No es que mi abuelo nadara en la abundancia; simplemente tenía muchos hijos y tanto él como ellos se movían a diario, en todo tipo de trabajos, para aportar dinero al hogar. Mi padre era uno de esos hijos, al que siempre recuerdo trabajando y durmiendo, para recuperar fuerzas y a pesar de todo, llenando de contenido los domingos, para toda la familia, en aquellos tiempos en que el término dominguero tenía todo el sentido: paella en el campo; recolección, participábamos toda la familia, de hinojo y palmito, que crecían salvajes en casi cualquier sitio; el hinojo era indispensable para los potajes, a fuego lento, que se preparaban durante toda una mañana, en aquellos años donde aún no se habían extendido las ollas a presión. Las calles estaban cargadas con el aliento de todas aquellas cocinas encendidas desde horas tempranas. En aquella España de los años sesenta, el barrio no se miraba; se olía. Era un aroma espeso, casi sólido, que se pegaba a las fachadas de cal y que salía por las rendijas de las ventanas. Olía a carbón de cisco, a sartenes de hierro curadas con mil batallas y, sobre todo, a potaje. Un compendio de garbanzos castellanos viudos, lentejas con un trozo de tocino rancio que hacía milagros y judías blancas que borboteaban a fuego lento, muy lento, sobre el hornillo. Las madres y las abuelas gobernaban el día al ritmo de las ollas de barro, agitando el guiso con cucharas de madera desgastadas por los años.
En la calle, una nube de niños con las rodillas desgastadas de mil batallas, teníamos nuestro propio reloj incorporado: el propio estómago y el aroma flotante, con suerte, del estofado de patatas con carne —un plato de luxe— nos indicaban que eran las dos en punto. Al cruzar el umbral del portal, el olor se multiplicaba. En el primero izquierda, la señora Angustias machacaba el ajo y el comino en el mortero de bronce, un repique rítmico que competía con el eco del consultorio de Elena Francis que salía de una radio de válvulas. En el piso de arriba, el aroma a laurel y cebolla frita anunciaba que hoy tocaba bacalao con tomate. La comida no solo alimentaba el cuerpo; medía el tiempo, unía a los vecinos y llenaba los huecos que la escasez dejaba en los bolsillos. Era el perfume humilde y resistente de un barrio, al calor de un fogón que nunca se apagaba.
En esos domingos de salidas al campo, también recopilábamos hojas de eucalipto, que no supe para qué servían hasta que, aquejado de un fuerte catarro, mi madre me sometió a un ritual que nunca hubiera imaginado y que jamás he olvidado. Lo recuerdo, como si fuera ayer:
El vapor de la cocina olía a bosque herido. Sentado frente a la mesa de madera, mi madre me cubrió la cabeza con una toalla gruesa, de esas ásperas que rascaban la piel, sepultándome en una penumbra húmeda y cálida. Abajo esperaba la olla de peltre azul, hirviendo a borbotones, coronada por un espeso colchón de hojas de eucalipto, de las tantas que toda la familia había arrancado de los árboles, algún domingo... Respira hondo, hijo. Sin miedo... susurró su voz desde el otro lado del lienzo. Al principio, el calor me golpeó el rostro como una bofetada de fuego. Cerré los ojos, sintiendo cómo las gotas de sudor comenzaban a correr por mis sienes, confundiéndose con el vapor condensado. El aire quemaba al entrar por la nariz, denso, cargado de una resina amarga y salvaje que me obligó a toser. Sentí el impulso de retirar la toalla, de escapar de ese rincón asfixiante, pero la mano firme y bondadosa de mi madre se posó sobre mi hombro, manteniéndome en mi sitio. Poco a poco, el milagro de los sesenta se abrió paso en mi pecho. El aire, antes atrapado por aquel catarro, comenzó a fluir. Cada bocanada abría caminos nuevos en mis pulmones, limpiando el cansancio y devolviéndome el aire que la enfermedad me había robado. Bajo ese refugio de tela y vaho, el mundo exterior desapareció: solo existíamos el latido de mi corazón, el borboteo del agua medicinal y ese olor eterno a tierra mojada que lo curaba todo.
