... Las mujeres necesitan amar y ser amadas, a cualquier edad. Tienen necesidad de ternura, de escuchar palabras tiernas y amables, que hablen de sentimientos, siendo ella misma el centro del deseo, de la atención constante de ese hombre idealizado, que siempre es el mismo: varonil, alto, atractivo, pero por encima de todo, gentil, sensible, detalloso, que la rodee en todo momento de afecto... expuso Jorge a Antonio, aquella noche, delante de un tanque de cerveza, en el bar que solían verse... ¿Y los hombres no?, preguntó Antonio, ingenuamente. No, no. Somos universos muy distintos. El deseo es nuestro motor y cuando finaliza, comenzamos de nuevo y así constantemente. Las mujeres, por el contrario, se instalan en un territorio en el que reinan las utopías y pugnan por mantenerlo, por conservarlo... Pero lo más sorprendente es que, a pesar de todo, en nuestras vidas, logramos converger, ellas y nosotros, al menos momentáneamente...
Jorge se guardaba para sí mismo los remordimientos. En el fondo no mentía a sus clientas, pero la realidad era que tejía para ellas un manto trenzado con quimeras. Para difuminar estas sensaciones, se había convencido de que ilusionarlas, hacerlas felices, era un acto honesto, sin duda no desinteresado, pero un hacedor de sueños, como se denominaba a sí mismo, lograba que ellas volvieran a creer en sí mismas, nada menos. Y ese acto no tenía precio, razonó para sus adentros, así que al fin y al cabo bien podía valer un simbólico billete de 10, de 20 euros...
Todo comenzó por azar, en un pequeño local, a modo de trastero, que le habían cedido sus padres. El objetivo era transformarlo en una tienda de venta y reparación de equipos informáticos, un principio modesto pero profesional, para un reciente ingeniero con muy escasa predisposición para el trabajo. La idea de trabajar para otras personas se le hacía insoportable y así llevaba meses, tras su graduación, en una suerte de limbo existencial... Pero hijo, todos tus compañeros están comenzando a preparar oposiciones, enviando su currículum a las empresas... Tienes que comenzar a labrarte un futuro..., le había dicho su madre muchas veces, sin ningún resultado. Jorge se dedicaba a dormir, leer, navegar en la web y recorrer la ciudad en bicicleta, incansable y ajeno a cualquier obligación. No era, sin embargo, ningún irresponsable; simplemente era víctima de sí mismo: no tenía la menor idea respecto a qué hacer con su vida. No conseguía proyectarse en ningún futuro hipotético y parecía ajeno al presente, como si una lluvia de nihilismo lo hubiera empapado; a su alrededor, el tiempo parecía haberse detenido y él se sentía a gusto, lejos de cualquier responsabilidad.
Mientras hacía una desganada limpieza en el local, se topó con caja olvidada, de gran volumen, en cuyo interior, además de libros de literatura juvenil carcomidos por el polvo, encontró aquellas cartas del tarot que algún familiar le había regalado en aquellas lejanas Navidades que transcurrieron en un hospital, estando en observación, término difuso empleado por los médicos, tras precipitarse de cabeza contra una piedra, cuando corría como una exhalación, compitiendo en velocidad con otros niños, en alguna ladera de los montes cercanos al barrio. En aquellos aburridos días se limitó a leer tranquilamente en la cama y a zamparse a escondidas los bocadillos que le traía su madre, complementando así los frugales almuerzos, pues estaba siempre hambriento, que le servían aquellas religiosas, siempre sonrientes y muy entregadas a su bienestar. No leas tanto, que te va a doler la cabeza, le advertían.
Aquella baraja de cartas cayó en sus manos la mañana de Reyes, como un regalo especial; enseguida sintió fascinación por aquellas ilustraciones, que el manual describía como símbolos del camino de la vida, como emociones, trabajo, ideas, bienes materiales y proyecciones para el futuro... Pasó todo el día descifrando los códigos de aquellos arcanos hasta concluir que, al igual que la frase, en observación, que lo había llevado hasta aquella habitación, la interpretación de aquellas cartas podía ser aún más ambigua y subjetiva, a capricho del que las leyera, concluyó.
