mí un gran descubrimiento, que me hizo rozar el éxtasis infantil cuando un sábado por la tarde programaron en la televisión Murieron con las botas puestas: en la calle comenzamos a jugar a pugnas entre Lee y Grant, pero sobre todo a emular al general Custer; (tardé en descubrir la verdadera personalidad de este supuesto héroe de la caballería), juegos rápidamente reemplazados, según avanzaba el temario de historia en el colegio, por la guerra de trincheras, donde nunca teníamos muy claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos en esta conflagración mundial. Quizás por ello,  el conocimiento de la Segunda Guerra Mundial nos resultó más sugerente, al carecer de ambiguedades: en la calle, los roles estaban claros; todos contra los nazis, malvados de manual. 

Cuando tuve referencias del uso del gas mostaza, sentí impactar mi imaginación: pedí un juego de química para las Navidades correspondientes y me interesé por la lectura de Sin novedad en el frente, libro que rondaba por las estanterías de mi casa. El juego de química me impulsó a intentar recrear, fracasados mis intentos de conseguir el mortífero gas, el brebaje que se supone volvía invisible al protagonista de la historia de H.G. Wells, cuestión que gozaba de toda mi credibilidad, al igual que los viajes en el tiempo. Simple ciencia ficción, me contestó lacónico Don José, ante las baterías de preguntas que le hacía, a la menor oportunidad. Así descubrí a Flash Gordon, el Eternauta, toda la Marvel y DC, a George Orwell, a Aldous Huxley, a Bradbury, estos últimos en versiones abreviadas. Como es lógico, en todo este camino, los conceptos de ética, moral, incluso de heroísmo, habían perfilado mi carácter. De la frase ceremoniosa de mi padre, como resultado de alguna trastada: uno es en la vida la persona que decide ser, que recuerdo como si fuera hoy, a la empatía por el héroe, no hubo indecisión alguna. Todo aquel vendaval de conocimiento que se derivaba de la lectura me conducía a identificarme con aquellas cualidades o virtudes de tantos personajes que realizaban actos, hazañas, por el bien de otras personas de forma desinteresada, enfrentándose a grandes peligros o retos de los que salía airoso. Desentrañar el mal y vencer el infortunio, llenaba de alicientes el rol a desempeñar desde mi mentalidad infantil, era el germen de la aventura y mi imaginación me llevaba a ese lugar utópico en el que el héroe literario, herido y maltrecho, pero vencedor al fin y al cabo, tras lograr que el villano de turno se despeñara al vacío desde alguna almena del castillo, hacia chocar su copa en compañía de otros valientes amigos, celebrando el triunfo... Jardines, senderos, caminos bifurcados que iba recorriendo hasta el infinito, que el conocimiento y los libros dibujaban a mi paso, definiendo mi personalidad.  

Con el paso del tiempo, me he hecho con algunas de esas colecciones, de libros y comics, que nunca pude tener completas, gracias a algunos sitios web especializados. Dispongo de escaso tiempo para leerlas, pero en algún momento, no tengo dudas, comenzaré a disfrutar de ellas, intensamente. Actualmente, únicamente encuentro momentos para leer plácidamente en la cama: mi encuentro diario con Morfeo siempre es a través de la lectura y de hecho, no podría conciliar el sueño sin leer durante un rato, a salvo de la realidad, entre sábanas. Mientras tanto, asisto con pesar a la extinción de esas librerías, al igual que los quioscos, mientras que la infancia parece haber dado la espalda a la letra impresa, en un mundo adulto donde el libro no encuentra su lugar. Se atribuye a Confucio esta frase: No importa lo ocupado que puedas pensar que estás, debes encontrar tiempo para leer o entregarte a la ignorancia autoelegida. Y me parece muy precisa la siguiente, de George R. R. Martin: Un lector vive mil vidas antes de morir. La persona que nunca lee, vive solamente una. Lo cierto es que los libros y las personas están destinados a encontrarse. Los libros hablan y las almas, contestan. Más libros, más libres. 


