miércoles, 19 de agosto de 2026

Despierta, soldado


Y al fin, algo de fresca brisa. Suficiente para que un oasis mental tome forma y que, al menos, por unos momentos, el calor sofocante quede aplazado a otros instantes del día estival, que espero no coincidan con el atardecer, justo cuando mis pies se hundan en la orilla del Mediterráneo y los colores de la línea del horizonte comiencen a bailar al son de la melodía que anuncia una noche siempre en busca de protagonismo. Pero la luz se resiste a su extinción: deslumbra, vira, gira y exhibe todos los matices imaginables, despertando nuestros sentidos  y el deseo irrefrenable de abrazar, fuertemente, las emociones. Retenerlas con nosotros significa no olvidarlas y ellas, agradecidas, siempre nos corresponden: las sensaciones de bienestar recorren nuestra espina dorsal; la felicidad, tenga el significado que tenga, nos embriaga, recordándonos que la existencia, con un mínimo de esfuerzo, puede ser más bella, fascinante y aún más intensa. 

Esos pensamientos profundos anidaban en el soldado, mientras alzaba la vista hacia el sol, apenas perceptible desde la trinchera. Entre morir de un balazo, despedazado por una granada o de simple inanición, pues llevaba no pocos días sin ingerir alimento alguno, se abría otra posibilidad: huir de allí, como ya habían hecho otros muchos, por más incierto que fuera su destino. Pero la cobardía que lo devoraba se manifestaba intensa, enérgica, eclipsando el arduo deseo de desertar. El soldado se había habituado a estar justo allí, en la posición que le correspondía, agazapado y siempre con el fusil en la mano, esperando unas órdenes que nunca llegaban. Al menos, mientras ese instante se prolongara, seguiría vivo. El sargento hacía días que miraba al vacío, sin pronunciar palabra alguna, olvidado por sí mismo, mientras el muy menguado batallón, reducido a apenas diez personas,  ya no esperaba nada de aquel sujeto ausente que sin duda, había enloquecido. 

No quiero cerrar los ojos, temo no volver a abrirlos. Tampoco quiero soñar, porque posiblemente sería mi último sueño. Pero sí quiero recordar, para estar seguro de que aún no he muerto. Y no, no quiero rostros que pueblen esos recuerdos, porque no quiero dejarme abatir por inútiles nostalgias. Únicamente deseo volver a tocar la helada agua del río, sentir la hierba bajo mis pies desnudos. Levantar, con mis fornidos brazos, la lanza  con punta de piedra, tallada en forma triangular, tras extraerla del espinazo de aquel ciervo.  Cavaría un hoyo, encendería un fuego dentro para calentar la tierra y las piedras y luego cubriría la carne de mi caza, envuelta en hojas, con más tierra y brasas, mientras mi tribu bailaría eufórica, exhibiendo sus cuerpos desnudos al sol. Comeríamos, felices, hasta saciarnos y la noche, al menos este día, no nos causaría ningún miedo, resguardados de la oscuridad en nuestra cueva. Algunos adultos afilaríamos nuestras armas con silex, otros se entretendrían moliendo pigmentos minerales como el ocre y el carbón, hasta hacerlas polvo y mezclarlas con agua o grasa animal para crear aquellas pinturas que adornaban las paredes. Todos esperábamos que al día siguiente la caza fuera, al menos, igual de afortunada. 

El soldado escucha una detonación, esta vez muy cerca de la trinchera. Mira al resto de soldados, que como él, permanecen agachados, sin moverse. Los segundos de espera se dilatan, insoportablemente, sin que ningún otro sonido vuelva a interrumpir el silencio atroz que vuelve a reinar en el campo de batalla. Si tuviera valor, se levantaría y saldría corriendo, sin dejar de disparar, hacia el enemigo. Si tuviera un mínimo de coraje, dejaría todo el equipo en  el suelo, se quitaría su uniforme y huiría, con todas sus menguadas fuerzas, de aquel infernal lugar. Pero la audacia, en cualquiera de sus formas, hace tiempo que huyó de él; todos los allí presentes se han convertido en estatuas de sal, dejando que la carcoma perfore sus entrañas. Mientras tanto, una duda lo atormenta: ¿y si el enemigo está arrastrándose, en silencio y por decenas, aproximándose poco a poco a la zanja? Si así fuera, en cualquier momento, estarían sobre él. No podía evitar imaginar su muerte de muchas formas distintas y todas atroces. Había visto agonizar a muchos; algunos completamente despedazados, pero que, a pesar de todo, aún tardaban unos segundos en morir, perplejos ante las miradas aterradas de los que habían tenido la rara suerte, siempre escurridiza,  de sobrevivir. 
        
