sábado, 27 de abril de 2019

Último día del héroe

El héroe siente esa sensación de cansancio que desde hace un tiempo, debe vencer, una y otra vez. Sus músculos le pesan al tiempo que el miedo ralentiza sus movimientos. Hasta los héroes envejecen, piensa, mientras abate de un mandoble a uno de los samurais que le han rodeado. Sus enemigos son numerosos y todos dispuestos a perder la vida por el Señor Hagaki, el caudillo que se ha vuelto contra el Emperador. Mientras su espada despedaza a aquellos desgraciados, el héroe rememora las últimas palabras que le dirigió el Emperador: ...ve y corta la cabeza a Hagaki; vuelve con ella o no vuelvas... Ni su condición de shogun ni su entregado credo al código bushido le impedían sentirse como un simple perro, obedeciendo a su amo. Aquellos años de juventud, en los que fue feliz sirviendo al anciano Emperador, hombre sabio y espléndido, se habían transformado en un progresivo odio hacia su hijo, incapaz éste de ninguna empatía por ese Japón histórico que comenzaba a ser olvidado por todos. El héroe era una anacronismo, así como todos aquellos guerreros que habían hecho del deber y el honor una forma de vida. Él era uno de los últimos: por más que su gran prestigio hablara por sí mismo en todo Japón, el rostro y las palabras del Emperador no dejaban lugar a dudas del deseo ardiente de aquel tirano, que deseaba ver al último de los samurais muerto, destrozado a manos de aquél ejército al que se estaba enfrentando.

El héroe sintio un terrible mordisco en su brazo izquierdo. Demasiados pensamientos, demasiadas reflexiones, pensó.  Si un samurai lucha, ese samurai no piensa, se limita a asesinar sin piedad, se dijo a sí mismo, ignorando su hérida. Recobró bríos y su temida katana, enfurecida por la herida a su señor, se abrió paso entre la carne de aquellos que descubrieron, demasiado tarde, que el héroe era invencible. 

Su brazo colgaba inerte, sin vida. Sabía lo que tenia que hacer y ello significaba el principio del fin. Buscó un árbol y tras encender un fuego, colocó en una de las ramas ese brazo que le estorbaba: de un mandoble certero cercionó la extremidad y aplicó en el muñón las llamas que cautizarían la terrible herida, soportando estoicamente un dolor indescriptible. Soy apenas medio samurai y aún debo entrar en la fortaleza de Hagaki y matar a él y a los suyos... A pesar del dramatismo de su situación, recordó, con una sonrisa, quizás para darse fuerzas a sí mismo, aquel cuento infantil sobre Lei Li, conocido como el tigre amarillo, que como él ahora, solo contaba con un brazo y que aún así fue capaz de eliminar a todos los habitantes de una fortaleza. Tal relato era escuchado, a fragmentos, cuando era un niño y su aprendizaje apenas había comenzado. Su maestro, el venerable Lung, hacía las delicias de todos aquellos aspirantes a samurai que apenas levantaban un palmo del suelo, consciente de que a pesar de todo, eran niños y por lo tanto, necesitados de soñar con héroes que hacían hazañas imposibles. No te permitas jamás tener miedo; tú eres el miedo: debes aterrorizar a tus enemigos cuando te enfrentes a ellos... No necesitarás hacer esfuerzo alguno para conseguirlo, cuando tu fama te preceda... unas palabras que marcaron su existencia y que volvía a escuchar, mientras el sueño se apoderaba de él. Podia ver al anciano Lung, a su lado, con esa voz pausada que tantas veces recordó cuando tuvo que dejar atrás aquella escuela que fue su hogar hasta la adolescencia. Pronto, al servicio de diferentes nobles, comenzó a tener fama de samurai entregado por completo a sus funciones y uno de los más diestros con las armas. Su vida consistía en servir a sus señores y ser colmado de honores, mientras su espada no dejaba de beber la sangre de todos sus enemigos. Transcurridos los años, era una leyenda viva reverenciada por todos.