Usos y costumbres de aquellas décadas, a día de hoy completamente olvidados; podría también citar el ponche casero, vino o coñac al que se agregaba un huevo crudo y que, mi madre o abuela, tras batir enérgicamente semejante mezcla, nos obligaban a ingerirla, de un trago, sin respirar, con el argumento de que suponía un reconstituyente, de gran valor energético y que además, abría el apetito, aunque para esta última cuestión, la Kina San Clemente garantizaba, según publicidad, los mejores resultados. El pan del día anterior jamás se tiraba (y si así se hacía, no antes de darle un beso), se utilizaba para sopas como la de ajo, generalmente para las cenas. Las meriendas tenían un valor añadido, traducido en grandes bocadillos, generalmente de embutido, que devorábamos en la calle.
Los bocadillos lucían con frecuencia mezclas sorprendentes, como ese agregado al pan de vino y azúcar; una de las meriendas infantiles más populares consistía en una rebanada de pan asentado, mojada en vino (inevitablemente peleón) y espolvoreada con azúcar blanca. O aquella otra combinación de leche condensada y Cola Cao, particularmente aborrecía aún más que la anterior. Prefería, al igual que mi madre, que solía decir que la comida de toda la vida era la más sana: la mortadela de aceitunas, la morcilla, el chorizo, el budín de cerdo, entre otros muchos manjares... y el tocino refregao, que impregnaba una rebanada de pan de hogaza (en aquellos tiempos, el pan era otra cosa), transfiriéndole todo su sabor, sal y untuosidad. El lomo en manteca colorá, por su parte, el súmmum del concepto de merienda, se traducía en un ritual de paciencia, grasa y sabor primitivo. Mi madre hundía la cuchara de madera en la superficie anaranjada, rompiendo la capa fría para desenterrar los tesoros ocultos en el fondo. El aroma a pimentón, orégano, ajo y manteca de cerdo inundaba el aire al instante, abriendo el apetito de cualquiera que anduviera cerca. Con mano experta, extraía un trozo de lomo de orza, tierno, curado en su propio jugo, y lo fileteaba en lascas finas que aún conservaban el frío de la despensa. Luego venía el montaje de la obra de arte. Primero, una generosa pincelada de esa manteca de un rojo encendido sobre la miga blanca del pan, que se teñía de inmediato como un lienzo. Encima, los trozos de carne, encajados como un puzle perfecto. Al cerrar el bocadillo, la presión hacía que unas gotas de grasa anaranjada asomaran por los bordes, amenazando con manchar la camiseta, un peaje obligatorio que se pagaba con gusto. El primer bocado era pura gloria. El crujido del pan rústico daba paso a la melosidad de la manteca y la intensidad especiada del lomo. Cada mordisco exigía chuparse los dedos para no perder ni una gota de pimentón. Era una merienda contundente, de las que daban energía para correr por la calle, acompañados de la sintonía de la reina de las radionovelas, en ese momento que las persianas de mimbre subían a la vez, el sonido de los transistores se unía en la calle y de cada ventana salía la misma música dulce. Era la sintonía de Simplemente María y ninguna mujer quería perderse aquel folletín centrado en la vida de la costurera más famosa de la radio.
En esa década, la renta per cápita era bajísima; cualquier sueldo, por sí mismo, era insuficiente y había que complementarlo con otros trabajos, de cualquier naturaleza, los chapús, que se denominaban entonces: trabajos extras o tareas de poca importancia, que se iban encadenando, con suerte sin límite de continuidad. El pluriempleo era una necesidad social, para la inmensa mayoría de la población en una generación, cabe recordar, que no sabía hacer otra cosa más que trabajar, desde pequeños. Mi padre era funcionario del Ayuntamiento por la mañana y mil cosas por la tarde, incluida la profesión de taxista. Se había puesto a trabajar, según contaba, desde pequeño, con el negocio del estraperlo, centrado en los productos básicos que estaba sujetos a control, impuestos o racionamiento por parte del Estado, tras la Guerra Civil. A continuación, fue conductor de toda clase de vehículos, pocero, churrero, repartidor de agua con un camión cuba, incluso torero... Tareas profesionales que fue desarrollando con un gran sentido común y una facilidad, asombrosa, para conectar con cualquier persona. Mis tíos le pedían consejo: Tienes que halagar al empresario, pero sin que se note, de una manera natural; algo así como "Hombre, don José (el don, siempre por delante, recuerda), vaya trabajo y esfuerzo, conseguir una empresa como la suya... ¿La montó usted solo?"... Le encantaba leer, quizás como una respuesta a la frustración generacional de apenas haber completado los estudios básicos, como la mayoría de personas de su generación. En nuestra casa, en consecuencia, los libros abundaban, así como los tebeos. No era raro que, al llegar del trabajo, me obsequiara con uno de estos últimos, impregnado de olor a quiosco.
