viernes, 7 de agosto de 2026

Es la bola de cristal


Quizás, solo quizás, bastaría el deseo. Pero intenso, tenaz, adherido a nuestros poros como una obsesión constante, transformándose en una forma de vida, incluso en una obsesión... Así reflexionaba para sí mismo el tarotista, en realidad un simple cuentista que había descubierto el filón comercial que tenían las cartas con algunas mujeres de cierta edad. Como aquella, que escuchaba con anhelo todas las ambiguas afirmaciones que Jorge improvisaba con espontaneidad, siguiendo el hilo de las preguntas y respuestas, casi siempre abundantes en el ámbito romántico. ¡Si, si... ¡tengo esperanzas con ese hombre!, contestó la señora, entre el éxtasis y la enajenación mental. Al finalizar aquel teatro del absurdo, Jorge nunca pedía dinero; simplemente la clientela le daba un donativo, que iba en aumento según reiteraban las visitas, que era lo más frecuente. Bastaba que aquellas personas escucharan promesas halagüeñas a sus propias expectativas o que al menos así lo creyeran.  

... Las mujeres necesitan amar y ser amadas, a cualquier edad. Tienen necesidad de ternura, de escuchar palabras tiernas y amables, que hablen de sentimientos, siendo ella misma el centro del deseo, de la atención constante de ese hombre idealizado, que siempre es el mismo: varonil, alto, atractivo, pero por encima de todo, gentil, sensible, detalloso, que la rodee en todo momento de afecto... expuso Jorge a Antonio, aquella noche, delante de un tanque de cerveza, en el bar que solían verse... ¿Y los hombres no?, preguntó Antonio, ingenuamente. No, no. Somos universos muy distintos. El deseo es nuestro motor y cuando finaliza, comenzamos de nuevo y así constantemente. Las mujeres, por el contrario, se instalan en un territorio en el que reinan las utopías y pugnan por mantenerlo, por conservarlo... Pero lo más sorprendente es que, a pesar de todo, en nuestras vidas, logramos converger, ellas y nosotros, al menos momentáneamente... 

Jorge se guardaba para sí mismo los remordimientos. En el fondo no mentía a sus clientas, pero la realidad era que tejía para ellas un manto trenzado con quimeras. Para difuminar estas sensaciones, se había convencido de que ilusionarlas, hacerlas felices, era un acto honesto, sin duda no desinteresado, pero un hacedor de sueños, como se denominaba a sí mismo, lograba que ellas volvieran a creer en sí mismas, nada menos. Y ese acto no tenía precio, razonó para sus adentros, así que al fin y al cabo bien podía valer un simbólico billete de 10, de 20 euros... 

Todo comenzó por azar, en un pequeño local, a modo de trastero, que le habían cedido sus padres. El objetivo era transformarlo en una tienda de venta y reparación de equipos informáticos, un principio modesto pero profesional, para un  reciente ingeniero con muy escasa predisposición para el trabajo. La idea de trabajar para otras personas se le hacía insoportable y así llevaba meses, tras su graduación, en una suerte de limbo existencial... Pero hijo, todos tus compañeros están comenzando a preparar oposiciones, enviando su currículum a las empresas... Tienes que comenzar a labrarte un futuro..., le había dicho su madre muchas veces, sin ningún resultado. Jorge se dedicaba a dormir, leer, navegar en la web y recorrer la ciudad en bicicleta, incansable y ajeno a cualquier obligación. No era, sin embargo, ningún irresponsable; simplemente era víctima de sí mismo: no tenía la menor idea respecto a qué hacer con su vida. No conseguía proyectarse en ningún futuro hipotético y parecía ajeno al presente, como si una lluvia de nihilismo lo hubiera empapado; a su alrededor, el tiempo parecía haberse detenido y él se sentía a gusto, lejos de cualquier responsabilidad. 

Mientras hacía una desganada limpieza en el local, se topó con caja olvidada, de gran volumen, en cuyo interior, además de libros de literatura juvenil carcomidos por el polvo, encontró aquellas cartas del tarot que algún familiar le había regalado en aquellas lejanas Navidades que transcurrieron en un hospital, estando en observación,  término difuso empleado por los médicos, tras precipitarse de cabeza contra una piedra, cuando corría como una exhalación, compitiendo en velocidad con otros niños, en alguna ladera de los montes cercanos al barrio. En aquellos aburridos días se limitó a leer tranquilamente en la cama y a zamparse a escondidas los bocadillos que le traía su madre, complementando así los frugales almuerzos, pues estaba siempre hambriento, que le servían aquellas religiosas, siempre sonrientes y muy entregadas a su bienestar. No leas tanto, que te va a doler la cabeza, le advertían. 

Aquella baraja de cartas cayó en sus manos la mañana de Reyes, como un regalo especial; enseguida sintió fascinación por aquellas ilustraciones, que el manual describía como símbolos del camino de la vida,  como emociones, trabajo, ideas, bienes materiales y proyecciones para el futuro... Pasó todo el día descifrando los códigos de aquellos arcanos hasta concluir que, al igual que la frase, en observación, que lo había llevado hasta aquella habitación, la interpretación de aquellas cartas podía ser aún más ambigua y subjetiva, a capricho del que las leyera, concluyó. 

Se quedó muy sorprendido cuando una de las monjas insistió, cuando caía la tarde, para que Jorge le echara las cartas y así, dubitativo, con aquella mujer sentada en la cama, a sus pies, hizo justo lo que el manual exponía: barajar, darle a elegir seis cartas y disponer las mismas boca abajo, para ir descubriéndolas una a una, leyendo en voz alta su significado. Tenía muy claro que debía evitar cualquier connotación negativa para con aquella amable anciana. No sabía si ella, simplemente, le estaba haciendo compañía o realmente tenía curiosidad por aquel ámbito místico, pero algo le decía que debía ser muy positivo con esa mujer, sobre todo en el terreno de la salud, así que se inventó espontáneamente, al levantar la última carta, la Sacerdotisa, una parrafada que sonara lo más convincente posible, insistiendo en la buena salud, el bienestar y la felicidad, para con ella y los demás. Como lector incansable, tenía suma facilidad para expresarse. Inmediatamente, Jorge supo que había acertado de pleno: la sonrisa de la monja y sus ojos, que se iluminaron por unos segundos, eran prueba fehaciente de ello. 

Hasta que le dieron el alta, otras monjas pasaron por la habitación de Jorge y con todas se mostró tan fantasioso como generoso, en palabras y mensajes positivos. Con apenas doce años, había descubierto que la felicidad podía sustentarse en simples frases, ficticias o no, a modo de supuestas predicciones, que confirmaran lo que una persona, sencillamente, esperaba escuchar. A su edad, todo aquello le parecía completamente absurdo, además de una responsabilidad difícil de asumir por un niño. Así que respiró aliviado,  cuando le dieron el alta. Al fin pudo dejar atrás aquel teatro improvisado, pues el divertimento inicial pronto había sido sustituido por unos remordimientos que no podía evitar: sentía que se había portado, en el fondo, como un absoluto farsante para con aquellas pobres monjas. Guardó las cartas y el profuso manual en algún cajón de su casa y se olvidó completamente de la quiromancia. 

