Estas últimas adoptaban la forma de intensos deseos, en mi infancia. En la medida que creía firmemente en su materialización, soñaba con ellos, convirtiéndolos en tangibles, en ese reino de la fantasía, deslumbrante de colores, que iluminaba mis días y mis noches. Así, con la nariz pegada al escaparate de la juguetería, me recreaba en cada uno de los juguetes de la época, disfrutando de todos ellos en mi imaginación desbordante, que seguía viva e inagotable cuando abrazaba las sabanas de mi cama, inmensamente feliz al entregarme a Morfeo rodeado de muñecos de la marca Madelman, de vehículos teledirigidos, juegos de mesa, el set de sheriff, con su rifle y sus revólveres, la anhelada bicicleta... Al despertar, lo primero que hacía era abrir los armarios, el lugar común en el que debían aparecer, misteriosamente, todos aquellos juguetes, inasequible al desaliento: si no estaban allí aquella mañana, estarían al día siguiente. Así, hasta que en el día mágico, gracias a las artes de aquellos Reyes Magos, nuestras manos tocaban, al fin, parte de todo aquello que tanto habíamos soñado. No pensábamos en los juguetes que faltaban, todos nuestros sentidos se dirigían a los que sí habíamos encontrado, en el ropero de nuestro cuarto, debajo del árbol de Navidad, al lado del Belén, encima de la cama, incluso debajo de ella. Así se escribía uno de los días más felices de mi infancia.
Procuré no alejarme mucho, según pasaron los años, del reino de la fantasía, intuyendo, antes de Michel Ende, que pasear por sus rincones no se reducía a una simple evasión, sino que constituía una poderosa herramienta para el auto descubrimiento personal, para moldear y re situar la realidad. Siempre he estado completamente de acuerdo con Proust, no vemos el mundo cómo es, vemos el mundo cómo somos. Así, de una idealización absoluta en la época adolescente, creyéndome, como todos, que era un Dios reencarnado y que en la palma de mi mano podía sostener el tiempo y el futuro, pasé a un ámbito mínimamente más realista, al decidir que el mundo que construiría a mi alrededor sería aquel en el que existiera un amplio espacio para seguir colocando baldosas amarillas en mi camino, siendo consciente que otras personas, a mi alrededor, habrían prescindido, incluso a edades tempranas, de magos de Oz habitando en la Ciudad Esmeralda. Si muchos renunciaban a la fantasía como alimento para el alma, yo estaba dispuesto a que su reino sobreviviera, insuflando en él, cada día, mis impulsos, emociones, sueños, anhelos, sentimientos, expectaciones, para que una vez filtradas por la Emperatriz Infantil, regresaran hasta mí, en forma de lluvia en primavera. Y salvo periodos de sequía, como quizás los de estos meses, he bebido, siempre expectante, de esa agua durante décadas, justo hasta el día de hoy.
Mi reino de la fantasía ha sido alimentado, prácticamente a diario, por todos esos libros que he leído, durante mi vida, que serían incontables. libros que no he olvidado y a los que no he traicionado. Tal ha sido mi conexión profunda con la literatura que realmente importa, aquella que te cambia y a la que se vuelve a menudo, sin renunciar a su mensaje ni su impacto, porque la dignidad humana se construye como suma de las experiencias de la vida cotidiana y aquellas tan duraderas que nos proporcionan las lecturas significativas. Evocamos el amor por la lealtad hacia las historias y los valores que nos formaron, encontrando en los libros un refugio y un espejo de nuestra propia alma, pues los libros son espejos: vemos en ellos lo que uno ya lleva dentro. Si logramos, además, transmitir a los demás, sobre todo a las personas que más nos importan, ese inabarcable mundo interior que nos caracteriza, habremos logrado el mejor de los fines humanos: extender la fantasía y con suerte, hacer del mundo el mejor lugar para vivir, pues las ficciones nos permiten vivir muchas vidas y ser más empáticos, volviéndonos más sensibles y críticos. Las historias compartidas expanden nuestra humanidad, al permitirnos experimentar otras realidades y conectar emocionalmente, lo que nos hace mejores personas y fomenta el progreso social. Mientras tanto, no dejemos de ser dichosos en estas fechas. Felices Fiestas a todos/as.
