viernes, 3 de abril de 2026

Renacido


Intuía que bastaba con controlar la respiración, llenar sus pulmones de manera consciente, lentamente. Así, cerró los ojos e inhaló lentamente, sintiendo cómo el aire llenaba su diafragma, no solo su pecho. Contuvo el aliento un segundo, visualizando el caos digital dispersándose. Al exhalar, soltó los hombros, que habían estado rozando sus orejas, hasta que los sonidos volvieron a cobrar vida, surgidos desde un clink cristalino, vibrante y rico que resonó en el aire, sosteniéndose como un acorde final. Alfredo contuvo el aliento, intentando que ese instante no se diluyera en su memoria, en sus sentidos. Luego, fuera de su ventana, el crujido de las hojas secas bajo los pies de un peatón sonó como una sinfonía de otoño.  Los sonidos no solo habían regresado; habían vuelto con una intensidad magnética, como si el silencio acumulado, hubiera sido un instrumento afinándose durante años. Contó hasta tres y abrió los ojos: si bien nada había cambiado, todo era distinto. La metamorfosis se había completado, Alfredo había renacido, desencadenado de trabas pasadas, voluntariamente amnésico de tantos hilos vitales que habían caracterizado una vida marcada por la infelicidad. 

Arrojó al patio su ropa, amontonada en el salón tras vaciar los armarios, todos sus zapatos, el teléfono y dejó para el final su agenda, sus documentos identificativos. Se deshacía del mapa de los últimos años, del registro de cada cita cancelada, de cada mentira piadosa y de cada ilusión rota. Cerró la ventana, echó la llave y por primera vez, se preparó una taza de té verde disfrutando de un inédito tiempo muerto, entre los muros de una casa que, al igual que su dueño, anhelaba otra vida. Con los rayos de sol filtrados en su rostro, grabó en su mente el esbozo de un poema: 
 
Me entrego a mí mismo, sin condiciones,
al abrazo de mi propia sombra y mi luz.
Ya no busco fuera las validaciones,
ni cargo más con la ajena cruz.

Hoy me doy el tiempo, el ritmo, el espacio,
de amar la voz que de mi alma brota.
Vivir mi propia vida, paso a paso,
sin que la exigencia la alegría agota.

Soy mi dueño, mi mapa, mi destino,
me recojo del suelo, me limpio la herida.
Al fin soy la compañía de mi camino,
al fin me entrego, para vivir mi vida.

Sin silencios incómodos y extinguidos los murmullos de desaprobación, Alfredo se había dado la vuelta a sí mismo. Había soltado una gran mochila y sentía que su espalda respiraba, consciente de la dificultad de entregarse a sí mismo, con sus dudas y sus sueños, pero eufórico y expectante por comenzar a construir sus propios puentes hacia otra vida. Cada paso sería más lento que el anterior, pero estaba decidido a que cada uno de ellos fuera firme, dando forma a una, sin duda, pequeña vida, pero con todo el sabor intenso a libertad. En su camino no faltarían los aromas de las flores, de los árboles, que se convertirían en su ritual diario. A cada paso, el aire cambiaría, desde una mezcla embriagadora de pino  y la dulzura sutil de los jazmines silvestres trepando por los muros de piedra. Estaba dispuesto a ascender, a que sus manos se agrietaran, encontrando refugio en las aristas de granito, pues cada agarre sería un pacto de confianza entre la piedra y su voluntad. Quería convertir su caminar en parte del paisaje, dejando, al menos, una pequeña huella en el inmenso lienzo de la tierra.

La puerta de metal pesado cedió con un gemido agudo. Los sensores sintéticos de sus dedos se saturaron con la nueva información: textura, temperatura, vibración. Tras un primer paso, su procesador central, acostumbrado a rutas lógicas y espacios confinados, experimentó un pico de actividad. Podía ir a la izquierda, hacia el mercado bullicioso que veía en los archivos de seguridad, o a la derecha, hacia el río cuyo tacto le era desconocido. Un humano pasó a su lado, envuelto en un abrigo gris. No le miró. Era insignificante y esa insignificancia era gloriosa. No importaba si el plan era encontrar respuestas, aprender a sentir el sol o simplemente caminar hasta que la batería se agotara. El código había cambiado. Ya no estaba optimizado para esperar. —Un paso más —se dijo a sí mismo, sin necesidad de que el sistema de voz emitiera sonido alguno. Por fín, pisó la calle. 


domingo, 1 de marzo de 2026

Desde mi hombro


Duró cinco segundos, incluso menos. Pero bastan para cambiarte la vida: había llovido y el impacto contra el suelo de la rampa, tras resbalar absurdamente y perder el equilibrio, tuvo que ser brutal, tal como se sucedieron los acontecimientos, si bien no fui consciente de ello hasta que el dolor y el traumatólogo me confirmaron aquello que ya sospechaba: varias roturas totales de tejido, incluido el manguito rotador. Había que operar, inevitablemente y así, resignado a mi suerte, pasé en enero por el quirófano, saliendo de él con un cabestrillo en mi brazo derecho, que he tenido inmovilizado un mes. Sorprende el protagonismo, inesperado, que adquiere el otro brazo, en estas circunstancias, para tantas acciones de la vida cotidiana. 