sábado, 16 de marzo de 2024

Me desvanezco con el aire


Antonio abrió los ojos, tras una noche de sueños inquietos. Aún tardó unos minutos en tener conciencia del dormitorio y de él mismo, temía seguir soñando. Con dificultad, se levantó de la cama, dirigiéndose torpemente  hasta la ducha, con ayuda de su inseparable bastón, inicio de su ritual diario y uno de esos escasos momentos del día en el que su cuerpo aún lograba obtener placer, en contacto con el agua, que le agradaba que estuviera fría, incluso helada. El calentador lo encendía poco después, para afeitarse y dejar paso al desayuno, siempre frugal. Con los años, su apetito voraz, que rememoraba cada mañana, ante la soledad de aquel vaso de leche, fue difuminándose, hasta quedar relegado a una simple necesidad diaria. Se alimentaba por simple inercia. La señora Patro le insistía cada día, tras limpiar la casa y una vez preparado el almuerzo, obligando, mediante vozarrones, a aquel hombre entrado en años y desganado, a sentarse a la mesa y comer cualquiera de aquellos platos de cuchara, que con tanto mimo preparaba aquella mujer menuda, que desprendía humanidad en todos sus poros. He criado a cinco niños, yo sola, todo el mundo sabe que mi marido fue a comprar tabaco una noche y nunca regresó… Usted no morirá, al menos de hambre, mientras yo esté aquí… 

Era evidente que, sin Patro, él habría muerto de absoluta inanición. Gracias a ella, Antonio se sentía obligado a comer, a leer, ver la televisión, refugiarse en el hogar del pensionista con otros ancianos con los que matar el tiempo, posibilitándole que los finos y contados hilos que aún le unían a la vida no se resquebrajaran del todo. 

- ... Eso de no haber tenido familia te ha hecho envejecer muy pronto; la soledad mata más rápido que las enfermedades…- Cosme llevaba años observando, irremediablemente, como Antonio se iba consumiendo, según transcurría el tiempo. Eran amigos desde la infancia y compartían, cada día, una cerveza sin alcohol en el quiosco del pueblo, bajo un árbol que los lugareños aseguraban tenía al menos un siglo. Los dos poseían una vasta cultura y gustaban de hablar de filosofía, a la que Antonio había dedicado toda su vida en el ámbito universitario. Conversaban pausadamente, disfrutando de los largos silencios que imponía la brisa marina,  que penetraba sutilmente en los poros de los dos amigos.  

- ... No quiero morirme, si eso es lo que crees; lo único que deseo es que cuando llegue la hora, pueda hacerlo en paz, en mi cama, sin dolores... lo contrario sería prolongar la vida inútilmente... 

- ... Recuerda que Epicuro, en una de sus obras, que se titula Abrazando los placeres, dejó escrito: mujeres, vino y placer, cada día has de tener, abrazando la filosofía del Dios Baco...  - respondió Cosme, simulando estar ensimismado en profundos pensamientos, pero sin dejar de exhibir su jocosa personalidad. Antonio, soltando una carcajada, apuró su cerveza. 

- ... Ese libro debería haberse escrito. Pero también otro sobre el insoportable peso de los años... No  somos conscientes de lo corta que es la vida hasta que nos sentimos muy viejos... 

Se despidieron, como cada día, cuando el calor de agosto, desplazando a la brisa, se volvía insoportable. Antonio, a esas horas, buscaba refugio en el patio de su casa, que Patro había transformado, desde el más absoluto abandono, en una estancia muy apacible. Logró convencer a Antonio para que instalara, si bien a regañadientes, un toldo de gran extensión y que adquiriera abundantes macetas, entre ellas varios limoneros, que circundaban aquel espacio, que una vez regado, se convertía en un oasis. Patro llevaba un año trabajando en la casa de Antonio en tareas domésticas, sugiriendo e impulsando, además, cambios en todos sus espacios. 

-... Las mujeres de mi generación estamos todas programadas para el trabajo, somos como máquinas a las que nos dan cuerda, cada día... - razonaba en voz alta Patro, en una de esas raras ocasiones en que se sentaba, justo después del almuerzo. Cuando lo hacía, siempre elegía una antigua mecedora, situada justo debajo del gran ventanal del salón, con una taza de café humeante entre las manos,  

-... ¿Y los hombres de su generación?... - preguntó Antonio, que la acompañaba a esas horas, adivinando la respuesta, en improbable duermevela. Prefería escuchar a Patro y su particular manera de ver la vida a dormir. 

- ... Unos vagos redomados, de toda la vida. Si hacen algo, es porque se les obliga, si no fuera así, estarían todo el día en el sofá, con las piernas sobre la mesa... 

Antonio gustaba, antes de la cena y a pesar de empapar el pañuelo de sudor por la canícula, de dar una vuelta por el muelle. Con suerte y con tal de mantener la vista ocupada, encontraba algún sitio donde estar a la sombra y contemplar los barcos que arribaban, siempre entre bandadas de gaviotas. El mar aún lograba excitar, mínimamente, su imaginación, si bien revivían, en su interior, muy a pesar suya, retazos de recuerdos que había insistido en enterrar. De nada le servía, a estas alturas, recordar a las mujeres de su vida, cuyos rostros habían sido borrados por el tiempo. Ni todos aquellos momentos de la infancia, de la adolescencia, de la edad madura que, al principio de jubilarse, gustaba rememorar, como su fama, durante tantos años, en los ámbitos académicos, desde su cátedra universitaria. Cuando el teléfono dejó de sonar y lo hizo muy pronto, descubrió que  para todas esas personas, muchas, que habían pasado por su vida, él había dejado de existir; los encuentros, si acaso se sucedían, habitualmente eran fugaces y giraban, recurrentemente, en torno a cuestiones desgastadas por el uso, como la salud. 