Hasta aquel día, que aquella polvorienta caja de cartón le devolvió, inesperadamente, entre otros recuerdos de la infancia, aquel tarot con sus figuras alegóricas. No pudo evitar volver a recrearse con la visión de los arcanos, mayores y menores, de difuso recuerdo, que habían vuelto a sus manos. Allí estaban el Loco, el Mago, la Emperatriz...  Oculta entre varios ejemplares polvorientos de la revista Pulgarcito, logró encontrar la guía, la mejor excusa para dejar a un lado las obligaciones para con las tareas de limpieza del local y así, se enfrascó en la lectura (o relectura) de la misma, como en aquel día lejano de la infancia, en el hospital, diluyéndose el tiempo imperceptiblemente. Caía la tarde, cuando Celia, una vecina algo apurada, se acercó al local: ... Jorge, sé que aún no has abierto, pero ¿te puedo traer el ordenador de mi hijo, que tiene problemas?... Él ya te los explicará... Antes de que Jorge pudiera contestar, aquella señora había centrado su atención en las cartas desplegadas sobre una mesa... ¡Anda, no me digas que también echas las cartas!... Aquella mujer, en cuestión de segundos, ya estaba sentada en la mesa, expectante, ante el disgusto de Jorge, que pocas dudas tenía de que Celia, de fuerte personalidad, no concebía un no como respuesta, no en vano su voz estaba siempre presente en el patio del edificio, invariablemente dando órdenes a sus hijos y al marido.  

Volvió a hacer lo que había hecho hacía años, barajar el mazo de cartas y dar a elegir a Celia seis de ellas, pero dudaba lo suyo, para decidir qué clase de lectura positivista podía proporcionar a una mujer como ella, hasta que decidió sorprenderla, tras varias lecturas literales de las cartas: ... Tu existencia es plena, en esta etapa de tu vida, pero te esperan sorpresas que no podrías imaginarte. Las cartas aventuran cambios muy profundos; surgirán otras oportunidades que te mostrarán otros caminos, otra vida feliz, muy distinta a la que llevas... No sabía si había apuntado demasiado alto; temía la reacción de aquella mujer que lo miraba boquiabierta. Pero los ojos de ella volvieron a darle la razón. Sonreía, visiblemente contenta y al irse le dejó, agradecida, un billete de 20 euros sobre la mesa... Es solo una ayudita, para que cuando abras tu negocio...  

Fue su primera clienta involuntaria, a la que seguirían otras muchas: el boca a boca comenzó a surtir efecto y en pocos días, la clientela de mujeres fue multiplicándose, e indirectamente, los ingresos económicos. Jorge nunca supo si tomó la decisión consciente de dedicarse a la cartomancia, dado que en el fondo aquello era divertido, o si fue arrastrado por las circunstancias, pero tenía claro que solo lo haría en horario de tarde; al fin y al cabo, era época estival y tenía la excusa perfecta con sus padres, dado que por las mañanas seguiría trabajando en el local y que no sería hasta septiembre que lo enfocaría a cuestiones profesionales. Con este argumento, logró convencer a su madre, la más incrédula ante semejante propuesta; su padre se limitó a negar con la cabeza, concluyendo, para sus adentros, que su hijo era un absoluto cretino. Ambos, a pesar de todo, seguían depositando esperanzas en aquella futura tienda, para que su hijo sentara algo de cabeza.  

Había transcurrido más de un mes, el verano se aproximaba a su fin, pero el flujo de mujeres seguía siendo incesante. A esas alturas, sus particulares predicciones se exponían a sus clientas en modo piloto automático. Siempre el amor, como leitmotiv inevitable,  a veces también el dinero, pero sobre todo las posibilidades de que la vida, a corto, a medio plazo, pudiera ser distinta y sustancialmente mejor. Bastaban las palabras adecuadas y el tono de voz convincente, así como la amabilidad para con cada una de ellas; de este modo sus palabras siempre surtían el efecto deseado: la autoestima de aquellas mujeres se elevaba y volvían a su mundo con energías renovadas, seguras de sí mismas.

-... Todo lo que quieras, puedes conseguirlo, El Mago es una carta que genera auspicios positivos, que marca el comienzo de algo nuevo; solo tienes que creer en ti misma... 

- ... La Sacerdotisa te sonríe. Debes saber que representa la intuición, la sabiduría interior y el conocimiento oculto. Además, se la relaciona con la capacidad de alcanzar objetivos y convertir en realidad deseos que parecían imposibles... 

- ... Tienes que poner en marcha tu creatividad; la carta de La Emperatriz simboliza el éxito creativo y la belleza. Es la personificación del poder femenino y tú, si quieres y así lo deseas, lograrás los objetivos que te propongas; tu fuerza no tiene límites... 

 -... Tú eres alguien muy, muy especial. El Carro puede indicar el comienzo de un viaje o travesía, así como una pugna contigo misma, porque quieres buscar tu propia verdad y armonía... 

De forma simultánea, el establecimiento tomó forma final, dadas las energías renovadas, hasta hacía poco inimaginables, de Jorge. Por primera vez en su vida, comenzaba a verse proyectado en el futuro, al sentirse identificado, como un modo de vida, con su negocio personal. La inversión de sus padres obró sus frutos: mobiliario, taller, almacén y, sobre todo, el estocaje de mercancías, no excesivo, pero sí suficiente para empezar, relacionadas con todo el ámbito informático, el conjunto de productos guardados según inventario del propio Jorge, listos para su uso o venta. Una más que generosa inversión económica con las mejores perspectivas de futuro. Él sería el único responsable de su propia persona y de sus circunstancias. 

El empoderamiento constante a sus clientas, finalmente, había actuado sobre su propia persona, como una terapia involuntaria: no era consciente de ello, pero comenzaba a creer en sí mismo. En dos días, su negocio comenzaría a  funcionar y su ya lejana apatía se había transformado en una suerte de hiperactividad: listado de proveedores, material a la venta más demandado, todos los elementos claves del taller de reparaciones... Sus padres, muy conscientes del cambio que se estaba produciendo en su hijo, invitaron a diversos familiares a una paella, a modo de celebración de la apertura del Taller de Informática de Jorge, pomposo título para el negocio. Pero antes, toca cerrar la etapa de adivino... pensó Jorge, entre cucharada y cucharada del delicioso arroz. 

Jorge y Antonio compartían, por la noche, la última cerveza del tiempo estival. Su amigo partía a otra provincia, al día siguiente, donde había conseguido una plaza de interino como docente de informática. No estaba nada convencido del trabajo; en el fondo envidiaba a Jorge por tener unos padres que le proporcionaban todo el respaldo económico necesario, pero él, sin esas posibilidades, por algo tenía que empezar. Se iban a echar mucho de menos, se conocían desde pequeños y a Antonio le encantaba escuchar las reflexiones de su amigo y opinar al respecto... 

- ...Creo que haces bien en dejar esa actividad del tarot, vas a acabar mal de la cabeza, a este paso...  comentó Antonio. Jorge reflexionó un momento y respondió

... He estado leyendo sobre el tema y creo que hombres y mujeres gestionamos muy mal las frustraciones; nos sentimos abrumados e inseguros en nuestro propio mundo,  el que hemos construido, si las cosas no se desarrollan como nos gustaría... Es habitual que me digan cosas como “¡Parece que lo has escrito para mí!” o “¡Siento que lees mi mente!”... Es cierto que las personas no somos tan diferentes; creo que todas tenemos las mismas inquietudes, problemas y aspiraciones, pero a diferencia con el hombre, he aprendido que la mujer necesita compartirlas, hablar, autoafirmarse y en última instancia, acabar creyendo en sí mismas, que esos cambios que desean son posibles...

- ... Más que tarotista, has ejercido de coach, con mucha labia, eso sí. Y deja a un lado esos problemas de conciencia, que me vienes contando: todas están renaciendo gracias a ti... ¿Pedimos otra ronda?... 

Se limitó a ir comunicando que cerraba su consulta. Sabía que de nuevo, el boca a boca funcionaría, como así fue. Todos sus sentidos se dirigían, en aquellos días, hacia la gestión de la tienda de informática y su etapa como adivino comenzaba a quedar muy atrás, si bien en el fondo, no pudo evitar echar de menos a sus clientas, con su fragilidad, sus dudas, pero sobre todo por esas miradas luminosas, cuando abrazaban esperanzas por una vida mejor. 