Llevo varias sesiones con un rehabilitador, liberado parcialmente del cabestrillo, si bien tengo que seguir usándolo cuando salgo de la casa, así como para dormir. A pesar de que noto una ligera, muy ligera mejoría, en cuanto a autonomía y fuerza, mi brazo derecho me sigue inspirando temor, por más que procuro no pensar en ello. El dolor sigue instalado en mis articulaciones y con frecuencia me pregunto si volverán a ser las de antes, si llegaré a sentirme, de nuevo, en armonía con ellas, ahora que se han vuelto tan frágiles, tan visibles a las sensaciones interiores que recorren mis sentidos, en cada uno de los ejercicios que practico. Mi única herramienta, para combatir estas dudas, es ser amable, paciente, con los días, con el tiempo, para conmigo mismo, en esta nueva vida marcada, al menos por ahora, por notables limitaciones. La recuperación no culminará hasta pasados unos seis meses y apenas han transcurrido dos: un largo camino aún por recorrer. 

Todas estas vicisitudes no han impedido, este fin de semana, un desplazamiento a la costa. La mañana del domingo parecía anunciar, al ritmo de la brisa marina, que la primavera había llegado. Junto al mediterráneo, me he dejado mecer por el ruido de las olas. El Levante soplaba con fuerza desde el este, trayendo consigo el olor a sal profunda y susurros de historias antiguas. Mi mirada se ha perdido, muchas veces, en el horizonte azul intenso, mientras observaba cómo las olas, blancas de espuma, golpeaban con fuerza las rocas, desdibujando la frontera entre el mar y el cielo. He sentido la caricia fría y a la vez cálida del viento, esa mezcla que solo el Mediterráneo ofrece en el cambio de estación. Cerrando los ojos, he escuchado el sonido de las gaviotas luchando contra la ráfaga, un sonido que formaba parte del paisaje, justo alli donde cualquier aventura es posible. En la distancia, una pequeña vela trataba de encontrar refugio, tal como los viejos marineros hacían en las calas resguardadas, cuando la tempestad rugía. Aquel viento no solo movía las barcas; narraba las historias de los vientos que, como el Siroco o el Mistral, no han dejado de moldear, durante siglos, a los que hemos tenido la dicha de vivir en las orillas de este Mediterráneo mágico, justo allí donde el sol poniente convierte el agua en oro fundido.

Esta tarde regresaremos a Granada, arropados por estas sensaciones, con los corazones llenos de esa calma que solo la inmensidad del océano puede regalarnos. Por las noche, siempre intentando abrir puertas entre el sueño y la vigilia, volveré a leer, al azar, quizás a Quino y su Mafalda, tal vez al gran Alex Raymond y Rip Kirby, o bien a Muñoz y Sampayo con Alack Sinner, si bien es díficil renunciar a Hugo Pratt y Los Escorpiones del desierto. Gracias a estos grandes autores, siempre consigo llaves para esas puertas y tantas otras que seguirán abriéndose, en brazos de Morfeo. En sus dominios, espero no toparme con ninguno de esos canallas que medran en las sombras, bien acompañados por embusteros redomados, mentirosos compulsivos, farsantes que no dejan de hilar realidades alternativas con la destreza de un cuentista profesional,  embaucadores de feria, tramposos aspirando a ser felones,  infames que calumnian por placer, farsantes profesionales... en fin, de todos esos fascinerosos que parecen rodearnos, a diario, aspirando a ser dueños de nuestro tiempo, de nuestras decisiones, incluso de nuestras emociones. Feliz día de domingo y brindo por la sensibilidad, la emotividad, la delicadeza, en un mundo que parece estar olvidándose de estos maravillosos dones, tan necesarios como irrenunciables.

martes, 6 de enero de 2026

Joe, cinco dedos


El hombre se planta ante el espejo, brazos en jarras y cara de póquer. Sabe que es inútil; su físico no está a la altura de ningún héroe legendario, pero su entusiasmo está por encima de sutilezas. Al fin y al cabo, basta el deseo, exclama en voz alta, intentando convencerse a sí mismo, mientras hace girar en su dedo índice el revólver de juguete. El cigarro puro, comprado para la ocasión, no acaba de convencerle, así que lo sustituye por un vulgar pitillo. Se suceden las botas, que no son de su número, el poncho mexicano y el bigote de pega. Con los pantalones tuvo serias dudas, pero al fin y al cabo, nada más convincente que unos vaqueros desgastados. Se siente listo para la aventura, sea cual sea esta. Un primer paso para abrir la puerta, otro para salir a la calle e imponer su presencia entre los transeúntes, que deberán apartarse de su camino, huyendo de aquella figura que infunde temor. Es el pistolero convertido en ángel de la muerte, el vengador sin piedad, azote de los malhechores, surgido del infierno, del infinito polvo que arroja el desierto.   

