martes, 6 de enero de 2026

Joe, cinco dedos


El hombre se planta ante el espejo, brazos en jarras y cara de póquer. Sabe que es inútil; su físico no está a la altura de ningún héroe legendario, pero su entusiasmo está por encima de sutilezas. Al fin y al cabo, basta el deseo, exclama en voz alta, intentando convencerse a sí mismo, mientras hace girar en su dedo índice el revólver de juguete. El cigarro puro, comprado para la ocasión, no acaba de convencerle, así que lo sustituye por un vulgar pitillo. Se suceden las botas, que no son de su número, el poncho mexicano y el bigote de pega. Con los pantalones tuvo serias dudas, pero al fin y al cabo, nada más convincente que unos vaqueros desgastados. Se siente listo para la aventura, sea cual sea esta. Un primer paso para abrir la puerta, otro para salir a la calle e imponer su presencia entre los transeúntes, que deberán apartarse de su camino, huyendo de aquella figura que infunde temor. Es el pistolero convertido en ángel de la muerte, el vengador sin piedad, azote de los malhechores, surgido del infierno, del infinito polvo que arroja el desierto.   

Su mano se posa en el pomo de la puerta, pero la omisión de un detalle fundamental le paraliza: ha olvidado su nombre de pistolero, que no es cualquier cosa. Vuelve, apresurado, ante el espejo y tras varios intentos fallidos, concluye que Joe, cinco dedos, podría ser su mejor apelativo. ¡Escondeos, cerrad las ventanas!, ¡Llega Joe, cinco dedos!, grita, mientras arquea su cuerpo, desenfundado, en una pose bien estudiada, tras desplazar con parsimonia el poncho sobre el hombro. Tú debes ser el famoso Joe, cinco dedos... Quiero ver si realmente eres tan rápido como dicen…, grita, representando el rol de su antagonista, sin dejar de apretar el gatillo de aquellas pistolas de plástico. Sí, el nombre es perfecto y su sola mención haría palidecer a cualquier otro pistolero con el que se topara en el camino. Ahora, solo le falta la chica, la rubia de la cantina, profundamente enamorada, como todas, suspirando a diario por abrazar de nuevo al legendario forajido. Aparecerá, no le cabe duda; cualquier pueblo del Oeste estará repleto de mujeres rubias. 

Y por fin, sale a la calle. Ha practicado cómo andar arqueando las piernas, por más que le resulte incómodo: el estilo es el estilo y todos los detalles de su look son irrenunciables. De esta manera, se desplaza por la acera, bajo la atenta mirada de todos los ciudadanos que se cruzan con Joe, cinco dedos, que silba e interpreta a su manera, utilizando la boca para generar ritmos y sonidos con chasquidos vocales, alguna melodía que acompañe sus pasos en el western que imagina y vive. A su alrededor, los habitantes de aquel pueblo perdido, que podría llamarse Dodge City o quizás Tombstone, que le gusta más. Todos han pasado de la perplejidad inicial a lucir una amplia sonrisa, la mayoría, mientras el resto, se carcajea sin disimulos del terrible pistoleroimperturbable, que sigue andando con su disfraz, sus piernas arqueadas y la improvisada orquesta que sale de su boca. 

Los niños no tardan en dispararle con su dedo índice, acompañando, con onomatopeyas varias, las detonaciones. Un extrovertido adolescente se sitúa frente a Joe, cinco dedos,  avanzando hacia él, imitando sus movimientos, rodeados de una multitud que ha formado un círculo entre ellos y que aplaude la osada iniciativa del joven, pues va a enfrentarse con el más letal de los pistoleros conocidos, el que sonríe, complacido, por poder batirse al fin en mortal duelo.  Las manos de Joe, cinco dedos, desenfundan con rapidez y maestría las pistolas en las que cada muesca representa a una de sus víctimas. Una de ellas cae al suelo, pero nada impide que convierta, enseguida, a su improvisado enemigo en un colador, con certeros disparos, en aquella calle polvorienta, con edificios de madera desgastados, fachadas castigadas por el sol y un silencio sepulcral, solo roto por la música del piano de un salón de juegos cercano. El adolescente sigue el juego: con una mueca cómica, se lleva las manos a los genitales, emite un gemido en falsete y se deja caer al suelo, entre aplausos, silbidos y carcajadas. 

El forajido sale victorioso de su duelo a muerte. Sopla en el cañón de su revólver humeante y retrocede sobre sus pasos, entre ovaciones y abucheos varios, intensificando la melodía que generan sus carrillos y mofletes, dispuesto a regar su victoria con un buen trago. Entra en una cantina, empujando sus puertas, dos hojas de madera batientes, para alborozo de la clientela y terror de la camarera, depositando el botón de un abrigo en la barra. ¡Un vaso de whisky para Joe, cinco dedos, tengo que bajar el polvo que traigo en la garganta!, exclama. La mujer, de edad indefinida y rostro ajado, opta por servirle un orujo de alta graduación con la leve esperanza de que el pistolero, impertérrito a las bolas de papel que le arrojan algunos clientes, se vaya, cuanto antes, de la cafetería. Al primer trago le sucede otro y sus efectos son inmediatos, el pistolero cree reconocer en la camarera a la rubia de sus sueños. 

Dime que me has esperado todos estos años…   

- ¡Pues claro, no lo dudes!… ¡Todos estos años te he esperado, sí señor!… - ruge la mujer, mientras unta de zurrapa de lomo una tostada.  

- Y que todavía me quieres, como yo te quiero a ti…

- ¡Más, mucho más, hombre!, ¿dónde va a parar?… ¿Has dicho un cortado, con leche fría?… - pregunta, la ocupada señora, a otro cliente de la barra. 

El forajido de leyenda regresa a su casa, tambaleándose. En cuanto llega, busca el espejo y, frente a él, comienza a despojarse de su disfraz. El poncho se desliza hasta el suelo, los pantalones caen, junto a las botas. La camisa raída se une a las demás prendas que parecen descansar de un duro día de trabajo. Completamente desnudo, salvo por el sombrero que aún luce, ocultando la calva, ensaya una mueca, entrecerrando los ojos, que provocaría, no le cabe duda, el terror súbito a cualquiera de sus contrincantes. Es hora de que las pistolas descansen, pues mañana deberán seguir repartiendo justicia, deshaciendo entuertos, en defensa de los más débiles. Joe, cinco dedos, es la esperanza de los oprimidos… Satisfecho con su propio discurso, enciende el último cigarro del día y contempla la puesta de sol desde la ventana, soñando con horizontes lejanos, desbordantes de grandiosidad y desolación, con desiertos rojizos, cañones profundos, mesetas áridas y montañas imponentes…

 

lunes, 22 de diciembre de 2025

Fantasía para vivir


Tres meses o quizás mas, sin generar ni una sola entrada. Mala señal: vaivén de rutinas establecidas, tiempo que se diluye, días que pasan fugazmente, transformados en semanas e incluso, como es el caso, en meses. Por el camino quedan retazos constantes de vida, es evidente, pero sumergidos en el océano de la deriva, en esos recuerdos que se solapan con las vivencias y responsabilidades del día siguiente, que inmediatamente será sustituido por otro. El eterno círculo de la vida, que hoy he querido detener: es domingo, la calefacción central y una manta me reconfortan de un tiempo gris y lluvioso, mientras las palabras parecen encontrar su propio camino, incluso su lugar, que no es poco, en una sociedad en la que hemos sustituido las palabras por los gritos, el discurso por los monólogos, la razón por la frustración, siempre entre voceríos. A pesar de todo, mi quizás ingenua mentalidad sigue creyendo en las palabras de Whitman: No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo. Y por otra parte, somos simplemente humanos, al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, recordando a Galeano. Seamos positivos, en los días del año más significativos para la esperanza, incluso para las quimeras. 

Estas últimas adoptaban la forma de intensos deseos, en mi infancia. En la medida que creía firmemente en su materialización, soñaba con ellos, convirtiéndolos en tangibles, en ese reino de la fantasía, deslumbrante de colores, que iluminaba mis días y mis noches. Así, con la nariz pegada al escaparate de la juguetería, me recreaba en cada uno de los juguetes de la época, disfrutando de todos ellos en mi imaginación desbordante, que seguía viva e inagotable cuando abrazaba las sabanas de mi cama, inmensamente feliz al entregarme a Morfeo rodeado de muñecos de la marca Madelman, de vehículos teledirigidos, juegos de mesa, el set de sheriff, con su rifle y sus revólveres, la anhelada bicicleta...    Al despertar, lo primero que hacía era abrir los armarios, el lugar común en el que debían aparecer, misteriosamente, todos aquellos juguetes, inasequible al desaliento: si no estaban allí aquella mañana, estarían al día siguiente. Así, hasta que en el día mágico, gracias a las artes de aquellos Reyes Magos, nuestras manos tocaban, al fin, parte de todo aquello que tanto habíamos soñado. No pensábamos en los juguetes que faltaban, todos nuestros sentidos se dirigían a los que sí habíamos encontrado, en el ropero de nuestro cuarto, debajo del árbol de Navidad, al lado del Belén, encima de la cama, incluso debajo de ella. Así se escribía uno de los días más felices de mi infancia. 