Se quedó muy sorprendido cuando una de las monjas insistió, cuando caía la tarde, para que Jorge le echara las cartas y así, dubitativo, con aquella mujer sentada en la cama, a sus pies, hizo justo lo que el manual exponía: barajar, darle a elegir seis cartas y disponer las mismas boca abajo, para ir descubriéndolas una a una, leyendo en voz alta su significado. Tenía muy claro que debía evitar cualquier connotación negativa para con aquella amable anciana. No sabía si ella, simplemente, le estaba haciendo compañía o realmente tenía curiosidad por aquel ámbito místico, pero algo le decía que debía ser muy positivo con esa mujer, sobre todo en el terreno de la salud, así que se inventó espontáneamente, al levantar la última carta, la Sacerdotisa, una parrafada que sonara lo más convincente posible, insistiendo en la buena salud, el bienestar y la felicidad, para con ella y los demás. Como lector incansable, tenía suma facilidad para expresarse. Inmediatamente, Jorge supo que había acertado de pleno: la sonrisa de la monja y sus ojos, que se iluminaron por unos segundos, eran prueba fehaciente de ello.
Hasta que le dieron el alta, otras monjas pasaron por la habitación de Jorge y con todas se mostró tan fantasioso como generoso, en palabras y mensajes positivos. Con apenas doce años, había descubierto que la felicidad podía sustentarse en simples frases, ficticias o no, a modo de supuestas predicciones, que confirmaran lo que una persona, sencillamente, esperaba escuchar. A su edad, todo aquello le parecía completamente absurdo, además de una responsabilidad difícil de asumir por un niño. Así que respiró aliviado, cuando le dieron el alta. Al fin pudo dejar atrás aquel teatro improvisado, pues el divertimento inicial pronto había sido sustituido por unos remordimientos que no podía evitar: sentía que se había portado, en el fondo, como un absoluto farsante para con aquellas pobres monjas. Guardó las cartas y el profuso manual en algún cajón de su casa y se olvidó completamente de la quiromancia.
Hasta aquel día, que aquella polvorienta caja de cartón le devolvió, inesperadamente, entre otros recuerdos de la infancia, aquel tarot con sus figuras alegóricas. No pudo evitar volver a recrearse con la visión de los arcanos, mayores y menores, de difuso recuerdo, que habían vuelto a sus manos. Allí estaban el Loco, el Mago, la Emperatriz... Oculta entre varios ejemplares polvorientos de la revista Pulgarcito, logró encontrar la guía, la mejor excusa para dejar a un lado las obligaciones para con las tareas de limpieza del local y así, se enfrascó en la lectura (o relectura) de la misma, como en aquel día lejano de la infancia, en el hospital, diluyéndose el tiempo imperceptiblemente. Caía la tarde, cuando Celia, una vecina algo apurada, se acercó al local: ... Jorge, sé que aún no has abierto, pero ¿te puedo traer el ordenador de mi hijo, que tiene problemas?... Él ya te los explicará... Antes de que Jorge pudiera contestar, aquella señora había centrado su atención en las cartas desplegadas sobre una mesa... ¡Anda, no me digas que también echas las cartas!... Aquella mujer, en cuestión de segundos, ya estaba sentada en la mesa, expectante, ante el disgusto de Jorge, que pocas dudas tenía de que Celia, de fuerte personalidad, no concebía un no como respuesta, no en vano su voz estaba siempre presente en el patio del edificio, invariablemente dando órdenes a sus hijos y al marido.
Volvió a hacer lo que había hecho hacía años, barajar el mazo de cartas y dar a elegir a Celia seis de ellas, pero dudaba lo suyo, para decidir qué clase de lectura positivista podía proporcionar a una mujer como ella, hasta que decidió sorprenderla, tras varias lecturas literales de las cartas: ... Tu existencia es plena, en esta etapa de tu vida, pero te esperan sorpresas que no podrías imaginarte. Las cartas aventuran cambios muy profundos; surgirán otras oportunidades que te mostrarán otros caminos, otra vida feliz, muy distinta a la que llevas... No sabía si había apuntado demasiado alto; temía la reacción de aquella mujer que lo miraba boquiabierta. Pero los ojos de ella volvieron a darle la razón. Sonreía, visiblemente contenta y al irse le dejó, agradecida, un billete de 20 euros sobre la mesa... Es solo una ayudita, para que cuando abras tu negocio...