Su mano se posa en el pomo de la puerta, pero la omisión de un detalle fundamental le paraliza: ha olvidado su nombre de pistolero, que no es cualquier cosa. Vuelve, apresurado, ante el espejo y tras varios intentos fallidos, concluye que Joe, cinco dedos, podría ser su mejor apelativo. ¡Escondeos, cerrad las ventanas!, ¡Llega Joe, cinco dedos!, grita, mientras arquea su cuerpo, desenfundado, en una pose bien estudiada, tras desplazar con parsimonia el poncho sobre el hombro. Tú debes ser el famoso Joe, cinco dedos... Quiero ver si realmente eres tan rápido como dicen…, grita, representando el rol de su antagonista, sin dejar de apretar el gatillo de aquellas pistolas de plástico. Sí, el nombre es perfecto y su sola mención haría palidecer a cualquier otro pistolero con el que se topara en el camino. Ahora, solo le falta la chica, la rubia de la cantina, profundamente enamorada, como todas, suspirando a diario por abrazar de nuevo al legendario forajido. Aparecerá, no le cabe duda; cualquier pueblo del Oeste estará repleto de mujeres rubias. 

Y por fin, sale a la calle. Ha practicado cómo andar arqueando las piernas, por más que le resulte incómodo: el estilo es el estilo y todos los detalles de su look son irrenunciables. De esta manera, se desplaza por la acera, bajo la atenta mirada de todos los ciudadanos que se cruzan con Joe, cinco dedos, que silba e interpreta a su manera, utilizando la boca para generar ritmos y sonidos con chasquidos vocales, alguna melodía que acompañe sus pasos en el western que imagina y vive. A su alrededor, los habitantes de aquel pueblo perdido, que podría llamarse Dodge City o quizás Tombstone, que le gusta más. Todos han pasado de la perplejidad inicial a lucir una amplia sonrisa, la mayoría, mientras el resto, se carcajea sin disimulos del terrible pistoleroimperturbable, que sigue andando con su disfraz, sus piernas arqueadas y la improvisada orquesta que sale de su boca. 

Los niños no tardan en dispararle con su dedo índice, acompañando, con onomatopeyas varias, las detonaciones. Un extrovertido adolescente se sitúa frente a Joe, cinco dedos,  avanzando hacia él, imitando sus movimientos, rodeados de una multitud que ha formado un círculo entre ellos y que aplaude la osada iniciativa del joven, pues va a enfrentarse con el más letal de los pistoleros conocidos, el que sonríe, complacido, por poder batirse al fin en mortal duelo.  Las manos de Joe, cinco dedos, desenfundan con rapidez y maestría las pistolas en las que cada muesca representa a una de sus víctimas. Una de ellas cae al suelo, pero nada impide que convierta, enseguida, a su improvisado enemigo en un colador, con certeros disparos, en aquella calle polvorienta, con edificios de madera desgastados, fachadas castigadas por el sol y un silencio sepulcral, solo roto por la música del piano de un salón de juegos cercano. El adolescente sigue el juego: con una mueca cómica, se lleva las manos a los genitales, emite un gemido en falsete y se deja caer al suelo, entre aplausos, silbidos y carcajadas. 

El forajido sale victorioso de su duelo a muerte. Sopla en el cañón de su revólver humeante y retrocede sobre sus pasos, entre ovaciones y abucheos varios, intensificando la melodía que generan sus carrillos y mofletes, dispuesto a regar su victoria con un buen trago. Entra en una cantina, empujando sus puertas, dos hojas de madera batientes, para alborozo de la clientela y terror de la camarera, depositando el botón de un abrigo en la barra. ¡Un vaso de whisky para Joe, cinco dedos, tengo que bajar el polvo que traigo en la garganta!, exclama. La mujer, de edad indefinida y rostro ajado, opta por servirle un orujo de alta graduación con la leve esperanza de que el pistolero, impertérrito a las bolas de papel que le arrojan algunos clientes, se vaya, cuanto antes, de la cafetería. Al primer trago le sucede otro y sus efectos son inmediatos, el pistolero cree reconocer en la camarera a la rubia de sus sueños. 

Dime que me has esperado todos estos años…   

- ¡Pues claro, no lo dudes!… ¡Todos estos años te he esperado, sí señor!… - ruge la mujer, mientras unta de zurrapa de lomo una tostada.  

- Y que todavía me quieres, como yo te quiero a ti…

- ¡Más, mucho más, hombre!, ¿dónde va a parar?… ¿Has dicho un cortado, con leche fría?… - pregunta, la ocupada señora, a otro cliente de la barra. 