Procuré no alejarme mucho, según pasaron los años, del reino de la fantasía, intuyendo, antes de Michel Ende, que pasear por sus rincones no se reducía a una simple evasión, sino que constituía una poderosa herramienta para el auto descubrimiento personal, para moldear y re situar la realidad. Siempre he estado completamente de acuerdo con Proust, no vemos el mundo cómo es, vemos el mundo cómo somos. Así, de una idealización absoluta en la época adolescente, creyéndome, como todos, que era un Dios reencarnado y que en la palma de mi mano podía sostener el tiempo y el futuro, pasé a un ámbito mínimamente más realista, al decidir que el mundo que construiría a mi alrededor sería aquel en el que existiera un amplio espacio para seguir colocando baldosas amarillas en mi camino, siendo consciente que otras personas, a mi alrededor,  habrían prescindido, incluso a edades tempranas, de magos de Oz habitando en la Ciudad Esmeralda. Si muchos renunciaban a la fantasía como alimento para el alma, yo estaba dispuesto a que su reino sobreviviera, insuflando en él, cada día, mis impulsos, emociones, sueños, anhelos, sentimientos, expectaciones, para que una vez filtradas por la Emperatriz Infantil, regresaran hasta mí, en forma de lluvia en primavera. Y salvo periodos de sequía, como quizás los de estos meses, he bebido, siempre expectante, de esa agua durante décadas, justo hasta el día de hoy. 

Mi reino de la fantasía ha sido alimentado, prácticamente a diario, por todos esos libros que he leído, durante mi vida, que serían incontables. libros que no he olvidado y a los que no he traicionado. Tal ha sido mi conexión profunda con la literatura que realmente importa, aquella que te cambia y a la que se vuelve a menudo, sin renunciar a su mensaje ni su impacto, porque la dignidad humana se construye como suma de las experiencias de la vida cotidiana y aquellas tan duraderas que nos proporcionan las lecturas significativas. Evocamos el amor por la lealtad hacia las historias y los valores que nos formaron, encontrando en los libros un refugio y un espejo de nuestra propia alma,  pues los libros son espejos: vemos en ellos lo que uno ya lleva dentro. Si logramos, además, transmitir a los demás, sobre todo a las personas que más nos importan, ese inabarcable mundo interior que nos caracteriza, habremos logrado el mejor de los fines humanos: extender la fantasía y con suerte, hacer del mundo el mejor lugar para vivir, pues las ficciones nos permiten vivir muchas vidas y ser más empáticos, volviéndonos más sensibles y críticos. Las historias compartidas expanden nuestra humanidad, al permitirnos experimentar otras realidades y conectar emocionalmente, lo que nos hace mejores personas y fomenta el progreso social. Mientras tanto, no dejemos de ser dichosos en estas fechas. Felices Fiestas a todos/as.    

viernes, 5 de septiembre de 2025

En el camino


No han sido pocos mis paseos por los laberintos de los sentidos, en esos abundantes atardeceres en la playa, que he podido disfrutar durante este verano. Conscientemente o no, me he dejado llevar, cada tarde, por ese espectáculo visual donde el cielo se tiñe de naranjas, rojos y rosas, mientras el sol se hunde en el horizonte. La luz dorada se refleja en el agua, momento en el que es muy difícil evitar la tentación de un último baño, justo cuando el suave murmullo de las olas acompaña la escena y las nubes adquieren tonalidades cambiantes, creando una atmósfera mágica y serena que invita o bien a la reflexión sobre el día que termina o, quizás, con más frecuencia, a dejarse llevar por esa sinfonía de colores, esperando que nos descubran los caminos que nuestra propia imaginación nos invita a recorrer. 

En esos senderos que se bifurcan, he podido ver imágenes del pasado, pero también de un presente que nunca se detiene, anhelando convertirse en futuro. Non sufficit orbis, he exclamado en esas ocasiones, intentando congelar el momento, dando margen para explorar la construcción de la propia identidad, la memoria y los misterios del tiempo, abriendo brechas y líneas de fuga. Por una de estas últimas pude asomarme, no sin dificultad, para entrever una vereda prometedora, quizás la misma en la que en tantas ocasiones, me he dicho a mí mismo que debía transitar, pero que por una razón u otra, he postergado. Es el momento, no hay excusas... me he dicho a mí mismo, cuando mis pies se han decidido a pisar aquella tierra rojiza, que cubre, a modo de manto, aquella senda que desprende tiernas promesas. 

Y veo lo que esperaba ver: innumerables frascos, de delicado diseño, en los que se guardan recuerdos, amontonados, formando montañas, a ambos lados del camino. Pero mi único deseo es llegar al final del mismo, evitando ser absorbido por las tentadoras fragancias que desprenden todos esos promontorios abundantes de nostalgia. De repente, me topo con un arlequín, que surge inesperadamente de la nada: ... Soy Truffaldino, señor. Después de servir a dos amos, os puedo decir, sin temor a equivocarme, que la vida está trazada de rutas que no son rectilíneas, abundan las curvas, no pocos hoyos y a veces, incluso profundas fosas... Las caídas son inevitables, pero nos habituamos a ellas, mientras moldean nuestro destino...  Sus estridentes palabras finalizan con una reverencia, justo cuando pone en mis manos  una bella sparaxis, antes de desaparecer,  mientras resuenan sus últimas palabras: ... Señor, las piedras, olvidé mencionarlas. Las encontraréis a cada paso y es más sencillo buscar espacio entre ellas que sortearlas…

Sigo caminando, pausadamente. Una bella canción que recuerda que nunca hay que dejar morir la posibilidad, ameniza mis pasos. Otro encuentro me espera: sentando en una silla, al borde de la senda, el príncipe Myshkin me habla del poder redentor del amor, de la compasión... Recuerda, la belleza salvará al mundo... Esta sensible persona desprende, con su presencia, con sus palabras, perspicacia, compasión, sinceridad, franqueza, una ausencia absoluta de egocentrismo. Mi conciencia receptiva se abre ante el príncipe, al que no deseo interrumpir... No puedo soportar a toda esa gente ajetreada, agitada, eternamente preocupada, sombría e inquieta que va y viene, presurosa, a mi lado por las aceras. ¿Para qué, por qué, su constante tristeza, su constante alarma y agitación, su constante rencor sombrío?... Su mirada cristalina me sugiere una respuesta: ... Ojalá estuviéramos hechos del mismo material con el que se forjan los sueños, pero me temo que no es así... Le entrego la sparaxis que me regaló el arlequín y con una sonrisa, Myshkin se disipa, lentamente, de mi vista, mientras su dedo índice señala el camino serpenteante que debo seguir recorriendo, a pesar de la bella goleta que, de repente, obstruye el mismo, cuyos tres mástiles se alzan imponentes.

...  Porque el sueño más real es aquel más distante de la realidad, aquel que vuela solo, sin necesidad de velas ni de viento... El aspecto de Corto Maltés, cuando baja del barco, acentúa sus palabras: viste predominantemente a la moda marinera, con un abrigo negro largo de color azul marino, pantalones blancos anchos, un chaleco rojo claro, camisa blanca con el cuello subido y una corbata negra fina; su rostro queda parcialmente tapado por un sombrero blanco de marinero con visera. Un perfecto actor que se interpreta a sí mismo. El marino que ha hecho de la aventura una forma de existencia, me muestra la palma de su mano, en la que un día alargó, con una navaja, la línea de la vida... Existen tesoros fastuosos, aunque no hay forma de encontrarlos, porque unos diablos burlones lo esconden en los laberintos de nuestras preguntas y respuestas… Pero no aspiro a encontrarlos, solo deseo volver a casa, cada día, sin la tristeza, volver a casa sin la pesada carga, volver a casa  desprovisto de disfraces...  

Fascinado por el más famoso aventurero del siglo XX, pienso que cualquier persona querría ser como él, pero los más idealistas, prisioneros de nosotros mismos, elegimos soñar, antes que timonear. Corto parece leer mis pensamientos: ... Es preciso navegar, a diario, incluso a lugares que ya existen en nuestra imaginación, sabiendo que en cada parada nos aguardan un amigo leal, una aventura y unos desheredados con los que compartirla... No me da opción a embarcarme con él, tal es mi deseo, simplemente vuelve a la goleta, que se iza del suelo, haciéndose invisible, mientras me llegan sus últimas palabras: … Las respuestas quizás las encuentres en esa gruta, que marca el fin de tu camino... 

