Juan era considerado un sensible y poético soñador, si bien, en el fondo, sin ser consciente de ello, era un escapista de la realidad, a la que intentaba acercarse a diario con una aplastante ingenuidad, siempre recubierto de ese candor, tan propio de la timidez, que lo caracterizaba. Entrañable al fin, era muy querido por todas las personas que lo conocían, que eran muchas, por más que él, eterno prisionero de la incertidumbre, nunca estuviera seguro de los sentimientos que inspiraba en los demás.
Esta inseguridad crónica le impidió, durante mucho tiempo, definir sus
emociones para con las mujeres que había conocido, siempre dubitativo respecto
a sus propios sentimientos de enamoradizo y si estos, acaso, serían
correspondidos. El temor a sorprender a una mujer con cuestiones románticas que
a ella, en el peor de los casos, ni se le habría ocurrido imaginar, paralizaba
cualquier avance en el terreno amoroso, propiciando lo inevitable: todas
acababan viendo en él a un amigo sensible y muy especial, pero nada más. Se lo
había dicho con frecuencia Agustín, uno de esas escasas personas en las que
confiaba plenamente... Si las tratas como amigas, solo verán en ti a un
amigo y eso, muchacho, es irreversible..., consejo que prefirió no
escuchar. Juan pensaba que sus debilidades emocionales para con las mujeres
eran insuperables y, en el fondo, disfrutaba asesorando amores platónicos, que
se sucedían prácticamente a diario.
Bastaba un sutil detalle, una leve ráfaga de viento sobre el pelo de la
mujer con la que se cruzaba cada mañana, camino a su oficina; las uñas pulcras
de aquella administrativa deslizándose por el teclado; la silueta, vista de
espaldas, recortada por un vestido primaveral, de aquella mujer que subía
las escaleras... Allá donde ella iba, mis pasos tornaban a
seguirla..., Garabateó esta frase en su mente, abstraído
en el autobús que lo transportaba al otro extremo de la ciudad. El
objetivo era visitar, como cada fin de semana, a sus padres y almorzar con
ellos, si bien tenía por hábito dar antes un paseo por todo el barrio,
intentando redescubrir sitios, lugares de su infancia que, transcurridos los
años, resultaban irreconocibles.
Como aquel descampado al que en otro tiempo acudían docenas de niños y
niñas, dispuestos a disfrutar de la tarde, bocadillo en mano, con bicicletas,
juegos grupales, carreras varias y cualquier otra actividad que surgiera de la
imaginación desbordada de aquella niñez inagotable. En su lugar, se erguía una
gran colmena de edificios anodinos, rodeada a su vez de asfalto y comercios
varios. Estos últimos habían reemplazado a aquellos colmados en los que se
vendía de todo, incluida la repostería del día. En la tienda de
Catalina, así la llamaban en el barrio, a aquella panadería tan a mano de
la casa de sus padres, Juan compraba cada día una palmera de chocolate que
engullía con voracidad en escasos minutos... Este niño traga como si no
hubiera un mañana, pero siempre está en los huesos... comentaba
recurrentemente su madre a alguna vecina... O padece de nervios o le
han echado mal de ojo... Respondía cualquiera de ellas.
Se detuvo unos segundos frente a un pequeño local, con la puerta tapiada y
con una maltrecha marquesina, aún legible: Tienda Paco,
compro/vendo novelas. El tal Paco fue un hombre mayor, jorobado,
siempre de mal humor y rodeado de pilas enormes de libros y tebeos, estos
últimos permanentemente anhelados por Juan. Siempre que llegaba a sus manos
algunas monedas, corría hasta el maloliente local, para hacer el trueque de
alguno de sus tebeos por algún otro de la tienda, aportando una cantidad
simbólica por cada cambio. Buscaba entre aquellos montones, con intenso anhelo,
esperando toparse con tal o cual ejemplar, haciendo caso omiso de los gritos
del jorobado: ... Tebeos que rompáis, tebeos que pagaréis, niños, con
cuidado...
En contraste, la papelería cercana era otra cosa. En su
interior, bocanadas concentradas de caucho dulce, talco y resina que inundaban
su rostro. Era un aroma limpio, casi medicinal, pero cargado de una extraña
calidez protectora. Aquel olor significaba septiembre, estrenar estuche, el
roce del lápiz afilado sobre la hoja en blanco y la maravillosa certeza de que,
si te equivocabas, siempre podías volver a empezar. Y su olor preferido, el que
siempre buscaba, el de la clásica goma rectangular, bicolor, partida entre el
rosa y el azul que siempre acababa mordisqueando. En la cristalera de lo que
hoy era una zapatería le pareció ver la imagen del amable señor Julián,
mostrándole diferentes modelos de reglas y compás, así como láminas de dibujo
de Freixas.