A mediados de septiembre, con trabajo hasta las cejas, tal era la expresión que utilizaba para con su madre cuando le preguntaba al respecto, una sorpresa le aguardaba: Celia, su vecina y primera clienta, entró a la tienda. Hacía tiempo que no la veía y aún más tiempo que no escuchaba sus gritos en el ojopatio del edificio. Se sorprendió por el cambio físico de aquella mujer, más que evidente; parecía sustancialmente más joven. 

- ... Solo he venido a darte las gracias; cuando me leíste las cartas, cambió mi vida, puedes creértelo. Tomé una determinación: me fui con los niños a casa de mi madre, que tiene un piso grande y comencé a buscar trabajo: de limpiadora, de pinche de cocina, de lo que fuera. Un día, vi una peluquería que se traspasaba, que parecía que me estaba esperando; llegué a un acuerdo con la dueña, para pagárselo poco a poco y mira, todo marcha, aunque parezca increíble, de maravilla. Tengo un montón de clientela y por primera vez, en mucho tiempo, soy muy feliz. Tú me transmitiste la confianza que necesitaba, para volver a empezar... 

Jorge estuvo tentando de preguntar a aquella mujer por su marido, pero no fue necesario:

 - ... A mi marido lo mandé a tomar viento; ya le dije que no quería saber nada más de él, un hombre cuya única función en la vida es trabajar, dormir y quejarse de todo y que, si contactaba conmigo, era para firmar los papeles de divorcio... Definitivamente, pensó Jorge, Celia estaba radiante; gracias a esa  metamorfosis milagrosa que ella misma había generado, era otra persona.

-... Celia, tengo que confesarte algo muy importante... - titubeó Jorge- ... O, al menos, muy importante para mí: mis conocimientos del tarot siempre han sido muy, muy limitados. No es que me inventara, al menos no del todo, las cosas que te dije, aquella tarde, cuando me pediste que te echara las cartas, pero gran parte de ellas sí que las improvisé, solo para que escucharas cosas positivas. No tuve mala intención, de verdad, únicamente pensaba que era importante comunicar, de la manera más favorable posible, aquellas cuestiones que creía que una persona necesitaba escuchar. Y lo hice no solo contigo, sino con todas las mujeres que vinieron a verme... 

Celia sonrió abiertamente y soltó una carcajada. 

-... Niño, eso ya lo sabíamos todas. No somos tan tontas. ¿Pero qué mujer se resiste, a un chico guapo y amable, que mirándote a los ojos te asegura que si una quiere, también puede? Mira, es como si soplaran dentro de ti, llenándote de vida y de energía, un soplo que llevas esperando mucho tiempo, algunas toda la vida... Te vuelvo a dar las gracias... Me han dicho que te va muy bien con tu negocio; como a mí, espero que tengas mucha suerte, te la mereces... 

Jorge vio alejarse a Celia, esa mujer menuda capaz de derribar cualquier muro, si se lo proponía. Sus palabras habían sido como un bálsamo. Una de sus clientas le había proporcionado las últimas dosis de empoderamiento que necesitaba. Respiró profundamente, sintiéndose en absoluta plenitud. Quizás, después de todo, debería abrir de nuevo la consulta..., pensó, mientras una chica joven, con el ordenador portátil bajo el brazo, entraba en la tienda. 

lunes, 3 de agosto de 2026

Junto al mar


Y cierro los ojos, herido por la alquimia líquida de un sol que se disuelve en el horizonte, como tinta dorada en el agua, tiñendo las olas con destellos carmesí, violeta y rosa. Pero vuelvo a abrirlos inmediatamente: la sinfonía de los sentidos se refleja en la espuma de plata, que muere en la arena húmeda;  parece recoger los últimos hilos de luz, dejando destellos brillantes antes de retirarse en silencio. Las sirenas de Ulises me llaman para el último baño del día. Al sumergirme, el agua tibia me abraza como un lienzo de tintes dorados, púrpuras y carmines. Cada ola pequeña envuelve mi cuerpo en un susurro de espuma resplandeciente, borrando el peso del día. Flotar en ese instante es fundirse con el cielo, suspendido entre la calma de la noche que llega y el último suspiro dorado de la tarde. El tiempo se detiene mientras mi piel se tiñe de crepúsculo y sal. Sentado de nuevo en mi silla, a la orilla del Mediterráneo, quisiera alzar el vuelo, para unirme a las gaviotas. 

Mientras el mundo rugía con sus prisas habituales, en ese escenario el tiempo parecía haberse ensanchado. El viento de la tarde arrastraba el olor a salitre y algas secas. A esa hora, la playa ya estaba vacía; los turistas se habían marchado y solo quedaba el murmullo rítmico del mar, infatigable. Me sorprendí al no encontrar grandes revelaciones ni pensamientos profundos en mi mente. Solo estaba el tacto frío de la arena bajo mis pies, calzados de sal, en el horizonte limpio. Impregnado de aire puro, el universo entero se había reducido a la paz de ese instante, junto al agua. El mar se había convertido, al anochecer, en un espejo de mercurio oscuro. Con cada vaivén de las olas, un murmullo suave y rítmico llenaba el aire, borrando cualquier ruido del mundo exterior. El viento de poniente, suave pero constante, parecía transportar el aroma limpio de los árboles de la sierra, mezclado con el salitre de la orilla. No había pasado nada extraordinario, pero al ver la noche cerrarse sobre el mar, sentí una certeza imperturbable: la inmensidad del universo se reflejaba entera en la paz de aquella orilla. 

El sol dejó de ser una moneda de fuego, se sumergió lentamente en la línea perfecta del horizonte, tiñendo el lienzo del agua con sus últimos destellos templados. En la orilla, las olas van muriendo, con un murmullo suave, casi un secreto. Llegan como encaje blanco a lamer la arena húmeda, que brilla como un espejo de plata bajo la luz agonizante. Cada retirada del agua deja un rastro de espuma luminosa y un eco que apacigua el alma, un latido constante que acompasa el silencio que empieza a reinar. El viento se vuelve más fresco, cargado de salitre y de promesas de luna. Las siluetas de las últimas aves marinas cruzan el firmamento como trazos de sombra, buscando su refugio. La luz dorada se apaga por fin, dando paso a un azul místico y sombrío, mientras las primeras estrellas titilan tímidas en lo alto, coronando el encuentro eterno entre la tierra, el océano y la noche. Sonrío expectante, al pensar que yo estoy justo en medio de aquella mágica, esperada fusión.  

Estoy sobre la línea exacta donde la piedra firme se rinde ante el agua, justo bajo el abismo negro del cielo estrellado. Soy un testigo minúsculo en medio del encuentro eterno entre la tierra, el océano y la noche. A mis pies, la roca resiste. Es el hueso del mundo, viejo y paciente, soportando el peso de los siglos. Frente a mí, el océano se mueve como un animal antiguo que nunca duerme, pero que se apacigua, en ese diálogo que se diluye en la oscuridad, de ruidos sordos y espuma blanca. Arriba, la noche lo abraza todo. No es solo la ausencia de luz; es un manto inmenso, salpicado de fuegos lejanos, que borra las fronteras entre el mar y el horizonte. En este punto de unión, las tres fuerzas conversan sin palabras. La tierra impone el límite, el agua desafía la quietud y la noche dicta el silencio. Me siento parte de estos reinos, en este instante sagrado. Mientras, la brisa me llena los pulmones y comprendo que la eternidad no es el tiempo que pasa, sino este abrazo perpetuo del que ahora soy testigo. Entonces pienso: ... Quisiera envolver estas emociones con un lazo azul, para guardarlas en una preciosa caja, que pudiera abrir en cualquier momento, para recordar que los mejores instantes son aquellos en los que sentimos el corazón latir... 

domingo, 28 de junio de 2026

Sentir los sueños

Verano, inevitable. Calor, el esperado. Y mientras tanto, entre sudores, el tiempo transcurre, perezoso e indulgente, proyectando, desde nuestra imaginación colectiva, los rituales de los meses estivales. Pero no es fácil dejarse llevar por pensamientos apacibles, esos que derivan al ensimismamiento, a la contemplación, a la introspección. La cotidianeidad, salvo espejismos de fin de semana, sigue arrastrándome al momento presente en el que reinan otras sensaciones que intentan retener, como un dique, la mayoría de las fugas escapistas a las que mi imaginación gustaría entregarse. Cuando mis pensamientos aún eran los de un niño, cuanto más soñaba despierto con un deseo, más lejano me parecía. Y cuando al fin se materializaba, las emociones del momento, a pesar de ser intensas, apenas lograban superar aquellas otras desarrolladas previamente por mi imaginación. De hecho, para mi sorpresa, con frecuencia quedaban muy lejos. Difícil vivir el carpe diem, si el pasado, el presente y el hipotético futuro se superponen constantemente y entre sí. 