Se vio obligado a aceptar, en consecuencia, una vida que se basaba en estar consigo mismo y con sus escasas circunstancias, que según transcurrieron los años, tras su jubilación, cada vez fueron a menos, hasta quedar reducidas, sin que Antonio fuera consciente de ello, a una mera sucesión de ceremonias diarias, destinadas a hacer avanzar, a trompicones, el día. Aún cabían, muy circunstancialmente, la irrupción de algún elemento novedoso, como la visita al médico, si bien rara vez ocurría. Antonio tenía una salud de hierro, pero sobre todo, tenía una mente lúcida que era la envidia de todos los de su edad, a los que cada vez frecuentaba menos, a pesar de la insistencia de Patro. Demasiados viejos, demasiadas viejas, con la cabeza ida…, le había dicho una vez a aquella mujer que tenía la virtud de no tener pelos en la lengua. … Y usted, un viejo más, como yo, ¿qué se ha creído? La diferencia está en que la mayoría son felices a su manera, siguen disfrutando de la vida… desde que lo conozco, está cada día más amargado… espabile, hombre, con su salud y su buena pensión, tendría que estar muy contento… 

Los graznidos, gritos y lamentos de las gaviotas invadían todo el muelle, ruidos que nunca cesaban en el continuo mudar del cielo y de los días en aquella localidad marinera que Antonio nunca pudo dejar atrás. Como estudiante, siempre anhelaba la llegada del fin de semana y del autobús que le transportaba a su pueblo de casas blancas, Villa Lorena, recorrido por callejas estrechas y antiguas de adoquines, que desembocaban en la plaza del pueblo, justo allí donde tantas veces se había enamorado, al calor de la verbena estival. Amores siempre en fuga, Antonio huía de cualquier compromiso, de todas las promesas iniciales, de tantos impulsos que él siempre consideraba surgidos de esos momentos nostálgicos, melancólicos, falsos mitos inolvidables, mecidos por la brisa veraniega. 

- Muchas novias, sí, pero más solo que la una… ¿Nunca se enamoró de alguna de ellas? - preguntó Patro, mientras preparaba un sofrito.  

- He estado enamorado de todas y cada una… Pero el amor siempre me duró muy poco… - respondió Antonio, que tras el paseo, recuperaba la respiración, tras dejar abiertas las ventanas del salón y el patio de la enorme casa, sentado estratégicamente en la cocina, justo en medio de la fresca corriente de aire que por ellas circulaba. Desde que Patro había llegado a su vida, procedente de un pueblo vecino, dada su creciente necesidad de contar con servicio doméstico y gracias a las recomendaciones de alguna vecina que la conocía, ambos habían establecido, con el tiempo, una relación de confianza. Tímida en el caso de Antonio, dada su naturaleza retraída, mientras que Patro se manifestaba constantemente como una intensa fuerza de la naturaleza, siempre sincera y desprejuiciada. De la incertidumbre inicial, ante una mujer tan temperamental, Antonio había pasado a sentir una profunda admiración hacia ella. Si bien tendía a ocultar estos sentimientos por completo, era difícil, incluso para alguien como él, no dejarse contagiar por la naturalidad de aquella mujer menuda, locuaz y dicharachera, que hablaba continuamente de ella misma propiciando, siempre con un humor contagioso, que el taciturno individuo también le fuera desvelando, poco a poco, toda su vida. 

- ... El amor dura poco, dice... sobre todo para los que confunden estar enamorado con estar encoñao... - respondió Patro, entre sonoras carcajadas. 

-... Vaya disparate...  ¿qué sabe usted de mí y de mi vida sentimental con las mujeres?... No puede juzgarme de esa manera... - contestó Antonio, fingiendo enfado, mientras se refrescaba con la granizada de avellanas elaborada por Patro. Sabía que en el fondo, ella tenía razón, como siempre, pero había aprendido que lo peor que podía hacer, frente a Patro, que parecía analizar y procesar toda su vida y personalidad sin esfuerzo alguno,  como quien ordena la ropa de un armario, era guardar silencio.  