En efecto, el camino finaliza justo en la entrada de una caverna, en la que me adentro sin pensar, expectante por descubrir los secretos de su interior, que descubro en forma de estalagmitas, estalactitas y columnas, que aparecen entremezcladas en el suelo, unas sobre otras. Una dulce voz surge a mis espaldas: ... La Eternidad, decimos, está allá, como si fuera un lugar. Sin embargo, está tan cerca…Me acompaña en mi paseo, comparte conmigo su hogar; no tengo ninguna amiga tan fiel como esta Eternidad.... Emily Dickinson se baña, desnuda, en una fosa en la que se reflejan varios arcoíris, regalándome sus poemas y su sonrisa. No sueño con la eternidad… le respondo,…pero sí creo en que hay momentos eternos. Pero como ciegos, los apartamos de nuestros caminos, a golpe de bastón. Preferimos lo efímero, porque nos permite comenzar de nuevo, nos sentimos cómodos en los principios anticipándonos a su final. Como mortales, no concebimos lo imperecedero… Emily emerge lentamente del baño, mostrándome su cuerpo. Me abraza tiernamente y me susurra al oído un poema: … Cuando creas que no alcanzas lo deseado, piensa que tus pies se acercan cada día, por más que frente a ti, se alcen tres ríos y una colina por cruzar; incluso un desierto y un mar…Me ruega que, simplemente siga caminando, sorteando la madeja de calcitas, mientras otro de sus versos resuena con un eco repetido y las paredes los devuelve, ampliando sus susurros, que parecen besos: ...  A escasos metros, encontrarás la salida, justo donde una luz áurea aparece. Recuerda, cuando la veas: seremos felices si amamos la ternura... tu suerte será esto y la brillante ansia de sol y la belleza... 

Aquella luz me guía y me ciega. A tientas, sigo avanzando, sintiendo la brisa del mar, suspiros salados, que acarician mi piel, en dulces vaivenes. Abro los ojos y estoy sentado en mi silla, al lado de la orilla del mediterráneo, justo cuando la luz dorada baña el horizonte, reflejada en el agua. El último baño del día me espera. Mis brazadas se fundirán con la gama cromática del cielo y del mar, al ponerse el sol. Soy parte del ciclo de la vida y el agua,  de ese océano que es símbolo de plenitud, fuerza vital y alegría. Corro hacia el agua, mientras grito ¡Carpe Diem

jueves, 7 de agosto de 2025

Lejos de Sylvana

 

En los laberintos de la memoria colectiva, esos reinos que solo se conciben como imaginarios, tienden a diluirse, entre capas de tiempo y olvido. Es el destino de todas las quimeras, de esos paraísos idealizados que solo parece encontrar cobijo en nuestros sueños, mientras navegan entre corrientes de anhelos, que los días van cambiando y moldeando. Por eso pugno conmigo mismo, para que mis intensos recuerdos puedan seguir vivos, sin mezclarse con dimensiones oníricas,  evitando que se deslicen a la parte inferior del reloj de arena. Quiero seguir, no sé si despierto o dormido, junto a mis vivencias, haciéndolas florecer con solo cerrar los ojos. Si puedo seguir recordando, siempre me quedará la esperanza de poder regresar a Sylvana. Aunque nadie me crea, yo estuve allí…

Llevaba mucho tiempo con un deseo creciente: sumergirme, sin ninguna compañía, en plena naturaleza. Deseaba alejarme de la civilización, de la vida cotidiana, de las personas, solo deseaba estar conmigo mismo, en medio de un bosque frondoso. Era pleno otoño, cuando decidí explorar aquella densa espesura, cuando los colores dorados, pardos u ocres lucían a su máxima potencia. Su inmensa masa forestal, compuesta de hayas, abetos, robles, arces, tejos, bojes, acebos y avellanos, recreaba paisajes entre lo mágico, la leyenda y la belleza de la naturaleza, casi virgen.  

Contaba con un mapa muy detallado y una brújula, así como un equipo más que suficiente, que incluía víveres y una pequeña tienda de campaña, apta para resguardarme de la humedad nocturna, que me posibilitarían pasar, sin apuros, varios días, inmerso en aquella hermosa espesura.

En cuanto mis botas pisaron el primer sendero que se adentraba en la frondosidad del bosque, me sentí al abrigo de todos aquellos árboles que se alzaban majestuosos, formando un dosel que filtraba la luz, creando una sinfonía de colores, un espectáculo de oro, rojo y marrón, pintando un paisaje de ensueño. Entretuve mis pasos, sobre aquella alfombra de hojas áureas, escuchando al viento, que jugaba con las copas de los árboles, produciendo melodías que parecían susurrar secretos de la tierra.

Escogí el sendero más largo, el que me llevaría hasta el corazón de aquella algaba, que pretendía recorrer sin prisas, deteniéndome a cada instante, sumergiendo mis pies en aquellos manantiales de líquenes, rodeados de hayedos, de corzos siempre a la fuga, escuchando los cantos de las diversas aves, como reyezuelos, pinzones y petirrojos. El tiempo se diluía, en aquel paraíso, sustituido por el vendaval de sensaciones liberadoras que recorrían mi mente y que tanto había anhelado. Necesitaba vivir experiencias emocionales intensas y abrumadoras, que convergíeran en un torbellino de sentimientos, que impactaran en todos mis sentidos. 

Al anochecer, corrí desnudo, gritando con todas las fuerzas de mis pulmones a los fragmentos de cielo estrellado, que podía ver entre los claros de las copas de los árboles. La oscuridad de la noche, rota por la luz de las estrellas, que se filtraba entre las ramas, creaba un efecto mágico, de evocación de sensaciones de misterio y belleza. Mis gritos se dirigían a la naturaleza y al firmamento, deseaba ser uno de los árboles que abrazaba, una estrella de aquella gran bóveda celeste, fundirme con el entorno, hundiendo mis pies en la tierra. 

Seguí corriendo, enajenado, hasta que, de repente, dos columnas azules aparecieron ante mí.  Volví a la serenidad, sorprendido, con aquella visión. Ambas se alzaban al menos a dos metros del suelo, en el que estaban incrustadas, forjadas en alabastro translucido, impregnadas sus tallas con un manto de misterio, pero también de una extraña calma. No había en aquella repentina presencia nada que reflejara ninguna inquietud o amenaza y el misterio de su inexplicable existencia parecía quedar reducido a una invitación que no me era posible rechazar: debía pasar entre aquellas dos columnas; sin detenerme a pensar en ello, guiado por un impulso irrefrenable, así lo hice.  

Un resplandor intenso me cegó. Tardé unos minutos en recuperar la visión y cuando logré volver a ver, en principio imágenes borrosas y poco después, por fin, nítidas, constaté que la noche y la oscuridad habían desaparecido, sin poder creer lo que mis ojos me mostraban: ante mí se abrió un valle luminoso, lleno de árboles frutales, flores de colores vivos, altas cascadas que se transformaban en ríos cristalinos, que serpentean a través de paisajes de una belleza indescriptible. Un jardín infinito, en el que los sentidos se perdían entre la fragancia de las flores, el sonido del agua, la armonía y belleza de aquella naturaleza desbordante.  

Recorría aquel mundo evitando hacerme preguntas. No me sentía un extraño en el paraíso que me había abierto sus puertas. Sentía que pertenecía a aquel mundo, inabarcable a la vista, quizás porque siempre había soñado con él. La Madre Tierra toleraba mi existencia y quise dar las gracias bailando y cantando, hasta que mis pies se rindieron y me desplomé sobre la hierba, ligeramente húmeda. Estaba impregnado de energía de la naturaleza prístina, observando en silencio el cielo, deslumbrado por un sol intenso, que me devolvía sensaciones de calidez, brillo y amplitud, mientras iluminaba el mundo, contrastando con la inmensidad y serenidad del cielo azul. 

Mi cuerpo recibía los rayos intensos de sol, penetrando en mi piel con su abrazo dorado. Alzaba mis manos, al cielo azul infinito, dibujando un lienzo sereno en el que descansar la vista. En cada planta, en cada hoja, en todas las flores, en los árboles, la luz bailaba, desprendiendo ecos de energía vital. Bajo aquella bóveda celeste, el aire se llenaba de un aroma a primavera, a libertad, a tiernas promesas de sueños cumplidos. Yo era río que fluía, un eco profundo del firmamento, parte de un ciclo eterno. 

Más tarde, me bañé bajo una cascada y no tardé en comer de aquella fruta, de saciar mi sed en aquella agua cristalina, ansioso por seguir explorando aquel Edén, refugio de belleza, paz y serenidad, con toda mi alma impregnada de descanso y equilibrio. La brisa acariciaba mi rostro al mismo tiempo que mis pies descalzos se hundían suavemente en la tierra húmeda, mientras que Helios seguía tiñendo el paisaje de cálidos tonos anaranjados. El aroma de la tierra mojada y la vegetación exuberante llenaban mis pulmones con ráfagas de frescura, de vitalidad. 