Fue su primera clienta involuntaria, a la que seguirían otras muchas: el boca a boca comenzó a surtir efecto y en pocos días, la clientela de mujeres fue multiplicándose, e indirectamente, los ingresos económicos. Jorge nunca supo si tomó la decisión consciente de dedicarse a la cartomancia, dado que en el fondo aquello era divertido, o si fue arrastrado por las circunstancias, pero tenía claro que solo lo haría en horario de tarde; al fin y al cabo, era época estival y tenía la excusa perfecta con sus padres, dado que por las mañanas seguiría trabajando en el local y que no sería hasta septiembre que lo enfocaría a cuestiones profesionales. Con este argumento, logró convencer a su madre, la más incrédula ante semejante propuesta; su padre se limitó a negar con la cabeza, concluyendo, para sus adentros, que su hijo era un absoluto cretino. Ambos, a pesar de todo, seguían depositando esperanzas en aquella futura tienda, para que su hijo sentara algo de cabeza.
Había transcurrido más de un mes, el verano se aproximaba a su fin, pero el flujo de mujeres seguía siendo incesante. A esas alturas, sus particulares predicciones se exponían a sus clientas en modo piloto automático. Siempre el amor, como leitmotiv inevitable, a veces también el dinero, pero sobre todo las posibilidades de que la vida, a corto, a medio plazo, pudiera ser distinta y sustancialmente mejor. Bastaban las palabras adecuadas y el tono de voz convincente, así como la amabilidad para con cada una de ellas; de este modo sus palabras siempre surtían el efecto deseado: la autoestima de aquellas mujeres se elevaba y volvían a su mundo con energías renovadas, seguras de sí mismas.
-... Todo lo que quieras, puedes conseguirlo, El Mago es una carta que genera auspicios positivos, que marca el comienzo de algo nuevo; solo tienes que creer en ti misma...
- ... La Sacerdotisa te sonríe. Debes saber que representa la intuición, la sabiduría interior y el conocimiento oculto. Además, se la relaciona con la capacidad de alcanzar objetivos y convertir en realidad deseos que parecían imposibles...
- ... Tienes que poner en marcha tu creatividad; la carta de La Emperatriz simboliza el éxito creativo y la belleza. Es la personificación del poder femenino y tú, si quieres y así lo deseas, lograrás los objetivos que te propongas; tu fuerza no tiene límites...
-... Tú eres alguien muy, muy especial. El Carro puede indicar el comienzo de un viaje o travesía, así como una pugna contigo misma, porque quieres buscar tu propia verdad y armonía...
De forma simultánea, el establecimiento tomó forma final, dadas las energías renovadas, hasta hacía poco inimaginables, de Jorge. Por primera vez en su vida, comenzaba a verse proyectado en el futuro, al sentirse identificado, como un modo de vida, con su negocio personal. La inversión de sus padres obró sus frutos: mobiliario, taller, almacén y, sobre todo, el estocaje de mercancías, no excesivo, pero sí suficiente para empezar, relacionadas con todo el ámbito informático, el conjunto de productos guardados según inventario del propio Jorge, listos para su uso o venta. Una más que generosa inversión económica con las mejores perspectivas de futuro. Él sería el único responsable de su propia persona y de sus circunstancias.
El empoderamiento constante a sus clientas, finalmente, había actuado sobre su propia persona, como una terapia involuntaria: no era consciente de ello, pero comenzaba a creer en sí mismo. En dos días, su negocio comenzaría a funcionar y su ya lejana apatía se había transformado en una suerte de hiperactividad: listado de proveedores, material a la venta más demandado, todos los elementos claves del taller de reparaciones... Sus padres, muy conscientes del cambio que se estaba produciendo en su hijo, invitaron a diversos familiares a una paella, a modo de celebración de la apertura del Taller de Informática de Jorge, pomposo título para el negocio. Pero antes, toca cerrar la etapa de adivino... pensó Jorge, entre cucharada y cucharada del delicioso arroz.
Jorge y Antonio compartían, por la noche, la última cerveza del tiempo estival. Su amigo partía a otra provincia, al día siguiente, donde había conseguido una plaza de interino como docente de informática. No estaba nada convencido del trabajo; en el fondo envidiaba a Jorge por tener unos padres que le proporcionaban todo el respaldo económico necesario, pero él, sin esas posibilidades, por algo tenía que empezar. Se iban a echar mucho de menos, se conocían desde pequeños y a Antonio le encantaba escuchar las reflexiones de su amigo y opinar al respecto...