- ... Anda, que lo que hay que conocer... da lo mismo que haya que sacarle las palabras de la boca con una cuchara, más claro que el agua... un hombre que rara vez ha sido feliz y que no ha sido capaz de aceptar la vejez...  Venga, límpiese las manos y a la mesa... le va a encantar el pisto con pollo empanado... -  la comida que preparaba Patro era la mejor que había probado Antonio en toda su vida. Un festín continúo de sabores que nunca dejaban de sorprenderle, a pesar de su contumaz falta de apetito.  ... Y lo mismo que he dicho eso, le digo esto: usted me cae muy bien, no se confunda. Reconozco a una buena persona en cuanto la veo... 

Ambos se miraron, con sonrisa cómplice. A Antonio también le caía muy bien Patro, desde el primer momento que se conocieron, pasados los primeros momentos de desconcierto ante el temperamento de aquella mujer que apenas medía metro y medio, que lucía un rostro agradable, marcado no obstante, no tanto por el tiempo como por toda una sufrida vida de trabajo.

- ... Mi marido desapareció, tras hacerme el quinto hijo, uno por año. Estaba claro que se había ido con otra, a saber dónde. Comencé a trabajar de todo: de criada, de limpiadora, de cocinera, de lo que fuera, tenía cinco hijos que alimentar y mucho que hacer para sacarlos adelante.... - relataba Patro a Antonio un día, en el autobús, camino del pueblo de esta. Antonio no pudo resistirse a la invitación insistente de Patro, para que pasara el día en la casa de campo de su hermano. La confianza entre ambos, que ya habían aprendido a tutearse, iba creciendo con el tiempo... Pasados los años, bastantes, ¡yo que sé!, más de quince, un día pegaron a la puerta y... ¡allí estaba el desgraciado! Pegué un grito de horror y corrí a la cocina a por la sartén más grande que tenía, para estampársela en la cabeza... 

- Me dejas estupefacto... tu marido volvió, tras tantos años sin saber nada de él....  

- ¡Volvió porque no tenía donde caerse muerto!, no por mí, ni por mis hijos. Ese día, en el que apareció como un fantasma apestoso y vestido con harapos, gasté mis pulmones en decirle de todo y alejarlo de la casa. Estuvo un tiempo, como un mendigo, vagando por el barrio, hasta que desapareció, otra vez. No volví a verlo ni supe nada más de él, hasta que me llegó la noticia de que la había palmado en no sé dónde. Sentí como si me quitaran un peso de encima... - Patro finalizó su relato para indicar, con su dedo índice, los puntos de interés que podían contemplarse desde el destartalado autobús, que recorría con parsimonia aquella estrecha carretera comarcal, surcada de trigales. ... ¡Mira como el aire cálido y húmedo agita las espigas maduras!... ¡Mira, por ese camino de ahí, a la derecha, se llega a la finca del Agustín, al que todos llamaban el verraco!... En su tiempo, cuando vivía, no había otra más grande y con tantos cerdos ibéricos... Y mira, mira, la carretera para el cortijo de La Muela... la de veces que yo me habré hecho ese camino andando, ida y vuelta, para hacer la comida  a más de veinte personas... Me pagaban muy bien, no te creas... 

Así, las dos horas de viaje transcurrieron fugazmente. Antonio no dejó de contemplar el paisaje, sin dejar de mirar a Patro, exultante durante todo el trayecto y que exhibía una dulce expresión de candor a la par que de franqueza, reflejo, en aquellos grandes ojos azules, de tantas emociones y experiencias vividas. Aquella mujer había disfrutado intensamente de la vida, más allá de sus circunstancias. Que el marido la abandonara no parecía haber hecho mella, en absoluto, en una mujer que parecía estrujar con sus manos, cada minuto de la vida. Antonio imaginó a todos aquellos hijos, sin duda felices con una madre como aquella, guiando sus destinos.  

El hermano de Patro, Rafael, vivía, junto a su mujer y uno de sus hijos, en una tan amplia como destartalada finca, por la que pululaban, en feliz convivencia, personas y animales. Acogido con suma hospitalidad, Antonio visitó la cuadra, maravillándose con todas aquellas gallinas que se agitaban de un lado a otro, así como de varias vacas, a las que Patro comenzó a ordeñar con prestancia. En un cercado próximo, el balido de un sinfín de ovejas parecía reclamar su tiempo de pastoreo... Llaman todas a mi hijo, son como un reloj... Incluso Chuncho, el perro está ya preparado, dando vueltas a la cerca... Explicó Rafael, que condujo a Antonio hasta una mesa situada bajo un viñedo. Allí se refrescaron con un café con hielo y unas rebanadas de pan con manteca casera. 

-... La mejor manteca que jamás he probado... -   dijo Antonio, con los ojos cerrados, deleitándose con aquel sabor.