Por el caleidoscopio de mi ojos pasaban todos los árboles, los ríos que serpenteaban entre ellos, los cálidos abrazos de todas aquellas ramas, que parecían susurrar historias antiguas, con todas sus hojas danzando al compás del viento, entonando bellas melodías. Cada elemento de la naturaleza parecía hablarme, revelando secretos milenarios. Mi cuerpo, ajeno a sus propios límites y fragilidades, se diluía, transformándose en raíces, en savia,  en semillas de flores. La naturaleza me acogía, me transformaba, me liberaba. Fluyendo juntos, las barreras se desmoronaban. Mi alma se liberaba de prisiones terrenales, mientras renacía, abrazada a aquella fuerza ancestral surgida de las entrañas de la tierra. 

No dejé de andar hasta caer extenuado, desbordados mis ojos y mis sentidos por todas aquellas intensas experiencias sensoriales, emocionales. Desbordado de estímulos, rodeado de  guardianes silenciosos de historias que solo yo podía escuchar, cerré mis ojos en la orilla de un riachuelo, dejándome mecer por la brisa de la eterna primavera de aquel paraíso, sosteniendo en mis manos unos lirios amarillos. En ese instante, sentí que el tiempo se desvanecía, las horas se desplomaban, como hojas secas del árbol de la vida y el viento del olvido las llevaba lejos, muy lejos, llevándose consigo deseos, memorias, residuos, ruidos, susurros, silencios, días y noches, pequeñas historias, sutiles detalles. No había pasado, presente o futuro, todo era fugaz, entre ecos lejanos y sueños dormidos. Mientras me adormecía, la sensación de mortalidad se desvaneció, reemplazada por una certeza inquebrantable: yo era parte de algo eterno, algo que trascendía mi propia existencia. 

Desperté en el interior de mi tienda de campaña. Aún sostenía en mis manos los lirios, cuyo aroma era intenso, como si acabara de arrancarlos de la orilla del riachuelo. Para mi sorpresa, no me sentía perplejo, ni sorprendido, pero sí con un vacío inmenso dentro de mí. Simplemente, había regresado al bosque y lo único que se me ocurrió hacer fue sentarme, bajo un árbol, permaneciendo inmóvil para contemplar el amanecer. Mis ojos se dejaron llevar por aquel lienzo pintado con delicadeza, en el que un pincel de oro desplegaba sus rayos sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos suaves y cálidos. 

Las nubes, como pinceladas dispersas, se vestían de rosa y naranja, mientras las aves despiertan con sus cantos, anunciando un nuevo día, que sentí como lleno de esperanza, mientras negaba la posibilidad de que todo hubiera sido un sueño. Pensé que si acaso estaba equivocado, ¿qué podía importar? Las imágenes de aquel paraíso estaban dentro de mí, tan intensamente vívidas y tangibles que, con tan solo cerrar los ojos, podía volver a tocar aquellas flores, los árboles, sentir el frescor del agua, la brisa del viento. Y ahí permanecerían estas sensaciones, estaba seguro, recorriendo mis poros, toda mi vida.

El bosque, por medio de algún prodigio, me había abierto la puerta de ese universo fastuoso. Sentía en mi interior un desarrollo armónico pleno y sabía que debía seguir mi propia e independiente evolución. Hubiera sido absurdo buscar desesperadamente aquellas columnas de alabastro. Quizás la magia, posiblemente arcanos olvidados por el tiempo, borrados para siempre de la memoria de los hombres, habían obrado sobre mi persona. Fuera como fuese, yo me sentía el más dichoso de los seres. La naturaleza me había proporcionado el mayor de los regalos, transformándome, moldeando mi mente para su renacimiento. No debía hacerme preguntas imposibles, ni buscar respuestas absurdas. Me limité a recoger todo mi equipo, dispuesto a seguir la travesía prevista. Antes de partir, esbocé en un papel un poema, con un nombre susurrado por aquellos árboles, que deposité en el hueco de uno de los robles:

Dicen que la verdad no está en uno, sino en muchos sueños,

Pero hoy me he despertado del mayor de todos ellos,

Lejos de sendas oscuras, extinguidas las sombras acechantes,

Así camino, con paso firme, hacia un nuevo amanecer,

Hacia ese destino en el que mi espíritu se despeja,

Liberado de cadenas invisibles, mis pies levitan.

No existe el pasado, solo me define mi presente, el momento me guía.

Fugado de lo aparente, soy soberano de mi mismo,

Creedme, pues yo he estado en Sylvana.

lunes, 21 de julio de 2025

Anfítrite en verano

  

La voz de Anfítrite siempre surgía con la llegada del verano. Al principio, sutilmente, en forma de susurros, hasta  transformarse en un poema musical. Sus palabras inundaban mis sentidos, siempre en la orilla del mediterráneo, desplazándome mentalmente a las profundidades de aquel fascinante universo azul, donde las cincuenta nereidas nadaban a mí alrededor, sosteniendo tridentes y guirnaldas de flores. Escoltaban el carro de conchas de perlas tirado por delfines, que me conducía a los dominios del dios de los mares, el esplendoroso palacio dorado donde la diosa vivía junto a Poseidón. 

Veían en mí a su hijo Tritón, pero yo era un simple pescador con la piel abrasada por el sol y manos encallecidas, con apenas dieciocho años recién cumplidos, que no conocía otra realidad más allá del mar y las redes que lanzaba cada día a las aguas. Una vida gris, monótona y agotadora, entregada a un solo ritual: el mar y sus peces. Cada día, con movimientos seguros y precisos, extendía la red sobre la barca. Me aseguraba de que la relinga superior, con sus flotadores, y la relinga inferior, con sus plomos, estaban listas para su cometido. Tomaba la red con ambas manos, la elevaba por encima de mi cabeza y con un movimiento coordinado, la lanzaba al agua. La red se abría como un abanico, extendiéndose sobre la superficie antes de hundirse lentamente, formando una gran circunferencia en el mar. El número de peces atrapados equivalía a un día de bienestar o de penurias. 

Tal era mi vida y nada más podía esperar de ella hasta que un día, inesperadamente, en la red apareció un objeto que recordaba en sus formas a un pequeño tridente de coral, de color áureo. Era un claro presagio, pero más allá de mi sorpresa, me limité a devolverlo al mar, mi mente solo estaba ocupada por los peces. 

Ocurrió lo inesperado, a los pocos días, en una noche de agosto, en la que los marineros y pescadores invocábamos a las ninfas del mar, con altares dedicados a ellas situados en la orilla. Les hacíamos ofrendas de aceite, miel y leche, mientras apelábamos a su indulgencia, para tener un viaje favorable y un regreso seguro a las costas. Pero nuestra suerte parecía estar escrita por Zeus: una repentina y terrible tormenta se abatió, en cuestión de segundos, sobre nuestras cabezas, arrastrando sin remisión a las embarcaciones contra los arrecifes, haciéndolas añicos. 

Aquel mar embravecido nos condenaba a todos a morir en sus profundidades, siendo inútiles nuestros esfuerzos por mantenernos desesperadamente a flote. Junto a los restos de las frágiles barcas, fuimos devorados por las aguas embravecidas y sentí como caía a un abismo, teñido de rojo, del que no podía salir. Antes de que mis pulmones estallaran por completo, en las profundidades de aquel mediterráneo furioso, me pareció ver un destello de luz avanzando hacia mí y de repente, mi mirada y la de Anfítrite, se cruzaron. Surgió mágicamente, como una presencia etérea, irradiando una calma que parecía apaciguar el caos mortal circundante. Antes de desmayarme, pensé que aquella visión era lo último que vería en mi vida.

Me desperté en el palacio submarino de Poseidón, bajo los cuidados intensos de las nereidas Actea, Ágave y Eudora, así se me presentaron las tres bellas ninfas del mar. Todas formaban parte del séquito de Poseidón y eran conocidas por los marineros, dado que siempre socorrían a aquellos que lo necesitaban, como era mi caso. Estaba rodeado de delfines e Hipocampos, estas últimas criaturas, mitad caballo, mitad pez, que transportaban sin cesar a dioses, diosas y ninfas marinas por el mar. Las nereidas me daban de comer los frutos del mar, vestidas con túnicas de seda blanca con bordeados dorados, con sus coronas formadas por ramas de coral rojo.  