El forajido de leyenda regresa a su casa, tambaleándose. En cuanto llega, busca el espejo y, frente a él, comienza a despojarse de su disfraz. El poncho se desliza hasta el suelo, los pantalones caen, junto a las botas. La camisa raída se une a las demás prendas que parecen descansar de un duro día de trabajo. Completamente desnudo, salvo por el sombrero que aún luce, ocultando la calva, ensaya una mueca, entrecerrando los ojos, que provocaría, no le cabe duda, el terror súbito a cualquiera de sus contrincantes. Es hora de que las pistolas descansen, pues mañana deberán seguir repartiendo justicia, deshaciendo entuertos, en defensa de los más débiles. Joe, cinco dedos, es la esperanza de los oprimidos… Satisfecho con su propio discurso, enciende el último cigarro del día y contempla la puesta de sol desde la ventana, soñando con horizontes lejanos, desbordantes de grandiosidad y desolación, con desiertos rojizos, cañones profundos, mesetas áridas y montañas imponentes…

 

lunes, 22 de diciembre de 2025

Fantasía para vivir


Tres meses o quizás mas, sin generar ni una sola entrada. Mala señal: vaivén de rutinas establecidas, tiempo que se diluye, días que pasan fugazmente, transformados en semanas e incluso, como es el caso, en meses. Por el camino quedan retazos constantes de vida, es evidente, pero sumergidos en el océano de la deriva, en esos recuerdos que se solapan con las vivencias y responsabilidades del día siguiente, que inmediatamente será sustituido por otro. El eterno círculo de la vida, que hoy he querido detener: es domingo, la calefacción central y una manta me reconfortan de un tiempo gris y lluvioso, mientras las palabras parecen encontrar su propio camino, incluso su lugar, que no es poco, en una sociedad en la que hemos sustituido las palabras por los gritos, el discurso por los monólogos, la razón por la frustración, siempre entre voceríos. A pesar de todo, mi quizás ingenua mentalidad sigue creyendo en las palabras de Whitman: No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo. Y por otra parte, somos simplemente humanos, al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos, recordando a Galeano. Seamos positivos, en los días del año más significativos para la esperanza, incluso para las quimeras. 

Estas últimas adoptaban la forma de intensos deseos, en mi infancia. En la medida que creía firmemente en su materialización, soñaba con ellos, convirtiéndolos en tangibles, en ese reino de la fantasía, deslumbrante de colores, que iluminaba mis días y mis noches. Así, con la nariz pegada al escaparate de la juguetería, me recreaba en cada uno de los juguetes de la época, disfrutando de todos ellos en mi imaginación desbordante, que seguía viva e inagotable cuando abrazaba las sabanas de mi cama, inmensamente feliz al entregarme a Morfeo rodeado de muñecos de la marca Madelman, de vehículos teledirigidos, juegos de mesa, el set de sheriff, con su rifle y sus revólveres, la anhelada bicicleta...    Al despertar, lo primero que hacía era abrir los armarios, el lugar común en el que debían aparecer, misteriosamente, todos aquellos juguetes, inasequible al desaliento: si no estaban allí aquella mañana, estarían al día siguiente. Así, hasta que en el día mágico, gracias a las artes de aquellos Reyes Magos, nuestras manos tocaban, al fin, parte de todo aquello que tanto habíamos soñado. No pensábamos en los juguetes que faltaban, todos nuestros sentidos se dirigían a los que sí habíamos encontrado, en el ropero de nuestro cuarto, debajo del árbol de Navidad, al lado del Belén, encima de la cama, incluso debajo de ella. Así se escribía uno de los días más felices de mi infancia. 

Procuré no alejarme mucho, según pasaron los años, del reino de la fantasía, intuyendo, antes de Michel Ende, que pasear por sus rincones no se reducía a una simple evasión, sino que constituía una poderosa herramienta para el auto descubrimiento personal, para moldear y re situar la realidad. Siempre he estado completamente de acuerdo con Proust, no vemos el mundo cómo es, vemos el mundo cómo somos. Así, de una idealización absoluta en la época adolescente, creyéndome, como todos, que era un Dios reencarnado y que en la palma de mi mano podía sostener el tiempo y el futuro, pasé a un ámbito mínimamente más realista, al decidir que el mundo que construiría a mi alrededor sería aquel en el que existiera un amplio espacio para seguir colocando baldosas amarillas en mi camino, siendo consciente que otras personas, a mi alrededor,  habrían prescindido, incluso a edades tempranas, de magos de Oz habitando en la Ciudad Esmeralda. Si muchos renunciaban a la fantasía como alimento para el alma, yo estaba dispuesto a que su reino sobreviviera, insuflando en él, cada día, mis impulsos, emociones, sueños, anhelos, sentimientos, expectaciones, para que una vez filtradas por la Emperatriz Infantil, regresaran hasta mí, en forma de lluvia en primavera. Y salvo periodos de sequía, como quizás los de estos meses, he bebido, siempre expectante, de esa agua durante décadas, justo hasta el día de hoy. 

