domingo, 24 de junio de 2018

Hyde en Times Square

Mr. Jekyll bebió, apenas sin respirar, con los ojos cerrados y su puño izquierdo crispado contra su pecho, de esa pócima en la que tenia depositada todas sus esperanzas, en su enésima reformulación y tras incontables fracasos. Un hombre de ciencia al servicio de una obsesión personal había quedado reducido, definitivamente, a un simple hombre desesperado que era incapaz de distinguir el paso de las horas, el día de la noche, abocado a un ensayo y error que se venía sucediendo desde aquel muy lejano día que descubrió o al menos esa fue su conclusión, que la naturaleza humana, tan poliédrica, podía converger en sus virtudes o defectos, a elección, en una sola dirección. Bastaba el compuesto químico adecuado para que la conciencia, la moral, se extinguieran por completo y en su lugar emergiera el monstruo que todos tenemos dentro, la esencia más deleznable de una naturaleza humana destinada a un olvido sin agonía. 

Bebió y esperó, en la semioscuridad de aquel laboratorio devorado por el tiempo y el olvido. Depositó toda sus esperanzas, escasas a esas alturas, en aquel brebaje y miró a un vacío inexpresivo, sin recuerdos, sin sentimientos, desesperado por experimentar esas sensaciones que si bien no podía concebir, había intentado imaginar hasta la extenuación, con el paso de los años. Se sorprendio a sí mismo con un recuerdo escondido, agazapado, de la infancia. Su prima, a la que habia amado en silencio en sus primeros años de adolescencia, había vuelto junto a él, con sigular intensidad en esas imágenes del pasado lejano que desfilaban frente a sus ojos. Estoy soñando, sin duda, se dijo a sí mismo antes de intentar despertar, esfuerzo inútil que le hizo caer de bruces al suelo y sumergirse en un mundo onírico que siempre rechazaba, porque una vez dentro de él, se convertía en esclavo de esos sueños que le atormentaban. Como ahora, con la presencia de su prima convertida en un suplicio: años en los que aún era ingenuo y creía que la vida podía ser un maravilloso camino, sólo con tal de proponérselo. Quiso tocar a su prima, a la que jamás había rozado pero ésta escapó de su abrazo. Corrió entre la espesura de la niebla y cuando escuchó voces, se encontró, de repente, con sus amigos de infancia, que jugaban a las cartas en un desvencijado local, reunidos en torno a una mesa. Eh, Jekyll, vas descaminado. Busca el futuro, no el pasado, exclamó uno de ellos. Decidió seguir andando, sin rumbo fijo y se topó, en un recoveco, con Sir William Withey Gull, que portaba un cuchillo de carnicero ensangrentado. Yo he visto el futuro y créame, es aún peor que este presente donde es fácil volverse loco, clamó. El futuro, allá donde estuviera, era su destino, la llave que le permitiría abrir la puerta del éxito de su experimento. Así que decidió correr, sin parar, deseando encontrarse con él, dudando sin embargo si ese futuro era universal o sólo una perspectiva personal. 

Hyde abrió los ojos. Era un día nublado en Times Square y un montón de transeuntes esquivaba su presencia. Se puso de pie con notables dificultades y se sorprendió al ver aquellos rascacielos de cristal, antes de ver reflejada su imágen en un escaparate. Era, simplemente, un mendigo del siglo XXI, uno de tantos que había pasado la noche en un soportal, en el suelo, entre cartones. No se reconoció a sí mismo, era la viva imagen de la miseria, carcomido por ésta, apenas unos huesos recubierto por una piel sucia e infecta que parecía esconderse de la humanidad dentro de aquel abrigo desgastado, casi destrozado. Incluso su piel habia mudado de color. Se tocó aquella melena, aquella barba abundante en piojos, mientras contemplaba a toda quella masa de personas que apresuraban sus pasos en todas las direcciones posibles, sin dejar de hablar, al unísono, a través de aquellas tabletas que portaban en sus manos. Observó, al menos para sus ojos, la semidesnudez de la mujeres, el gesto grave de los hombres, el ruido atronador de aquella jungla de asfalto. Miró todos los neones luminosos, recibió un empujón de un policía y los vagos saludos de personas que como él, se arrastraban por las aceras. Decidio entonces arremeter, gritando, contra todos aquellos que pasaban junto a él, moviendo los brazos al mismo tiempo. Las expresiones de terror, de rechazo, eran absolutas. Las personas se empujaban unas a otras y corrían, huyendo despavoridas, de su presencia. 