Hijos del trabajo y también del hambre de la posguerra, no escatimaban esfuerzos, como una obsesión, para la comida. La abundancia en los platos formaba parte de una filosofía de vida. El almuerzo copioso no solo alimentaba el cuerpo; era una manera de blindar a la familia contra las estrecheces del día a día, asegurándose de que, al menos por unas horas, la vida fuera plena y generosa.
Uno de los equilibrios más difíciles para nuestras madres, administradoras del hogar, era el ahorro: se compraba una lavadora solo cuando, tras esfuerzos denodados, se había reunido el dinero suficiente para pagarla a tocateja o a pronto pago, esperando por ello una rebaja del precio del artículo. Era impensable comprar a plazos, salvo la obligada enciclopedia que hasta el hogar más humilde lucía en el mueble bar del salón, que a primero de mes se abonaba al cobrador a domicilio que, puerta a puerta, infaliblemente, recorría toda la ciudad.
En nuestro entrañable barrio obrero, la riqueza de una familia se medía por lo que se aparcaba en la puerta o por lo que se veía a través de la ventana. Comprar un coche era una fantasía reservada para las clases más pudientes. El Seat 600, el gran sueño nacional, costaba el sueldo íntegro de muchos meses de trabajo de un obrero. Durante los 70, el premio estrella del programa 1,2,3, responda otra vez era el coche. La gente del barrio iba a pie, apretada en el tranvía o autobús; con mucha suerte, el cabeza de familia podía contar con una ruidosa Vespa de segunda mano en la que apretados y en un difícil equilibrio podían desplazarse cuatro personas. Mi padre era de los pocos del barrio que siempre tuvo un coche, varios de segunda mano hasta el último que adquirió, un Citroën GS Palas, con el que yo aprendí a conducir. Pero si el coche era un lujo, el aparato de televisión, en sus inicios, era ciencia ficción. Un armatoste de madera con una pantalla gris que en sus inicios, costaba una fortuna. En mi casa acabó luciendo una televisión marca Grundig, que apenas encendíamos, en tiempos en que las series americanas estaban dobladas en otros países y que aquí denominábamos español neutro, variedad artificial del idioma creada para los medios de comunicación, el doblaje de películas y la publicidad, diseñada, en principio, sin modismos locales. Su objetivo principal era facilitar la comprensión universal entre los distintos países de habla hispana, entre ellos España. Así, en la serie Bonanza, escuchábamos ... Como sigas portándote así, te voy a dar una nalgada..., o en El Virginiano: ¡Vaya caída. Me ha salido un huevo en la cabeza...
Había un solo canal de televisión en el que se emitía una media de cinco horas diarias de programación general, concentradas en las franjas de tarde y noche, previa carta de ajuste para permitir a los espectadores sintonizar y calibrar el televisor. Abundaban las series americanas como Embrujada, Los invasores, Tierra de gigantes, Superagente 86, mientras que en las franjas infantiles se emitían dibujos animados de Hanna-Barbera como Los Picapiedra o programas de producción propia como Los Chiripitiflauticos. Pero los que éramos niños apenas mirábamos la televisión. La calle era nuestra casa, nuestro mundo y el escenario de nuestros juegos, hasta que las voces de nuestras madres comenzaban a sonar por las calles, momento de la cena y de la vuelta al hogar. La vida seguía siendo analógica, lenta y comunitaria; un tiempo donde tener poco significaba, al menos, compartirlo todo, en mi caso los tebeos y libros de la época, así como los escasos juguetes que llegaban a mis manos.
El olor a plástico nuevo y cartón recién abierto era el verdadero aroma de los regalos, en aquella década y la siguiente. Jugar apenas requería un trozo de suelo que se transformaba mágicamente en el desierto de Arizona o en una selva inexplorada. Para los niños de mi barrio y tantos otros, el tesoro más preciado tenía un nombre que se pronunciaba con orgullo: Madelman. Aquellos muñecos articulados, bajo el lema "lo pueden todo", eran pura vanguardia. Con sus trajes de tela real, sus diminutos accesorios perfectos y unos ojos fijos que desafiaban cualquier peligro, permitían viajar al fondo del mar, al espacio o a la selva africana. Nadie imaginaba entonces que esos mismos compañeros de batallas, desgastados por el roce de las manos infantiles y la arena del patio, se convertirían décadas después en cotizadas piezas de coleccionista por las que hoy se pagan verdaderas fortunas en subastas y ferias de nostalgia.