-... Hombre, leche de nuestras vacas, pero espera a probar lo que están preparando las mujeres, para el almuerzo, un potaje con verduras de la huerta y tagarninas... Nadie como Patro, a la cocina... 

- De eso doy fe, he tenido que esperar a tener esta edad para comenzar a comer bien, a pesar de que nunca tengo apetito... 

Rafael soltó una carcajada. ... Eres tal como me había contado Patro. Pues yo calculo que nosotros dos, año arriba, año abajo somos de la misma añada... Y me queda mucho tiempo por delante, para dejar de hacer lo que hago cada día: mis animales, mis negocios y sobre todo, esta vida en el campo. Verás al anochecer, en  la ciudad es imposible ver el brillo de tantas estrellas...

Hasta quedar fascinado con la visión de la bóveda celeste, tal como había predicho Rafael, Antonio hizo una pequeña excursión al río, junto a Patro, que le enseñó a distinguir los álamos, chopos, abedules, fresnos, olmos, tilos, sauces, entre otros, que se alineaban cercanos a la ribera, así como los arbustos y hierbas, que daban forma a la frondosa vegetación. Por el camino recogieron hinojo y compartieron, antes del almuerzo, con Perico, el sobrino de Patro, las labores de pastoreo con las ovejas. ... Las muevo hacia los pastizales naturales, todas estas áreas, cubiertas por arbustos diversos... en realidad, quien hace todo el trabajo es Chuncho, no hay perro como él, aunque se crea que es también una oveja... Se ha criado junto a ellas, desde que era un cachorro...  El fornido joven, al igual que su padre, amaba la vida rural y hablaba con pasión de todos los detalles de sus quehaceres diarios y sus proyectos futuros. 

Cuando llegó la hora de que todos disfrutaran del maravilloso potaje, Antonio, tras conocer a toda aquella maravillosa familia, incluida la mujer de Rafael, Felisa, que compartía no pocos rasgos de personalidad con Patro,  no pudo evitar una picazón de remordimiento consigo mismo, por esa vida que lo había conducido a un vacío del que nunca había sido tan consciente como en aquellos momentos. En aquel día que había recuperado el apetito por completo, se sorprendió a sí mismo, buscando los ojos de Patro.

Las miradas siguieron sucediéndose en los días siguientes. Al principio, tímidas, furtivas. Antonio era una persona muy introvertida, con un crónico control emocional y dejar al descubierto sus emociones le suponía un esfuerzo sobrehumano, consigo mismo. Patro, por su parte, había pasado de la más absoluta perplejidad, ante aquella situación que por más que evidente, le parecía asombrosa, a corresponder, con sus pupilas azules y una amplia sonrisa, a aquellos sentimientos que aún eran temerosos de las palabras. 

En la casa de Antonio descansaban, olvidados en una repisa, una amplia colección de antiguos vinilos, junto a un tocadiscos que había vivido tiempos mejores, al que Patro limpió con mimo todo el polvo acumulado durante décadas. Una tarde en la que finos rayos penetraban, retraídos, a través de las rendijas de la persiana del gran salón, dibujando haces de luz en las que minúsculas motas de polvo danzaban sin fin, Patro tomó la iniciativa. Colocó en el plato del tocadiscos uno de los vinilos y dejó caer la aguja justo en el surco elegido. Comenzó a sonar La Mañana,  del cantante Al Bano. Se acercó a Antonio, que degustaba un café con hielo, sentado el sofá y tomando una de sus manos, le susurró una invitación: baila conmigo.  Antonio, de pie y atolondrado, apenas sabía qué hacer con los brazos y las piernas, congelados sus miembros por un pudor invencible. Patro volvió a susurrarle: muévete, agarra mi cintura y déjate llevar... Así, titubeando, los cuerpos de ambos se aproximaron, por primera vez, hasta tocarse. Y de nuevo, las miradas, entregadas a unos sentimientos acunados por los haces de sol, por la canción que también cantaba Patro: ... Y también tú, cual la mañana, un sol reflejas en mi mirar. Si tú no estás, es todo noche, donde tú estás, hay el amor...  

Desde aquel momento, el tiempo se volvió perezoso, entre amaneceres de bruma y rocío, entre mares y playas, entre montes de genista amarilla, rodeados de tonos morados y rosas de los atardeceres del Mediterráneo. Antonio y Patro se detenían a escuchar el correr del agua en las acequias y el silbido de los pájaros en las ramas. Disfrutaban de la calidez de la luz acariciando sus rostros, de la brisa fresca de las mañanas, Las horas se detenían cuando trinaba un jilguero, cuando el mundo parecía recién inventado en las luces grises de un amanecer, en los tonos naranjas de un cielo lleno de promesas y de un verano luminoso al que le siguieron otras estaciones.