Hyde sonrió, satisfecho, pleno de felicidad. Había logrado ser la encarnación del mal en un futuro que no comprendía, pero que se abría ante sus ojos como el escenario perfecto para aquel rol con el que tanto había soñado con sus experimentos: al fín había tenido éxito. Bastaba su sola presencia para que el horror se difundiera, a su alrededor. Se había transformado en aquél al que todos temen. Se quitó el abrigo, los jirones de ropa que cubrían su cuerpo y comenzó a gritar de nuevo, moviéndose de forma atolondrada entre aquella masa aterrada de personas. 


sábado, 16 de junio de 2018

Cuestión de siglos

En una profunda siesta, he soñado que volvía a Manderley. Atravesé la famosa verja de hierro y no tardé en encontrarme con aquella siniestra ama de llaves enamorada profundamente de la difunta Sra. de Winters. Pasé de largo y dejé atrás su silueta sigilosa al final de uno de aquellos pasillos interminables que serpenteaban por aquella desvencijada e infinita mansión, repleta de susurros de un pasado lejano. Al fin, mis pasos perdidos localizaron la estancia que deseaba volver a ver, aquella biblioteca que vivió días felices con la presencia de la nueva Sra. de Winters, iluminando con su presencia la estancia que ahora, ante mis ojos, mostraba las ruinas del paso cruel del tiempo y el olvido. 

Cuando el ala oeste de Manderley comenzó a ser consumida por un fuego voraz, corrí hasta la playa, deseando dejar atrás aquella engañosa aurora boreal. Apenas sin aliento, me regocijé escuchando a las olas susurrar secretos milenarios, destacando entre ellos aquél que hablaba de una guerrero apátrida que tras naufragar y sobrevivir varios días sobre un tablero a la deriva, llegó a aquellas arribó hasta aquella playa, extenuado y eufórico. No hay peor muerte que aquella que predestina todo tu cuerpo a ser devorado por los peces, comentó para sí mismo, mientras se internaba, esperazando, entre la vegetación, a la búsqueda de agua y comida que permitieran resucitar aquella ruina a la que había quedado reducida su cuerpo. Ironía, escapar de morir en el agua para acabar muriendo por no disponer de ella, se decía a sí mismo, a cada paso desesperado, temeroso de caer al suelo extenuado y defallecer de inanición. Pero la suerte decidió no esquivar al guerrero: vislumbró lo que parecía ser una gran fogata y extrayendo fuerzas de la desesperación, siguió andando, esperazando en aquel fuego que creía divisar a lo lejos. 

Yo seguía paseándome por la orilla de aquella playa, volviendo la vista atrás de vez en cuando: el cielo se iluminaba por el resplandor del fuego que estaba reduciendo Manderley a cenizas. Entre fogonazos, divisé la silueta de una persona que parecía dirigirse hacia mí. No tardamos en estar a escasos metros el uno del otro. Ante mi, un hombre que debía medir más de dos metros, con una indumentaria que no dejaba lugar a dudas sobre su origen normando, parecía tambalearse mientras llamaba mi atención en un nórdico primitivo. Antes de llegar hasta él, había caído al suelo y temí por su vida. Aquel vikingo anacrónico había perdido el sentido pero seguía respirando, si bien con dificultad. Corrí a pedir ayuda y en minutos, aquél hombre bebía desesperado de una cantimplora, sin que los que estabámos allí pudiéramos dar crédito a la presencia de aquel feroz guerrero surgido del siglo IX. 