Entre tanta belleza, tardé en hacerme preguntas, quizás porque las respuestas estaban a mi alcance: además de ser el único superviviente del naufragio, podía respirar bajo el agua, por las branquias que habían aparecido, sorprendentemente, en mi cuello. Nos comunicábamos sin abrir los labios, bastaba mirarse a los ojos y nuestras mentes hacían el resto. Para todos los habitantes del reino de Poseidón yo era Tritón, el hijo de Anfítrite y Poseidón, mitad humano, mitad pez, una divinidad acuática que podía transformarme a voluntad. Cierra los ojos. Y deja fluir el deseo... me indicaron las nereidas. Así, mi metamorfosis era inmediata: la parte superior del cuerpo de un hombre y la parte inferior del cuerpo de un pez. Me sentí cómodo en mi nuevo cuerpo y en cuanto me recuperé, comencé a usarlo, nadando velozmente.   

Como Tritón, recorrí el palacio submarino, una maravilla oculta en las profundidades marinas, un lugar de ensueño donde la luz se filtraba a través de aguas cristalinas, creando un espectáculo de colores y sombras. Muros hechos de perlas brillantes y corales centelleantes resplandecían, adornados con esculturas de criaturas marinas y sirenas danzantes. Columnas hechas de algas marinas entrelazadas con plata sostenían techos de cristal que reflejaban la belleza del océano. Dentro, múltiples salas llenas de tesoros marinos, como conchas nacaradas y piedras preciosas, adornaban las estancias, mientras que en el salón principal, Poseidón y Anfítrite, este con su tridente de oro, presidían reuniones con todas las criaturas del mar. El palacio se encontraba en un jardín submarino de exuberante belleza, donde plantas marinas bioluminiscentes iluminaban el camino y criaturas marinas nadaban libremente, creando un ambiente de paz y serenidad. 

Anfítrite me abrazaba: yo era su hijo perdido, que felizmente había retornado. Un día, eras aún un niño, desapareciste y supimos que habías decidido unirte a los hombres, ser uno de ellos. Olvidaste tu verdadera naturaleza, mientras vivías entre mortales... Ahora debes recordar quién eras, quién eres, querido hijo, de nuevo estás en tu casa, en tu reino...  Poseidón asentía, inmensamente feliz, ante su supuesto hijo, al fin reencontrado. Pero yo no tenía recuerdos de ese mundo que no dejaba de deslumbrarme, allá donde ponía mis ojos. El palacio no era una estructura rígida, sino que parece fluir con las corrientes marinas. Las paredes eran de un material perlado que brillaba con luz propia, y los techos, de cristal permitían una vista impresionante del océano circundante. Estaba adornado con tesoros del mar: perlas gigantes, corales de colores, piedras preciosas encontradas en naufragios, y esculturas de criaturas marinas hechas de materiales del mar. 

Cada sala que recorría tenía una función específica. La sala del trono donde Poseidón y Anfítrite recibían a sus invitados, estaba adornada con un trono hecho de conchas marinas y rodeada de sus más leales súbditos. Había también bibliotecas con pergaminos marinos de coral, habitaciones llenas de tesoros, y salones de banquetes donde se celebran fiestas con néctar y ambrosía submarina. Un jardín rodeaba el palacio, lleno de plantas marinas bioluminiscentes, que iluminaban el lugar con luz propia. Peces de colores brillantes nadaban entre las algas y corales, creando un espectáculo de belleza natural. Entre estas maravillas, el ambiente era de serenidad y paz. La presión del agua parecía inexistente, y la luz del sol que se filtraba, creaba una atmósfera mágica. Todo el conjunto irradiaba tranquilidad y armonía.  

Pero, para mi desesperación, ninguna de estas maravillas me era familiar y por más que me esforcé en ello, no logre encontrar atisbo alguno de una vida pasada entre mis recuerdos. Anhelaba encontrarme con esa existencia que, según mis padres, había dejado atrás. Yo quería ser Tritón, pero mi mente parecía negar lo que para todos, excepto para mí mismo, era una evidencia. Las sirenas celebraban mi vuelta, nadando junto a mí.  Los Abgal, los siete espíritus sabios del agua, me saludaban, eufóricos: ¡De nuevo Tritón está con nosotros!, gritaban a mi paso. Cuando cabalgaba a lomos de un hipocampo, me sentía eufórico y dueño de mí mismo, de mis actos, mientras me cruzaba con los Ictiocentauros, majestuosos centauros con cola de pez que hacían una reverencia a mi paso. Mis hermanos, otros tritones, se responsabilizaron de mí, mostrándome todos los secretos del océano, mientras las nereidas velaban para que no me ocurriera un imprevisto. Estas últimas entonaban cantos en mi honor: 

Oh, Tritón, el de los cabellos revueltos, el bello ser de tez morena,

Dios e hijo de dioses, héroe de brazos poderosos, de cuyo tridente emana la energía del océano

Aquel que ha vuelto y que ya está entre nosotros, iluminándonos con su fuerza y sabiduría

Ahora que has regresado, Oh, Tritón, nuestro reino brilla con la luz que irradias

Sigue el canto de las sirenas, recorre los mares y muéstrate con orgullo a los seres que te veneran

¡Que todos sepan que el gran Tritón, el hijo de Poseidón y Anfítrite, surca de nuevo las aguas! 

Me había convertido en una criatura submarina. Pero si realmente era Tritón, ¿por qué no podía recordar? No podía concebir a ningún ser permitiéndose olvidar aquel reino fastuoso, tras vivir en el mismo y aún menos abandonarlo. No retenía ningún recuerdo del niño Dios que todos contaban, el que se fugó, para vivir entre los hombres. Sin reminiscencias de mi hipotético pasado, era la primera vez que veía aquel palacio y a los habitantes del mar. Me sentía como un impostor, mientras deseaba, con todas mis fuerzas, volver a ser aquel que todos decían que era y maldiciéndome a mí mismo por no conseguirlo, a pesar de que mi cuerpo era mitad hombre y mitad pez, de mis branquias, de la fuerza física colosal que había crecido en mis músculos. Recordaba mi infancia, entre otros niños, en una aldea de pescadores. El transcurso de los días, siempre al borde la pobreza extrema, pero felices porque a pesar de todo, los habitantes de la aldea nos teníamos los unos a los otros y siempre había algo que comer, por frugal que fuera. Días que me fueron transformando en un hombre, hasta que recibí mi bautismo como pescador, conduciendo por mí mismo nuestro frágil esquife y logrando mi primera pesca sin ninguna ayuda. 

Nuestro pasado es siempre valioso, pero lo es aún más el presente. Cuando tus dudas se disipen, volverás a ser Tritón, simplemente porque te sentirás como el Dios que eres... Anfítrite me acogía entre sus brazos, mientras acariciaba mi rostro. Ninguna mortal o diosa podía rivalizar con su deslumbrante belleza. Su presencia era etérea, coronada por su cabello, reminiscente de la luz del sol danzando sobre las olas, que caía en cascada por su espalda. Su risa resonaba como el suave murmullo de las mareas oceánicas, y su presencia irradiaba una calma que parecía apaciguar el caos circundante. La diosa encarnaba la esencia de los mares que Poseidón gobernaba, la misma diosa que me abrazaba e insistía en llamarme su hijo. 

Debes explorar mis dominios y ya estás preparado para ello, me dijo Poseídón. Lleva contigo tu caracola y recuerda que soplando en ella, tienes el poder para calmar o elevar las olas. Porta con orgullo el tridente, que te identifica como príncipe del mar y no olvides su poder destructor. Pero sobre todo, evoca quién eres: venciste a Miseno, hijo de Eolo y también a Heracles, en singular lucha. Te esperan seres muy poderosos como Tetis. Otros dioses con poderes inimaginables,  Nereo, Proteo, Glauco y Forcis entre ellos. Los Telquines, una raza de demonios acuáticos. Monstruos como Escila, un ser femenino con seis cabezas y doce patas, siempre letalY tantos otros que, sin duda, se cruzaran en tu camino. Parte, hijo mío. Mientras encuentras conocimiento, te conocerás a ti mismo...   

Así comenzó mi viaje por las abismales profundidades de los océanos, a lomos de un delfín. En mi periplo, los encuentros anticipados por Poseidón no dejaron de sucederse, mientras descubría otros seres, otros reinos, en el infinito del gran azul, desbordante de vida, pero también, como fui desvelando, de muerte. Lejos del reino de mis padres, el mundo submarino no distaba de aquel en el que yo había vivido: ambición, odio, ira y soberbia y en consecuencia, destrucción y caos caracterizaban a las criaturas marinas que fui conociendo, muchas de ellas marcadas, por una razón u otra, por un profundo aborrecimiento hacia Poseidón. Como Escila, que había sido una de las más hermosas de sus amantes, una preciosa ninfa transformada en un horrible monstruo por Anfítrite.

 ... Tu madre descargó en mí todo su odio, tantas eran las amantes de Poseidón. Yo pagué por todas ellas, por ser la más bella. Mi destino quedó sellado junto a  Caribdis, ambas transformadas en seres abominables: los barcos que reducimos a astillas y los marineros que devoramos a diario constituyen nuestro alimento y conforman nuestra existencia. Espero que algún día pueda probar la carne de Poseidón y de Anfítrite... Y ahora, márchate, mientras puedas y antes que mi paciencia se agote, los rumores han llegado hasta mí, te sientes un extraño... en el fondo, tú y yo somos iguales, no queremos ser aquellos que somos... 