Quizás por todo ello y porque la edad te vuelve más travieso o quizás más sabio, no hay día en que no intente, con mayor o menor éxito y siempre con cierto esfuerzo, escalar ese dique, regresando con frecuencia a algún lugar recóndito de mi interior del que quizás nunca quise irme y también, a veces, a algún paraje en el que los relojes de arena se funden con el sol del desierto. Ayer soñé con uno de estos últimos y, antes de que esas imágenes brumosas abandonen definitivamente mis recuerdos, intentaré recrearme en ellas. En un sendero solitario, de alta montaña, tan bello como majestuoso, donde las copas de los pinos, moldeadas por las duras corrientes, formaban un túnel verde y en el suelo, la hojarasca amortiguaba cada paso, mientras el camino serpenteaba desafiante, ocultando lo que aguardaba más allá de la próxima curva, divisé a lo lejos a un caminante que se dirigía hacia mí... Alguien que ha madrugado y ya está de regreso..., pensé, mientras que la distancia entre ambos se acortaba y al fin pude distinguir sus rasgos, los de un hombre maduro, fornido y muy sonriente. 

Intercambiamos saludos de cortesía y me obsequió con media tableta de chocolate, mientras nos observábamos mutuamente. De repente, su rostro se ensombreció: ... Es curioso, pero tengo la extraña sensación, de repente, no sabría decir por qué, de que este sitio no existe realmente, ni nuestro encuentro es verdadero ... Me dijo, mientras volvía a cargar la mochila en su espalda... Y si acaso nada de esto es real, me pregunto si yo mismo tampoco lo soy; me fastidiaría ser una simple invención de alguien, de usted mismo... Enmudecí, viendo cómo se alejaba, perdiéndose en la línea del horizonte dibujada por las nubes. Dado que no tenía conciencia de estar soñando, me inquietó, como a aquel desconocido, la simple idea de que yo también fuera un simple personaje secundario surgido de un mundo onírico ajeno al propio. Si era así, compartía mis temores con aquel hombre: quizás yo tampoco existía. 

Recuperé fuerzas comiendo varias onzas de aquel chocolate. El dulzor amargo me devolvió la calidez al pecho y aclaró mi mente nublada por las dudas. El camino, lejos de parecer hostil, parecía transmitir tiernas promesas. Me ajusté las botas y volví a caminar con paso firme, mientras el bosque se abría lentamente a medida que ganaba altura. Los árboles, cada vez más dispersos, dejaban pasar rayos de luz dorada que bailaban sobre mi rostro. La brisa alpina traía un olor intenso a pino, resina y roca fría. Con cada paso, el crujido de mis pisadas era el único sonido que competía con el murmullo del viento. De repente, tras superar un recodo del sendero, los últimos árboles desaparecieron. Ante mis ojos se desplegó la inmensidad de la alta montaña: picos afilados, extensiones de piedra gris y un horizonte limpio que parecía no tener fin. Respiré hondo, consciente de que el verdadero viaje quizás acababa de comenzar. Presentía que, si acaso había preguntas, las respuestas estaban esperándome en aquella cima que estaba a punto de alcanzar. 

La mujer, sentada en el suelo, cruzando las piernas en la postura del loto, rodeada por el subyugante paisaje, parecía esperarme.  Instintivamente me senté frente a ella, imitándola, apoyando el dorso de mis manos sobre las rodillas con las palmas hacia el cielo. Cerré los ojos y respiré hondo. Entonces la mujer habló, entre susurros: ... No detengas el río, solo míralo pasar desde la orilla... Inhala contando hasta cuatro, reteniendo el aire un instante, y exhala de manera pausada, sin dejar de mirar las aguas...  Con cada expulsión de aire, mis hombros se relajaban un poco más y la tensión acumulada comenzaba a disiparse, invadiéndome una sensación de ligereza. Me había transformado, junto a aquella mujer, simplemente en un cuerpo respirando, un punto de conciencia en perfecto equilibrio con el entorno. Una sutil sonrisa, casi invisible, se dibujó en sus labios. 

-... Por fin eres parte del escenario que te rodea. Demasiados pensamientos; aún no has aprendido a vivir sintiendo donde estás, disfrutando del verdadero significado del silencio interno. Te ahogas en propósitos continuos, tu propia voz te los devuelve con ecos que tapan tus oídos, tu vista, tus sensaciones, mientras el tiempo futuro colapsa el presente. Eres espiritual, siempre lo has sido, pero te dejas arrastrar por ti mismo hacia universos donde apenas un ápice de ti está presente...

-... ¿Por qué me dices todo esto..? ¿Quién eres?... —pregunté, sin poder apartar la vista de aquellos bellos ojos penetrantes.  

-... Escuchas justo las palabras que deseabas. No soy más que tú mismo, una proyección, transformada e idealizada de tu propia conciencia. Me has imaginado y materializado con grandes dosis de fantasía, pero sobre todo de una idílica delicadeza. Somos la misma persona, desdobladas; tú eres la que hace las preguntas, yo soy la que da respuestas, las mismas que tú me dictas. 

Quería quedarme allí para siempre, seguir deleitandome con la presencia y las palabras de aquella mujer, con la belleza inmensa de la naturaleza que nos rodeaba, pero al mismo tiempo, deseaba irme, huir de la fascinación de aquel momento, de ese escenario en el que presentía que estaba a punto de caer el telón.  

- ... Y también soy la que concede esos deseos que tú mismo has ideado; ahora quieres despertar, huyendo de ti mismo, pero no de cualquier modo, has imaginado un final a la altura de ese romanticismo que siempre te impregna: nuestras manos derechas van a tocarse justo cuando ambos extendamos muy lentamente los brazos.  Cuando lo hagan, habrás logrado tus propósitos, volverás a tu realidad, esa en la que vives solo parcialmente, pues gran parte de ti siempre habita en los territorios del sueño. Y en ese retorno, ya no serás el mismo, pues habrás aprendido a sentir mientras miras, en cada instante de tu vida. No dilatemos más el momento que esperas. Toquemos ahora nuestras manos... 