... Pero hijo, ¿ni una sola novia? Hay chicas guapas hasta debajo
de las piedras... Juan devoraba aquella paella con pulpo, junto a sus
padres, en el salón de la casa familiar, mientras la radio insistía en deslizar
por la estancia las noticias del día... Para mujeres siempre hay
tiempo, deja al chico tranquilo..., sentenció su padre, que hizo girar
la conversación a los últimos libros que habían leído; no en vano ambos eran
lectores empedernidos... El día que los dos unáis vuestras bibliotecas,
habrá que comprar un piso con estanterías por todas las paredes..., bromeó
la madre de Juan, mientras servía un gran bol de natillas con galletas, el
postre preferido de su hijo, que volvía a tener diez años, sumergido en una
dulce regresión de domingo por la tarde, al abrigo del calor del refugio
familiar, con los tres acurrucados en el sofá, dormitando mientras el televisor
reproducía una vieja copia en VHS de Tarzán en Nueva York, elegida
especialmente para Juan por su padre, que comenzó a roncar justo en los títulos
de crédito de la película.
Teresa gritaba cada una de las comandas con todos sus pulmones, para que el
ayudante de cocina no albergara ninguna duda, mientras el resto de sus sentidos
estaba puesto en la abarrotada barra, cuya clientela pugnaba entre sí por la
enésima caña de cerveza, siempre bien tirada, a decir de la clientela, por
aquella mujer que regentaba el exitoso restaurante con una energía que parecía
inagotable. Las tapas seguían siendo uno de los artífices del éxito: sabrosas,
variadas y siempre abundantes, como las migas de ese día, que devoraba aquel
público variopinto: parejas, familias, grupos de amigos, muchos abuelos y, en
general, bastantes vecinos del populoso barrio que a aquella hora, se dejaban
caer justo en medio de aquel bullicio, tentados por las tapas de la
Tere, así se llamaba el mesón con el que Teresa emprendió su propia
aventura empresarial, hacía ya años, y con el que no podía estar más contenta.
El crédito que lo había posibilitado estaba ya amortizado y había comprado un
piso aportando una buena entrada al banco.
... ¡A ver un buen plato de migas para don Cosme, ya, ahora
mismo!..., ordenó Teresa, en cuanto vio entrar por la puerta al
párroco del barrio, un hombre maduro, siempre sonriente, muy influyente entre
sus feligreses, a los que escuchaba y ayudaba en todo lo que podía. Era vox
populi que don Cosme era temido por las mujeres más jóvenes, que aseguraban que
aquel cura les tocaba el culo a la menor ocasión, pero nadie daba especial
crédito a esta cuestión, que se consideraba, en todo caso, un mal menor, en
comparación con los desvelos de aquel hombre para con las familias que se
acercaban a él para exponerle sus problemas. Incansable, se ponía en contacto
con Cáritas, con los servicios sociales o directamente con el alcalde... Lo
importante no son los problemas, son las soluciones..., solía decir
siempre. Teresa nunca le cobraba la consumición, consciente de la autoridad de
aquel personaje entre su clientela.
Cuando al fin Teresa pudo sentarse, junto a sus tres empleados, habían
pasado no pocas horas. El almuerzo de todos ellos consistía en una suerte de
merienda cena en la que el cocinero y su ayudante siempre se esmeraban, de
nuevo instados al respecto por aquella mujer que sabía que gran parte del alma
de su negocio se sustentaba en mimar a aquellas dos personas, el cocinero y su
ayudante, que lo daban todo entre fogones, motivados y bien pagados por
Teresa.
Había que celebrar el final de la intensa jornada de trabajo y ese domingo
había sido especialmente intenso. Pedrillo, el camarero, un joven de
inteligencia límite pero siempre muy entregado a su trabajo, lo celebró a su
manera, cantando a capela por Maluma, asombrosamente afinado, en los postres.
Era sobrino de Teresa y gracias a ella, aquel muchacho había pasado de ser el
tonto del barrio al camarero, eficaz y eficiente, del restaurante, después de
un dilatado tiempo de práctica, entre las mesas. Finalizada la comida, se
planeaba de forma concienzuda la jornada del día siguiente: ... Menú de
mañana, chicos, he pensado que una cazuela de fideos de primero, para
aprovechar los restos de los mariscos, y de segundo filetes de pollo empanado;
me han informado que mañana las pechugas estarán muy bien de precio...
Teresa soñaba, como cada noche, con la bañera de su casa, que llenaba de
sales y aceites esenciales. Cuando se sumergía en ella, con una máscara térmica
sobre su rostro, se sentía liberada del cansancio, pero también, durante unos
momentos, de la feroz monotonía de su vida, de la que solo ella era consciente.