Escila era conocida por su aborrecible cuerpo. Sus doce patas deformes estaban coronadas por seis horribles cabezas, todas con larguísimos cuellos de serpiente, cuyas bocas abiertas enseñaban tres filas de dientes apretados, espesos, henchidos de muerte sombría. Pero a pesar de todo, aquellos múltiples ojos expresaban más que crueldad, un sufrimiento indecible. Abandoné aquella gruta inaccesible para los mortales, situada en el estrecho de Mesina, el angosto mar entre Sicilia y el continente italiano que yo, como pescador, tantas veces había evitado. Nadie, en su sano juicio, hubiera querido estar sobre una embarcación situada entre Escila y Caribdis. 

Mi delfín nadaba velozmente, con las últimas palabras de aquel ser resonando dentro de mí, mientras mis encuentros se sucedían. Conocí el enorme y colosal Kraken, la más incontrolable y destructiva de las criaturas del mar, enjaulada por Poseidón, que rehusó hablar conmigo, salvo para comunicarme que mi padre sería su próxima víctima. Me topé con la Hidra de Lerna, un monstruo tan venenoso que podía matar a cualquier ser con su aliento, así que me cuidé de acercarme a ella. Mi interés era el Inframundo, que la Hidra vigilaba con celo. Hades reinaba en él,  en ese laberinto neblinoso y sombrío, última morada de los mortales, a la que iban cuando fallecían. Los más desafortunados, de existencias impías, se hacinaban en el temido Tártaro, sufriendo eternas torturas. Yo quería visitar Mnemósine, allí donde las vidas pasadas eran recordadas, así que me puse a llamar a gritos a Hades, poniendo en guardia tanto a la Hidra como al temido Cerbero, que comenzaron a seguirme, mientras yo nadaba velozmente en círculo, sin perder de vista la entrada a la cueva. No tardó en aparecer Hades,  sobre un carro oscuro tirado por centauros negros, ordenando a sus criaturas retirarse... Al fin mi sobrino se digna a hacerme una visita. Entra a mi reino, al que eres bienvenido. Compartirás mi trono de ébano y me contarás como logra tu padre sobrevivir a tantos enemigos... 

Nadamos por aquel reino de la oscuridad, iluminado por la horca de dos púas que empuñaba Hades, que desprendía una luz azul que parecía guiar nuestro camino entre las tinieblas a las que al poco, se añadieron toda clase de lamentos. Las almas de los muertos no descansaban, deambulando por el extenso reino y buscando su destino final, que podía ser el Elíseo, el Tártaro, o simplemente vagar sin rumbo, recreándose en la quimera de volver al reino de los vivos. ... La obsesión de los mortales es la muerte, todos desean seguir viviendo, ser inmortales. Y cuando Caronte va a por ellos, lejos de la resignación, se resisten a ser juzgados y prefieren deambular eternamente, gritando a la nada que ellos no deberían estar aquí...   Nos habíamos acomodados en una lujosa sala, adornada con oro, perlas, y otros tesoros marinos, que reflejaban la riqueza y el poder de su gobernante. Sus paredes estaban hechas de coral y adornadas con gemas brillantes, y las columnas lucían, decoradas con intrincados diseños marinos, la única estancia iluminada de aquel reino inabarcable.  

Hades tenía demonios a su servicio, como Pena y Pánico, que ejecutan sus órdenes, sirviéndonos suculentas viandas. Mi tío tenía fama de justo en su función de juzgar a los muertos y administrar su reino, de Dios distante y poderoso, que nunca interfería en los asuntos de los dioses ni los mortales, así que le conté mis problemas de memoria, ante los que se mostró tan sorprendido como divertido... No sería la primera vez que un inmortal se pierde en los laberintos del olvido. Pero tú tienes el mismo anhelo por recordar, como miedo a conseguirlo. Mnemósine es ese mundo, dentro de mi reino, que  hace recordar a las almas de los difuntos todas sus vidas pasadas. Los que lo visitan, lo hacen con expectación, pero todos acaban impregnados de locura y tristeza, cuando descubren todas sus existencias, pero también todas sus inevitables muertes. Te equivocarías entrando ahí, Tritón. Leteo, el reino del olvido, y Mnemósine, el de la memoria, son complementarios, indisolubles entre sí. Visitar uno de ellos implica hacerlo en el otro y así sucesivamente, durante la eternidad. En cuanto recordamos, queremos olvidar y viceversa, es el sino que nos une a mortales e inmortales, nunca satisfechos con nuestras vidas. Es mejor que sigas tu camino... 

Seguí recorriendo los océanos, sin encontrar respuestas y sorprendiéndome siempre, en cada uno de mis innumerables encuentros. El que sucedió con los Telquines me marcó profundamente: eran una tribu de nueve hermanos, seres marinos con aletas en lugar de las manos, pies de pescado y cabezas de perro, todos con una fuerza descomunal. Cércafo era el líder de todos ellos, junto a su mujer Cidipe. Vivían entre las ruinas de grandes ciudades a las que pusieron sus nombres, Lindo, Yaliso y la resplandeciente, en otros tiempos, Camiro, destruidas todas ellas por Poseidón, por considerarlos hijos indignos: eran seres rencorosos que desde siempre, acechaban a cualquier criatura que se cruzara con ellos, convirtiéndolo en víctima. Asesinos despiadados, sedientos de poder y riquezas.  Dominaban los hechizos y podían provocar maremotos a su voluntad, así como cambiar su aspecto natural. Aunque en realidad eran mis hermanos, despreciaron mis saludos y no dudaron, desde el primer momento, en atacarme, anhelando venganza... ¡Tritón, maldito, tú pagarás por tu padre!...  

Me había propuesto no luchar contra ninguna criatura del mar, mi naturaleza no era la de un guerrero, por más que me consideraran como tal. Sabía el poder destructor de mi tridente, pero me había prometido a mí mismo no utilizarlo contra nada ni nadie, bajo ningún concepto. Así, me vi obligado a utilizar la caracola: soplé fuertemente en ella y enseguida, el mar se abalanzó con furia incontrolable contra los Telquines, dispersándolos violentamente y reduciendo a polvo los restos de aquellas ruinas en las que habitaban. 

Mi primer impulso, de huir velozmente, fue sustituido por un anhelo inevitable: quería comprobar que a pesar de la embestida de las aguas contra aquellos seres, estos se encontraban con vida. Al fin y al cabo, todos éramos hijos del mismo padre. Cércafo fue el primero en aparecer, tambaleante y al poco, lo hicieron todos sus hermanos. Temí por Cidipe, a la que comencé a buscar hasta encontrarla, aún con vida, prácticamente sepultada por los restos de una columna de coral. Los Telquines, cuando salieron de su aturdimiento, acudieron raudos y se ocuparon de ella, ante el evidente abatimiento de Cércafo, que era la viva imagen de la desesperación.  

Anfítrite me había proporcionado, antes de mi partida, unas algas de efectos prodigiosos, capaz de sanar cualquier herida. Se las cedí a Cércafo, que las friccionó inmediatamente en el cuerpo de Cidipe. Enseguida abrió los ojos y se incorporó, completamente sanada de sus heridas. Así, la actitud de mis hermanastros para conmigo cambió por completo: me invitaron a recuperar fuerzas en la única de sus moradas que aún seguía en pie, un palacio esculpido en el interior de una gruta submarina, a la que nos dirigimos nadando velozmente. Yo anhelaba poder hablar con ellos, ayudarles a reconstruir su reino, contribuir a eliminar aquella naturaleza malvada por la que eran conocidos... Tritón, hoy eres bienvenido, has salvado a Cidipe de una muerte segura y los Telquines, a pesar de todo, sabemos corresponder. Pero mañana volverás a ser para nosotros un simple rival... Por más que insistas, no eres nuestro hermano. Ni Poseidón es nuestro padre: nos abandonó siendo niños, expulsándonos de su reino y descargando a capricho y constantemente, su furia en nosotros, según crecíamos, completamente solos y desesperados...        

En Cércafo se evidenciaba el más profundo de los desamparos. Junto a sus hermanos, siempre había estado solo, despreciados por Poseidón, sobreviviendo a duras penas, pugnando contra todo, contra todos. Y como consecuencia de ello, los Telquines se habían transformado en esos seres absolutamente despiadados, como así eran conocidos. Comprendí que no había nada que hacer: aquella tregua pasajera no era entre hermanos, era entre enemigos. Al poco, proseguí mi camino, con una desazón absoluta. El infinito azul en el que reinaba mi padre estaba invadido por recelos, odios viscerales y amenazas constantes de guerra.