Despertó repentinamente del sueño, hambriento y agotado, sorprendiéndose de que según sus cálculos, apenas habían pasado unos minutos. Volvió sobre sus pasos para intentar descubrir, entre la masacre de cadáveres, alguna bolsa con comestibles, pero nada que hubiera pertenecido a aquellos desgraciados le servía para comer. Repuso de flechas su carcaj, tensó el arco con dificultad, utilizando la dentadura. Mis dientes sustituirán al brazo perdido: aún tengo que cazar al menos un par de conejos... No tardó en dar con ellos y saciar su hambre. Bajo las estrellas, meditó un plan que le permitiera encontrarse con el tirano Hagaki, sorteando a toda su guarnición. Imposible enfrentarse a tantos hombres: si él no podia llegar hasta Hagaki, sería el propio Hagaki quién debería llegar hasta él. Pensó como tentar a alguien famoso, además de por su crueldad y una obsesión enfermiza por ser el Emperador de Japón, por su perspicacia. Recordó de nuevo al anciano Lung: ... la debilidad de cualquier hombre es su vanidad...  

Al día siguiente, el héroe estaba ante las puertas de la fortaleza de Hagaki. Portaba una bandera blanca y se había despojado de la armadura y todas sus armas, luciendo una suerte de kamishimo improvisado que había seleccionado entre la ropa de sus enemigos muertos. La amputación del brazo no era perceptible a la vista y de hecho su rostro, muy conocido, era lo único que observaban todos los soldados, ante los que había clamado que venía a rendir pleitesía a Hagaki, al que entregaba su vida. Entre la incredulidad y la sorpresa, la guarnición dejó paso al héroe y una escolta eufórica por tener como prisionero al más conocido de los samurais de Japón lo condujo hasta allí donde deseaba llegar, a un ceremonioso salón en el que Hagaki representaba su anhelado rol de Emperador, complacido por la situación: observó desde su trono al samurai, imperturbable, sin pronunciar palabra, dispuesto a mostrarse condescendiente con alguien tan famoso y venerado, al menos antes de mandar a sus hombres que lo despedazaran. 

El héroe, arrodillado ante Hagaki y a un gesto de éste, exteriorizó sus intenciones: ... he comprendido que no tengo escapatoria y que tarde o temprano, tus hombres acabarán conmigo; si no soy capaz de cumplir la misión del Emperador, no merezco volver a presentarme ante él. Toda mi vida se ha sostenido con el código del honor y sólo un samurai es capaz de morir antes que renunciar al bushido. Tú, que eres un poderoso señor y guerrero, además de mi enemigo, haz conmigo lo que desees. Mi camino de guerra acaba aquí, de rodillas ante ti... 

El silencio reinó en aquella estancia durante unos minutos. Hagaki dudaba cómo proceder: observó a sus hombres, fascinados ante aquél personaje, que aún hundido en su rendición, mantenía su dignidad, apelando al camino del guerrero, como su destino final. Por un momento, tuvo envidia de ese samurai, que notó envejecido, que representaba por sí mismo el más alto y estricto código ético de un guerrero, que exigía lealtad y honor hasta la muerte... Es sabido que si un samurái falla en mantener su honor, puede recobrarlo practicando el seppuku. ¿Por qué me entregas tu vida si podria ser tuya aplicando el suicidio ritual?... preguntó el tirano, con curiosidad. El héroe pidió permiso para incorporarse y comenzó a desvestirse, dejándose solo la hakama. Los soldados murmuraron entre sí, perplejos al descubrir la mutilación, así como el propio Hagaki, que no esperaba encontrarse con el más letal de los guerros del Japón con un brazo de menos. El héroe volvió a arrodillarse: ... no es posible a un manco aplicarse a sí mismo el ritual del seppuku. Que el poderoso Hagaki, en persona,  lo haga por mi. En todo Japón se hablará de este hecho y vuestra fama recorrerá cada aldea: serás el gran señor feudal que decapitó a uno de los más famosos samurais para que éste pudiera morir con honor... 

Hagaki sonrió, complacido. El honor del samurari pasaría a ser suyo, tras seccionar su cabeza. Un gesto que todos alabarían. Era su oportunidad de que todos lo identificaran con el bushido, aquella lista de reglas a las cuales un guerrero se debe apegar a cambio de su título, pero sobre todo de ese conjunto de principios que preparan a un hombre o a una mujer para pelear sin perder su humanidad, por más que en su caso no creyera en ellas. Pero sí era vital, para sus aspiraciones, que todos creyeran que en cierta manera, él también podía dirigir y comandar sin perder el contacto con los valores básicos. Se vio a sí mismo proclamado como Emperador, aclamado por las multitudes que lo describían, además de guerrero, como un hombre noble. ¿Cuándo deseas morir, samurai?, preguntó, anhelando guillotinar a aquel guerrero. Aquí y ahora, es el momento, respondió el héroe, que seguía arrodillado. Hagaki ordenó al jefe de la escolta que le entregara su katana y se acercó con ella al samurai, atravesando el cerco de sus guerreros. 