Siento la lluvia sobre mis músculos, en la piel oscura y los ojos furiosos. Corro tras la bestia, esa mole de piel gruesa que huye pesada, mientras la distancia entre los dos se acorta y yo espero el momento justo, la ocasión adecuada para, con todas mis fuerzas, saltar al costado del animal y clavarle la lanza con rabia profunda, sintiendo como la punta atraviesa su cuerpo. Otros hombres corren a escasa distancia de mí, formando un cerco sobre nuestra caza, que no tiene escapatoria. Mis manos nudosas están listas, sostenidas por los robustos brazos, por los anchos hombros, en un cuerpo surcado de cicatrices y tensionado por la fuerza de mis músculos. Todos mis sentidos están puestos en mi presa, pero una sombra emerge en mis pensamientos, solo durante un breve instante, que rechazo, que olvido, que desecho justo antes de alcanzar al animal: he sentido el tiempo que avanza y en mi propio cuerpo, que un día dejará de obedecerme... 


viernes, 14 de agosto de 2026

A vuelapluma: infancia, años 60


Uno de los recuerdos infantiles más afianzados en mi memoria tiene que ver con el pan con aceite. En casa de mis abuelos paternos, se presentó un vecino con un enorme pan redondo de la época, abierto transversalmente.  Le rogó a mi abuelo, en cuya casa la comida nunca faltaba, que lo llenara de aceite,  cosas de la época. Mi abuelo tuvo pocas dudas: tomó la aceitera y comenzó a verter el oro líquido en el pan, sin miseria alguna. Finalmente, esparció sal en aquel manjar, mientras a aquel pobre hombre se le iluminaba la cara. 

No es que mi abuelo nadara en la abundancia; simplemente tenía muchos hijos y tanto él como ellos se movían a diario, en todo tipo de trabajos, para aportar dinero al hogar. Mi padre era uno de esos hijos, al que siempre recuerdo trabajando y durmiendo, para recuperar fuerzas y a pesar de todo, llenando de contenido los domingos, para toda la familia, en aquellos tiempos en que el término dominguero tenía todo el sentido: paella en el campo; recolección, participábamos toda la familia, de hinojo y palmito, que crecían salvajes en casi cualquier sitio; el hinojo era indispensable para los potajes, a fuego lento, que se preparaban durante toda una mañana, en aquellos años donde aún no se habían extendido las ollas a presión. Las calles estaban cargadas con el aliento de todas aquellas cocinas encendidas desde horas tempranas. En aquella España de los años sesenta, el barrio no se miraba; se olía. Era un aroma espeso, casi sólido, que se pegaba a las fachadas de cal y que salía por las rendijas de las ventanas. Olía a carbón de cisco, a sartenes de hierro curadas con mil batallas y, sobre todo, a potaje. Un compendio de garbanzos castellanos viudos, lentejas con un trozo de tocino rancio que hacía milagros y judías blancas que borboteaban a fuego lento, muy lento, sobre el hornillo. Las madres y las abuelas gobernaban el día al ritmo de las ollas de barro, agitando el guiso con cucharas de madera desgastadas por los años. 

En la calle, una nube de niños con las rodillas desgastadas de mil batallas, teníamos nuestro propio reloj incorporado: el propio estómago y el aroma flotante, con suerte, del estofado de patatas con carne —un plato de luxe— nos indicaban que eran las dos en punto. Al cruzar el umbral del portal, el olor se multiplicaba. En el primero izquierda, la señora Angustias machacaba el ajo y el comino en el mortero de bronce, un repique rítmico que competía con el eco del consultorio de Elena Francis que salía de una radio de válvulas. En el piso de arriba, el aroma a laurel y cebolla frita anunciaba que hoy tocaba bacalao con tomate. La comida no solo alimentaba el cuerpo; medía el tiempo, unía a los vecinos y llenaba los huecos que la escasez dejaba en los bolsillos. Era el perfume humilde y resistente de un barrio, al calor de un fogón que nunca se apagaba.