Para el resto de personas, ella era la infatigable dueña del restaurante,
incombustible, de vitalidad contagiosa y con un don natural para conversar y
conectar con cualquier cliente. Ciertamente, Teresa, desde pequeña, tenía una
intuición especial: adivinaba o así lo creía, prácticamente enseguida, las
características de la personalidad de cualquiera, observando su forma de
vestir, de mirar, su voz... Simple psicología de barra de bar...
solía decir. Cualidades que había aplicado con ahínco al plano profesional, que
le había absorbido gran parte del tiempo de su vida, desde hacía años. Un
dilatado periodo en el que sus amigas de la infancia, la adolescencia, se
habían convertido, a su vez, no solo en profesionales, también en esposas,
madres, amigas, sin dejar nunca de mostrarse sexys, atractivas. Teresa se
esforzó, en vano, en recordar su última visita a la peluquería.
Los hombres de su vida se contaban con los dedos de una mano. El último
novio de Teresa, si acaso se pudo llamar así, fue aquel camionero que estuvo
una semana por la zona, residiendo en un hostal, mientras arreglaban el motor
de su vehículo. Un simple cliente que aparecía cada mañana en el bar para
desayunar, fornido, de aspecto vulgar, desaseado y con testosterona en los
ojos, muy bueno en la cama, pero que tras unas horas de placer, cerraba los
ojos y se ponía a roncar. En cuanto su camión estuvo listo, desapareció, sin
despedirse. Y ya habían pasado meses de aquello. Los anteriores habían seguido
una línea parecida: un conocimiento superficial, sexo y poco más... Sé
cómo son los hombres, pero no los conozco, pensó, mientras sumergía la
cabeza en la bañera, prometiéndose a sí misma que al día siguiente buscaría un
hueco para comprar ropa, arreglarse el pelo y las uñas. O que al menos, lo
intentaría.
Repasó, dando sorbos al último té verde del día, el álbum familiar y allí,
en numerosas fotografías, estaba su entrañable abuela Rosario, que en vida
parecía inmortal. Era imposible concebirla fuera del espacio y el tiempo de la
casa familiar, omnipresente, siempre dejando rastros de sabiduría en todas sus
frases, extraídas del pozo de conocimiento, que parecía infinito, de su propia
vida... A los quince, la que quisiere; a los veinticinco, la que
pluguiera; y a los treinta y cinco, la que viniere..., le había dicho
más de una vez, un refrán que Teresa no llegó a entender hasta mucho más tarde,
cuando precisamente se acercaba a los treinta años.
Nunca había pensado en los hombres como un objetivo romántico, compañeros
de vida, una relación basada en el apoyo, la comprensión mutua, en proyectos
comunes. Los que había conocido habían sido simples empotradores fugaces y en
definitiva, jamás había estado enamorada. Ni siquiera sabía en qué consistiría
ese estado y aún menos cómo llegar hasta él. De nuevo, recordó otro refrán de
su abuela, que parecía estar allí mismo, a su lado, tejiendo croché: ... El
que quiere azul celeste, que le cueste... El problema de Teresa era
de grandes dimensiones: no tenía ni idea de cómo y dónde buscar y aún menos qué
buscar. Y dudaba, a esas alturas, que alguien la buscara a ella... Ya
lo pensaré mañana... se dijo a sí misma, con más resignación que
convencimiento, justo antes de acostarse.
Juan comprobaba los documentos a modo de disecciones. Comprobaba incluso
las comas, tal era el minucioso trabajo que gustaba desarrollar desde su puesto
de absoluta confianza, en aquella céntrica notaría en la que ejercía de oficial
de don Pedro, un hombre entrado en años y que, a pesar de la intensa actividad
diaria, solía quedarse dormido, de manera súbita, en el sillón de su despacho.
Cuando ello ocurría, Juan se acercaba sigilosamente al notario y le susurraba
al oído la frase... Don Pedro, su firma..., que hacía volver a este,
de inmediato, al mundo de los vivos. Un ritual constante que divertía al resto
del personal, auxiliares, copistas, contables y recepcionistas, que tenían en
muy alta estima a Juan, como compañero siempre eficaz y eficiente, pero sobre
todo por su sencillez y discreción. Ninguno sabía que aquel joven risueño y
comprometido con su trabajo, que se entregaba absolutamente, a diario, en sus
tareas profesionales, una vez finalizadas estas, hacia las catorce horas,
regresaba inmediatamente a las nubes en las que solía habitar.
A partir de ese momento, el tiempo le pertenecía y lo primero que solía
hacer era, salvo en días de lluvia, dar un corto paseo sin rumbo fijo,
observando a los transeúntes, dejando volar su imaginación, hasta que, vía
metro, volvía a su piso y, tras almorzar algunos de los platos en tupper,
preparados por su madre, que abarrotaban el frigorífico, invertía la tarde,
siempre con una ecléctica selección musical de fondo, en leer, ver películas y
dibujar, afición esta última en la que siempre había destacado y para la que
tenía aptitudes notables.