Bien pronto Antonio invitó a Rafael y su familia a que le devolvieran la visita. La casa de Antonio en Villa Lorena era la casa más grande la localidad. Una suerte de palacete, venido a menos con los años, que disponía de muchas habitaciones y sólo dos de ellas ocupadas: una por él mismo y otra, una habitación de servicio, por Patro. Así, la casa se llenaba de vida durante varios días en los que Antonio disfrutaba de los relatos vitales de Antonio y su hijo, mientras les hacía de cicerone, con entusiasmo, por la localidad. Patro y su cuñada se afanaban en la cocina, para que a aquel primer potaje de tagarninas les siguieran otros muchos platos exquisitos, no en vano Antonio siempre traía varias cajas de productos de su huerta, además de huevos, leche y carne, que no tenían competencia con cualquier otro producto adquirido en los comercios de Villa Lorena. Muy pronto, a aquellos almuerzos sin parangón que se fueron sucediendo, se adhirió Cosme y poco más tarde, las dos hijas de Antonia, acompañadas de sus propias familias, eufóricas al ver a su madre tan feliz. Finalmente, los tres hijos de Antonia, todos solteros aún, acabaron por sucumbir a la curiosidad de conocer al novio de su madre. 

-… ¡Pero cásate con ella, hombre!, hazla feliz, eso le gusta a las mujeres… - Soltó Cosme, en una de aquellas tumultuosas comidas familiares, que sabiendo lo difícil que sería para Antonio dar ese paso, no perdía oportunidad para meter baza a su amigo, que había dejado de ser él mismo para transformarse en un visible amasijo de emociones serenas. 

-... Casarse a nuestra edad seguramente estará prohibido...  Seguro que el cura lo desaprueba... - contestaba Antonio, consciente, a pesar de todo, de que su amigo tenía razón.  Así, bastaron un par más de reuniones familiares para que, venciendo su timidez, decidiera pedir a Patro en matrimonio, una noche en la que ambos estaban tumbados en las hamacas, en el patio, contemplando un intenso y despejado cielo de estrellas. Patro abrazó a Antonio e inmediatamente, brindaron con una mezcla de vermú, vino dulce, ron, ginebra, licor de naranja y sifón que aquella mujer gustaba de preparar añadiendo toques místicos, al asegurar que se trataba de un brebaje de amor cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. Acabaron, tras varios lingotazos de la mágica bebida, bailando a los sones de la música que siempre seleccionaba Patro, entre una ecléctica selección que se había ampliado sustancialmente, al dejar atrás los viejos discos de vinilo de Antonio: tonadilleras clásicas, boleros,  rancheras, baladas, cantantes italianos e incluso música de la década de los ochenta. Patro soñaba con viajar a Italia ... son todos muy románticos...., decía, por más que aquella mujer ni siquiera era capaz de situar a un solo país en un mapa, jamás había salido del perímetro que rodeaba a Villa Lorena y sus localidades más cercanas.   

Antonio fue descubriendo, guiado por Patro, la belleza de los pequeños detalles, la riqueza de los tiempos muertos. Aprendió a cerrar los ojos y sentir la fragancia de todo tipo de flores y frutas, a acariciar el aire, a tener las sensaciones de un ciego, frente al mar al escuchar los sonidos que llenaban el espacio creando su propia música. Aquellas notas en las que el agua y las hojas crujían al fondo, el canto de los pájaros, los chirridos de los saltamontes, a la que añadían ritmo los picos de los pájaros carpinteros. Al dejar fluir sus sentidos, se sentía lleno de vida, en armonía consigo mismo, con la naturaleza. La ardiente oscuridad que había caracterizado todos sus últimos años de vida, acabó por extinguirse, rendida ante un nuevo Antonio, que había recuperado vida social, amigos y que incluso  había retomado el contacto con el ámbito universitario, donando su gran biblioteca, gran parte de la misma un legado familiar de varias generaciones, un enorme fondo bibliográfico para el que se estaba construyendo, en la Facultad de Filosofía, un espacio específico que llevaría su nombre. Al mismo tiempo había vuelto a leer y colaborar en publicaciones científicas. 

- .. Mira las margaritas que brotan como si nada, sin que nadie las plantara. Y ahora cierra los ojos y acaricia sus pétalos... dime qué sientes...  - preguntaba Patro a Antonio, cuando daban su paseo de la tarde, por la ribera del río. 

- ... Siento como un aliento primaveral, un tacto de pulposa miel, como un cuerpecito de mimbre... 