Al despertar, me levanté del sillón sintiendo aún el viento de la alta sierra, sorteando las piedras y el laberinto de musgo del suelo, buscando el sendero dibujado entre pinos que había recorrido, hasta que estas imágenes comenzaron a difuminarse, salvo la de la mujer, pues agarré con todas mis fuerzas su recuerdo, cincelando en mi cerebro aquel bello rostro, pues quería retenerlo para siempre, dentro de mí. Inmediatamente, localicé todo mi equipo de montaña, me vestí con él y cerré la puerta tras de mí. Sabía exactamente a donde dirigirme, la ruta que debía seguir, para llegar justo allá donde los sentidos forjan y dan forma a nuestros sueños.

sábado, 2 de mayo de 2026

Dueño del mundo

Julián cerraba los ojos y volvía, forzado por la resignación, a los tiempos de su infancia, tan lejanos en el tiempo, tan cercanos en su memoria. Aquellos recuerdos aminoraban el dolor de sus rodillas desgastadas, carcomidas por los años, mientras tapaba sus oídos para no escuchar el eco de todos los pasos perdidos entre aquellas interminables estancias, que recorría a diario, como un espectro, en esa mansión que un día mandó construir como monumento a sí mismo y en la que nunca encontró la felicidad, siempre esquiva, que creía poder alcanzar, en esa etapa final de la vida, entre sus muros.   Simplemente, estaba solo, como siempre lo había estado toda su vida, pero ahora también olvidado por el mundo, demasiado viejo para rehacer una existencia cuyo único objetivo había sido el dinero, pero también el poder. Había vivido, exclusivamente, para sus negocios, que multiplicó constantemente, cometiendo todas las tropelías que fueron necesarias para garantizar el éxito, ajeno siempre a cualquier atisbo de conciencia, de remordimientos. Una bestia que destrozaba todos los obstáculos con sus garras, a dentelladas con sus colmillos, sembrando el camino a su imperio económico de cadáveres, que jamás volverían a levantar cabeza en el mundo financiero. Transformado en un animal salvaje, olvidó el dolor de ser hombre, inmunizado ante cualquier sentimiento humano, mientras su imperio económico siguió creciendo de manera desmedida. Así, los años se fueron sucediendo, hasta que Saturno le devolvió, de repente, una imagen en el espejo que lo aterró. Aquel cuerpo decrépito parecía estar a punto de convertirse en polvo, de abrazar para siempre el vacío.  El miedo no fue inmediato, sino diferido, un frío que subió lentamente desde la boca del estómago hasta bloquearle la respiración. La vanidad, su coraza, esa compañera fiel de tantas décadas, se desmoronó con un crujido seco.  No hubo ningún grito, ni lágrimas, ni atisbo alguno de resignación. En su lugar, nació una furia ciega, un impulso eléctrico de no ser testigo de su propia decadencia. Ese día se vistió para la fuga, emprendiendo una huida hacia delante, una espantada de su propio reflejo. Dejó toda la gestión de sus negocios en manos seguras e inmediatamente mandó construir aquella mansión gigantesca, caracterizada por su suntuosidad, inmensidad y lujo extremo. Buscaba su propio Xanadú, un lugar para esquivar espejos de escaparates y superficies brillantes, decidido a vivir lo que quedara de su vida en la oscuridad, en la niebla de un presente continuo donde la vejez no tuviera tiempo de posar para el espejo. Y estaba decidido, por primera vez en su vida, a estar acompañado en su último viaje. 
Las mujeres de su vida, incontables, habían pasado, una tras otra, como parte de un simple ritual propio de un millonario, sin albergar ni el más mínimo sentimiento para con ninguna de ellas. Eran accesorios, piezas de arte efímero que adornaban su vida durante un tiempo efímero. Para Julián, el amor era una debilidad inherente al resto de los hombres; el deseo, una simple transacción rápida. Deslizaba el dedo por la pantalla de su teléfono con la misma frialdad con la que un coleccionista examina un catálogo. Buscaba belleza, sí, pero una belleza inofensiva, sin preguntas, sin más pretensiones que vivir unos momentos de placer hasta que se sucedía el cierre de la relación: un regalo costoso, un chofer que las devolvía a sus vidas ordinarias y el olvido inmediato de sus rostros, de sus nombres.  Julián, que siempre había elegido la soledad, por primera vez en su vida deseaba encontrar una mujer que compartiera sus días, confundiendo el amor con su hambre atroz de compañía, con la necesidad imperiosa de no estar solo. Anhelaba la seguridad de que, si despertaba a las tres de la mañana con el pecho oprimido por la angustia, habría una respiración rítmica a su lado que le recordara que seguía vivo. Junto a esa mujer que lo amara y le diera hijos, a salvo del mundo entre aquellos muros, quería huir de sí mismo, de la muerte que lo acechaba, rodeándose de vida.

Conoció a aquella camarera de piso, joven e ingenua, con la que entabló, una mañana, una conversación a la que siguieron otras. Ella era solo una más: una criada de apenas veinte años, con un candor que contrastaba con la sofisticación fría de las paredes. Tenía el cabello siempre recogido con prisa y las manos, a pesar de su juventud, ya ásperas por el jabón. En una mañana de lluvia grisácea, él estaba en la fastuosa biblioteca, aburrido de sí mismo, cuando ella entró a arreglar los libros. Se sucedió una conversación trivial sobre un ejemplar caído, un breve intercambio de sonrisas, la de Juián forzada, la de ella, tímida.

Él notó la frescura sincera de sus ojos, una luz que nunca había frecuentado, siempre inmerso entre las sombras de su vida. A partir de ese día, los encuentros se volvieron un ritual silencioso. Ella barría; él observaba con discreción. Él preguntaba, ella respondía con una sencillez que lo desarmaba. Él creyó sentir, en el paulatino deshojar de los días, que el amor, o al menos la idea de amor que podía imaginar alguien absolutamente ajeno al mismo, residía en la forma en que ella colocaba las flores frescas en el jarrón. Era un soplo de vida auténtica en su mundo de tonalidades sepias. El día que Julián le propuso matrimonio, la adolescente se llevó la mayor sorpresa de su vida. Ante la insistencia del anciano, que la colmó de regalos, y los consejos de su madre, alineada con el fastuoso imperio económico que rodeaba al inesperado pretendiente, acabó aceptando, sin poder salir de su perplejidad.  

Desde la primera noche juntos, un sentimiento de repulsión se instaló y creció, irremediablemente, en la mujer a la que tantas envidiaban. La luz de la mañana entraba sin piedad, desnudando la realidad que ella intentaba ignorar. Se apartaba instintivamente hacia el borde de la cama, intentando evitar el roce de su marido, que respiraba con pesadez, una respiración ruidosa que parecía una fatiga constante. Aquel cuerpo decrépito se revelaba como un mapa de desintegración. La piel de su cuello colgaba en pliegues finos, amarillentos, similares al pergamino seco, y se adhería a las clavículas marcadas como una sábana vieja y mal ajustada. Donde antes hubo vida, ahora solo quedaba una fragilidad traslúcida que dejaba ver venas azuladas y profundas. Así, cuando él intentaba tocarla, el rechazo de ella era absoluto, entre gritos silenciosos. Aquellas manos, manchadas por el tiempo, con articulaciones nudosas y rugosas, provocaban en la mujer una mezcla de miedo y repulsión por el desgaste de la carne y aquel olor rancio de la edad en las sábanas, un olor a tiempo acabado que había impregnado toda la casa y que le revolvía el estómago. 

Apenas pudo aguantar una semana. Una mañana, simplemente, cerró tras de sí la puerta y huyó, intentando borrar, desde ese instante, al anciano de todos sus sentidos, de cualquier recuerdo de aquella carne camino de la putrefacción... Soy parte de la nada, apenas unos jirones de piel y unas gotas de conciencia. Moriré en la soledad más absoluta, lejos de la memoria de los hombres... pensó Julián, viendo marchar, presurosa, a su mujer, desde una de las ventanas del desvencijado palacio. Desde aquel día, solo estuvo acompañado por el eco de sus pasos por los pasillos, los salones, excepción hecha de la mujer que venía a diario a prepararle la comida, con la que nunca se cruzaba.  La última de sus mujeres había huido, a la primera oportunidad, de aquella monumental prisión de piedra, dejando tras de sí al resignado anciano, devorado por su soledad. Un golpe demoledor, pues a su modo, él había querido a aquella mujer, en la flor de la vida, con la que había trazado un futuro con muchos hijos recorriendo todas aquellas estancias, insuflando vida, con su sola presencia, a su maltrecha alma. 