Mi reino de la fantasía ha sido alimentado, prácticamente a diario, por todos esos libros que he leído, durante mi vida, que serían incontables. libros que no he olvidado y a los que no he traicionado. Tal ha sido mi conexión profunda con la literatura que realmente importa, aquella que te cambia y a la que se vuelve a menudo, sin renunciar a su mensaje ni su impacto, porque la dignidad humana se construye como suma de las experiencias de la vida cotidiana y aquellas tan duraderas que nos proporcionan las lecturas significativas. Evocamos el amor por la lealtad hacia las historias y los valores que nos formaron, encontrando en los libros un refugio y un espejo de nuestra propia alma,  pues los libros son espejos: vemos en ellos lo que uno ya lleva dentro. Si logramos, además, transmitir a los demás, sobre todo a las personas que más nos importan, ese inabarcable mundo interior que nos caracteriza, habremos logrado el mejor de los fines humanos: extender la fantasía y con suerte, hacer del mundo el mejor lugar para vivir, pues las ficciones nos permiten vivir muchas vidas y ser más empáticos, volviéndonos más sensibles y críticos. Las historias compartidas expanden nuestra humanidad, al permitirnos experimentar otras realidades y conectar emocionalmente, lo que nos hace mejores personas y fomenta el progreso social. Mientras tanto, no dejemos de ser dichosos en estas fechas. Felices Fiestas a todos/as.    

viernes, 5 de septiembre de 2025

En el camino


No han sido pocos mis paseos por los laberintos de los sentidos, en esos abundantes atardeceres en la playa, que he podido disfrutar durante este verano. Conscientemente o no, me he dejado llevar, cada tarde, por ese espectáculo visual donde el cielo se tiñe de naranjas, rojos y rosas, mientras el sol se hunde en el horizonte. La luz dorada se refleja en el agua, momento en el que es muy difícil evitar la tentación de un último baño, justo cuando el suave murmullo de las olas acompaña la escena y las nubes adquieren tonalidades cambiantes, creando una atmósfera mágica y serena que invita o bien a la reflexión sobre el día que termina o, quizás, con más frecuencia, a dejarse llevar por esa sinfonía de colores, esperando que nos descubran los caminos que nuestra propia imaginación nos invita a recorrer. 

En esos senderos que se bifurcan, he podido ver imágenes del pasado, pero también de un presente que nunca se detiene, anhelando convertirse en futuro. Non sufficit orbis, he exclamado en esas ocasiones, intentando congelar el momento, dando margen para explorar la construcción de la propia identidad, la memoria y los misterios del tiempo, abriendo brechas y líneas de fuga. Por una de estas últimas pude asomarme, no sin dificultad, para entrever una vereda prometedora, quizás la misma en la que en tantas ocasiones, me he dicho a mí mismo que debía transitar, pero que por una razón u otra, he postergado. Es el momento, no hay excusas... me he dicho a mí mismo, cuando mis pies se han decidido a pisar aquella tierra rojiza, que cubre, a modo de manto, aquella senda que desprende tiernas promesas. 

Y veo lo que esperaba ver: innumerables frascos, de delicado diseño, en los que se guardan recuerdos, amontonados, formando montañas, a ambos lados del camino. Pero mi único deseo es llegar al final del mismo, evitando ser absorbido por las tentadoras fragancias que desprenden todos esos promontorios abundantes de nostalgia. De repente, me topo con un arlequín, que surge inesperadamente de la nada: ... Soy Truffaldino, señor. Después de servir a dos amos, os puedo decir, sin temor a equivocarme, que la vida está trazada de rutas que no son rectilíneas, abundan las curvas, no pocos hoyos y a veces, incluso profundas fosas... Las caídas son inevitables, pero nos habituamos a ellas, mientras moldean nuestro destino...  Sus estridentes palabras finalizan con una reverencia, justo cuando pone en mis manos  una bella sparaxis, antes de desaparecer,  mientras resuenan sus últimas palabras: ... Señor, las piedras, olvidé mencionarlas. Las encontraréis a cada paso y es más sencillo buscar espacio entre ellas que sortearlas…

Sigo caminando, pausadamente. Una bella canción que recuerda que nunca hay que dejar morir la posibilidad, ameniza mis pasos. Otro encuentro me espera: sentando en una silla, al borde de la senda, el príncipe Myshkin me habla del poder redentor del amor, de la compasión... Recuerda, la belleza salvará al mundo... Esta sensible persona desprende, con su presencia, con sus palabras, perspicacia, compasión, sinceridad, franqueza, una ausencia absoluta de egocentrismo. Mi conciencia receptiva se abre ante el príncipe, al que no deseo interrumpir... No puedo soportar a toda esa gente ajetreada, agitada, eternamente preocupada, sombría e inquieta que va y viene, presurosa, a mi lado por las aceras. ¿Para qué, por qué, su constante tristeza, su constante alarma y agitación, su constante rencor sombrío?... Su mirada cristalina me sugiere una respuesta: ... Ojalá estuviéramos hechos del mismo material con el que se forjan los sueños, pero me temo que no es así... Le entrego la sparaxis que me regaló el arlequín y con una sonrisa, Myshkin se disipa, lentamente, de mi vista, mientras su dedo índice señala el camino serpenteante que debo seguir recorriendo, a pesar de la bella goleta que, de repente, obstruye el mismo, cuyos tres mástiles se alzan imponentes.

