Y al fin, algo de fresca brisa. Suficiente para que un oasis mental tome forma y que, al menos, por unos momentos, el calor sofocante quede aplazado a otros instantes del día estival, que espero no coincidan con el atardecer, justo cuando mis pies se hundan en la orilla del Mediterráneo y los colores de la línea del horizonte comiencen a bailar al son de la melodía que anuncia una noche siempre busca de protagonismo. Pero la luz se resiste a su extinción: deslumbra, vira, gira y exhibe todos los matices imaginables, despertando nuestros sentidos y el deseo irrefrenable de abrazar, fuertemente, las emociones. Retenerlas con nosotros significa no olvidarlas y ellas, agradecidas, siempre nos corresponden: las sensaciones de bienestar recorren nuestra espina dorsal; la felicidad, tenga el significado que tenga, nos embriaga, recordándonos que la existencia, con un mínimo de esfuerzo, puede ser más bella, fascinante y aún más intensa.
Esos pensamientos profundos anidaban en el soldado, mientras alzaba la vista hacia el sol, apenas perceptible desde la trinchera. Entre morir de un balazo, despedazado por una granada o de simple inanición, pues llevaba no pocos días sin ingerir alimento alguno, se abría otra posibilidad: huir de allí, como ya habían hecho otros muchos, por más incierto que fuera su destino. Pero la cobardía que lo carcomía se manifestaba intensa, enérgica, eclipsando el arduo deseo de desertar. El soldado se había habituado a estar justo allí, en la posición que le correspondía, agazapado y siempre con el fusil en la mano, esperando unas órdenes que nunca llegaban. Al menos, mientras ese instante se prolongara, seguiría vivo. El sargento hacía días que miraba al vacío, sin pronunciar palabra alguna, olvidado por sí mismo, mientras el muy menguado batallón, reducido a apenas diez personas, ya no esperaba nada de aquel sujeto ausente que sin duda, había enloquecido.
No quiero cerrar los ojos, temo no volver a abrirlos. Tampoco quiero soñar, porque posiblemente sería mi último sueño. Pero sí quiero recordar, para estar seguro de que aún no he muerto. Y no, no quiero rostros que pueblen esos recuerdos, porque no quiero dejarme abatir por inútiles nostalgias. Únicamente deseo volver a tocar la helada agua del río, sentir la hierba bajo mis pies desnudos. Levantar, con mis fornidos brazos, la lanza con punta de piedra, tallada en forma triangular, tras extraerla del espinazo de aquel ciervo. Cavaría un hoyo, encendería un fuego dentro para calentar la tierra y las piedras y luego cubriría la carne de mi caza, envuelta en hojas, con más tierra y brasas, mientras mi tribu bailaría eufórica, exhibiendo sus cuerpos desnudos al sol. Comeríamos, felices, hasta saciarnos y la noche, al menos este día, no nos causaría ningún miedo, resguardados de la oscuridad en nuestra cueva. Algunos adultos afilaríamos nuestras armas con silex, otros se entretendrían moliendo pigmentos minerales como el ocre y el carbón, hasta hacerlas polvo y mezclarlas con agua o grasa animal para crear aquellas pinturas que adornaban las paredes. Todos esperábamos que al día siguiente la caza fuera, al menos, igual de afortunada.
El soldado escucha una detonación, esta vez muy cerca de la trinchera. Mira al resto de soldados, que como él, permanecen agachados, sin moverse. Los segundos de espera se dilatan, insoportablemente, sin que ningún otro sonido vuelva a interrumpir el silencio atroz que vuelve a reinar en el campo de batalla. Si tuviera valor, se levantaría y saldría corriendo, sin dejar de disparar, hacia el enemigo. Si tuviera un mínimo de coraje, dejaría todo el equipo en el suelo, se quitaría su uniforme y huiría, con todas sus menguadas fuerzas, de aquel infernal lugar. Pero la audacia, en cualquiera de sus formas, hace tiempo que huyó de él; todos los allí presentes se han convertido en estatuas de sal, dejando que la carcoma perfore sus entrañas. Mientras tanto, una duda lo atormenta: ¿y si el enemigo está arrastrándose, en silencio y por decenas, aproximándose poco a poco a la zanja? Si así fuera, en cualquier momento, estarían sobre él. No podía evitar imaginar su muerte de muchas formas distintas y todas atroces. Había visto agonizar a muchos; algunos completamente despedazados, pero que, a pesar de todo, aún tardaban unos segundos en morir, perplejos ante las miradas aterradas de los que habían tenido la rara suerte, siempre escurridiza, de sobrevivir.
Siento la lluvia sobre mis músculos, en la piel oscura y los ojos furiosos. Corro tras la bestia, esa mole de piel gruesa que huye pesada, mientras la distancia entre los dos se acorta y yo espero el momento justo, la ocasión adecuada para, con todas mis fuerzas, saltar al costado del animal y clavarle la lanza con rabia profunda, sintiendo como la punta atraviesa su cuerpo. Otros hombres corren a escasa distancia de mí, formando un cerco sobre nuestra caza, que no tiene escapatoria. Mis manos nudosas están listas, sostenidas por los robustos brazos, por los anchos hombros, en un cuerpo surcado de cicatrices y tensionado por la fuerza de mis músculos. Todos mis sentidos están puestos en mi presa, pero una sombra emerge en mis pensamientos, solo durante un breve instante, que rechazo, que olvido, que desecho justo antes de alcanzar al animal: he sentido el tiempo que avanza y en mi propio cuerpo, que un día dejará de obedecerme...

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