Me llaman Rollón, el caminante, me contó días espués, cuando se había repuesto. Navegaba, junto a mi tripulación en el drakkar que habíamos construido en el ducado de Normandía cuando una furiosa tempestad destrozó nuestra embarcación, sepultandonos a todos bajo las olas. Nadé con todas mis fuerzas y logré ponerme a salvo, sin poder encontrar a ninguno de mis hombres. He perdido la cuenta de los dias que he podido estar sobreviviendo encima de un trozo de madera, hasta llegar aquí
Me temo que usted es de otro tiempo, muy lejano al presente. Por razones desconocidas, no sólo ha navegado por el mar, sino que además, ha dejado atrás siglos que distancian su época de la mía, intenté explicarle a Rollón, si es que había alguna explicación a aquél insondable misterio. Cuando comprendió que diez siglos nos separaban, enmudeció durante días, sumergido en sus profundos pensamientos. 

Al tercer día Rollón estaba completamente restablecido, gracias a los cuidados de un hospital de la zona. En nuestra última conversación, entendí que estaba dispuesto a construirse una embarcación, que con los víveres suficientes, le permitieran navegar de nuevo, hacia mi tiempo, me confesó con incertidumbre. He podido conocer algo de esta época y creo que no hay lugar para los guerreros. Yo sólo sé luchar por una buena causa. Conozco el bien y el mal, el designio de los Dioses y cómo la vida queda reducida a la victoria de una batalla  y esos placeres terrenales de un buen cuerno de vino y una mujer. Nada tengo que hacer aquí, en este tiempo que no comprendo, donde las personas parecen esclavas de sí mismas, reiterando cada día las mismas acciones. En este mundo, tu mundo, no hay sitio para un guerrero que siempre ha sido libre, siento que me ahogo entre personas que no saben nada de ellas mismas.

La madera que necesitaba Rollón la encontré en un astillero de la región, asi como las herramientas que precisaba. Le ayudé en la construcción de aquella pequeña embarcación, tarea a a que se entrego frenéticamente, trabajando de día y de noche. En apenas una semana, estaba listo para embarcar. Si los dioses me han traído hasta aquí, les rogaré que me vuelvan a transportar a mi tiempo. A nadie hablaré de este mundo extraño que he conocido. A tí, que me has ayudado como el mejor de los amigos, te ofrezco que vengas conmigo. El mejor de los guerreros no es el más despiadado, sino aquél que jamás se traiciona a sí mismo, incluso en las situaciones más adversas. Tú eres uno de estos ultimos. 

No se si me arrepenti o no de rechazar el singular ofrecimiento de Rollón. Apenas tardó segundos en desaparecer, entre la bruma con su embarcación. En días posteriores me interesé por su posible destino en el mar, pero ni rastro de una barcaza con la forma de un drakkar. Quizás sus Dioses fueran piadosos y le permitieron retornar a su época, que no era la mía, si bien ambos eramos guerreros en ambas. Rollón, sobreviviendo con su fuerza física y yo, con la fuerza moral, a esas hordas de feroces malvados que siempre han sido el enemigo, en cualquier época. 

Había regalado a Rollón varias botellas de una hidromiel que pareció ser de su gusto. Bebí tambien de ella y brindé por nuestro encuentro, antes de nuestra despedida. Misterios insondables que une a almas distanciadas por el abismo del tiempo. Era el momento de despertar pero decidí seguir soñando.