Pero si los Madelman eran la élite de la imaginación, el día a día pertenecía al universo indomable de Comansi. Con su famoso eslogan "Juguete completo, juguete Comansi", la marca catalana poblaba las casas con interminables bolsas de indios y vaqueros. Eran figuras de plástico rígido, algunas monocromáticas y otras pintadas a mano, con constatado pulso impreciso, pero no obstante, con una expresividad desbordante. Los jinetes se acoplaban a caballos encabritados, los jefes sioux levantaban sus hachas de guerra y los sheriffs apuntaban sus revólveres en un duelo eterno que invadía todo el salón. El juego se volvía físico y ruidoso cuando los niños se convertían en los propios protagonistas del wéstern. El merchandising del western, abundante en los quioscos, incluía estrellas y esposas de sheriff, sombreros, bigotes... Cruzar la puerta de la calle implicaba colgarse al cinto una cartuchera de cuero artificial y empuñar un rifle de repetición o una pistola de pistones del Oeste. Las mejores réplicas, de metal, eran pesadas, y dejaban en las manos un olor a pólvora quemada después de cada detonación.
Complemento perfecto de lo que mi barrio, al menos, denominábamos mistos (o mixtos) cachondeo, un artículo pirotécnico infantil sumamente popular en esas décadas. Consistían en una tira de papel enrollada que llevaba pequeñas gotas de pólvora o fósforo espaciadas cada pocos centímetros. Se activaban por fricción. Los niños los cortábamos en unidades y los raspábamos contra la pared, el suelo o directamente, los aplastábamos con una piedra para que hicieran una detonación o crujido, mientras el olor a fósforo blanco se adueñaba de la calle. Un entretenimiento, ni siquiera lo sospechábamos, altamente tóxico, que difícilmente podía afectarnos; al fin y al cabo estábamos inmunizados: no dejábamos de tragar polvo a diario, arrastrándonos si era preciso por los sitios más impensables. Al grito de «¡Al suelo!», el barrio entero se transformaba en un rincón de Texas, las Antillas o de la Segunda Guerra Mundial. Lo que hoy se denomina role play, lo utilizábamos doce horas al día, para recrear películas o cualquier situación que posibilitara interpretar el papel del héroe o villano de turno con la mayor convicción. No necesitábamos pantallas, presupuestos ni guiones escritos. Una rama caída de un pino se convertía en un rifle de repetición; un trozo de cartón con el tamaño adecuado, en un escudo de vikingo. Nos adueñábamos de nuestro papel; cualquier situación cotidiana posibilitaba esa magia. Nos tomábamos el juego tan en serio que las discusiones adquirían un impensable carácter técnico: desde cómo debía ser la onomatopeya del sonido de un disparo, hasta el tiempo que había que permanecer en el suelo, si te disparaban una flecha imaginaria.
El mayor regalo al que podíamos aspirar era la bicicleta. Recuerdo la silueta cromada de la primera que tuve, una Orbea de un color azul cobalto intenso, con guardabarros relucientes y un sillín de cuero negro que olía a nuevo, y las primeras sensaciones, al agarrar los puños de goma blanca. El estreno no fue fácil, dado que no tenía práctica alguna para mantener el equilibrio. Muchas calles del barrio no conocían el asfalto liso; eran de tierra compacta, con cuestas pronunciadas. Así, mis primeras sensaciones intentando pedalear sin caerme, estuvieron caracterizadas por la torpeza, tambaleándome constantemente, peaje a pagar traducido en un impulso de valentía, mientras sentía, de golpe, la ligereza del equilibrio. Por unos segundos, las fachadas de los edificios y los ladridos de los perros parecían pasar a toda velocidad. El mundo se había vuelto repentinamente más grande y veloz. Estos primeros intentos de viaje terminaron, siempre, con un brusco frenazo y una rodilla (o ambas) raspada contra la acera, por no hablar de los tobillos, pero el dolor era irrelevante. Me levantaba de inmediato, me limpiaba el polvo, omitiendo las heridas, y lo intentaba de nuevo. Sabía que, a partir de ese día y justo hasta el momento en que aprendiera a montar en bicicleta, las tardes en el barrio serían eternas y sin límites.