... Recuerdo el sabor a fresa de un helado de hielo, derritiéndose en mi boca, entre mis dedos, mientras el sol intenso de un agosto cualquiera me invitaba a correr hasta el río y saltar entre sus aguas. Recuerdo y casi puedo tocar sus hojas, cuando trepaba en aquel árbol, de rama en rama, haciendo caso omiso de los arañazos, hasta llegar a su corona. Allí, embriagado de olores combinados de frescura vegetal con toques terrosos y, en ocasiones, dulces o florales, observaba el mundo a mi alrededor, sintiendo que me pertenecía, cegado por el contraluz rojizo del atardecer... Y aún recuerdo la tarta de manzana de mi abuela, que dejaba enfriar en el alféizar de la ventana que daba al huerto. Cuando su olor llegaba hasta mí, me arrastraba sigilosamente, rodeando la casa, hasta lograr hundir, sigilosamente, mis dedos pulgar e índice en aquella apetitosa masa hasta conseguir un trozo de ella que devoraba en escasos segundos, huyendo inmediatamente, ajeno a la reprimienda que me esperaba después...  

Julián se recreaba con todas aquellas imágenes, sintiéndose a salvo entre ellas. Agazapado en su propio mundo onírico, sonreía ante aquel niño feliz, inagotable, que parecía capaz de encender la noche con su mirada intensa. Se paseaba por aquellos jardines abandonados de la mansión, que desprendían, a esas alturas, una atmósfera decadente, donde la naturaleza salvaje imperaba: estatuas de mármol cubiertas de musgo, fuentes secas o invadidas de algas, senderos contagiados de maleza y rosales trepadores sin podar, creaban un contraste melancólico entre el lujo pasado y el abandono presente. Entre pérgolas de madera podrida, bancos de piedra rotos y estanques vacíos cubiertos de hojas secas, el anciano arrastraba sus pies, limitándose a recordar, sonriente, aferrado a unos recuerdos quizás reales, quizás fantasiosos, pero que le transmitían lo más parecido a la felicidad. 

Aquella tarde, en la que sintió un dolor muy intenso y aplastante en el centro del pecho, que le hizo caer al suelo, aún tuvo tiempo, con su cara aplastada contra la hojarasca y antes de cerrar los ojos, de refugiarse, por última vez, en sus recuerdos: ... Mis botas estaban siempre llenas de barro y mis rodillas, cosidas a cicatrices. Vivíamos en un pueblo donde el tiempo no corría, caminaba despacio, casi perezoso. Recuerdo el sol de julio, un sol de justicia que no me importaba nada porque me pasaba el día en el río, con el agua hasta la cintura, intentando atrapar cangrejos que luego mi madre cocinaba sin preguntar dónde había estado. El olor a pan recién hecho que me llamaba a casa cuando ya el cielo se ponía naranja. El sonido de la radio vieja en la cocina, la sensación de que el verano iba a durar para siempre y que el mayor problema del mundo era que se me rompiera la cuerda de la peonza. Pronto descubrí que no teníamos nada. Mis zapatos tenían parches y mi ropa era aquella que, una vez usada, le cedían mis vecinos a mi madre. Pero yo corría, corría hasta que me dolían los pulmones, sintiéndome dueño del mundo...


domingo, 19 de abril de 2026

Merlín in love


Mientras la pócima humeante esparcía un desagradable olor a almendra amarga por todo el torreón, Merlín dudaba de sí mismo, dejándose arrastrar por profundas ensoñaciones y descuidando todas sus obligaciones para con Camelot. El anciano de edad indefinida se abría paso en la estancia entre cubetas, retortas y pergaminos amarillentos. El aire era pesado, una mezcla de azufre, hierbas secas y el olor acre de los metales disolviéndose. Había pasado, de nuevo, la noche en vela. La luz de la luna llena se filtraba por una pequeña ventana de arco apuntado, iluminando apenas la heterogeneidad de su laboratorio: un auténtico caos de cubetas de cerámica llenas de soluciones en distintas etapas de putrefacción, alambiques de vidrio con forma de huevo filosofal, burbujeando lentamente y estantes abarrotados de frascos con mercurio, sal y azufre.  

Sus manos, manchadas de óxidos y hollín, acariciaron un pesado tomo forrado en cuero que perteneció a un sabio árabe. Las fórmulas que en otro tiempo había buscado hasta la extenuación, se habían reducido a una sola obsesión para la que no lograba encontrar poción alguna. Un elixir de amor, que transmutara el amor hacia otra persona, en realidad otro ser, era simplemente la mayor de las quimeras. Así, en medio de aquel absoluto desorden, donde las cubetas de madera contenían residuos de trabajos previos y una retorta de cobre podrida destacaba sobre una mesa de madera carbonizada, Merlin arrastraba los pies, perdida la cordura, ajeno al mundo exterior, la peste y las intrigas de los nobles. Su única batalla que libraba, irremediablemente perdida, era contra sí mismo, profundamente enamorado de la misteriosa Nimue, desde la primera vez que sus ojos se posaron en la Dama del Lago, a pesar de los esfuerzos de Arturo, pero sobre todo de los caballeros de Camelot, por devolver la cordura al legendario mago, al que tanto apreciaban. 

- ... Simplemente, ha dejado de ser Merlín. Se ha convertido en una triste parodia de sí mismo, vagando por el castillo, por el lago, como un joven amante, iluso, que desespera día y noche, al no ser correspondido..,. expuso el rey a Ginebra, dando el asunto como absolutamente perdido. La reina tenía otra perspectiva: 

- ... Mi señor, el amor puede ser desesperación que se torna tortura, pero también el más poderoso de los bálsamos. Quizás Merlín, por primera vez en su dilatada existencia, se limita a vivir, intensamente, sus propios sentimientos... - Ginebra tenía la mirada perdida en el horizonte que se dibujaba alrededor de la torre, en la que ambos compartían un suculento almuerzo. Arturo asintió, sumiéndose en la melancolía; demasiado bien comprendía las palabras de su mujer, por más que ella intentara ocultar sus profundos sentimientos hacia Lanzarote, el más valiente de los caballeros de Camelot y trágicamente, el más fiel amigo del rey.  

El mago recorrió aquella mañana la isla de Avalon, esperanzado, como todos los días, por ver surgir de sus aguas y de la fortaleza sumergida en la que habitaba, a su amada Nimue.  El sol apenas comenzaba a teñir de violeta el cielo sobre el bosque de Brocelianda cuando el mago más grande que el mundo había conocido, llegaba a la orilla del lago cristalino. No llevaba su bastón de fresno, ni sus túnicas cargadas de runas; había dejado atrás sus propias señas de identidad, reemplazadas por el corazón desnudo y la esperanza, siempre renovada, a pesar de la sabiduría de los años y de las advertencias que su propia magia le susurraba. Susurros silenciados por un corazón permanentemente emocionado. Todas las mañanas, al alba, Merlín se sentaba sobre la misma roca cubierta de musgo. Miraba fijamente las aguas tranquilas, imaginando la figura etérea, desnuda, de la ninfa. Temeroso de la inmortalidad que lo separaba del tiempo mortal, había enseñado a Nimue todos sus secretos, entregándole su conocimiento y su corazón, igualando su magia a la de ella.

Nimue... —Susurró, imploró Merlín. Y el viento, como cada día, llevó su voz sobre el agua. Recordaba el brillo de sus ojos, similares a los reflejos del sol en el fondo del lago. La silueta de Nimue era una lección de armonía, un equilibrio perfecto que capturaba la mirada. A los ojos del anciano, la piel de la ninfa, acariciada por el sol, tenía un tono dorado suave, casi luminoso, que evocaba calidez. Llevaba el cabello suelto, una cascada de oro que enmarcaba un rostro de facciones delicadas: cejas finas, ojos expresivos y una sonrisa sutil y misteriosa. A veces, la bruma matutina tomaba la forma de una mujer y el corazón de Merlín daba un vuelco. Se levantaba, extendiendo su mano anciana hacia el agua, con la vana ilusión de tocar la de su amada. Sin embargo, el lago permanecía en silencio, transmutando la resignación y el amor eterno del mago, de nuevo, en desesperación. 