sábado, 9 de junio de 2018

The Florida Project

He tenido la suerte de ver The Florida Project (2017), excelente película independiente de Sean Baker que contiene una tesis socio política elegante, poética pero al mismo tiempo feroz y desesperanzada. Los suburbios de un paraiso artificial (Disney World, Orlando) en el que malvive la niña protagonista (impresionante interpretación de la actriz Brooklyn Prince de seis años) sin conciencia  que tanto su madre como ella misma están bordeando la indigencia en ese microcosmos metafórico de un motel regentado por William Dafoe, donde se acumulan los marginados de una sociedad que sólo quiere mostrar el rostro colorido de la opulencia capitalista, a la que nunca accederán estas personas que corren a diario una carrera de fondo para subsistir. La madre de la niña protagonista vende perfumes falsos a los transeuntes, se cuela en un hotel para desayunar, se prostituye sólo para acabar frente a un ejército de policias y asistentes sociales que quieren llevarse a la niña. Una niña que no perderá su inocencia (corre, juega, se divierte con la inocencia propia de su edad junto a otros niños durante toda la película) hasta ese lírico, trágico y desesperanzado final, uno de los más exquisitos que recuerdo en el cine, corriendo junto a su amiga hacia las puertas de esa opulencia en forma de territorios artificiales de felicidad que posiblemente nunca logrará franquear. Lo más terrible de esta formidable tesis socio política, planteada con suma maestría por Sean Baker es ese mensaje subliminal que refleja el rostro de Brooklyn Prince: la pérdida de la inocencia supone una infancia que se rompe en una sociedad que vuelve la espalda a todos sus marginados.

Sean Baker comentaba en una entrevista, al respecto: "En Estados Unidos hay una enorme división de clases, y la gente no conoce o ignora a los sin techo. Es injusto, porque es muy fácil caer en la pobreza, en economías paralelas como las drogas o el sexo pagado. Y con un multimillonario como presidente. Se festeja la riqueza, se esconde a los sin hogar..." Sabia frase, fácilmente trasladable, en su esencia, a cualquier otro país. La miseria es molesta, incluso cuando la cifra de personas sin empleo, como es el caso de España, se vuelve endémica, insoportable. Rescato el texto, al respecto, de una entrada de este blog con fecha 14 de octubre de 2016 y espero que esos datos de hace sólo dos años hayan mejorado sustancialmente:

Sigue imperando la visión, interesadamente sesgada, de la cultura de la pobreza, atribuyéndola a una construcción étnica determinada, a una opción cultural o a una mentalidad concreta y eliminando de las razones que la explican todo factor social, político y económico. Según Oscar Lewis, creador del concepto de “cultura de la pobreza”, ésta agruparía todo un conjunto de conductas, sentimientos e ideas que responden adaptativamente a una marginalidad económica que se reproduce de modo autosostenido, que permanece invariable ante la eventualidad de cambios y condena, por sí misma a los pobres a la miseria. Es una cultura responsable de sí misma, en la que la categoría de clase se diluye en otras identificaciones. Que se lo pregunten a las personas de raza negra, en EUU, que no dejan de caer abatidas a balazos, en virtud de dicha cultura de la pobreza, convertida en una suerte de proyección colectiva, ciudadana, que convierte a estas personas en más que sospechosas, por el mero hecho de ser de dicha raza. 
En España, la marginalidad se ha abierto paso durante todos estos años, sin remisión y generando una exclusión social que aún convertida en mera estadística, no deja de ser escalofriante. Las cifras de hogares cuyos miembros están todos en paro, por ejemplo en la provincia de Cádiz, son insoportables. En la Comunidad Autónoma de Andalucía el 43,2% de las personas residentes en la misma está en riesgo de pobreza y exclusión. En el ámbito nacional, ayer leía en algún medio de comunicación que casi un 30% de personas, en edad laboral, están en riesgo de pobreza severa. La misma misera que conducía a Jean Valjean a la cárcel, por robar una barra de pan en Los miserables, de Victor Hugo. Y hoy, como ayer, nuestros gestores políticos, nuestros estadistas, aparentemente obligados a pensar en el bien común, no dejan de hablar de otros asuntos, fieles a la máxima de Platón: esos hombres de Estado tan orgullosos han sido incapaces de enseñar los propios valores políticos de las funciones que cumplen. Y es que hablar, continua y constantementee de sí mismos, es como negar que los ciudadanos existan. Sobre todo aquellos ciudadanos que necesitan, a diario, esa barra de pan, sin temor a tener que cumplir, vía dicha necesidad, los 19 años de cárcel que cumplió  Jean Valjean. No basta, para dar soluciones, gritar que hay que buscar soluciones. No basta para encontrar soluciones, vociferar hasta la saciedad que son necesarias. No basta para encontrar soluciones desgañitarse por completo criticando a los que no la encontraron. Soluciones en vez de alaridos, por favor; antes de volver a escuchar que tout va bien