La heridas, golpes, moratones... eran inherentes al juego en la calle. Nuestras rodillas eran el mapa de nuestras aventuras. No había tarde en la que el balón de reglamento, duro como una piedra, no dejara su marca en el muslo de alguien, o en la que una carrera frenética cuesta abajo, tan comunes, no terminara en un derrape forzoso sobre la grava. Caerse era, simplemente, parte del juego. Un rasponazo limpio en el codo o un chichón en la frente eran los trofeos que demostraban quién había corrido más rápido o quién había saltado desde el muro más alto. Cuando el golpe era fuerte, el juego se detenía solo un momento. El herido se miraba la pierna inexpresivamente, limpiaba la tierra con la palma de la mano y en la mayoría de los casos, se reincorporaba inmediatamente a la dinámica de juego. El verdadero ritual comenzaba al volver a casa.
Nuestras madres no se asustaban, en absoluto, por un poco de sangre; simplemente, aplicaban el remedio universal. Abrían el botiquín del baño y sacaban aquel pequeño frasco de cristal con un tapón que llevaba una varilla de plástico incorporada. Era el momento de la mercromina... Sopla, que esto pica... me decía mi madre mientras pasaba la varilla sobre la piel levantada, el hematoma, el chichón... El líquido rojo brillante cubría la herida, transformándola en una mancha fosforescente imposible de ocultar. Durante los siguientes días, caminábamos por el barrio con varias zonas de nuestro cuerpo pintadas de rojo, exhibiendo, en el fondo, nuestros golpes como medallas de guerra. Aquellas manchas de mercromina eran el uniforme oficial de los niños de los años 60: la prueba irrefutable de que habíamos jugado sin miedo, devorando la vida a base de carreras, caídas y risas en mitad de la calle. Y qué placer, el descanso profundo del guerrero, en nuestra cama, al caer la noche.
Todos los pisos de mi barrio eran iguales, reducidas viviendas sociales en las que las literas posibilitaban que hasta cinco personas, como era mi caso, compartiéramos a diario poco más de cuarenta y cinco metros cuadrados y dos dormitorios, que caracterizaban las construcciones masivas de protección oficial. El baby boom en España ocurrió más tarde que en el resto de Europa y tuvo su punto álgido en la década de los 60, impulsado por un tímido desarrollo económico y las políticas de incentivo a las familias numerosas., que eran la inmensa mayoría. El número medio de miembros de una familia era de cuatro, abundando los hogares, como el mío, que rebasaban ese número. Lo habitual era que cualquier amigo tuviera hermanos y hermanas, si bien estas últimas no existían a nuestros ojos. Las niñas, si bien participaban activamente en los juegos colectivos que transcurrían en la calle, el pañuelito, el escondite, el látigo, tantos otros, quedaban completamente fuera de nuestro círculo más estrecho; no las concebíamos integradas en las actividades cotidianas de juego masculino, siempre en el límite de la brutalidad, que desarrollábamos.
Y es que las tardes, solo interrumpidas por las meriendas, se desarrollaban sin cesar, hasta que anochecía, en la calle, ese inmenso territorio de juegos y socialización constante. El único límite para la diversión era el que imponía nuestra propia fantasía. Y si acaso el tiempo era inestable, con lluvias, corríamos como una exhalación de casa en casa, con un cargamento de tebeos, para intercambiar, para disfrutar leyendo, la mayoría de la omnipresente editorial Bruguera, con Mortadelo y Filemón, Las hermanas Gilda, Carpanta, Rompetechos, La familia Trapisonda, Zipi y Zape, Anacleto... dibujados por Ibáñez, Vázquez, Escobar, Peñarroya, Jorge... repartidos en las múltiples revistas semanales que abarrotaban los quioscos: Pulgarcito, Tío Vivo, DDT... También se leía mucho la producción de las editoriales Novaro y Valenciana, esta última responsable de tantas colecciones de tebeos apasionados que habían hecho las delicias de nuestros padres: El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, Purk el hombre de piedra... y que para nuestra generación publicaba Jaimito y Pumby. Al menos hasta que irrumpió Vértice, mostrándonos los inicios del universo Marvel. No sabíamos sus nombres, dado que no se publicitaban, pero en aquellas páginas de papel de mala calidad y con viñetas remontadas, descubrimos a dibujantes como Jack Kirby, John Romita, Steranko, Ditko, Dick Ayers, Gene Colan, John Buscema y tantos otros, materializando en viñetas a todos aquellos superhéroes con problemas: Spiderman, Capitán América, Thor, Los 4 fantásticos, El hombre de hierro, La Masa... Durante años, muchos fuimos víctimas de la fiebre verticera, a la búsqueda desesperada de ejemplares, siempre en el ámbito del trueque, con suma frecuencia en las numerosas tiendas de cambio/compro/vendo, que proliferaban en algunos barrios; nadie tenía cinco duros, de la época, una auténtica fortuna, para invertir en la adquisición de un ejemplar nuevo.