...  Porque el sueño más real es aquel más distante de la realidad, aquel que vuela solo, sin necesidad de velas ni de viento... El aspecto de Corto Maltés, cuando baja del barco, acentúa sus palabras: viste predominantemente a la moda marinera, con un abrigo negro largo de color azul marino, pantalones blancos anchos, un chaleco rojo claro, camisa blanca con el cuello subido y una corbata negra fina; su rostro queda parcialmente tapado por un sombrero blanco de marinero con visera. Un perfecto actor que se interpreta a sí mismo. El marino que ha hecho de la aventura una forma de existencia, me muestra la palma de su mano, en la que un día alargó, con una navaja, la línea de la vida... Existen tesoros fastuosos, aunque no hay forma de encontrarlos, porque unos diablos burlones lo esconden en los laberintos de nuestras preguntas y respuestas… Pero no aspiro a encontrarlos, solo deseo volver a casa, cada día, sin la tristeza, volver a casa sin la pesada carga, volver a casa  desprovisto de disfraces...  

Fascinado por el más famoso aventurero del siglo XX, pienso que cualquier persona querría ser como él, pero los más idealistas, prisioneros de nosotros mismos, elegimos soñar, antes que timonear. Corto parece leer mis pensamientos: ... Es preciso navegar, a diario, incluso a lugares que ya existen en nuestra imaginación, sabiendo que en cada parada nos aguardan un amigo leal, una aventura y unos desheredados con los que compartirla... No me da opción a embarcarme con él, tal es mi deseo, simplemente vuelve a la goleta, que se iza del suelo, haciéndose invisible, mientras me llegan sus últimas palabras: … Las respuestas quizás las encuentres en esa gruta, que marca el fin de tu camino... 

En efecto, el camino finaliza justo en la entrada de una caverna, en la que me adentro sin pensar, expectante por descubrir los secretos de su interior, que descubro en forma de estalagmitas, estalactitas y columnas, que aparecen entremezcladas en el suelo, unas sobre otras. Una dulce voz surge a mis espaldas: ... La Eternidad, decimos, está allá, como si fuera un lugar. Sin embargo, está tan cerca…Me acompaña en mi paseo, comparte conmigo su hogar; no tengo ninguna amiga tan fiel como esta Eternidad.... Emily Dickinson se baña, desnuda, en una fosa en la que se reflejan varios arcoíris, regalándome sus poemas y su sonrisa. No sueño con la eternidad… le respondo,…pero sí creo en que hay momentos eternos. Pero como ciegos, los apartamos de nuestros caminos, a golpe de bastón. Preferimos lo efímero, porque nos permite comenzar de nuevo, nos sentimos cómodos en los principios anticipándonos a su final. Como mortales, no concebimos lo imperecedero… Emily emerge lentamente del baño, mostrándome su cuerpo. Me abraza tiernamente y me susurra al oído un poema: … Cuando creas que no alcanzas lo deseado, piensa que tus pies se acercan cada día, por más que frente a ti, se alcen tres ríos y una colina por cruzar; incluso un desierto y un mar…Me ruega que, simplemente siga caminando, sorteando la madeja de calcitas, mientras otro de sus versos resuena con un eco repetido y las paredes los devuelve, ampliando sus susurros, que parecen besos: ...  A escasos metros, encontrarás la salida, justo donde una luz áurea aparece. Recuerda, cuando la veas: seremos felices si amamos la ternura... tu suerte será esto y la brillante ansia de sol y la belleza... 

Aquella luz me guía y me ciega. A tientas, sigo avanzando, sintiendo la brisa del mar, suspiros salados, que acarician mi piel, en dulces vaivenes. Abro los ojos y estoy sentado en mi silla, al lado de la orilla del mediterráneo, justo cuando la luz dorada baña el horizonte, reflejada en el agua. El último baño del día me espera. Mis brazadas se fundirán con la gama cromática del cielo y del mar, al ponerse el sol. Soy parte del ciclo de la vida y el agua,  de ese océano que es símbolo de plenitud, fuerza vital y alegría. Corro hacia el agua, mientras grito ¡Carpe Diem

jueves, 7 de agosto de 2025

Lejos de Sylvana

 

En los laberintos de la memoria colectiva, esos reinos que solo se conciben como imaginarios, tienden a diluirse, entre capas de tiempo y olvido. Es el destino de todas las quimeras, de esos paraísos idealizados que solo parece encontrar cobijo en nuestros sueños, mientras navegan entre corrientes de anhelos, que los días van cambiando y moldeando. Por eso pugno conmigo mismo, para que mis intensos recuerdos puedan seguir vivos, sin mezclarse con dimensiones oníricas,  evitando que se deslicen a la parte inferior del reloj de arena. Quiero seguir, no sé si despierto o dormido, junto a mis vivencias, haciéndolas florecer con solo cerrar los ojos. Si puedo seguir recordando, siempre me quedará la esperanza de poder regresar a Sylvana. Aunque nadie me crea, yo estuve allí…

Llevaba mucho tiempo con un deseo creciente: sumergirme, sin ninguna compañía, en plena naturaleza. Deseaba alejarme de la civilización, de la vida cotidiana, de las personas, solo deseaba estar conmigo mismo, en medio de un bosque frondoso. Era pleno otoño, cuando decidí explorar aquella densa espesura, cuando los colores dorados, pardos u ocres lucían a su máxima potencia. Su inmensa masa forestal, compuesta de hayas, abetos, robles, arces, tejos, bojes, acebos y avellanos, recreaba paisajes entre lo mágico, la leyenda y la belleza de la naturaleza, casi virgen.  

