... La vida efímera de los mortales nunca será testigo de que, año tras año, las estaciones, sin descanso, perfeccionan esta obra. La lluvia lava las impurezas, el viento dobla las ramas más débiles para fortalecer el tronco principal, y las raíces se expanden invisibles en la roca dura. El árbol ya no es el mismo que una vez brotó de una frágil bellota; ahora era una escultura viviente, un monumento al cambio constante... Las cumbres de la cordillera se alzan como gigantes de piedra gris, testigos mudos de una verdad ineludible: el tiempo cincela. Durante los meses de oscuridad, el frío extremo actúa como un escultor implacable. El agua se filtra en las grietas más íntimas de la roca y, al congelarse, se expande con la fuerza de un ariete invisible, quebrando el granito. La montaña nunca sufre por este desgarro; se deja moldear. Cuando el sol de la primavera finalmente golpea las laderas, el hielo se transforma en torrentes cristalinos que descienden con furia, lijando los desfiladeros y arrastrando el polvo de piedra hacia los valles...
... El verano traerá una tregua efímera, pero intensa. Los neveros residuales darán paso a praderas de líquenes y flores diminutas que desafiarán la altitud, tiñendo de violeta y amarillo las heridas de la roca. Será el momento en que la montaña respire, acumulando la energía del sol antes de que el otoño vuelva a afilar las aristas con sus vientos helados. Cada ciclo dejará una marca: una nueva canaleta, una arista más afilada, un coloso de piedra un poco más bajo, pero infinitamente más sabio. Al cabo de los milenios, las montañas comprenderán que no son eternas por su inmutabilidad, sino por su capacidad de cambiar. La lluvia, la nieve y el viento no serán sus enemigos, sino las herramientas de un taller eterno. Las cumbres, recortadas contra el cielo, seguirán ofreciendo su silueta al horizonte, transformadas por el tiempo en una obra de arte en constante ejecución...
Y vuelvo a respirar. Los cánticos de la sinfonía de la tierra, esa combinación armónica de los múltiples elementos que la conforman, se extinguen, sustituidos por el sutil sonido del viento, bajando de las montañas con un zumbido grave, como el de un chelo invisible que toca una sola cuerda eterna. Mis ojos, dos esferas diminutas, eran capaces de contener kilómetros de horizonte. Mis pies, cansados por la subida, se plantaban con firmeza sobre la roca, sosteniéndome como una columna más de la Tierra. El latido de mi corazón no vibraba con miedo ante la inmensidad; compaginaba su ritmo con el susurro de las hojas y el crujido de las ramas. Entendí que la naturaleza no es un gigante que nos aplasta, sino un espejo que nos amplifica. No soy un extraño observando un mundo enorme; soy la parte de ese mundo que ha cobrado conciencia para poder admirarlo. Si la montaña es grande, y yo soy parte de ella, entonces yo también soy inmenso. Miré el cielo una última vez antes de bajar. Ya no me sentía perdido en la inmensidad. Me sentía infinito...