En esos domingos de salidas al campo, también recopilábamos hojas de eucalipto, que no supe para qué servían hasta que, aquejado de un fuerte catarro, mi madre me sometió a un ritual que nunca hubiera imaginado y que jamás he olvidado. Lo recuerdo, como si fuera ayer: 

El vapor de la cocina olía a bosque herido. Sentado frente a la mesa de madera, mi madre me cubrió la cabeza con una toalla gruesa, de esas ásperas que rascaban la piel, sepultándome en una penumbra húmeda y cálida. Abajo esperaba la olla de peltre azul, hirviendo a borbotones, coronada por un espeso colchón de hojas de eucalipto, de las tantas que toda la familia había arrancado de los árboles, algún domingo... Respira hondo, hijo. Sin miedo... susurró su voz desde el otro lado del lienzo. Al principio, el calor me golpeó el rostro como una bofetada de fuego. Cerré los ojos, sintiendo cómo las gotas de sudor comenzaban a correr por mis sienes, confundiéndose con el vapor condensado. El aire quemaba al entrar por la nariz, denso, cargado de una resina amarga y salvaje que me obligó a toser. Sentí el impulso de retirar la toalla, de escapar de ese rincón asfixiante, pero la mano firme y bondadosa de mi madre se posó sobre mi hombro, manteniéndome en mi sitio. Poco a poco, el milagro de los sesenta se abrió paso en mi pecho. El aire, antes atrapado por aquel catarro, comenzó a fluir. Cada bocanada abría caminos nuevos en mis pulmones, limpiando el cansancio y devolviéndome el aire que la enfermedad me había robado. Bajo ese refugio de tela y vaho, el mundo exterior desapareció: solo existíamos el latido de mi corazón, el borboteo del agua medicinal y ese olor eterno a tierra mojada que lo curaba todo. 

Usos y costumbres de aquellas décadas, a día de hoy completamente olvidados; podría también citar el ponche casero, vino o coñac al que se agregaba un huevo crudo y que, mi madre o abuela, tras batir enérgicamente semejante mezcla, nos obligaban a ingerirla, de un trago, sin respirar, con el argumento de que suponía un reconstituyente, de gran valor energético y que además, abría el apetito, aunque para esta última cuestión, la Kina San Clemente garantizaba, según publicidad, los mejores resultados. El pan del día anterior jamás se tiraba (y si así se hacía, no antes de darle un beso), se utilizaba para sopas como la de ajo, generalmente para las cenas. Las meriendas tenían un valor añadido, traducido en grandes bocadillos, generalmente de embutido, que devorábamos en la calle. 

Los bocadillos lucían con frecuencia mezclas sorprendentes, como ese agregado al pan de vino y azúcar; una de las meriendas infantiles más populares consistía en una rebanada de pan asentado, mojada en vino (inevitablemente peleón) y espolvoreada con azúcar blanca. O aquella otra combinación de leche condensada y Cola Cao, particularmente aborrecía aún más que la anterior. Prefería, al igual que mi madre, que solía decir que la comida de toda la vida era la más sana: la mortadela de aceitunas, la morcilla, el chorizo, el budín de cerdo, entre otros muchos manjares... y el tocino refregao, que impregnaba una rebanada de pan de hogaza (en aquellos tiempos, el pan era otra cosa), transfiriéndole todo su sabor, sal y untuosidad. El lomo en manteca colorá,  por su parte, el súmmum del concepto de merienda, se traducía en un ritual de paciencia, grasa y sabor primitivo. Mi madre hundía la cuchara de madera en la superficie anaranjada, rompiendo la capa fría para desenterrar los tesoros ocultos en el fondo. El aroma a pimentón, orégano, ajo y manteca de cerdo inundaba el aire al instante, abriendo el apetito de cualquiera que anduviera cerca. Con mano experta, extraía un trozo de lomo de orza, tierno, curado en su propio jugo, y lo fileteaba en lascas finas que aún conservaban el frío de la despensa. Luego venía el montaje de la obra de arte. Primero, una generosa pincelada de esa manteca de un rojo encendido sobre la miga blanca del pan, que se teñía de inmediato como un lienzo. Encima, los trozos de carne, encajados como un puzle perfecto. Al cerrar el bocadillo, la presión hacía que unas gotas de grasa anaranjada asomaran por los bordes, amenazando con manchar la camiseta, un peaje obligatorio que se pagaba con gusto. El primer bocado era pura gloria. El crujido del pan rústico daba paso a la melosidad de la manteca y la intensidad especiada del lomo. Cada mordisco exigía chuparse los dedos para no perder ni una gota de pimentón. Era una merienda contundente, de las que daban energía para correr por la calle, acompañados de la sintonía de la reina de las radionovelas, en ese momento que las persianas de mimbre subían a la vez, el sonido de los transistores se unía en la calle y de cada ventana salía la misma música dulce. Era la sintonía de Simplemente María y ninguna mujer quería perderse aquel folletín centrado en la vida de la costurera más famosa de la radio. 