Esta rutina se veía interrumpida algunas veces por su amigo Agustín, que
solía aparecer de repente, siempre acompañado por mujeres, como aquella misma
tarde ... Eh, muchacho, estas dos chicas necesitan un café bien cargado
de esos que tú haces tan bien, porque en cuanto lo acaben, nos vamos los cuatro
de tardeo... Se conocían desde pequeños y se profesaban un amor
fraternal que había sobrevivido al tiempo y las circunstancias, sobre todo al
rechazo de los padres de Juan, que veían en Agustín un bala
perdida. Y es que en efecto, salvo para el deporte, que constituía su
medio de vida como entrenador personal en un gimnasio, aquel fornido muchacho
era una persona alocada, irresponsable, de poco juicio, obsesionado con
las mujeres y el sexo y que no llevaba un rumbo fijo en la vida, cuestiones
que, no obstante, para Juan eran intrascendentes; Agustín era como su hermano y
los dos se divertían juntos.
La tarde transcurrió entre desplazamientos y la localización de la
cafetería, en aquel barrio lejano, en la que se representaba una divertida
performance de una actriz argentina, Lograron una mesa para cuatro entre el
concurrido público asistente y disfrutaron de la representación, abundante en
bailes, canciones y el ácido humor de aquella mujer que se presentó a sí misma
como indocumentada, sin techo pero artista, a pesar de todo... A
la salida, las dos chicas expresaron su deseo de cenar algo y entraron en el
primer bar que vieron, Las tapas de la Tere, que para su sorpresa
estaba completamente lleno. Aun así, un inesperado hueco en la barra, al
quedarse cuatro taburetes libres, posibilitó que se sentaran, si bien Juan
cedió inmediatamente el suyo, a un anciano con bastón, que se movía con
dificultad... Gracias, joven, es que se me ha antojado, para cenar, un
buen plato de calamares fritos y a mi edad, estos son los pequeños placeres que
aún puedo permitirme...
El gesto amable de Juan que había pasado completamente desapercibido,
incluso para sus acompañantes, ya enfrascados en las cervezas, llamó la
atención de Teresa, que desde el otro extremo de la barra había observado la
escena, que le pareció sutil y hermosa, quizás por el contraste con la
indiferencia que solían mostrar entre sí, diariamente sus clientes;
posiblemente porque entre aquel ruido omnipresente, que caracterizaba al
restaurante, con la masa de voces superpuestas donde la comunicación se
desdibuja, transformándose en un zumbido constante, grave y vibrante, entre
tintineos agudos de copas brindando, el choque de platos y cubiertos, así como
el golpe seco de los vasos al apoyarse en la barra, aquel gesto
amable y desinteresado había sido como un destello fugaz, que se había abierto
paso en aquella selva.
El rostro de Juan le pareció afable, un joven de unos veintitantos años, quizás su misma edad; cabello castaño ligeramente desordenado y mirada cálida. Destacaba su sonrisa
natural y sincera que ilumina todo su rostro. Observó que las dos mujeres
estaban muy interesadas por él, sus miradas se dirigían con frecuencia al
muchacho, ignorando la del otro hombre, que no paraba de hablar. Pero aquel
joven parecía ajeno a las sugerencias femeninas o más posiblemente, ni siquiera
era consciente de las mismas, más atento a las viandas y al humor de su
amigo.
-... Tanto si sois del barrio como si no, os dejo esta publicidad;
por detrás están todas las ofertas, ofrecemos de todo, productos muy
frescos y tenemos un menú diario muy económico... - Teresa se
había acercado al grupo, pero en realidad hablaba con Juan, mirándole fijamente
a los ojos, para asegurarse de que captara el guiño que le hizo ella con el
izquierdo, pero que pasara inadvertido a sus acompañantes. La misma táctica que
había empleado con sus anteriores ligues. Juan se quedó algo desconcertado y se
limitó a dar las gracias a aquella mujer, guardándose la octavilla en el
bolsillo.
Antes de abandonar el restaurante, Juan no pudo evitar mirar a Teresa, con
curiosidad. No sabía si aquel guiño había sido un acto reflejo o premeditado y
desde luego, dada su natural ingenuidad, dudaba de lo que podía significar.
Teresa le devolvió la mirada, sonriente, defraudada consigo misma, pues la
táctica no le había funcionado, como en anteriores ocasiones. Juan pensó que
ella parecía la dueña del negocio, pero se movía como si estuviera encerrada en
una jaula de cristal tras la barra de madera oscura. Era joven, de una
voluptuosidad notable, que pasaba desapercibida, no obstante, en todo el amplio
espacio ruidoso del local. Con movimientos lentos, limpiaba una copa con un
paño blanco, sin dejar de mirarle, como atrapada en su propia rutina nocturna.
Juan, inmóvil desde la entrada, sintió que contemplaba un cuadro prohibido,
donde la belleza y el encierro compartían el mismo mostrador.
Al pasar los días, Teresa consiguió sacar tiempo, tal como se había
propuesto, si bien escasamente convencida, para entregarse a los rituales, que
había olvidado por completo, de estética personal. En aquel salón de manicura,
miraba fijamente su mano izquierda, atrapada en la palma enguantada de la manicurista,
mientras un palito de naranjo empujaba sus cutículas por tercera vez en diez
minutos. El tiempo transcurrió muy lentamente, congelado en un frasco de
esmalte semipermanente. Pensaba que le iría mejor en la peluquería; al menos
tendría las manos libres.