viernes, 1 de junio de 2018

Un respiro

Anhelaba un respiro desde hacía bastante tiempo y si bien ha tardado en llegar, al fin en el dia de hoy he logrado llegar hasta la orilla del mediterráneo, tras una mañana de intenso trabajo, aún siendo festivo en mi localidad. Un simple paseo por la playa ha logrado lo que tanto deseaba: sentirme a mi mismo mientras deshacia toda esa tela de araña acumulada durante tantos días de actividad intensa en la que se han acumulado toda clase de sensaciones, imperando entre todas ellas una cierta frustración derivada de una profunda desilusión ante muchos aspectos profesionales, sobre todo de aquellos que tienen que ver con las personas o con ciertas personas que sólo parecen perseguir sus propios intereses, utilizando sin pudor las más deleznables estrategias. 

Ventajas, si se puede llamar así, de tener un estómago insensible, expresión que me ha soltado un buen amigo que se encarga de los espetos de sardinas, cuando le he hecho partícipe de algunas de mis reflexiones. Nada nuevo bajo un sol que conoce muy bien a la especie humana y que nos ha visto, durante siglos, destrozarnos mutuamente en virtud de esos intereses que se vuelven una cuestion personal y que parecen justificar, en algunas personas, la socialización de una suerte de inmoralidad, destinada a conseguir a cualquier precio sus propósitos. 

Mis pies rompen las olas y el sol cae inexorablemente. Es el momento en que el cielo se tiñe de un rojo intenso y los sentidos convergen hacia una suerte de renacimiento: basta con mirar y dejar que las sensibilidad fluya, mientras el mar me envuelve, susurrando secretos milenarios, entre ellos las notas musicales a las que no pudo resistirse Ulises. Me pregunto, mientras nado, en qué lugar recóndito estarán escondidas las últimas sirenas. 

Todas las mujeres son sirenas, pero muchas se han olvidado de cantar, me confiesa Tadzio, en la orilla. O quizás no encuentran hombres por los que valga la pena entonar, apostillo mientras trato de secarme. Un escalofrío primaveral recorre mis poros al mismo tiempo que, de repente, noto que mis músculos ceden a la tensión. Me encuentro mejor, definitiva, afortunadamente. Recorro los metros de arena que me separan del chiringuito en el que me esperan el espeto y la cerveza y sigo con mi terapia, intentando despreocuparme del mundo y sus acertijos. No puedo arreglar el mundo, es un hecho. Pero sí puedo hacer algo por mí mismo, alguien sabio me dijo hace poco: piensa en ti mismo, de vez en cuando. Varios días de descanso me esperan y la felicidad está en uno mismo, si no se está demasiado ciego para buscar dentro de nosotros. Cierro los ojos y comienzo a pasear por mi interior, hasta toparme con una pequeña habitación, con pulcra decoración infantil, repleta de estanterías repletas de pequeñas cajitas metálicas. La curiosidad me hace abrir una de ellas y descubro un recuerdo infantil, celosamente guardado. Tantas cajitas como momentos de mi vida, miles, millones de ellas. Qué placer recordar, qué dicha imaginar. En qué caja, me pregunto, habré guardado los recuerdos del día de hoy. Cierro los ojos y decido que el azar guíe mi mano, mientras me parece escuchar, a lo lejos, a Ulises gritando de alegría al volver a Ítaca. 


domingo, 20 de mayo de 2018

Comprar tiempo

La frase es de Terenci Moix, en relación al premio Planeta: la importante dotación económica le permitía "comprar tiempo" y la hizo suya, en el mismo escenario, hace algunos años en 2001, Rosa Regás, antes de estar al frente de una polémica gestión como directora general de la Biblioteca Nacional de España y también antes de dejar atrás todo para escribir esa obra maestra sobre el paso del tiempo que es Música de cámara (2013). 