Mi padre, al regresar a casa por la tarde y tras ducharse, armado de paciencia, dado que sabía que lo estaba esperando con un buen número de ejemplares bajo el brazo, listos para el trueque, me llevaba a varias de esas tiendas, modestos negocios donde los tebeos se amontonaban por todos los rincones posibles. Simplemente, había que elegir, tras un minucioso examen, aquellos que quería llevarme, entregando a cambio los míos y una pequeña aportación económica, por cada cambio. Mi madre era poco partidaria de aquellas visitas; insistía en que estar tocando y manipulando tebeos llenos de polvo de los que nada se sabía de su procedencia, podía ser una fuente de enfermedades. No sé si esa fue la causa de que desarrollara una hepatitis B que me obligó a estar un mes en la cama. Durante ese tiempo leí y releí centenares de tebeos y libros, particularmente títulos de Colección Historias Selección, de la editorial Bruguera, en la que estaban presentes los grandes nombres de la literatura juvenil: Salgari, Verne, Karl May, Stevenson, Mark Twain... Conviví, en aquellos días en los que mi madre me atiborraba de fruta en almíbar, con las tribus bechuanas y bosquimanas de Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral, con Ned Land y el capitán Nemo en 20000 leguas de viaje submarino, con Sandokan y Yáñez de Gomera en aquellos libros maravillosos de Salgari, con el imperio ruso de la mitad del siglo XIX en Miguel Strogoff, con toda clase de tribus indias junto a Winnetou y Old Shatterhand ... Aquel mes pasó muy rápido y sentí dejar atrás la cama, junto a todos aquellos libros, pero en el fondo anhelaba volver a recuperar mi día a día: colegio, calle y amigos.
Ciertamente, apenas teníamos dinero de bolsillo, pero si acaso alguna moneda caía en nuestras manos, corríamos al quiosco más cercano: chucherías, pero sobre todo algún tebeo y un sobre Montaplex; en menor medida, sobres de cromos, de alguno de los numerosos álbumes coleccionables de aquellos años, como Vida y Color. En mi caso, jamás logré completar ni uno solo de ellos; las escasas pesetas de las que disponía, de muy vez en cuando, no podían dedicarse a un solo fin; inevitablemente, estaban predestinadas a diversificarse. De alguna manera, a pesar de la absoluta inconsciencia, a esas edades, sobre los pormenores de la vida cotidiana, intuíamos que la economía era el pilar sobre el que sustentaba el posible bienestar familiar. Los mandados, que hacía a diario, estaban regidos por el dinero exacto que mi madre me proporcionaba para la compra, cuyo listado yo iba repitiendo durante el camino, para que nada se me olvidara: ... Un cuarto de jamón cocido, dos barras de viena y dos de pan, seis danones de fresa, un kilo de limones... Así hasta llegar a la tienda, uno de los colmados del barrio, donde vendían de todo. Los envases eran retornables, es decir, si no llevabas la botella vacía de litro de Fanta, tenías que abonarla al adquirir la bebida. Ni se me pasaba por la cabeza quedarme con la vuelta, los céntimos o alguna peseta sobrante de la compra; regresaba a las manos de mi madre inmediatamente al regresar a la casa, por un sentido muy asumido de las obligaciones. En aquellos años, el respeto a los padres, extensible a todo el universo adulto, no era una norma escrita; era una ley física, como la gravedad. No concebíamos la posibilidad de mentir, y mucho menos de ocultar algo. La autoridad paterna no se cuestionaba porque de ella dependía el orden del mundo. Engañarles no solo era una falta; era una grieta en los cimientos de la casa. El sentido de la responsabilidad estaba tan arraigado en nosotros, incluyendo nuestras tareas escolares, que la culpa pesaba más, cuando era el caso, que cualquier reprimenda.