El peluquero, un hombre minucioso hasta la desesperación, se tomaba su
tiempo con cada mechón. El proceso era hipnótico y plano: peinar hacia arriba,
medir con la mirada, cortar un milímetro exacto, y volver a empezar. Teresa
intentó evadirse resistiéndose a consultar el móvil, con todos los mensajes de
los proveedores. Sin otra escapatoria visual, se vio forzada a mirar su propio
reflejo en el espejo, descubriendo imperfecciones en su rostro que nunca antes
había notado.
Recordó, de nuevo, muy a su pesar, el refranero constante de su abuela:
... Doncellita que llegó al tres cero, ya puede ir cerrando su
ropero... Teresa, que aún se sentía lejos de esa cifra, nunca había pensado en la edad;
quería suponer que no había tenido ni tiempo ni motivos para ello, pero sabía
que, en realidad, lo había evitado. Salió de estas reflexiones al ver el
peinado finalizado: su melena descuidada y estilo afro rizado había quedado
sustituido por aquella imagen que no mostraba a una desconocida, sino a otra
versión de sí misma, mantenida oculta durante años bajo un cabello encrespado,
indomable y con frecuencia, atado en un moño apresurado.
El estilista dio el último toque con la plancha y el peine, dejando caer
una melena completamente lisa que brillaba como la seda bajo las luces blancas.
No era solo el cambio de textura; era la forma en que las puntas desfiladas
enmarcaban su mandíbula, suavizaban sus facciones y daban a sus ojos una
intensidad que ella misma había olvidado que poseía. El peinado liso y pulido
no la ocultaba, la proyectaba.
Al salir a la calle, el aire de la tarde movió su cabello, pero esta vez no
hubo enredos ni caos. La melena regresó a su sitio con una fluidez casi
líquida. Teresa caminó con la espalda más recta y la barbilla más alta,
sintiendo bienestar con el simple balanceo de su nuevo aspecto. Al cruzarse con
el escaparate de una tienda de ropa para mujer, se detuvo a mirar su silueta:
se veía elegante, resuelta y sumamente favorecida. Una sonrisa espontánea
iluminó su rostro al comprender que no se trataba de vanidad, sino del
reencuentro con su propia fuerza a través de un espejo que, por fin, le
devolvía la imagen que merecía ver. Entró, decidida, a la tienda.
Juan había conseguido, en una librería de segunda mano, un número
considerable de láminas de Emilio Freixas... absolutamente nuevas, sin
circular..., así se lo había asegurado el vendedor. Deseaba llegar a
su casa, ponerse el chándal y dibujar, cómodamente sentado en la gran mesa del
salón, con todos los pertrechos propios de aquellas tardes dedicadas a los
esbozos y bosquejos, entre lápices de grafito, carboncillos, blocs y láminas,
gomas, entre otros, hasta conseguir dar forma a una ilustración, pues siempre
acompañaba de texto sus creaciones. Entre las láminas que había adquirido,
había varias dedicadas al rostro femenino y tenía en mente recrear alguna de
ellas, dudando si practicar o no con el color. Lo que no tenía dudas era sobre
la música de fondo que le acompañaría durante la tarde, un monumental archivo
de audios de bandas sonoras de películas.
El lápiz se deslizaba sobre el papel con una fluidez casi hipnótica, guiado
por el ritmo de la música que flotaba en el aire. La habitación se había
transformado en el refugio definitivo: la luz cálida de un flexo iluminaba el
escritorio, el olor a café recién hecho impregnaba el ambiente y las paredes
cubiertas de bocetos lo aislaban por completo del ruido del mundo exterior. En
ese rincón sagrado de su casa, el tiempo parecía detenerse. La música
distorsionaba la realidad exterior y la convertía en pura inspiración,
permitiéndole plasmar, en aquellas hojas en blanco, universos enteros surgidos
de cada uno de sus trazos.
El grafito, moviéndose al ritmo de cada melodía, consolidaba la certeza de
que entre esas cuatro paredes, él era el único dueño de su destino, entregado a
aquel rostro ovalado que fue surgiendo desde una de las láminas de Freixas. El
carboncillo se rompió por segunda vez sobre el papel áspero, ante aquel boceto,
borrando y trazando líneas con una entrega que no lograba comprender. Sus dedos
se movían por puro instinto, buscando una simetría exacta, una curvatura
específica en el pómulo y una mirada que se le escapaba entre los dedos.