En un almuerzo familiar que tuvo lugar el sábado, el tiempo se manifestó como siempre lo hace, definitivamente invencible, en la línea irónica de un Corneille tras pasar  por el filtro de Tristan Bernard. Nada que hacer, simplemente, frente a una edad que ya dejó atrás la lozanía y manifestándose en calvas prominentes, rostros marcados por las arrugas, serias enfermedades (en el caso de una las presentes en el almuerzo a la que deseo todo lo mejor que se le puede desear a una pesona que se extingue, a ojos vista) y en general, un deterioro físico inevitable que sin embargo a nadie parecía importar, afortunadamente. En contraste, en esa reunión familiar había también niños y adolescentes. Los primeros, absolutamente al margen del tiempo, enfrascados en el entorno natural del restaurante y sus gatos y los segundos, asistiendo, quizás con lejanía, a ese reencuentro familiar en el que el pasado afloraba en unas conversaciones que se sucedían con naturalidad sólo para cerrar un círculo de vuelta hasta el presente. El círculo de la vida, sin nostalgías excesivas, frente a un apego que sigue ahí, vigente, en esos lazos invisibles e imperecederos que unen existencias. 

Al despedirnos, tras un fastuoso almuerzo que se prolongó hasta las ocho de la tarde, no pude dejar de pensar del escaso tiempo que dispongo a diario para mi mismo. Un familiar conducía el coche de vuelta a Granada y aunque el paisaje invitaba a soñar, creo que fui el único que no logré abstraerme, sumido en pensamientos que nada tenían que ver con el tiempo en sí, ni con una edad que avanza sin cesar, cuestión esta última que, sinceramente, nunca me ha preocupado. Esos pensamientos tenían que ver más con una suerte de servidumbre que en forma de rutinas establecidas, no nos permiten vivir los días. Hace poco, en otro almuerzo profesional, un compañero me dijo lo siguiente: "... si comienzas a pensar que todo va a peor y reflexiones de este estilo, es que estás envejeciendo...".  Qué sabias e implacables palabras. En ese viaje de regreso recordaba una entrevista a Roger Corman, el famoso productor y director de cine, que contaba que en pleno rodaje de una de sus peliculas, siempre se preguntaba a donde conduciría un camino, que cercano al set de rodaje, se le presentaba todos los días como una tentación a la que no podía sucumbir: el plan de rodaje no le dejaba el más mínimo tiempo libre. Fue la última película que rodó como director, limitándose a la producción posteriormente. Compró tiempo, para sí mismo. Y reflexionando en ese viaje de vuelta, por más cercano que pueda estar a mi profesión, a la que me entrego y por más evidentes que puedan ser los obstáculos diarios para desarrollar la misma con ese sentido técnico que sin duda tuvo en tiempos pasados, cabe preguntarse, en ese esfuerzo diario a medias entre el cielo y el infierno, dónde está el tiempo para uno mismo. Como Corman, a veces me asomo a la ventana de mi despacho y mi imginación vuela y con frecuencia, me dejo llevar por ella, para volver con brusquedad a la mesa en la que el teléfono suena insistentemente. No sé cómo comprar el tiempo, sin renunciar a un código ético profesional al que me entrego casi todas las horas del día, a diario. Desconozco cómo hacer espacio en la tela de araña de obligaciones y devociones diarias que comienzan cuando la alarma del despertador suena. Recuerdo a Sabú, en la versión de 1940 de El ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, dirigida por Michael Powell, entre otros), subiendo por una de de ellas, enfrentándose a arañas gigantescas. Y rechazando glorias y honores para ser, simplemente, él mismo, al final de la película. Y entonces llego a la conclusión que los mercaderes de tiempo son incorruptibles, si bien algo ingenuos: si nunca nos traicionamos a nosotros mismos, el tiempo deja de existir.