El tirano se situó a un lado del guerrero y éste bajó la cabeza, esperando escuchar el sonido de la espada cortando el aire, ese sonido que había escuchado continuamente toda su vida. Hagaki alzó la katana e intentó concentrar todas sus fuerzas en losbrazos,  poco habituado a las armas. Él no era un guerrero, era un señor feudal con innumerables hombres que luchaban por él, pero en esta ocasión, estaba dispuesto a seccionar limpiamente aquella cabeza que tantas ventajas le traerían; ya no sería un simple gobernante, sería el gran gobernante que ayudó a restituir el honor perdido al más conocido y temido de los samurais. Así que levantó la espada y el sonido de ésta rompió el silencio absoluto en el que estaba sumida la estancia. El sonido que estaba esperando el héroe, ese sonido que le hace moverse, como una serpiente, justo en el momento preciso: la katana estalla contra el suelo, logrando que Hagaki pierda el equilibrio. La katana que el héroe le arrebata y con la que atraviesa el cuerpo del tirano, antes de que éste sea consciente de su propia muerte y los guerreros allí presentes tengan oportunidad de reaccionar. Hagaki cae el suelo y el samurai lo decapita. Soldados, ¿seré yo el que tenga que ordenar que luchéis conmigo, tras acabar con la vida de vuestro jefe? Luchad ahora conmigo o no lo hagáis nunca, si no queréis seguir sus pasos. Esta katana aún tiene sed de sangre... brama el héroe, alzando la espada con su único brazo. El silencio se impone y nada lo interrumpe: ni un solo movimiento, todos los personajes que están en aquella sala, están inmóviles, todas las miradas están fijas en el feroz y ensangrentado samurai, cuyos ojos desprenden fuego: un guerrero tullido que ha decapitado a su señor en cuestión de segundos. El héroe deposita, sin ruido, la katana en el suelo y atraviesa la estancia, los pasillos y las murallas de la fortaleza, seguido por las miradas atónitas de todos los guerreros de la guarnición. Sigue andando y se interna en el bosque cercano, perdiéndose para siempre su rastro y dando lugar a una leyenda inmortal, que recorre los hogares de Japón cuando la mítica que impregnan las tradiciones orales se instala en ellos: nadie olvida el último día del héroe.


 

miércoles, 17 de abril de 2019

Desafecciones

La falta de estima o afecto hacia la politica, se convierte, según el argot periodistico, en una desafección que según avanzan los años y asistimos, la ciudadanía, a ese sentimiento persistente de extrañamiento respecto a las instituciones, valores y sobre todo esos denominados líderes políticos que con sus manifestaciones y actitudes diarias consiguen finalmente que nos consideremos a nosotros mismos intrusos de un mundo que nos acaba resultando absolutamente ajeno a cualquiera de las circunstancias de nuestras vidas, acaba convergiendo en una suerte de hostilidad hacia el sistema político provocando el alejamiento del mismo. Si tuviéramos que advinar los síntomas de esta enfermedad, sin duda deberíamos nombrar el desinterés, la ineficacia, la disconformidad, el cinismo,la hipocresia, la incoherencia y sobre todo esa suerte de populismo fuertemente arraigado en las peroratas de esos profesionales de la política, o de esa legión innumerable aspirantes, que indefectiblemente atribuyen escasa inteligencia o conciencia crítica al potencial votante. 

Quizás en este último aspecto las formaciones políticas tengan razón: resulta inexplicable que aquellas que han fracasado estrepitosamente cuando han gobernado, sigan teniendo votos. Tan incomprensible como que los que han protagonizado, en primera persona, dichos fracasos, sigan y prosigan, como si no tuvieran que rendir cuentas alguna ante la ciudadania, esa suerte de carrera política. Cosas de la amnesia colectiva. Pero si hubiera que elegir una variable más inexplicable que todas las restantes, no cabría duda alguna: ¿cómo es posible que una formación politica (o varias de ellas), generadoras de toda suerte de corrupciones varias, por ejemplo en cualquier Comunidad Autónoma, pueda obtener apenas más votos que aquellos que han emitido las personas que por diversas circunstancias se juegan el empleo y el sueldo si el susodicho partido político no gana las correspondientes elecciones? Sí, un misterio absoluto, sin posibles explicaciones lógicas salvo que  robablemente haya un reverso de la desafección, que consistiría en la absoluta enajenación ideológica: no faltan personas cuya afinidad con las siglas de un partido político es tal que se vuelvan ciegas y sordas ante el cúmulo de despropósitos de la misma, por continuos que sean. Díficil asumir, es de suponer, que una ideología que profesas con absoluto convencimiento pueda ir contra el interés común o que lo único que cuenta, en el continuo terreno de juego político es ganar, a toda costa, más allá de supuestos idearios e incluso programas electorales que apenas nos molestamos en leer. 