Intentaba plasmar una caída sutil de los párpados, como si su memoria intentara
salvar algo del olvido antes de que fuera demasiado tarde
Dejó el carboncillo y se alejó dos pasos para mirar la lámina. La luz de la
tarde entraba oblicua por el ventanal de la habitación, iluminando las
partículas de polvo que flotaban en el aire. Juan entrecerró los ojos. En el
papel, los trazos inconexos empezaban a cobrar una coherencia magnética. Unos
ojos almendrados lo miraban de vuelta, cargados de una melancolía que le
resultaba extrañamente familiar. ¿De dónde venía esa expresión? Cerró los ojos,
intentando rastrear el origen de la imagen en los laberintos de su mente. No
era una fantasía. Su cerebro no creaba de la nada; combinaba retazos de la
realidad. Entonces, el repiqueteo metálico de los tenedores contra la loza, el
tintineo constante de los vasos. Así como el crujido de las sillas arrastradas,
volvieron a resonar como campanas afinadas en medio del bullicio.
La compuerta de su memoria se abrió de golpe. Su mente consciente había
pasado de largo, aquella noche, al finalizar la cena en aquel restaurante. Sin
embargo, sus ojos de artista habían registrado el patrón exacto de las sombras
de aquel rostro, la inclinación de su cuello y la sutil sonrisa de aquella
mujer que le había hecho un guiño. Su subconsciente había procesado la belleza
efímera de ese encuentro, exigiendo ser liberado. Juan sonrió, con una mezcla
de alivio y asombro. Regresó a la lámina, tomó un trozo nuevo de carboncillo y,
esta vez sin dudar, difuminó la sombra del paraguas invisible sobre la frente
del dibujo, completando el milagro de la memoria.
El restaurante de Teresa estaba en plena ebullición, con una clientela que
había aumentado exponencialmente, desde aquellas sesiones de restauración,
que era como ella denominaba a las visitas a la peluquería, a la que se habían
adherido las realizadas a algún salón de belleza. La ropa de trabajo seguía
siendo informal, pero más variada y seleccionada, para que su cuerpo tuviera
más protagonismo, si bien ella no se había propuesto, conscientemente, realzar
sus atributos, ni su belleza; simplemente se había dejado llevar por un impulso
interior. Pero lo cierto era que al aliciente de la sabrosa y diaria oferta
culinaria, se había unido la propia dueña del negocio, que había alcanzado una
asombrosa visibilidad por parte de sus clientes masculinos, hasta hacía poco
completamente insospechada, deseosos de redescubrir a una mujer tan atractiva y
tan temperamental, pues su carácter, en la gestión del restaurante, no había
cambiado un ápice.
Juan entró al Restaurante de la Tere portando bajo el
brazo una carpeta con el dibujo que había logrado terminar en días anteriores.
Tras decidir que aquella obra debía pertenecer a su legítima dueña, había
tomado el metro tras finalizar la jornada de trabajo en la notaría, con
intención de llegar al restaurante para la hora del almuerzo y entregarle a su
dueña, así lo suponía, aquel retrato que había surgido, sorpresivamente, de su
inconsciente. Al entrar, miró sin ver. Entre el gentío y las mesas atestadas,
no alcanzaba a ver a la mujer que buscaba. Pedrillo, el camarero, se ocupó
enseguida de él, acomodándole en un rincón de la barra... En minutos
podrá sentarse... ¿Va a tomar el menú?, ¿prefiere la carta?...
Antes de que el artista pudiera contestar, una voz femenina sonó a
sus espaldas: ... El señor probará el menú, pero antes sírvele una
buena cerveza con una tapa de callos... Juan tardó unos segundos en
reconocer a Teresa, hasta concluir que, en efecto, allí estaba la mujer que
había pintado, pero transformada, difícil de reconocer a primera vista.
Ella lo volvía a mirar fijamente, sonriendo con auténtica calidez. Él le
devolvió la sonrisa y se presentaron:
-... Yo soy Teresa, la Tere, como me llama todo el mundo... En
cuanto has entrado, te he reconocido; estuviste aquí, en la barra, hace unos
días, con amigos... Me alegra mucho que hayas vuelto... - Juan estaba
perplejo. Se asombraba de que, entre tanta clientela y semejante bullicio
diario, ella pudiera recordarlo precisamente a él, que solo había estado allí
una única vez, al menos hacía una semana. Intrigado por aquella retentiva
prodigiosa, no pudo contener la curiosidad y le preguntó cómo era posible que
se acordara. - ... Dicen que poseo una memoria fotográfica. Creo que es
cierto, pero sobre todo con los rostros de las personas que me interesan...
Teresa estaba eufórica; finalmente, aquel guiño había surtido el efecto
deseado y volvió a repetirlo, desconcertando aún más a Juan, que, no obstante,
entre bocado y bocado, logró explicarle a Teresa el objetivo de su visita. Ella
jamás había recibido un regalo de un hombre y allí, entre sus manos, estaba su
sorprendente, fidedigno y delicado retrato, con su peinado anterior, cuyo autor
era aquel atractivo joven, que la miraba con timidez y cuya sonrisa era un
destello de luz genuina, desprovista de cualquier doblez o malicia. Esos ojos
le transmitían sentimientos inéditos, percibía que la dureza del día se
evaporaba, incluso el restaurante se volvía más luminoso, como si la pureza de
aquella mirada estuviera flotando en el aire.