Al llegar a Granada, encontré aquello que quería leer en una edición vetusta de Hamlet, en su primer acto, en la tercera escena que había regresado, con fortuna, a mi memoria:
Llévate mi bendición y graba en tu memoria estos principios: no le prestes lengua al pensamiento, ni lo pongas por obra si es impropio. Sé sociable, pero no con todos. Al amigo que te pruebe su amistad sujétalo al alma con aros de acero, pero no embotes tu mano agasajando al primer conocido que te llegue. Guárdate de riñas, pero, si peleas, haz que tu adversario se guarde de ti. A todos presta oídos; tu voz, a pocos. Escucha el juicio de todos, y guárdate el tuyo... Y, sobre todo, sé fiel a ti mismo…

Hoy, al despertar, he visto a Puck, hurtando del frigorifico la lata de paté ibérico que pensaba abrir para el desayuno. Dichoso duende, tan divertido al mismo tiempo, al que no pude alcanzar, al toparme con Dorian Gray e insistir éste en convencerme que la juventud es un divino tesoro, al que despaché con amabilidad. A punto de devorar mi tostada con aceite y ajo, en sustitución del paté hurtado, apareció Proust junto a El Inmortal de Borges, soñando aún este último con ser Homero. Les animé a volver en otra ocasión. Inútil la perseverancia de todos ellos: había decidido ser fiel a mí mismo, un tiempo primaveral me esperaba y como era domingo, también un plato de paella. La inmortalidad consiste en esos momentos en los que es posible acariciar y reconciliarse con el tiempo.



domingo, 13 de mayo de 2018

Manhattan, de Allen

Vuelvo a ver Manhattan (1979), del ahora vilipendiado, por razones que poco tienen que ver con su obra cinematográfica, Woody Allen y de nuevo me reencuentro con Gershwin y ese genio, algo olvidado, de la fotografía que fue Gordon Willis. Pero sobre todo vuelvo a sumergirme en ese mosaico de personajes, tan propio del director, repletos de humanidad: amores y desengaños, entre encuentros y desencuentros en busca de una hipotética felicidad que se antoja siempre huidiza. La vida misma y posiblemente el motivo por el que las películas de este magnifico director no envejecen.
El personaje que interpreta Diane Keaton se rodea de la élite intelectual y cultural neoyorquina a la que el protagonista, Isaac David, interpretado por Woody Allen, describe como “un grupo de amigos muy interesantes que parecen que hayan salido de una película de Fellini”. En definitiva, seres surrealistas, patéticos y excéntricos escondiendo sus miserias tras la acertada cita al universo felliniano, que junto a otras numerosas referencias culturales, como August Strindberg, Nabokov, Van Gogh, Ingmar Bergman (cabria preguntarse, ¿cuántas personas de las nuevas generaciones de cinéfilos conocen las peliculas de Bergman?),  conforman un universo a medio camino entre la crítica a los medios de comunicación de masas con todos esos aprendices a gurú cultual que caracterizan las películas de Allen (recuérdese la divertida escena en Annie Hall (1977), a costa de Fellini y sobre todo, Marshall McLuhan) y la verdadera admiración de Allen hacia estos nombres propios de las artes. 
Es en este film donde Allen expone por primera vez de forma precisa la tesis con la que nos encontramos en el resto de su filmografía. La razón, la cultura (en toda la posible extensión de la mass media, televisión y periódicos incluidos, como bien definió Savater en el imprescindible Apocalipticos e Integrados) y el conocimiento no conducen, necesariamente la felicidad. Por el contrario, el vacío en el que se encuentra el personaje, aparentemente autosuficiente en ese mundo artificioso de una suerte de élite cultural, se evidencia al menospreciar al único personaje de la película que en su sencillez, es capaz de tener verdaderos sentimientos románticos, en el rol interpretado por Mariel Hemingway .En una escena de la película, el personaje de Diane Keaton llama por teléfono a Isaac, que tras contarle que estaba leyendo el periódico, le dice “No leía el artículo sobre las masas anónimas de China. Estaba mirando los anuncios de lencería. Sí, no puedo dejar de mirarlos. Son realmente eróticos.” Allen plantea de forma cómica como el erotismo, o el placer en general, es la alternativa ideal para contrarrestar un exceso de intelectualismo o de un conocimiento extenso pero inútil de referentes culturales que los propios mass media imponen (la secuencia en el estudio de televisión con las risas enlatadas). Esta idea la explicita el protagonista en la mítica escena del planetario: “Nada que valga la pena puede ser entendido con la mente. Todo lo que es verdaderamente valioso tiene que entrar por una abertura distinta, y perdona lo desagradable de la imagen.”
Allen no tiene dudas en su tesis: la alternativa al uso del conocimiento y la razón para sobreponerse al vacío existencial y a los desequilibrios emocionales, es, simplemente, el amor. A condición de no estar ciego ante él. Al final de la película, Isaac David corre, literalmente, para encontrarse de nuevo con el personaje de Mariel Hemingway, dejando atrás al espejismo idealizado del rol de Diane Keaton. Allen elige a la más ingenua de los personajes, la menos intelectual, la más sencilla en su planteamiento vital, pero la única capaz, al mismo tiempo, de amar sinceramente, en ese marco preciosista en blanco y negro fotografiado por Willis y en el que los personajes, como un escenario teatral, buscan encontrarse a sí mismos entre relaciones cruzadas. Una película de referencia y sin duda una de las mejores en la filmografía de Woody Allen, imprescindible.