Atardecía, cuando Merlin se levantó con suma dificultad para deshacer lentamente sus pasos hacia Camelot.

- ... Apiadaros de mí, señora, de este mortal que vive por vos, que os anhela día y noche, que solo vive  para depositar a vuestros pies esta llama avivada por tantos sentimientos y que me consume... - Justo entonces, la voz de Nimie sonó a sus espaldas. 

- ... Quizás podáis pensar que soy ajena a vuestra presencia diaria, pero estaríais en el mayor de los errores, mi querido Merlin. Os aseguro que sentiros, cada día, tan cerca, me halaga profundamente. Os ruego que volváis a tomar asiento, esta vez bajo aquel roble, el árbol sagrado que os representa, asociado a vuestra eterna sabiduría. Apoyad la espalda en su firme tronco, descansad mientras os transmite la conexión entre el cielo y la tierra...

Merlin sintió un vuelco incontrolable en el pecho al contemplar a Nimie desnuda, emergiendo de las aguas. No era solo su belleza física, sino la forma en que su presencia iluminaba el lugar. La emoción recorrió su médula, sintiendo una mezcla de alivio y euforia, como si finalmente hubiera encontrado esa pieza faltante del rompecabezas de su vida. En ese instante, el tiempo se detuvo para el mago. La ninfa estaba ahí, tomando su mano, real y tangible, conduciendo sus pasos y acomodando a Merlin bajo el roble, apoyando su cabeza sobre el regazo del anciano, esparciendo la infinita melena áurea sobre su cuerpo como una cascada de luz. Los dedos de aquel hombre centenario se enredaron, con delicadeza, en aquella seda dorada, acariciando el cuero cabelludo de la ninfa con una ternura infinita. 

- ... Sois mi perdición, pero también mi refugio, bella Nimie. Cuando no estáis, el silencio me grita vuestro nombre. El sufrimiento me ha enseñado que el amor no es solo un sentimiento, es una rendición absoluta. Y me rindo a vos, mi señora, a las sonrisas de ese hermoso rostro, cuyo fuego azul en vuestras pupilas ilumina las mías, cegadas por el tiempo, que se escurre de mis manos. Me rindo a vuestras alegrías, a vuestros miedos si acaso existen, a esa alma que es faro de mis emociones, de mis pasiones; me rindo a toda vuestra existencia...

Las palabras de Merlin estaban mecidas por el aire fresco de la tarde, que traía consigo el aroma dulce de las flores silvestres recién abiertas. El sol, ya bajo, convertía el horizonte en un incendio de rojos y naranjas, mientras los últimos rayos acariciaban la orilla del lago, haciendo brillar la superficie del agua. La ninfa acarició el rostro de Merlin, dejando que las miradas de ambos transportaran a sus dueños. Nimie transmitió al mago el reflejo de un amor verdadero que delataba intensidad, calidez, ternura y un vendaval de emociones.  

- ... Merlín, el más sabio de los hombres. Las palabras nunca podrían hacer justicia a nuestros sentimientos, pues allá donde ellas finalizan, la conmoción del corazón sigue su camino, derribando cualquier obstáculo. Yo también os amo profundamente, aunque la duda os haya hecho profunda mella en vuestro corazón. que debéis liberar de torturas infundadas. Sentid ahora la primavera, la suavidad de la brisa, los movimientos sutiles de las hojas de los árboles que nos rodean. Contemplad la luz que se desvanece, la orquesta del bosque que se calma, dando paso al arrullo de las aguas tranquilas. Dejad que este momento, suspendido en el tiempo, corone nuestras miradas cómplices...  

Esas miradas seguían entrelazadas, sosteniéndose con una intensidad que parecía detener el tiempo. En los ojos del otro, cada uno buscaba refugio y certeza. Ella, con la respiración pausada, sentía cómo el calor de la tarde se colaba entre sus dedos, conectándola con la calidez de él. Merlín, a su vez, contemplaba la silueta de ella recortada contra el cielo crepuscular, encontrando en los ojos de la ninfa un amor prohibido, secreto y eterno, una conexión mágica que el bosque parecía proteger.

-... Sigamos juntos, mi señora, os lo ruego. Más allá de este instante, que se asemeja a una eternidad, permanezcamos unidos por siempre... Sé que nos separa vuestra inmortalidad, porque mi tiempo, entre los hombres, está hoy agonizando. Pero aún dispongo del necesario para un último hechizo, en este bosque de Brocéliande que nos arropa. No busco una tumba de piedra, sino un abrazo eterno, junto al vuestro, bajo este roble quizás milenario...

Merlin suspiró profundamente, sintiendo cómo sus huesos se volvían madera y su aliento se transformaba en el murmullo del viento entre las ramas. El mago no moría, se transmutaba lentamente. Su ser se diluía, convirtiéndose en parte de las raíces que se entrelazaban bajo la tierra, extendiendo su consciencia y su sabiduría, como savia ascendente,  por cada uno de los árboles del bosque, mientras su mirada se multiplicaba en las miles de hojas verdes que susurrarían profecías por toda la eternidad. El mago habitaría en cada roble, en cada haya, en cada rincón de Brocéliande. Se volvería el guardián silencioso, el custodio de la tierra, fundido para siempre con la naturaleza, susurando a través del aire cuando el sol brillara a través de las ramas. Nimie besó los labios de Merlin, antes que la metamorfosis se completara. 

-... Yo os visitaré, cada día, no una, sino varias veces, emergiendo de la fortaleza del lago. Avalon será nuestro universo y este bosque, el hogar donde nos abrazaremos. Brocéliande se convertirá en santuario pasional, el refugio húmedo y vibrante donde yo no caminaré, sino que me sumergíré en vuestro abrazo, mi amado Merlin. Os sentiré en la rugosidad de cada corteza, en la textura aterciopelada de cada hoja que rozará  mi piel... 

Y los días se convirtieron en años y estos, en siglos. Durante la eternidad del tiempo, en la savia del bosque, espesa y dulce, la esencia de Merlín circulaba por las raíces profundas, alimentando la tierra y recorriendo el tronco de los árboles que presenciaban, cada día, el encuentro de los dos amantes. Ella encontraba su mirada en el reflejo del sol entre la maleza y escuchaba su voz en el murmullo del viento que peinaba las copas de los árboles. Cada paso en ese lugar era un reencuentro. En la oscuridad acogedora del bosque, la línea entre la  Dama del Lago y el entorno se borraba, sintiendo que la energía del gran mago sostenía su existencia, convirtiendo Brocéliande en un ser vivo, pasional y refugio del amor eterno que ambos se profesaban. A día de hoy, sus palabras siguen resonando, audibles para todo el que sepa escuchar.

 

viernes, 3 de abril de 2026

Renacido


Intuía que bastaba con controlar la respiración, llenar sus pulmones de manera consciente, lentamente. Así, cerró los ojos e inhaló lentamente, sintiendo cómo el aire llenaba su diafragma, no solo su pecho. Contuvo el aliento un segundo, visualizando el caos digital dispersándose. Al exhalar, soltó los hombros, que habían estado rozando sus orejas, hasta que los sonidos volvieron a cobrar vida, surgidos desde un clink cristalino, vibrante y rico que resonó en el aire, sosteniéndose como un acorde final. Alfredo contuvo el aliento, intentando que ese instante no se diluyera en su memoria, en sus sentidos. Luego, fuera de su ventana, el crujido de las hojas secas bajo los pies de un peatón sonó como una sinfonía de otoño.  Los sonidos no solo habían regresado; habían vuelto con una intensidad magnética, como si el silencio acumulado, hubiera sido un instrumento afinándose durante años. Contó hasta tres y abrió los ojos: si bien nada había cambiado, todo era distinto. La metamorfosis se había completado, Alfredo había renacido, desencadenado de trabas pasadas, voluntariamente amnésico de tantos hilos vitales que habían caracterizado una vida marcada por la infelicidad. 