El colegio constituía, por las mañanas, nuestra rutina diaria, incluidas las permanencias, cuando regresábamos por las tardes al aula, a hacer los deberes. La memorización constante era el único refugio seguro, para evitar que te atizaran en la mano, con la regla o aún peor, que te tiraran de las patillas. Saberse de carrerilla los afluentes del Tajo por la izquierda, las provincias de Andalucía, las preposiciones en orden alfabético o el terrible catecismo era la única forma de transitar por el colegio sin dejar rastro, de volverse invisible ante la autoridad, aunque no siempre era posible. El cura del barrio se volvía omnipresente los lunes, visitando el colegio y haciéndonos preguntas que no comprendíamos. A la afirmación del texto religioso: "Dios es nuestro Padre que está en el cielo" se sucedía la pregunta inmediata: "¿Dónde está Dios?", a lo que respondíamos, con una lógica aplastante, "En el cielo", pero no, se debía responder: "En el cielo, en la tierra y en todo lugar". ¿Pero no habíamos afirmado que estaba en el cielo? Jamás logré adaptarme a esta asignatura, simplemente aquello no tenía ni pies ni cabeza, mucho menos a aquel cura de constante mal humor, que recordaba perfectamente quién no había asistido el domingo anterior a la iglesia. Las consecuencias: permanecer de rodillas, con los brazos en cruz durante un buen rato. Yo, junto al menos las tres cuartas partes de la clase, estaba siempre en ese grupo que sufría semejante castigo. No éramos niños traviesos, simplemente inconscientes de nuestro supuesto deber para con la madre iglesia. Pero un día fuimos a la parroquia del barrio, levantamos el cierre de aluminio de la puerta, que no tenía candado, y nos metimos dentro, llenando los confesionarios de tierra, que habíamos recogido de la calle. Salimos de allí como una exhalación, corriendo, con todas nuestras fuerzas, hacia el refugio seguro del hogar.
En esos tiempos, las actividades manipulativas estaban muy extendidas: elaborábamos mapas de España, figuras, como el cilindro, en cartulina; en Navidad recreábamos con plastilina un Belén... El pegamento Imedio era utilizado masivamente, junto a la goma Milan, especialmente una que se publicitaba como nata; el juego de reglas, escuadra, cartabón y transportador, el compás y los lápices Staedtler número 2 complementaban el estuche escolar, generalmente de doble piso, abarrotado de lápices y rotuladores de colores. Elementos que, recién comprados, se asemejaban a un maravilloso tesoro y cuyo desgaste, al finalizar el curso escolar, evidenciaba su uso constante y el escaso cuidado que poníamos en ello. Todo ello, junto con los libros de texto, libretas varias y el bocadillo para el recreo, así como algún que otro tebeo para intercambiar, abarrotaba nuestras maletas escolares. En dichos recreos, el bocadillo se consumía en escasos minutos y el resto del tiempo era un constante ir y venir por todo el patio, entre juegos varios, si bien se podía salir libremente al barrio. Se imponía también la supervivencia, dado que aquello era la ley de la selva; había que convivir forzadamente y generalmente evitar a no pocos niños, especialmente brutales, al igual que ocurría en la calle. Se organizaban partidas rápidas de peonza, se hablaba de tebeos, se presumía de los cromos sobrantes o faltantes para completar los álbumes y, por supuesto, de la propia escuela: maestros, maestras, tareas...
El peor momento de la vida escolar se centraba en el boletín escolar de calificaciones, que debíamos entregar a nuestro padre, para que constara su recibí al devolverlo, tras las vacaciones. Si había algún suspenso, era imposible de justificar, no había excusas; el fracaso se traducía en una reprimenda monumental que, afortunadamente, se había diluido al día siguiente, puesto que las vacaciones, repletas de promesas de bienestar, nos estaban esperando. Las de verano, particularmente, más de dos meses donde la playa tendría un absoluto protagonismo. Mi madre organizaba las idas, a modo de safari, con una nevera de gran tamaño abarrotada de comida, en la que no faltaban la tortilla de patatas y los filetes empanados. La sandía se enterraba en la orilla, generalmente con algún elemento visible para diferenciarlas de tantas otras. Mis utensilios de playa eran, invariablemente, unas gafas de buzo y un rastrillo de red de malla, más conocido como rastrillo para las almejas, en un tiempo donde había posibilidades de recolectar moluscos enterrados en la orilla. Como cualquier niño de la época, yo entraba en el agua y, salvo para el almuerzo, ignorando, a pesar de los imperativos de mi madre, aquella regla de dos o tres horas sin bañarse para evitar los cortes de digestión, apenas salía de ella hasta la hora de regreso, al atardecer.