- ... ¡Mentiroso! Te lo estás inventado, pero así es el campo y la naturaleza. De pequeña, cuando pasaba más hambre que el perro de un ciego, éramos muchos en la casa y solo hacíamos una comida al día, para evitar eso que dicen que quien tiene hambre, con pan sueña, me iba a dar largos paseos y me entretenía, mirando los árboles, las flores, escuchando el sonido del río, del viento entre los árboles. Y cuando llovía, me ponía a correr, me encantaba que se me mojara el pelo. Mis padres decían que era la loca de la casa.... Inténtalo otra vez, cierra los ojos...  

Antonio cerró los ojos muchas veces, siempre cogido de la mano de Patro, sintiendo que el reloj se detenía, cada vez que lo hacía. Le parecía mágico, el hecho de que, a pesar de haber estado en todos aquellos sitios miles de veces, el paisaje siempre era distinto, en compañía de aquella sensible mujer. Junto a ella, perdía la noción del tiempo. Los minutos surcaban entre las hojas de los árboles, se enredaban con sus tallos y sus raíces, alejándose sin mirar atrás. Aprendió a sentirse hijo del bosque y zahorí de todos aquellos rincones de su vida, que ahora le resultaban insólitos. Una frase que a ambos les encantaba, acuñada por Patro era: Me desvanezco con el aire, que Antonio acabó identificando con aquellos momentos de la tarde en los que la luz entraba por la persiana del salón, dividiéndose en cientos de pequeñas ranuras que atravesaban el plástico, el mismo que dejaba abierto cada noche en el dormitorio, porque deseaba despertarse con los primeros rayos de sol.  

- ... Te veo nervioso y es que no todos los días uno es el protagonista de una boda... - bromeaba Cosme, que junto a una gran comitiva de amigos, acompañaban a Antonio a la iglesia del pueblo. Aquel romance otoñal se había hecho célebre en la localidad y había suscitado la curiosidad general. Se sabía que la novia acudiría en un coche, alquilado para la ocasión y que le habían hecho un traje de novia a medida, en un famoso taller de costura de la capital, o al menos esos eran los comentarios generales entre todas aquellas mujeres, ávidas de noticias, que esperaban impacientes, en la plaza del pueblo,  vestidas de domingo. Antonio entró en la iglesia, completamente atestada de familiares de Patro y todas las amistades del hogar del pensionista, que se habían multiplicado en los últimos meses. Don Sebastián, el cura, había dejado hacer, consciente de la repercusión de aquel enlace: las hijas de Patro habían tomado, literalmente, la iglesia una semana antes, capitaneando a los profesionales de diversas empresas, dispuestas a que aquellos espacios con escasos ornamentos cobraran vida, mediante flores, velas y otros múltiples elementos decorativos, mientras que otros roles imprescindibles eran asignados: padrinos de boda, damas de honor, niñas de las flores, pajes, los oficiantes... Don Sebastián se sorprendió con aquella trajeada orquesta, cantante incluida, contratada para la ocasión, dado que era la primera vez que iba a presidir una boda con música en directo. Tenía una ligera idea del reportorio musical que iba a sonar en la iglesia y si bien le parecía escasamente ortodoxo, se había limitado a asentir, sonriente, ante Patro y sus hijas, consciente de los riesgos de enfrentarse a aquella horda femenina.  

Un clamor recorrió la plaza de la iglesia. Un Cadillac La Salle, conducido con parsimonia, llegaba hasta la iglesia y de él emergió Patro, enfundada en un vestido de novia que cumplía con creces todos los vaticinios: ... cuello alto, manga larga, cuerpo de encaje con corpiño, falda de tafetán con volumen y fajín ajustado a la cintura, cuerpo de encaje de Bruselas con rosas de puntilla e incrustaciones de micro perlas y una falda de tafetán decorada con perlas a la que añadía volumen un cancán de tres capas, que se ajustaba a la cintura con un fajín ancho drapeado. La cola, no demasiado larga, ella es muy bajita... le detallaría más tarde a Antonio una de las hijas de Patro, en lectura literal del vestido de novia de la actriz Grace Kelly, plagiado para la ocasión, detalles y matices que Cosme, tan lejano como Antonio de este universo, resumió a su manera: ... me suenan a idioma suajili... 