En esa década, la renta per cápita era bajísima; cualquier sueldo, por sí mismo, era insuficiente y había que complementarlo con otros trabajos, de cualquier naturaleza, los chapús, que se denominaban entonces: trabajos extras o tareas de poca importancia, que se iban encadenando, con suerte sin límite de continuidad. El pluriempleo era una necesidad social, para la inmensa mayoría de la población en una generación, cabe recordar, que no sabía hacer otra cosa más que trabajar, desde pequeños. Mi padre era funcionario del Ayuntamiento por la mañana y mil cosas por la tarde, incluida la profesión de taxista. Se había puesto a trabajar, según contaba, desde pequeño, con el negocio del estraperlo, centrado en los productos básicos que estaba sujetos a control, impuestos o racionamiento por parte del Estado, tras la Guerra Civil. A continuación, fue conductor de toda clase de vehículos, pocero, churrero, repartidor de agua con un camión cuba, incluso torero... Tareas profesionales que fue desarrollando con un gran sentido común y una facilidad, asombrosa, para conectar con cualquier persona. Mis tíos le pedían consejo: Tienes que halagar al empresario, pero sin que se note, de una manera natural; algo así como "Hombre, don José (el don, siempre por delante, recuerda), vaya trabajo y esfuerzo, conseguir una empresa como la suya... ¿La montó usted solo?"... Le encantaba leer, quizás como una respuesta a la frustración generacional de apenas haber completado los estudios básicos, como la mayoría de personas de su generación. En nuestra casa, en consecuencia, los libros abundaban, así como los tebeos. No era raro que, al llegar del trabajo, me obsequiara con uno de estos últimos, impregnado de olor a quiosco.  

Hijos del trabajo y también del hambre de la posguerra, no escatimaban esfuerzos, como una obsesión, para la comida. La abundancia en los platos formaba parte de una filosofía de vida. El almuerzo copioso no solo alimentaba el cuerpo; era una manera de blindar a la familia contra las estrecheces del día a día, asegurándose de que, al menos por unas horas, la vida fuera plena y generosa. 

Uno de los equilibrios más difíciles para nuestras madres, administradoras del hogar, era el ahorro: se compraba una lavadora solo cuando, tras esfuerzos denodados, se había reunido el dinero suficiente para pagarla a tocateja o a pronto pago, esperando por ello una rebaja del precio del artículo. Era impensable comprar a plazos, salvo la obligada enciclopedia que hasta el hogar más humilde lucía en el mueble bar del salón, que a primero de mes se abonaba al cobrador a domicilio que, puerta a puerta, infaliblemente, recorría toda la ciudad. 

En nuestro entrañable barrio obrero, la riqueza de una familia se medía por lo que se aparcaba en la puerta o por lo que se veía a través de la ventana. Comprar un coche era una fantasía reservada para las clases más pudientes. El Seat 600, el gran sueño nacional, costaba el sueldo íntegro de muchos meses de trabajo de un obrero. Durante los 70, el premio estrella del programa 1,2,3, responda otra vez era el coche. La gente del barrio iba a pie, apretada en el tranvía o autobús; con mucha suerte, el cabeza de familia podía contar con una ruidosa Vespa de segunda mano en la que apretados y en un difícil equilibrio podían desplazarse cuatro personas. Mi padre era de los pocos del barrio que siempre tuvo un coche, varios de segunda mano hasta el último que adquirió, un  Citroën GS  Palas, con el que yo aprendí a conducir. Pero si el coche era un lujo, el aparato de televisión, en sus inicios, era ciencia ficción. Un armatoste de madera con una pantalla gris que en sus inicios, costaba una fortuna. En mi casa acabó luciendo una televisión marca Grundig, que apenas encendíamos, en tiempos en que las series americanas estaban dobladas en otros países y que aquí denominábamos español neutro, variedad artificial del idioma creada para los medios de comunicación, el doblaje de películas y la publicidad, diseñada, en principio, sin modismos locales. Su objetivo principal era facilitar la comprensión universal entre los distintos países de habla hispana, entre ellos España. A pesar de todo, en la serie Bonanza, escuchábamos ... Como sigas portándote así, te voy a dar una nalgada..., o en El Virginiano: ¡Vaya caída! Me ha salido un huevo en la cabeza...  

Había un solo canal de televisión en el que se emitía una media de cinco horas diarias de programación general, concentradas en las franjas de tarde y noche, previa carta de ajuste para permitir a los espectadores sintonizar y calibrar el televisor. Abundaban las series americanas como Embrujada, Los invasores, Tierra de gigantes, Superagente 86, mientras que en las franjas infantiles se emitían dibujos animados de Hanna-Barbera como Los Picapiedra o programas de producción propia como Los Chiripitiflauticos. Pero los que éramos niños apenas mirábamos la televisión.  La calle era nuestra casa, nuestro mundo y el escenario de nuestros juegos, hasta que las voces de nuestras madres comenzaban a sonar por las calles, momento de la cena y de la vuelta al hogar. La vida seguía siendo analógica, lenta y comunitaria; un tiempo donde tener poco significaba, al menos, compartirlo todo, en mi caso los tebeos y libros de la época, así como los escasos juguetes que llegaban a mis manos. 