No hay soluciones a estos despropósitos, de la misma manera que el ágora de la Grecia de Pericles ha sido sustituida por la televisión, así como el arte de la retórica, de la argumentación, del discurso sustentando en razones, todo ello ha quedado reducido a la más absoluta incoherencia, falta de credibilidad, de claridad; a una ausencia de contenido que vaya más allá de tomar como eje central a los adversarios, conformándose así por una ausencia absoluta de conceptos y hechos destacables y por la inexistencia de figuras retóricas que sirvan de apoyo y profundicen y amplien las cuestiones que puedan ser de interés general para la ciudadanía. En definitiva, al vacio absoluto del discurso politico se superpone su absoluta falta de consistencia: se evidencia la falta absoluta de estabilidad y solidez durante la pieza discursiva, dado que el único objetivo es la descalificación sistemático de los contrincantes. Imposible plantear resistencia y proyección futura de las ideas que se plantea, dado que las mismas son inexistentes. La demagogia al servicio de la confrontación por el poder; incluso las ideologías se han difuminado o se han quedado reducida a meros sustantivos, que se utilizan a modo de comodines, corrompidos de tanto uso. 

El discurso político actual, acusa el fenómeno de multiplicidad (medios de comunicación, redes sociales...) y acaba resultando un híbrido: tiene parte del carácter propio de todo discurso oral (en cuanto que discurso dirigido a unos diputados o a unos periodistas: a personas presentes ante el orador) y tiene parte del carácter de toda comunicación escrita, principalmente la literaria, en la que el creador del mensaje imagina siempre las reacciones de su público, construyendo un público que tiene forma de prototipo en su mente. O de múltiples prototipos: ¿cómo se construye un discurso que contente a todos y cada uno de ellos? Si el discurso rehúye deliberadamente la precisión del contenido, sesgando cualquier análisis riguroso y en su lugar se utilizan esos comodines citados, que tienen como único objetivo singularizar al resto de contrincantes políticos, marcando diferencias con éstos y fundamentalmente rebajar su condición cualitativa frente al público receptor, esto es, el electorado en su conjunto, podemos concluir que según han transcurrido los años, la presión del fenómeno de multiplicidad sobre la política ha transformado el discurso político hasta hacer desaparecer del mismo varios de los elementos claves de la Retórica de Aristóteles. Según el conocido texto de la Retórica del filosofo, que clasifica los discursos oratorios (Aristóteles, Retórica), todo discurso consta de tres elementos básicos, que son el emisor (la persona que habla), en primer lugar, y otros dos elementos que aparecen considerados desde el punto de vista de ese primer elemento: el asunto sobre el que habla el emisor y sus receptores. Aquello sobre lo que se habla y la manera de atender y de entender al oyente vienen teñidos inevitablemente por el carácter del emisor y es evidente la imposibilidad de considerar por separado estos elementos del discurso. Esa manera de atender y entender, parece haberse concretado, en el inconsciente colectivo de los profesionales de la política en una sola clave y razón de ser de cualquier alocución: no se habla de nada en concreto, en particular, salvo tópicos (vuelta los comodines) que marquen distancias cualitativas, siempre a favor de la formación política que se dirige al electorado, respecto a las restantes. 

Dado que en consecuencia ,no se habla de nada, la clase politica profesional está obligada a poner cara de póquer y a gritar aún más fuerte que cualquiera de los adversarios. Poner cara de póquer es tal vez el mejor consejo que se puede dar a quien tenga interés en perpetuarse en política, a condición que tenga el don de la absoluta rigidez facial y de un estómago a prueba de bombas. Asombroso, el numero creciente de aspirantes que parecen cumplir, a rajatabla, semejantes condiciones. Pero asombra aún más pensar que muchas de estas personas lograrán con creces sus objetivos y pasarán a engrosar esa interminable lista de políticos profesionales que seguirán generando mas y mas desafecciones ciudadanas hacia la politica. Siglo XXI, cambalache. 


sábado, 13 de abril de 2019

El bululú





RAE: bululú Voz imit. 1. m. Comediante que representaba obras él solo, mudando la voz según la condición de los personajes que interpretaba. 