La entrada de Patro, acompañada por la canción Mirrors de Sally Oldfield que comenzó a sonar justo cuando traspasó la puerta de la iglesia, suscitó admiración entre todas las personas presentes. Viéndola andar hacia el altar, lenta y pausadamente, alternando la mirada entre el frente y los invitados, con el ramo de flores entre las manos y acompañada de todo el gran cortejo nupcial, provocó en Antonio una catarata de hermosas y emocionantes sensaciones, que se acrecentaron cuando descubrió que la novia parecía había rejuvenecido al menos veinte años. Pensó si debería cerrar los ojos, como había aprendido a hacer, para que todo ese vendaval de sentimientos penetrara en él, como un torrente, sin obstáculos de otros sentidos. La sonrisa de Patro, su mirada, resplandecían en aquel glorioso escenario y concentraban delicadas poesías, impregnadas de emotividad, que se proyectaban a un futuro lleno de tiernas promesas. Se sintió desvanecer en el aire, fragmentado en miles de pájaros de todos los colores, alzando el vuelo en bandada hacia la línea azul del horizonte, cuando ambos asintieron al ceremonial y no dejaron de mirarse a los ojos, dejando de lado inútiles palabras, ese día y posteriores. 

Entre las escasas fisuras de la felicidad, el tiempo buscó espacio para deslizarse. El matrimonio disfrutaba de la vida, dejándose mecer por el caudal del río que ambos habían construido. Viajaron por España, antes de conocer Italia, destino anhelado por Patro, al que siguieron otros muchos.  Siempre se emocionaba a la vuelta, destino de Villa Lorena, deseosa de volver al hogar. Antonio, por su parte, no concebía otra comida que la preparada por su mujer y la siesta en el patio, rodeado de limoneros. Según los años fueron transcurriendo, esos viajes se espaciaron, pero persistieron las rutinas de cada día: los paseos por el sendero del río, los atardeceres en la playa, los almuerzos familiares que abarrotaba de personas, felizmente, la casa de aquellos dichosos ancianos. Y sobre todo, los momentos dedicados a las sensaciones: el tacto con las hojas mojadas por la lluvia, las flores mecidas por el viento, los colores de los árboles, de la naturaleza en cada estación. 

Para la inauguración de la sección de la biblioteca universitaria, con todos los fondos bibliográficos aportados por Antonio, se preparó un acto en el que se insistió a Antonio que diera una conferencia, sobre la temática que prefiriera. Se sabía que su avanzada edad no era impedimento alguno para su lucidez mental, de la que nadie dudaba. Desde Villa Lorena, la alcaldía se tomó muy en serio el acto y un coche oficial permitió que Antonio y Patro viajaran confortablemente hasta la capital y la Facultad de Filosofía. La familia y amigos de la pareja, una legión de personas, fletaron varios autobuses, haciendo rebosar aquel día el aula magna, para asombro de los estudiantes. Para el decano no constituía ninguna sorpresa: había visitado a Antonio sucesivas veces y conocía sus felices circunstancias, su boda y la popularidad que tenía en Villa Lorena. Presentó a Antonio como al gran catedrático, que había dedicado gran parte de su vida a la docencia y la investigación y merecedor, por su gran legado a la universidad, de que aquella gran sección de la biblioteca universitaria llevara su nombre.  

-... no podemos olvidarnos de los grandes hombres que han pasado por esta universidad, que son además, grandes personas. Y si este espacio es hoy una realidad, es gracias a su generosa aportación bibliográfica. Para mí es un honor cederle la palabra, como decano de la Facultad de Filosofía, pero sobre todo, como alumno suyo...    - Fue el momento de una ensordecedora salva de aplausos. Patro, sentada en primera fila, junto a sus hijas, Cosme y Don Sebastián, se sentía plena de alegría. 

Antonio habló de la búsqueda de las personas de propio lugar en el mundo: ... Saber que llegamos justo allí, tras tantos de palos de ciego en nuestras vidas, a ese momento, esa ubicación en la que vamos a encontrar la felicidad, como sinónimo de dicha, satisfacción, bienestar, prosperidad, fortuna, alegría y bonanza, no circunstanciales, sino como sensaciones inherentes a nosotros como la misma piel y por tanto inmortales, ha sido siempre el destino y la obsesión del hombre, desde que tiene uso de razón. No podemos ser felices por nosotros mismos, es una quimera. Esa felicidad sólo será real cuando aprendamos a ser parte de algo infinitamente más grande que cualquiera de nosotros, cuando formamos parte de una conciencia colectiva que incluye a la naturaleza y las personas... Las miradas de Antonio y Patro, que no se habían desviado en ningún momento del discurso, se intensificaron... No importa el tiempo que invirtáis de vuestras vidas, vuestra edad, vuestras circunstancias. Sabréis que habéis llegado a ese sitio, que tan desesperadamente habéis buscado siempre, cuando conozcáis a una persona de la que podáis decir: nací cuando me besó y viví mientras me amó...  


Me siento infinito

Mis poros se estremecen, acariciados por aquella brisa matinal, un escalofrío eléctrico que me conecta con las raíces de la tierra. Las enci...