The Sun Also Rises, había escrito Juan al pie del dibujo, el título de
una novela de Hemingway. Teresa iba y venía, siempre al frente del restaurante,
alternando las órdenes en la barra con aquella mesa en la que deseaba sentarse.
A pesar de todo, Juan logró explicarle su significado: la naturaleza siempre se
imponía a lo que era transitorio, al desencanto... Las personas somos
efímeras, pero la belleza es eterna... comentó. Esta última frase
provocó que Teresa se ruborizara, una reacción a la que siempre había
permanecido ajena. Olvidándose del restaurante, se sentó frente a Juan y dejó
fluir los sentimientos, en silencio, mientras sus miradas no se apartaban, la
una de la otra. Era una conexión magnética, un hilo invisible que tensaba el
aire entre sus ojos.
Ninguno de los dos pestañeaba, temiendo que el más mínimo parpadeo rompiera
el hechizo y los devolviera al ruido circundante, que había desaparecido; Teresa
lo decía todo, sin articular una sola palabra. Juan comenzó a sentirse
desbordado por las emociones que le transmitían aquellos ojos hipnotizantes; se
sentía como perdido en un naufragio, sin saber cómo reaccionar, qué hacer, qué
palabras emplear. Desbordado, víctima de sí mismo, ahogado por la timidez más
profunda y la duda que siempre le carcomía, entró en pánico, incapaz de
decidirse entre aquel fascinante momento o la angustia creciente, que lo
paralizaba. Se levantó de su silla y abandonó, a toda prisa, el local.
Teresa no se movió, por más que si se hubiera dejado llevar por sus
impulsos, habría salido corriendo tras Juan. Contempló, en silencio, su huida y
esbozó una sonrisa triste. Gracias a esa facilidad natural para captar la
psicología de las personas, pudo intuir lo que le había ocurrido a su pintor y
temió no volver a verlo. Mientras tanto, Juan se había refugiado en un autobús,
de regreso a su casa, sumido en un mar de dudas. Ni siquiera había sentido el
alivio inmediato de la huida, el regreso a su zona de confort. La adrenalina
había desaparecido y la cruda realidad se había instalado en su pecho. Una
punzada de profunda vergüenza le atenazaba: su peor enemigo era él mismo, su
propia timidez. El arrepentimiento lo golpeó con la fuerza de un jarro de agua
fría. Deseaba volver, pero temía hacerlo; anhelaba estar junto a Teresa, pero
no tenía valor para ello, después de lo que había hecho.
… ¿La camarera de aquel restaurante?... ¿Y te fuiste
corriendo, dejándola allí?... Agustín no daba crédito al relato de su amigo. Juan había decidido
contárselo todo; si bien no buscaba ningún consejo, únicamente quería compartir
sus pensamientos con el único colega que tenía. Agustín, que conocía
perfectamente a Juan, evitó hacer comentarios, por más que la actitud de este
con Teresa le resultara absolutamente delirante. Se limitó a aconsejarle que,
en primer lugar, se tranquilizara y que a continuación, siguiera sus propios
impulsos, pero no pudo evitar, finalmente, exponer una cuestión que le
preocupaba profundamente… Pero evita la tentación de catalogar esto, a
modo de una simple excusa para olvidarlo, como otro amor platónico de los
tuyos…
Juan pasó el resto de la tarde dictando líneas sobre el papel, buscando la
forma exacta de la chica que le había robado el aliento. Cada trazo era un
intento de capturar la luz de su cabello, de su nuevo peinado. El carboncillo
manchaba sus dedos mientras dibujaba el contorno de su rostro. Recordaba la
forma en que el sol caía sobre ella, filtrándose por las ventanas del restaurante,
transformando cada mechón en un hilo de fuego. Con líneas suaves y rápidas,
definió la curva de sus pestañas y la seguridad de su sonrisa. No buscaba la
perfección simétrica, sino la vibración de su recuerdo. Borraba y volvía a
empezar, insistiendo en la mirada.
El papel se gastaba bajo la goma, pero la silueta cobraba vida poco a poco.
Eran trazos cargados de una urgencia silenciosa, la urgencia de quien había
descubierto que el amor a primera vista es un fantasma que podía desvanecerse
si no se atrapa a tiempo. Cuando la noche tiñó la habitación de sombras,
encendió el flexo. La luz directa iluminó el dibujo. Allí estaba ella,
mirándolo desde el papel con la misma intensidad que lo había paralizado esa
mañana. Dejó caer el lápiz, con el corazón acelerado y los dedos negros de
grafito, contemplando el rostro de Teresa.