SE ABRE EL TELÓN; en el centro del escenario, una silla. Unos paneles con pinturas que quieren representar un ambiente nocturno de noche la rodea. Sale al escenario EL PROTAGONISTA, recorriendo rápidamente la distancia hasta la silla, en la que se sienta. Mira fijamente al público durante unos minutos. 

EL PROTAGONISTA: Heme aquí, frente a todos. No diré todas, porque a las mujeres se las conquista. Por lo demás, les aseguro que jamás he dependido de la caridad de los extraños. En relación a la historia de mi vida, básicamente, nací y enseguida me entregué a la vida. La cuna se me hacía pequeña y bien pronto, mi propia casa, en la que me sentia encerrado. Respiré la libertad el primer dia que mi madre me dejó en compañía de otros niños y una maestra. A los niños los miré fijamente y dejé claro de quién era el liderazgo a partir de aquel instante. En cuanto a la maestra, mis mejores sonrisas de ingenuidad bastaron para hechizarla. 
 
LA MAESTRA: Pero qué niño con más mala leche, no he visto nada igual. Pero al mismo tiempo, es tan adorable... 
 
UN NIÑO: Menudo puñetazo me ha soltado en el ojo... señoritaaaaaa
 
OTRO NIÑO:  Se ha comido mi desayuno... señoritaaaaa
 
UNA NIÑA:  Me encanta ese sufrimiento que tiene, me he enamorado de él... 
 
A CHORUS LINE:  Contemplad los primeros pasos de un individuo destinado a convertirse en el peor de los villanos. Ah, triste devenir de las civilizaciones, en las que sus malvados, con sus viles actos, parecen predestinados a triunfar. ¿Está la historia predestinada a ser escrita por sus maltratadores y no por aquellos que la construyen día a día?...
 
EL PROTAGONISTA:  Así comencé y así seguí. Siempre el mismo esquema en todas mis relaciones. Simplemente, no podía evitar ser el líder de cualquier grupo humano al que perteneciera. Y sí, tarea difícil, estoy de acuerdo con ustedes. Pero es la vida misma: o estás arriba o te hundes. Me costó lo mio, pueden creerme: traiciones varias, crímenes constantes, violencia desatada y sobre todo frustraciones. No, nunca tuve complejo alguno de conciencia. Había encontrado una vocación. Cuando ya era un delincuente profesional, no tenia un solo amigo y llegué a la conclusión de que nunca podría permitirme tenerlos. No hay buena tragedia sin un buen traidor. Y al traidor le suceden otros muchos.
 
TRAIDOR 1:  Él lo tiene todo: la fama, las chicas y la mejor parte del botín. Y ser socio de alguien que te supera en todo, es sencillamente insoportable. Debemos derrocar al jefe, es una labor de conciencia profesional.
 
TRAIDOR 2: Estamos obligado a la traición, al fin y al cabo qué clase de delincuentes seríamos si todo fuera armonía entre nosotros. ¿Dónde estaría la emoción? Completamente de acuerdo en derrocar al jefe: sobre todo, antes de que nos elimine a ambos.

A CHORUS LINE: Ahi está, subido a una montaña, nuestro protagonista, hecho a sí mismo, disfrutando de su éxito profesional mientras reflexiona sobre sí mismo lo que es capaz de reflexionar un individuo como él. Si piensan que hay una ascensión y caída de este personaje, están en los cierto, pero aún tendrán que esperar.
 
EL PROTAGONISTA: El caso es que decidí no tener amigos. Pero la soledad me pasó factura, la soledad me convirtió en un monstruo aún peor: así fue, de una manera natural, como entré en política. Nada cambió: seguí haciendo lo que siempre había hecho, sustituyendo las armas blancas o de fuego, por otro tipo de tácticas: acciones viles de todo tipo, aplastar contrincantes despojándolos de toda su dignidad. Y si era alguien de vida intachable, nada más sencillo que inventar pruebas en su contra. La política me daba honorabilidad y yo le daba a ella sus victimas, como un tributo diario.
 