Contaba con un mapa muy detallado y una brújula, así como un equipo más que suficiente, que incluía víveres y una pequeña tienda de campaña, apta para resguardarme de la humedad nocturna, que me posibilitarían pasar, sin apuros, varios días, inmerso en aquella hermosa espesura.

En cuanto mis botas pisaron el primer sendero que se adentraba en la frondosidad del bosque, me sentí al abrigo de todos aquellos árboles que se alzaban majestuosos, formando un dosel que filtraba la luz, creando una sinfonía de colores, un espectáculo de oro, rojo y marrón, pintando un paisaje de ensueño. Entretuve mis pasos, sobre aquella alfombra de hojas áureas, escuchando al viento, que jugaba con las copas de los árboles, produciendo melodías que parecían susurrar secretos de la tierra.

Escogí el sendero más largo, el que me llevaría hasta el corazón de aquella algaba, que pretendía recorrer sin prisas, deteniéndome a cada instante, sumergiendo mis pies en aquellos manantiales de líquenes, rodeados de hayedos, de corzos siempre a la fuga, escuchando los cantos de las diversas aves, como reyezuelos, pinzones y petirrojos. El tiempo se diluía, en aquel paraíso, sustituido por el vendaval de sensaciones liberadoras que recorrían mi mente y que tanto había anhelado. Necesitaba vivir experiencias emocionales intensas y abrumadoras, que convergíeran en un torbellino de sentimientos, que impactaran en todos mis sentidos. 

Al anochecer, corrí desnudo, gritando con todas las fuerzas de mis pulmones a los fragmentos de cielo estrellado, que podía ver entre los claros de las copas de los árboles. La oscuridad de la noche, rota por la luz de las estrellas, que se filtraba entre las ramas, creaba un efecto mágico, de evocación de sensaciones de misterio y belleza. Mis gritos se dirigían a la naturaleza y al firmamento, deseaba ser uno de los árboles que abrazaba, una estrella de aquella gran bóveda celeste, fundirme con el entorno, hundiendo mis pies en la tierra. 

Seguí corriendo, enajenado, hasta que, de repente, dos columnas azules aparecieron ante mí.  Volví a la serenidad, sorprendido, con aquella visión. Ambas se alzaban al menos a dos metros del suelo, en el que estaban incrustadas, forjadas en alabastro translucido, impregnadas sus tallas con un manto de misterio, pero también de una extraña calma. No había en aquella repentina presencia nada que reflejara ninguna inquietud o amenaza y el misterio de su inexplicable existencia parecía quedar reducido a una invitación que no me era posible rechazar: debía pasar entre aquellas dos columnas; sin detenerme a pensar en ello, guiado por un impulso irrefrenable, así lo hice.  

Un resplandor intenso me cegó. Tardé unos minutos en recuperar la visión y cuando logré volver a ver, en principio imágenes borrosas y poco después, por fin, nítidas, constaté que la noche y la oscuridad habían desaparecido, sin poder creer lo que mis ojos me mostraban: ante mí se abrió un valle luminoso, lleno de árboles frutales, flores de colores vivos, altas cascadas que se transformaban en ríos cristalinos, que serpentean a través de paisajes de una belleza indescriptible. Un jardín infinito, en el que los sentidos se perdían entre la fragancia de las flores, el sonido del agua, la armonía y belleza de aquella naturaleza desbordante.  

Recorría aquel mundo evitando hacerme preguntas. No me sentía un extraño en el paraíso que me había abierto sus puertas. Sentía que pertenecía a aquel mundo, inabarcable a la vista, quizás porque siempre había soñado con él. La Madre Tierra toleraba mi existencia y quise dar las gracias bailando y cantando, hasta que mis pies se rindieron y me desplomé sobre la hierba, ligeramente húmeda. Estaba impregnado de energía de la naturaleza prístina, observando en silencio el cielo, deslumbrado por un sol intenso, que me devolvía sensaciones de calidez, brillo y amplitud, mientras iluminaba el mundo, contrastando con la inmensidad y serenidad del cielo azul. 

Mi cuerpo recibía los rayos intensos de sol, penetrando en mi piel con su abrazo dorado. Alzaba mis manos, al cielo azul infinito, dibujando un lienzo sereno en el que descansar la vista. En cada planta, en cada hoja, en todas las flores, en los árboles, la luz bailaba, desprendiendo ecos de energía vital. Bajo aquella bóveda celeste, el aire se llenaba de un aroma a primavera, a libertad, a tiernas promesas de sueños cumplidos. Yo era río que fluía, un eco profundo del firmamento, parte de un ciclo eterno. 