Recorrí enormes llanuras abisales, bellas montañas submarinas que se elevaban, imponentes, desde el fondo marino;  sorprendentes cañones submarinos, profundos surcos excavados en el fondo del mar por corrientes submarinas, en los que las sirenas y los delfines disfrutaban, persiguiéndose unos a otros. Los corales, esponjas, anémonas y otros organismos marinos constituían estructuras que proporcionaban hábitats complejos para otras especies: el profundo fondo marino albergaba una variedad de criaturas fascinantes, como peces abisales, crustáceos, gusanos y otros asombrosos seres que como hombre y pescador, jamás hubiera podido sospechar de sus existencias. 

Las fosas oceánicas llamaron mi atención y exploré el abismo en el que habitaba la ninfa Calipso y sus dos hijos,  Nausítoo y Nausínoo. Bellas criaturas bioluminiscentes me mostraron el camino, en aquella absoluta oscuridad. Los peces dragón y los crustáceos, estos últimos desprendiendo por todo su cuerpo luces azules, me guiaron hasta la morada de Calipso, en cuya puerta montaban guardia grandes peces caracoles transparentes, con cabezas que dejaban ver sus cerebros. Fui bien recibido por sus dos hijos, que me mostraron los tesoros de la isla de Ogigia, allí escondidos para que nadie pudiera robarlos: incontables cofres llenos de monedas de oro, diamantes, perlas, rubíes y otras piedras preciosas... La codicia es capaz de destruir civilizaciones enteras. La ciudad sumergida de Pavlopetri es prueba de ello. Mientras las riquezas sean inaccesibles, nuestra madre y Ogigia, su morada, estarán a salvo...

Visité las ruinas de Pavlopetri. En otro tiempo, una gran y próspera civilización, que había quedado reducida a escombros, cuando sus habitantes decidieron aniquilarse entre sí. Los restos de la ciudad, incluían edificios, calles, patios  y abundantes tumbas diseminadas, junto a ánforas y vasijas que en otros tiempos adornaron estancias fastuosas. Una civilización avanzada cuya ambición, traducida en odios recíprocos, había llevado al absoluto exterminio de sus habitantes, entre guerras y batallas fratricidas. El anhelo de poder de unos pocos, convirtieron en bestias criminales a todos los habitantes de aquel imperio, antaño famoso por su prosperidad. En la fachada derruida de uno de sus palacios, leí la siguiente inscripción: Xenia. Viajero, cuentas con nuestra amistad y hospitalidad...   

Seguí nadando, deseoso por olvidar aquel vestigio de ruindad, hasta llegar al destino que me había prefijado, la gran morada palaciega en la que habitaba Tetis junto a su padre, Nereo y otras nereidas. Fui recibido por ella, sentada en su trono de oro, en una de aquellas grutas que conformaban un reino parecido al de Poseidón, un vasto conjunto de palacios dorados en el fondo del océano, de sublime belleza: abundantes formas de coral, primorosamente talladas, circundaban el inabarcable imperio de la madre de Aquiles. 

... Inmortal Tritón, sé bienvenido a mi reino. Las nereidas ya me habían hablado de tí y esperaba con impaciencia tu visita. Debes descansar, mientras te deleitas con la música del siempre inspirado Apolo, dado que también tenemos el placer de contar con su visita. Mis hermanas, cuando hayas reposado, te mostrarán nuestros palacios... 

La belleza de Tetis era deslumbrante. Sus ojos rebosaban sabiduría, herencia, sin duda, de su padre, Nereo, el más antiguo y benévolo dios marino, conocido como el anciano del mar,  cuyas sabias palabras y decisiones siempre abundaban en veracidad y virtud. Pasados los días, en los que disfruté de su hospitalidad, le pedí consejo, mientras las nereidas bailaban para nosotros, a los sones del arpa de Apolo... 

… Ah, Tritón,  es todo muy simple, debes tomar una decisión y escoger aquella con cuyo destino puedas sentirte más identificado. Si un día te decidiste por una naturaleza terrenal, para olvidar por completo que eras hijo de Poseidón y una de las más famosas criaturas marinas, aunque lo hiciste a temprana edad, motivos tendrías para ello, por más que no recuerdes los mismos. Y nada impide que vuelvas a hacerlo, ahora que has conocido todos los secretos del mar y a sus habitantes y te sientes defraudado. Pero tanto, como en tu existencia entre los mortales... 

Los versos de Apolo recorrían el océano en la voz del Dios y las nereidas: 

Oh, aguas llenas de vida, aguas azules por las que nos deslizamos

Allí, donde las olas, impulsadas por vientos agudos,

Lamen los reinos desde ambos lados,

Seguiremos surgiendo, brillantes y poderosos,

Seremos inmortales, hasta que un nefasto día, los hombres se olviden de nosotros

Nereo era un sabio y sus palabras parecían incrustarse, una a una, dentro de mí: ...Nuestros mundos, como ya has descubierto, son muy parecidos. Buscamos la felicidad intentando sortear, constantemente, tentaciones, retos y experiencias desafortunadas que nos conducen hacia atroces sufrimientos, porque en el peor de los casos, nos habremos equivocado y tanto nosotros, como los que nos rodean, serán destinatarios de estos errores, pagando por ello... Y no hay ser, mortal o inmortal, capaz de esquivarlos siempre. Tu elección, entre las dos posibles existencias, no puede estar regida por una hipotética mayor felicidad en una u otra, debes regirte por otras decisiones que solo a ti conciernen. Todas ellas te causarán dolor, pero seas quién seas, finalmente, tu corazón será el mismo...  

Regresé junto a Anfítrite y Poseidón. Les relaté mis experiencias y les hice partícipe de mi decisión: ... Nunca sabré por qué hui del mar, siendo niño, para transformarme en un mortal, destinado a ser un humilde pescador cuyo destino no era otro que lanzar, diariamente, mis redes a los fondos oceánicos. Pero, fuera como fuese, esa vida es la que yo he construido, la única que me pertenece, dado que por miserable que haya sido, es la mía, la que he vivido cada día. Aquí, como hijo vuestro, soy un mero impostor: no soy Tritón, vuestro hijo, el poderoso Dios submarino, dado que no soy ese gran guerrero que todos quieren ver en mí, aquel que merecería Poseidón y su reino. No soy digno de portar la sagrada Charonia, aún menos el tridente como cetro de poder del emperador de los mares. Y por más que me esfuerce, jamás lo seré... Os ruego que intentéis entenderme, oh, padres míos: no puedo dejar de ser el simple mortal que he sido...   

Mis padres no interrumpieron mi discurso, por más que en sus ojos se dibujaba una inmensa tristeza. Estaban perdiendo, por segunda vez, a su hijo, a su heredero.    

... He aprendido a amar intensamente el reino submarino, tan profundamente bello como terribleLa mayor de las bellezas imaginables convive junto a la crueldad, la destrucción, la muerte. La miseria y la gloria que se disputan el alma de todo ser, mortal o inmortal están presentes en el imperio de PoseidónCreedme, que lamentaré profundamente, cuando el olvido caiga desde la ardiente oscuridad a mis recuerdos, no retener una sola imagen de todo lo que he visto y vivido estos díasPor el contrario, mi mente volverá a ser la de un pobre ser ignorante y con una capacidad limitada para razonar. Pero mi decisión está tomada: voy a volver a ser un mortal, viviendo con ellos, muriendo junto a ellos. Al menos, seré quién soy... 

Coloqué el tridente y la caracola a los pies de Poseidón y tras una reverencia a mis padres, me dispuse a emerger a la superficie. Me detuvo la mano de Anfítrite: ... Hijo mío, respetaré tu decisión. Pero una madre necesita ver a su hijo, no podrás evitarlo. El primer día de cada verano, te visitaré para abrazarte, porque esperaré ese momento con anhelo, el resto del año. Será el único instante, en tu existencia terrenal, que vuelvas a recordar que en el pasado, fuiste Tritón, Dios de los mares, pero lo olvidarás en cuanto me haya ido...    

Y así quedó escrito. Nadé hasta llegar a una playa y enseguida, mi cuerpo volvió a ser el de aquel joven al que todos creían ahogado en el mar y cuya aparición como superviviente de un naufragio, causó asombro y alegría en mi aldea de pescadores. Mis recuerdos de lo vivido en las profundidades del mar desaparecieron instantáneamente y volví a mis quehaceres diarios, donde la vida transcurría sin sorpresas, en esos días que se sucedían con monotonía, salvo cuando la voz de Anfítrite surgía, puntualmente, con la llegada del verano. Ese día una fuerza irresistible guiaba mis pasos, siempre de noche, hacia el embarcadero, impulsándome a navegar. Y una vez en alta mar, surgía mi madre, abrazándome y haciéndome recuperar por unos instantes mis recuerdos como hijo suyo. Y así se sucedieron los años, en los que fui envejeciendo, en paz y armonía con mi pequeño mundo y mis vecinos, siempre al lado del mar que constituía mi sustento. Me casé y tuve hijos, que Anfítrite fue conociendo, en mis encuentros anuales con ella, expresando su gran alegría por ser abuela. 