Arrojó al patio su ropa, amontonada en el salón tras vaciar los armarios, todos sus zapatos, el teléfono y dejó para el final su agenda, sus documentos identificativos. Se deshacía del mapa de los últimos años, del registro de cada cita cancelada, de cada mentira piadosa y de cada ilusión rota. Cerró la ventana, echó la llave y por primera vez, se preparó una taza de té verde disfrutando de un inédito tiempo muerto, entre los muros de una casa que, al igual que su dueño, anhelaba otra vida. Con los rayos de sol filtrados en su rostro, grabó en su mente el esbozo de un poema: 
 
Me entrego a mí mismo, sin condiciones,
al abrazo de mi propia sombra y mi luz.
Ya no busco fuera las validaciones,
ni cargo más con la ajena cruz.

Hoy me doy el tiempo, el ritmo, el espacio,
de amar la voz que de mi alma brota.
Vivir mi propia vida, paso a paso,
sin que la exigencia la alegría agota.

Soy mi dueño, mi mapa, mi destino,
me recojo del suelo, me limpio la herida.
Al fin soy la compañía de mi camino,
al fin me entrego, para vivir mi vida.

Sin silencios incómodos y extinguidos los murmullos de desaprobación, Alfredo se había dado la vuelta a sí mismo. Había soltado una gran mochila y sentía que su espalda respiraba, consciente de la dificultad de entregarse a sí mismo, con sus dudas y sus sueños, pero eufórico y expectante por comenzar a construir sus propios puentes hacia otra vida. Cada paso sería más lento que el anterior, pero estaba decidido a que cada uno de ellos fuera firme, dando forma a una, sin duda, pequeña vida, pero con todo el sabor intenso a libertad. En su camino no faltarían los aromas de las flores, de los árboles, que se convertirían en su ritual diario. A cada paso, el aire cambiaría, desde una mezcla embriagadora de pino  y la dulzura sutil de los jazmines silvestres trepando por los muros de piedra. Estaba dispuesto a ascender, a que sus manos se agrietaran, encontrando refugio en las aristas de granito, pues cada agarre sería un pacto de confianza entre la piedra y su voluntad. Quería convertir su caminar en parte del paisaje, dejando, al menos, una pequeña huella en el inmenso lienzo de la tierra.

La puerta de metal pesado cedió con un gemido agudo. Los sensores sintéticos de sus dedos se saturaron con la nueva información: textura, temperatura, vibración. Tras un primer paso, su procesador central, acostumbrado a rutas lógicas y espacios confinados, experimentó un pico de actividad. Podía ir a la izquierda, hacia el mercado bullicioso que veía en los archivos de seguridad, o a la derecha, hacia el río cuyo tacto le era desconocido. Un humano pasó a su lado, envuelto en un abrigo gris. No le miró. Era insignificante y esa insignificancia era gloriosa. No importaba si el plan era encontrar respuestas, aprender a sentir el sol o simplemente caminar hasta que la batería se agotara. El código había cambiado. Ya no estaba optimizado para esperar. —Un paso más —se dijo a sí mismo, sin necesidad de que el sistema de voz emitiera sonido alguno. Por fín, pisó la calle. 


domingo, 1 de marzo de 2026

Desde mi hombro


Duró cinco segundos, incluso menos. Pero bastan para cambiarte la vida: había llovido y el impacto contra el suelo de la rampa, tras resbalar absurdamente y perder el equilibrio, tuvo que ser brutal, tal como se sucedieron los acontecimientos, si bien no fui consciente de ello hasta que el dolor y el traumatólogo me confirmaron aquello que ya sospechaba: varias roturas totales de tejido, incluido el manguito rotador. Había que operar, inevitablemente y así, resignado a mi suerte, pasé en enero por el quirófano, saliendo de él con un cabestrillo en mi brazo derecho, que he tenido inmovilizado un mes. Sorprende el protagonismo, inesperado, que adquiere el otro brazo, en estas circunstancias, para tantas acciones de la vida cotidiana. 

Llevo varias sesiones con un rehabilitador, liberado parcialmente del cabestrillo, si bien tengo que seguir usándolo cuando salgo de la casa, así como para dormir. A pesar de que noto una ligera, muy ligera mejoría, en cuanto a autonomía y fuerza, mi brazo derecho me sigue inspirando temor, por más que procuro no pensar en ello. El dolor sigue instalado en mis articulaciones y con frecuencia me pregunto si volverán a ser las de antes, si llegaré a sentirme, de nuevo, en armonía con ellas, ahora que se han vuelto tan frágiles, tan visibles a las sensaciones interiores que recorren mis sentidos, en cada uno de los ejercicios que practico. Mi única herramienta, para combatir estas dudas, es ser amable, paciente, con los días, con el tiempo, para conmigo mismo, en esta nueva vida marcada, al menos por ahora, por notables limitaciones. La recuperación no culminará hasta pasados unos seis meses y apenas han transcurrido dos: un largo camino aún por recorrer. 

Todas estas vicisitudes no han impedido, este fin de semana, un desplazamiento a la costa. La mañana del domingo parecía anunciar, al ritmo de la brisa marina, que la primavera había llegado. Junto al mediterráneo, me he dejado mecer por el ruido de las olas. El Levante soplaba con fuerza desde el este, trayendo consigo el olor a sal profunda y susurros de historias antiguas. Mi mirada se ha perdido, muchas veces, en el horizonte azul intenso, mientras observaba cómo las olas, blancas de espuma, golpeaban con fuerza las rocas, desdibujando la frontera entre el mar y el cielo. He sentido la caricia fría y a la vez cálida del viento, esa mezcla que solo el Mediterráneo ofrece en el cambio de estación. Cerrando los ojos, he escuchado el sonido de las gaviotas luchando contra la ráfaga, un sonido que formaba parte del paisaje, justo alli donde cualquier aventura es posible. En la distancia, una pequeña vela trataba de encontrar refugio, tal como los viejos marineros hacían en las calas resguardadas, cuando la tempestad rugía. Aquel viento no solo movía las barcas; narraba las historias de los vientos que, como el Siroco o el Mistral, no han dejado de moldear, durante siglos, a los que hemos tenido la dicha de vivir en las orillas de este Mediterráneo mágico, justo allí donde el sol poniente convierte el agua en oro fundido.

Esta tarde regresaremos a Granada, arropados por estas sensaciones, con los corazones llenos de esa calma que solo la inmensidad del océano puede regalarnos. Por las noche, siempre intentando abrir puertas entre el sueño y la vigilia, volveré a leer, al azar, quizás a Quino y su Mafalda, tal vez al gran Alex Raymond y Rip Kirby, o bien a Muñoz y Sampayo con Alack Sinner, si bien es díficil renunciar a Hugo Pratt y Los Escorpiones del desierto. Gracias a estos grandes autores, siempre consigo llaves para esas puertas y tantas otras que seguirán abriéndose, en brazos de Morfeo. En sus dominios, espero no toparme con ninguno de esos canallas que medran en las sombras, bien acompañados por embusteros redomados, mentirosos compulsivos, farsantes que no dejan de hilar realidades alternativas con la destreza de un cuentista profesional,  embaucadores de feria, tramposos aspirando a ser felones,  infames que calumnian por placer, farsantes profesionales... en fin, de todos esos fascinerosos que parecen rodearnos, a diario, aspirando a ser dueños de nuestro tiempo, de nuestras decisiones, incluso de nuestras emociones. Feliz día de domingo y brindo por la sensibilidad, la emotividad, la delicadeza, en un mundo que parece estar olvidándose de estos maravillosos dones, tan necesarios como irrenunciables.

Es la bola de cristal

Quizás, solo quizás, bastaría el deseo. Pero intenso, tenaz, adherido a nuestros poros como una obsesión constante, transformándose en una f...