Más tarde, me bañé bajo una cascada y no tardé en comer de aquella fruta, de saciar mi sed en aquella agua cristalina, ansioso por seguir explorando aquel Edén, refugio de belleza, paz y serenidad, con toda mi alma impregnada de descanso y equilibrio. La brisa acariciaba mi rostro al mismo tiempo que mis pies descalzos se hundían suavemente en la tierra húmeda, mientras que Helios seguía tiñendo el paisaje de cálidos tonos anaranjados. El aroma de la tierra mojada y la vegetación exuberante llenaban mis pulmones con ráfagas de frescura, de vitalidad. 

Por el caleidoscopio de mi ojos pasaban todos los árboles, los ríos que serpenteaban entre ellos, los cálidos abrazos de todas aquellas ramas, que parecían susurrar historias antiguas, con todas sus hojas danzando al compás del viento, entonando bellas melodías. Cada elemento de la naturaleza parecía hablarme, revelando secretos milenarios. Mi cuerpo, ajeno a sus propios límites y fragilidades, se diluía, transformándose en raíces, en savia,  en semillas de flores. La naturaleza me acogía, me transformaba, me liberaba. Fluyendo juntos, las barreras se desmoronaban. Mi alma se liberaba de prisiones terrenales, mientras renacía, abrazada a aquella fuerza ancestral surgida de las entrañas de la tierra. 

No dejé de andar hasta caer extenuado, desbordados mis ojos y mis sentidos por todas aquellas intensas experiencias sensoriales, emocionales. Desbordado de estímulos, rodeado de  guardianes silenciosos de historias que solo yo podía escuchar, cerré mis ojos en la orilla de un riachuelo, dejándome mecer por la brisa de la eterna primavera de aquel paraíso, sosteniendo en mis manos unos lirios amarillos. En ese instante, sentí que el tiempo se desvanecía, las horas se desplomaban, como hojas secas del árbol de la vida y el viento del olvido las llevaba lejos, muy lejos, llevándose consigo deseos, memorias, residuos, ruidos, susurros, silencios, días y noches, pequeñas historias, sutiles detalles. No había pasado, presente o futuro, todo era fugaz, entre ecos lejanos y sueños dormidos. Mientras me adormecía, la sensación de mortalidad se desvaneció, reemplazada por una certeza inquebrantable: yo era parte de algo eterno, algo que trascendía mi propia existencia. 

Desperté en el interior de mi tienda de campaña. Aún sostenía en mis manos los lirios, cuyo aroma era intenso, como si acabara de arrancarlos de la orilla del riachuelo. Para mi sorpresa, no me sentía perplejo, ni sorprendido, pero sí con un vacío inmenso dentro de mí. Simplemente, había regresado al bosque y lo único que se me ocurrió hacer fue sentarme, bajo un árbol, permaneciendo inmóvil para contemplar el amanecer. Mis ojos se dejaron llevar por aquel lienzo pintado con delicadeza, en el que un pincel de oro desplegaba sus rayos sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonos suaves y cálidos. 

Las nubes, como pinceladas dispersas, se vestían de rosa y naranja, mientras las aves despiertan con sus cantos, anunciando un nuevo día, que sentí como lleno de esperanza, mientras negaba la posibilidad de que todo hubiera sido un sueño. Pensé que si acaso estaba equivocado, ¿qué podía importar? Las imágenes de aquel paraíso estaban dentro de mí, tan intensamente vívidas y tangibles que, con tan solo cerrar los ojos, podía volver a tocar aquellas flores, los árboles, sentir el frescor del agua, la brisa del viento. Y ahí permanecerían estas sensaciones, estaba seguro, recorriendo mis poros, toda mi vida.

El bosque, por medio de algún prodigio, me había abierto la puerta de ese universo fastuoso. Sentía en mi interior un desarrollo armónico pleno y sabía que debía seguir mi propia e independiente evolución. Hubiera sido absurdo buscar desesperadamente aquellas columnas de alabastro. Quizás la magia, posiblemente arcanos olvidados por el tiempo, borrados para siempre de la memoria de los hombres, habían obrado sobre mi persona. Fuera como fuese, yo me sentía el más dichoso de los seres. La naturaleza me había proporcionado el mayor de los regalos, transformándome, moldeando mi mente para su renacimiento. No debía hacerme preguntas imposibles, ni buscar respuestas absurdas. Me limité a recoger todo mi equipo, dispuesto a seguir la travesía prevista. Antes de partir, esbocé en un papel un poema, con un nombre susurrado por aquellos árboles, que deposité en el hueco de uno de los robles:

Dicen que la verdad no está en uno, sino en muchos sueños,

Pero hoy me he despertado del mayor de todos ellos,

Lejos de sendas oscuras, extinguidas las sombras acechantes,

Así camino, con paso firme, hacia un nuevo amanecer,

Hacia ese destino en el que mi espíritu se despeja,

Liberado de cadenas invisibles, mis pies levitan.

No existe el pasado, solo me define mi presente, el momento me guía.

Fugado de lo aparente, soy soberano de mi mismo,

Creedme, pues yo he estado en Sylvana.

Renacido

Intuía que bastaba con controlar la respiración, llenar sus pulmones de manera consciente, lentamente. Así, cerró los ojos e inhaló lentamen...