martes, 24 de abril de 2018

Perdiendo batallas

Trago amargo, perder batallas. La debilidad se hace manifiesta e incluso se encrementa frente a esa sensación amarga de la derrota. Quizás no se pierda la guerra, que se adivina constante, pero se pierde, irremediablemente, algo de uno mismo en esa lucha perdida: quizás el orgullo, probablemente la esperanza, que hay que volver a recuperar, a toda costa, si deseamos que la vida continúe, sin duda con más batallas que nunca quisiéramos vivir, pero que son inevitables. La vida misma, en una continua confrontación para con los demás y con suma frecuencia, para con uno mismo. 

No hay una respuesta, al menos convincente, al odio que las personas nos profesamos a diario. Simplemente, ocurre cuando los intereses divergen y somos incapaces de llegar a acuerdo alguno. Cada uno piensa del otro que es un ser irracional que no atiende a razones y que además, carece de moral alguna. Y comienza, por enésima vez en ese bucle infinito, esa batalla que alguien perderá irremediablemente, por más que nunca se adivine su final. 

Naturaleza humana o demasiada humanidad, que hubiera aseverado Nietzsche. Una humanidad que desde sus orígenes, no ha dejado de destruirse entre sí, por mera supervivencia nuestros ancestros y por mero interés personal poco después. Por el camino, millones de personas diezmadas por sucesivas guerras iniciadas por unos pocos, que sin duda se odiaban entre sí; siglos de esclavitud, donde muchas personas se pensaban superiores y en consecuencia dueñas de otras muchas, por meras razones xenófobas o bien de género: la mujer, cabe recordar, siempre ha sido esclava de la condición femenina que en todas las épocas el hombre ha tenido a bien otorgarle: los roles de género no son más que producto de una imaginación colectiva que en pleno siglo XXI parece perdurar, incluso entre mentalidades aparentemente muy cultivadas. 

Sea como fuere, la sociedad no puede cerrar los ojos ante la injusticia, sobre todo cuando es la propia justicia la que parece estar ciega. Cuando miles de personas se unen para librar su solidaria batalla contra tanta ceguera, la civilización encuentra su razón de ser en el más loable de los objetivos: poner rostro a los que odian y a los que parecen justificar ese odio, para mostrar un rechazo masivo ciudadano a esas decisiones que nadie logra entender. Si la solidaridad es el triunfo de una voluntad que tiende a crecer día a día, la batalla contra la injusticia bien merece la pena ser vivida. Y si se pierde, en el peor de los casos, conviene tener presente que otras batallas se sucederán,con una esperanza que por ser colectiva, necesariamente se vuelve invencible e himno de una solidaridad compartida. A por ellos, que son pocos y cobardes.

Hyde en Times Square

Mr. Jekyll bebió, apenas sin respirar, con los ojos cerrados y su puño izquierdo crispado contra su pecho, de esa pócima en la que tenia ...