VÍCTIMA 1:  Me desperté y estaba en una habitación, en la misma cama, con una chica, menor de edad, a la que nunca había visto...

VÍCTIMA 2:  De repente, de un día para otro, todas las redes sociales hablaban de mi supuesta drogodependencia, de mi alcoholismo... 
 
A CHORUS LINE (song): 
Moses supposes his toeses are roses
But Moses supposes erroneously
And Moses, he knowses his toeses aren´t roses
As Moses supposes his toeses to be
 
EL PROTAGONISTA: Toda suerte de gente con mi mismo perfil me rodeaba siempre, pero nadie era peor que yo. Mientras que ellos eran aficionados, yo ya era un maestro. Mientras todos querían el poder, yo ya gozaba de él. Pero no me bastaba: quería ser el dueño de todo. Así que emprendí una carrera de fondo en la que individuos de toda clase y condición se conviertieron en mis esclavos, dispuestos a vivir de mis migajas. Y naturalmente, en poco tiempo, conseguí ser el PRESIDENTE.
 
PERIODISTA LEAL AL RÉGIMEN 1:  Su Excelencia, en un gesto de su proclamada benignidad, tomó en sus brazos a un bebé y bendijo a su madre, recomendándole que tuviera bastante más niños que formaran parte en el futuro de su ejército...

PERIODISTA LEAL AL RÉGIMEN 2: Esos medios de comunicación que han visto cesada su actividad, intentaban dañar la imagen del país, de sus hombres y mujeres. La conducta inmoral de sus directivos, intolerable, ha sido penalmente castigada... 
 
A CHORUS LINE: Seguid, no perdáis de vista la ascensión de nuestro protagonista, dispuesto a convertirse en una divinidad entre mortales. No sospecha que a todo ascenso, le sigue una caída. La suya no se hará esperar...
 
EL PROTAGONISTA: Todo lo demás fue sencillo: bajo mis órdenes, la policía, los militares, se encargaban de todos aquellos que osaban alzar la voz en mi contra. En poco tiempo, yo era el Dios, temido y reverenciado, de toda la población civil. Eliminé a todos mis antiguos colaboradores, me encargué personalmente que cualquier persona que me rodeara apenas tuviera un ápice de información que a su vez desconocían los demás. Las cárceles se llenaron de enemigos. Yo era, en definitiva,  el más feliz de los hombres. 

CONSPIRADOR 1: Esta noche. Está decidido. Todos los medios de comunicación colaborarán. Las fuerzas armadas están con nosotros. Asaltaremos el palacio presidencial armados hasta los dientes.

CONSPIRADOR 2: El cadáver será expuesto para su escarnio público. Los ciudadanos estarán sastisfechos, pensando que ha prevalecido la justicia, mientras que nos llenamos los bolsillos con el tesoro público. 
 
A CHORUS LINE:  Nuestro protagonista parece destinado a la perdición. No es poco lo que sus enemigos traman contra él y sin duda se merece un final de esta índole. Pero confesad, estimado público que a estas alturas, a pesar de todo, le habéis tomado cariño a nuestro villano de manual. Así que, ¿por qué no dar una última oportunidad a este infame individuo? Al fin y al cabo, no haremos más que aquello que hemos visto tantas veces en política: omitir, como si nunca hubiera existido, la peor cara del personaje para mostrar ... bueno, en este caso no hay más que mostrar, pero afortunadamente, la ciudadanía tiene memoria selectiva, en todo lo concierniente a política. Así que imaginemos a nuestro protagonista felizmente huido en un avión, rumbo a algún país de habla hispana. Cosas más raras se han visto.
 
EL PROTAGONISTA: Bueno, lo he perdido todo, excepto a mí mismo. Y yo que pensé que había acabado con todos los que podían tracionarme... Pero a lo hecho, pecho. Hay que comenzar de nuevo y me han ofrecido un buen puesto de trabajo como consejero personal de otro Presidente al que sustituiré en breve. Mediocres hay muchos, incluso reyes de esos mediocres. Pero rey de reyes, sólo hay uno: yo mismo. Azafata, una copa de champagne... 
 
A CHORUS LINE (song): 
Moses supposes his toeses are roses
But Moses supposes erroneously
A Rose is a rose
A Nose is a nose
A Toese is a toese



SE CIERRA EL TELÓN









Último día del héroe

El héroe siente esa sensación de cansancio que desde hace un tiempo, debe vencer, una y otra vez. Sus músculos le pesan al tiempo que el ...