El agua caliente cubría los hombros de Teresa, pero el verdadero calor
seguía atrapado en su pecho. Sumergida en la bañera, cerró los ojos y dejó que
la mente regresara al encuentro con Juan. A ese instante suspendido en el
tiempo. Había sentido, por primera vez, un flechazo absoluto, de esos que solo
ocurren en las películas o en las novelas baratas, pero aquellos ojos no
mentían. Él sostuvo la mirada con una fijeza limpia, asombrada, y una sonrisa
diminuta, casi involuntaria Ella sintió un vuelco idéntico en el estómago.
Durante unos segundos eternos, se pertenecieron en silencio. Un escalofrío
delicioso le recorrió la espalda limpia.
Rozó la superficie del agua con las yemas de los dedos, recreando
mentalmente la línea de la mandíbula de Juan. Sabía su nombre, conocía su voz,
pero nada más. Pero no tenía dudas de que esa conexión eléctrica y fugaz le
había cambiado el pulso de todo el día y albergaba todas las esperanzas para que
Juan apareciera de nuevo en su vida. Alargó la mano hacia el grifo, abrió
un hilo de agua caliente para estirar el momento y se hundió un poco más,
sonriendo sola en la penumbra del baño, feliz de haberse enamorado
perdidamente.
Era sábado y Juan se pasó la mañana visitando, de nuevo, el barrio de su
infancia. Llevaba dos cosas consigo: la carpeta en la que guardaba el nuevo
dibujo de Teresa y una primera edición, muy antigua, de La montaña
mágica, de Thomas Mann, que había adquirido online en una muy conocida web
de coleccionismo, como regalo de cumpleaños para su padre, que ese día había
invitado a almorzar a gran parte de la familia o al menos a la que pudiera
albergar en el piso. Juan iba pensando en la paella de pulpo, mientras su
corazón dio un vuelco de nostalgia limpia, desprovista de tristeza. Caminó
despacio por la acera agrietada, la misma donde aprendió a montar en bicicleta.
Al pasar por la plaza central, vio que la vieja fuente seguía cantando su
eterno murmullo de agua.
Cerró los ojos un instante y casi pudo escuchar las risas de sus amigos de
la infancia, el eco del balón rebotando contra la pared de la iglesia. Todo
seguía allí, guardado de forma segura en la memoria de aquellos adoquines. Una
vecina anciana cruzó la calle cargando una bolsa de la compra. Al mirarlo
fijamente, sus ojos cansados se iluminaron. ¡Pero si eres el nieto de
Elena! ¡Qué grande estás, hijo!, exclamó con una alegría genuina que
conmovió a Juan. Charlaron unos minutos, recordando anécdotas compartidas y
poniéndose al día con la naturalidad de quienes comparten un origen común. Juan
no sintió la melancolía del tiempo perdido, sino una profunda gratitud. El niño
que fue seguía viviendo en ese rincón del mundo y el hombre que era o quería
ser, llevaba consigo la fuerza y la alegría de ese barrio que lo había visto
crecer. Tras finalizar la sentida celebración en casa de sus padres, de la que
Juan disfrutó mucho, encaminó sus pasos hacia el único lugar al que anhelaba
volver.
La tarde caía sobre la plaza y Teresa servía cafés en la barra. Al levantar
la mirada hacia la cristalera del restaurante, que no había dejado de mirar,
durante todo el día, su corazón dio un vuelco. Allí, en la calle, estaba él, el
muchacho de sonrisa tímida y chaqueta vaquera, a una cierta distancia de la
puerta. Los ojos de Juan, brillantes y fijos, no se habían apartado, de aquella
vidriera, con la esperanza de ver tras ella a Teresa. Ella sintió, de nuevo esa
inédita sensación de cálido rubor que le encendía las mejillas. Sin pensarlo
dos veces, caminó hacia la salida. Al empujar la puerta, el tintineo del
cascabel rompió el silencio de la calle… Yo hablaré por ti, no
te preocupes… Tan solo, mírame… dijo ella con
una gran sonrisa.
Juan parpadeó ante Teresa; al fin se había reencontrado justo con la imagen que había recreado en su dibujo. Aquellos ojos, que desprendían misterio y dulzura, volvieron a aprisionarlo al instante. No era solo su color profundo lo que fascinaba, sino el torrente de vida y ternura que transmitían. Teresa volvió a ver una magia limpia en la mirada de Juan, una promesa silenciosa que transformaba el ruido del mundo en un susurro lejano… Si vuelves a sentir la necesidad de huir, toma antes mi mano…, susurró a Juan. El tono gris de la tarde desapareció en un instante, eclipsado por la calidez de un encuentro que ambos sabían que era solo el feliz comienzo de su historia. Justo en esos momentos pasó por allí don Cosme, el párroco del barrio. Se sorprendió al reconocer a Tere bajo aquella nueva estética y aún más verla tan acaramelada con aquel chico... ¿Quién se lo hubiera podido imaginar?... Qué se le va a hacer, cosas más raras se han visto..., murmuró para sí.

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