Por la noche, toda la familia íbamos al cine de verano, que comenzaba a las diez de la noche, al aire libre, con sillas metálicas, que funcionaban como salas de proyección temporales durante los meses estivales. Había tantas terrazas de verano como barrios en la ciudad; solo había que elegir el mejor programa doble que se adaptara a nuestros gustos. Las películas solían estar cortadas, es decir, aligeradas de metraje, para que esas sesiones nocturnas no se extendieran excesivamente. Cuando el salto entre una escena y otra era abrupta, la imagen se desenfocaba o incluso se quemaba; el ritual del público era gritar "¡Gafas!", la reacción unánime y humorística del público a esos fallos técnicos constantes, convirtiendo las interrupciones en un auténtico ritual colectivo. A veces, también estallaba una pelea, en algún punto del recinto, creando expectación en gran parte de los allí presentes, que se levantaban de sus asientos, creando un remolino, exclamando al unísono "¡Toma, toma, toma!". Al cabo de unos minutos, la calma volvía, al menos hasta la siguiente incidencia.
Sin duda, las vacaciones de verano eran intensas, pero a partir de septiembre, que se reanudaban las clases, comenzábamos a soñar con la Navidad, mientras el invierno comenzaba a extenderse y las lluvias invitaban a salir a la calle con las katiuscas, si bien todos las denominábamos simplemente botas de agua. Buscábamos los charcos más profundos, en nuestro afán continuo de aventuras, y por más cuidado que poníamos en ello, acabábamos con barro en nuestras ropas, para disgusto de nuestras madres. Mientras tanto, esperábamos la vuelta de los Reyes Magos en diciembre, lo que se traducía en regalos, con mucha suerte materializados en aquellos juguetes que contemplábamos, embelesados, en los escaparates del barrio, con la nariz pegada a los mismos.
Más allá de los Madelman y los productos Comansi, otras muchas posibilidades se abrían, cada año, ante nuestros ojos: Scalextric, Ibertren, coches teledirigidos Rico y Payá, Magia Borrás, Exin Castillos, Mecano, Tente, Cine Exín... Mientras nuestros deseos debían esperar hasta el 6 de enero para comprobar si se materializaban o no, las cenas de Nochebuena y Nochevieja se sucedían. En mi casa, el festín estaba asegurado, por los esfuerzos de mi madre de presentar una mesa más que abundante y variada, incluyendo marisco, que a esa edad no era de mi gusto; prefería, a gran diferencia, la carne y los entremeses, sobre todo de jamón y queso. Estos dos últimos productos eran adquiridos por mi padre, al que yo siempre acompañaba, en un populoso mercado, en un puesto de confianza. Me encantaba ver al tendero elegir uno de los jamones, después de varios tanteos, tocando y presionando aquí y allá, hasta dar con el que consideraba el más óptimo, técnicas que escapaban a mi comprensión. Adquiríamos también una caja de mantecados, con un gran calendario de regalo en el interior de las mismas, que tenían unas dimensiones asombrosas, entre 3 y 5 kilos de productos a granel de los típicos dulces navideños, todos envueltos en papel de seda, que los adultos consumían junto a una copa de anís dulce; los roscos de vino eran mis preferidos, hasta que descubrí las hojaldrinas Matas.
Al finalizar la década de los 60, yo tenía 7 años. No podía saber que, en el transcurso de la década siguiente, toda la familia nos mudaríamos a otro barrio, dando lugar a otra etapa en mi vida, que intentaré recordar en breve, en la que progresivamente dejé de ser niño, muy a pesar mío, dado que estaba muy apegado a la infancia. Un día, soy incapaz de recordar la edad, mi padre me vio jugando con muñecos Madelman y me dijo, sin ninguna intencionalidad, sino más bien como un simple comentario casual, que si no era ya muy grande para seguir con los muñecos... Ese día dije adiós a mi niñez, al ordenar y guardar todos los incontables juguetes que tenía y regalar gran parte de los mismos, por recomendación de mi madre, al hermano pequeño de uno de mis mejores amigos, de mi misma edad. Le debo a mi infancia, rebosante de bienestar y magia, que no cambiaría por ninguna de las actuales, gran parte de la persona que soy: las vidas que trazamos están hechas del mismo material con que se forjan los sueños que tuvimos, siendo niños.

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