- ...Creo que haces bien en dejar esa actividad del tarot, vas a acabar mal de la cabeza, a este paso... comentó Antonio. Jorge reflexionó un momento y respondió:
... He estado leyendo sobre el tema y creo que hombres y mujeres gestionamos muy mal las frustraciones; nos sentimos abrumados e inseguros en nuestro propio mundo, el que hemos construido, si las cosas no se desarrollan como nos gustaría... Es habitual que me digan cosas como “¡Parece que lo has escrito para mí!” o “¡Siento que lees mi mente!”... Es cierto que las personas no somos tan diferentes; creo que todas tenemos las mismas inquietudes, problemas y aspiraciones, pero a diferencia con el hombre, he aprendido que la mujer necesita compartirlas, hablar, autoafirmarse y en última instancia, acabar creyendo en sí mismas, que esos cambios que desean son posibles...
- ... Más que tarotista, has ejercido de coach, con mucha labia, eso sí. Y deja a un lado esos problemas de conciencia, que me vienes contando: todas están renaciendo gracias a ti... ¿Pedimos otra ronda?...
Se limitó a ir comunicando que cerraba su consulta. Sabía que de nuevo, el boca a boca funcionaría, como así fue. Todos sus sentidos se dirigían, en aquellos días, hacia la gestión de la tienda de informática y su etapa como adivino comenzaba a quedar muy atrás, si bien en el fondo, no pudo evitar echar de menos a sus clientas, con su fragilidad, sus dudas, pero sobre todo por esas miradas luminosas, cuando abrazaban esperanzas por una vida mejor.
A mediados de septiembre, con trabajo hasta las cejas, tal era la expresión que utilizaba para con su madre cuando le preguntaba al respecto, una sorpresa le aguardaba: Celia, su vecina y primera clienta, entró a la tienda. Hacía tiempo que no la veía y aún más tiempo que no escuchaba sus gritos en el ojopatio del edificio. Se sorprendió por el cambio físico de aquella mujer, más que evidente; parecía sustancialmente más joven.
- ... Solo he venido a darte las gracias; cuando me leíste las cartas, cambió mi vida, puedes creértelo. Tomé una determinación: me fui con los niños a casa de mi madre, que tiene un piso grande y comencé a buscar trabajo: de limpiadora, de pinche de cocina, de lo que fuera. Un día, vi una peluquería que se traspasaba, que parecía que me estaba esperando; llegué a un acuerdo con la dueña, para pagárselo poco a poco y mira, todo marcha, aunque parezca increíble, de maravilla. Tengo un montón de clientela y por primera vez, en mucho tiempo, soy muy feliz. Tú me transmitiste la confianza que necesitaba, para volver a empezar...
Jorge estuvo tentando de preguntar a aquella mujer por su marido, pero no fue necesario:
- ... A mi marido lo mandé a tomar viento; ya le dije que no quería saber nada más de él, un hombre cuya única función en la vida es trabajar, dormir y quejarse de todo y que, si contactaba conmigo, era para firmar los papeles de divorcio... Definitivamente, pensó Jorge, Celia estaba radiante; gracias a esa metamorfosis milagrosa que ella misma había generado, era otra persona.
-... Celia, tengo que confesarte algo muy importante... - titubeó Jorge- ... O, al menos, muy importante para mí: mis conocimientos del tarot siempre han sido muy, muy limitados. No es que me inventara, al menos no del todo, las cosas que te dije, aquella tarde, cuando me pediste que te echara las cartas, pero gran parte de ellas sí que las improvisé, solo para que escucharas cosas positivas. No tuve mala intención, de verdad, únicamente pensaba que era importante comunicar, de la manera más favorable posible, aquellas cuestiones que creía que una persona necesitaba escuchar. Y lo hice no solo contigo, sino con todas las mujeres que vinieron a verme...
Celia sonrió abiertamente y soltó una carcajada.
-... Niño, eso ya lo sabíamos todas. No somos tan tontas. ¿Pero qué mujer se resiste, a un chico guapo y amable, que mirándote a los ojos te asegura que si una quiere, también puede? Mira, es como si soplaran dentro de ti, llenándote de vida y de energía, un soplo que llevas esperando mucho tiempo, algunas toda la vida... Te vuelvo a dar las gracias... Me han dicho que te va muy bien con tu negocio; como a mí, espero que tengas mucha suerte, te la mereces...
Jorge vio alejarse a Celia, esa mujer menuda capaz de derribar cualquier muro, si se lo proponía. Sus palabras habían sido como un bálsamo. Una de sus clientas le había proporcionado las últimas dosis de empoderamiento que necesitaba. Respiró profundamente, sintiéndose en absoluta plenitud. Quizás, después de todo, debería abrir de nuevo la consulta..., pensó, mientras una chica joven, con el ordenador portátil bajo el brazo, entraba en la tienda.
.jpg)