Solo en una cosa me mintió mi madre: fui recuperando mis recuerdos como Tritón, que fueron haciéndose cada vez más nítidos y persistentes, según pasaban los años y las citas se sucedían, puntualmente, el primer día estival de cada año. Quizás Anfítrite permitió que recordara, albergando la esperanza de que regresara junto a ella, pero nunca tuve esa tentación, más allá de la emoción por rememorar mis días como Tritón, de los que nunca hice partícipe a nadie. Era feliz, en la vida tan elemental que había elegido, en mi casa, junto a mi familia. Hoy, cuando mis fuerzas están mermadas, con muchas décadas de vida a mis espaldas, soy un anciano que se sienta como un ciego frente al mar, cuidado por mis hijos, esperando la llegada de Anfítrite y su abrazo, cada verano.     


domingo, 11 de mayo de 2025

En el tren


Refugiado en mi asiento, me abandono al inevitable duermevela de los viajes en tren, mecidos mis sentidos por la fuerte lluvia que emborrona esos paisajes que aparecen y desaparecen, fugazmente, en la ventana. Me despierto para contemplar, con fascinación, un arcoíris que ilumina el cielo, durante unos instantes. Sin principio ni final, en uno de sus idealizados extremos dicen que se esconde una olla llena de oro, pero sobre todo, el arcoíris simboliza el puente entre el cielo y la tierra. Esta alegre paleta de colores conecta lo terrenal con lo divino, quizás la propia existencia con otro territorio, sin duda onírico e idealizado, que surge en nuestra propia imaginación, justo allí donde los pájaros azules alzan el vuelo, como cantaba Dorothy en la famosa película El mago de Oz. El único sitio donde los problemas se derriten como los caramelos de limón... 

Y entonces escucho a alguien, tras de mí: ... Yo soy Abayomi, que significa el que trae alegría, príncipe de Kunene, en la bella Namibia. Mis súbditos forman el pueblo himba, dedicados a la tierra y el pastoreo. Los himba solo visten taparrabos, si bien adornan sus cuerpos con collares y brazaletes; en el caso de nuestras atractivas mujeres, además, untan sus cuerpos de una mezcla de ocre, hierbas y manteca para protegerse del sol. Nuestro único dios es Mukuru, que bendice, cada día, nuestras cosechas...  Y sí, mi nostalgia es abismal. Ninguna mujer del mundo puede rivalizar con la belleza de las mujeres himba, así como cualquier puesta de sol nunca estará a la altura de ese momento mágico en Namibia, mientras hombres y mujeres danzan al unísono, entonando canciones de nuestros antepasados.... 

Cuando las palabras de Abayomi menguan, otra voz, esta vez de mujer, emerge, desde las primeras filas del vagón: ... Yo me llamo Kavya, que se puede traducir como “poema” o “poesía en movimiento”. Nací en Patna, la capital de Bihar, uno de los estados más pobres de la India. A pesar de la miseria que marcó mi vida, qué maravilloso era disfrutar de un baño en los ríos como el Ganges, el Kosi, el Son o el Bagmati, que riegan cada día Patma, mientras daba buena cuenta de una samosa, si acaso tenía la suerte de que cayera alguna entre mis manos. Recuerdo aquellas empanadillas fritas con rellenos diversos, como patata y guisantes, como si fuera ayer, tan intenso era su sabor. En uno de aquellos baños, junto a otras chicas, conocí a Ghiyath, aquel que socorre al que lo necesita, alto, sonriente, seguro de sí mismo. Sus ojos marrones, casi negros, atravesaron una tarde los míos...  En el oro del crepúsculo, siempre silencioso y pensativo, me encontré con él. Y una mañana lluviosa, en un patio de sillares ensalitrados y húmedos, rojos y recién lavados por el monzón, nos despedimos, lanzándonos promesas de volver a unir nuestros destinos. Él vendrá a buscarme, cualquier día, quizás en una mañana de primavera, en la que tocará mi hombro y al volverme sentiré, de nuevo, sus fuertes brazos,  la mirada acogedora de sus ojos... 

Es el turno de Ming, sentado justo delante de mí: ... No, no quiero hablar de la miseria china. Para  alguien que, como yo, ha vivido en regiones rurales del oeste y centro del país, como las provincias de Gansú, Ningxia y Guizhou, la pobreza es inherente a la propia vida. En esta última, nací y pasé gran parte de mi vida, sufriendo desde pequeño la desertización y la persistente escasez de agua. Siendo un niño, recorría varios kilómetros desde mi casa hasta las montañas fronterizas de Guangxi y Hunan, en las que era posible encontrar pequeños arroyos de agua drenados desde las zonas más altas. Una vez llenos mis dos cubos, los situaba en los extremos de mi pinga, un largo palo que cargaba sobre mis hombros y deshacía la distancia hasta mi casa. Podía invertir en ello todo un día, pero los rostros felices de mis padres y hermanos, cuando me veían llegar, deshacían el dolor de mis maltrechas articulaciones. El agua era vida. Durante varios días, éramos inmensamente dichosos, deleitándonos con platos a base de arroz, fideos, verduras y legumbres que preparaba mi madre. El pescado y la carne nos resultaban inaccesibles, pero nunca, en todos aquellos años, pensé en ello. Éramos, a nuestro modo, felices, simplemente porque nos teníamos los unos a los otros. El día que dejé atrás mi hogar, las montañas, lloré sin parar, con el débil consuelo de que quizás, con suerte, lograría vencer a la pobreza extrema. Pero todo son quimeras: si en Guizhou era un miserable rodeado de montañas, aquí soy un pobre, rodeado de asfalto. ¿Qué habrá sido de mi prima, la hermosa Li-Mei, que significa hermosa flor de ciruelo, con su maravilloso rostro ovalado, un mentón puntiagudo y estrecho, labios carnosos...?. No hay día que no piense en ella...

Y por último, irrumpe la voz de Alexis, algo lejana, quizás desde otro vagón: ... Muchos cubanos vivimos en condiciones precarias, con acceso limitado a vivienda, agua potable y servicios de salud. Los más afortunados tienen tierra que cultivar y algunos de ellos, pocos, algunos animales que les posibilitan el autoabastecimiento. El resto, vagamos de aquí para allá, en busca de algún trabajo, por miserable que sea, que nos proporcione algunos pesos, lo mínimo para poder echarnos algo a la boca, cada día. Y si no hay trabajo alguno, nos vestimos con la ropa más decente que tengamos y nos dejamos ver, sin disimulos, entre las turistas de La Habana, con la vana esperanza de que alguna de ellas se interese por alguno de nosotros, mientras potenciamos y exageramos esas características que se atribuyen al pueblo cubano: alegría, expresividad, vivacidad, confianza, sentido del humor. El sueño de muchos cubanos pobres: casarse con una extranjera, más allá de su físico, de su edad. Pero nunca estuvo entre mis objetivos: una mujer cubana que te quiera es lo mejor que a un hombre le puede pasar en su vida. Es imposible que la mujer cubana pierda la gracia que la hace sobresalir entre las de otras latitudes. Ella encanta, deslumbra, brilla con luz propia, Sale a “guerrear” el día a día, lo mismo desde una escuela, un hospital, una fábrica, un campo, una pista de entrenamiento, un salón de ballet, una oficina, incluso el ejército… Ninguna conoce la palabra rendición porque por sus venas corre sangre de nuestra tierra. Como las echo de menos. No, no hay mujeres como ellas… 

Una voz en off anuncia el fin del viaje. Todos los pasajeros nos ponemos de pie, suspirando por bajar a la estación, entre maletas que emergen de todos los sitios y colapsan el pasillo. Cuando al fin mis pies tocan tierra, intento identificar a esos héroes que me han acompañado durante el viaje. Abayomi, el príncipe de Kunene, es un chico joven de dos metros que camina con orgullo entre la multitud y que cruza una mirada cómplice con la bella Kavya, cuyos pies parecen no tocar el suelo, deslizándose entre los transeúntes. Ming, por su parte, es un hombre fornido, cuyos pasos transmiten una firme determinación, dispuesto a enfrentarse a su destino. Alexis pasa por mi lado, sonriente, destacándose entre el gentío por su manera de andar, de moverse, su cuerpo es una orquesta musical. Así, la estación se vacía en minutos y la llovizna irrumpe de nuevo. Me pongo a andar, anhelando llegar cuanto antes a mi casa, situada justo al final del arcoíris… 



Joe, cinco dedos

El hombre se planta ante el espejo, brazos en jarras y cara de póquer. Sabe que es inútil; su físico no está a la altura de ningún héroe leg...