El olor a plástico nuevo y cartón recién abierto era el verdadero aroma de los regalos, en aquella década y la siguiente. Jugar apenas requería un trozo de suelo que se transformaba mágicamente en el desierto de Arizona o en una selva inexplorada. Para los niños de mi barrio y tantos otros, el tesoro más preciado tenía un nombre que se pronunciaba con orgullo: Madelman. Aquellos muñecos articulados, bajo el lema "lo pueden todo", eran pura vanguardia. Con sus trajes de tela real, sus diminutos accesorios perfectos y unos ojos fijos que desafiaban cualquier peligro, permitían viajar al fondo del mar, al espacio o a la selva africana. Nadie imaginaba entonces que esos mismos compañeros de batallas, desgastados por el roce de las manos infantiles y la arena del patio, se convertirían décadas después en cotizadas piezas de coleccionista por las que hoy se pagan verdaderas fortunas en subastas y ferias de nostalgia. 

Pero si los Madelman eran la élite de la imaginación, el día a día pertenecía al universo indomable de Comansi. Con su famoso eslogan "Juguete completo, juguete Comansi", la marca catalana poblaba las casas con interminables bolsas de indios y vaqueros. Eran figuras de plástico rígido, algunas monocromáticas y otras pintadas a mano, con constatado pulso impreciso, pero no obstante, con una expresividad desbordante. Los jinetes se acoplaban a caballos encabritados, los jefes sioux levantaban sus hachas de guerra y los sheriffs apuntaban sus revólveres en un duelo eterno que invadía todo el salón. El juego se volvía físico y ruidoso cuando los niños se convertían en los propios protagonistas del wéstern. El  merchandising del western, abundante en los quioscos, incluía estrellas y esposas de sheriff, sombreros, bigotes...  Cruzar la puerta de la calle implicaba colgarse al cinto una cartuchera de cuero artificial y empuñar un rifle de repetición o una pistola de pistones del Oeste. Las mejores réplicas, de metal, eran pesadas, y dejaban en las manos un olor a pólvora quemada después de cada detonación. 

 Complemento perfecto de lo que mi barrio, al menos, denominábamos mistos (o mixtos) cachondeo, un artículo pirotécnico infantil sumamente popular en esas décadas. Consistían en una tira de papel enrollada que llevaba pequeñas gotas de pólvora o fósforo espaciadas cada pocos centímetros. Se activaban por fricción. Los niños los cortábamos en unidades y los raspábamos contra la pared, el suelo o directamente, los aplastábamos con una piedra para que hicieran una detonación o crujido, mientras el olor a fósforo blanco se adueñaba de la calle. Un entretenimiento, ni siquiera lo sospechábamos, altamente tóxico, que difícilmente podía afectarnos; al fin y al cabo estábamos inmunizados: no dejábamos de tragar polvo a diario, arrastrándonos si era preciso por los sitios más impensables.  Al grito de «¡Al suelo!», el barrio entero se transformaba en un rincón de Texas, las Antillas o de la Segunda Guerra Mundial. Lo que hoy se denomina role play, lo utilizábamos doce horas al día, para recrear películas o cualquier situación que posibilitara interpretar el papel del héroe o villano de turno con la mayor convicción. No necesitábamos pantallas, presupuestos ni guiones escritos. Una rama caída de un pino se convertía en un rifle de repetición; un trozo de cartón con el tamaño adecuado, en un escudo de vikingo. Nos adueñábamos de nuestro papel; cualquier situación cotidiana posibilitaba esa magia. Nos tomábamos el juego tan en serio que las discusiones adquirían un impensable carácter técnico: desde cómo debía ser la onomatopeya del sonido de un disparo, hasta el tiempo que había que permanecer en el suelo, si te disparaban una flecha imaginaria.   

El mayor regalo al que podíamos aspirar era la bicicleta. Recuerdo la silueta cromada de la primera que tuve, una Orbea  de un color azul cobalto intenso, con guardabarros relucientes y un sillín de cuero negro que olía a nuevo, y las primeras sensaciones, al agarrar los puños de goma blanca. El estreno no fue fácil, dado que no tenía práctica alguna para mantener el equilibrio. Muchas calles del barrio no conocían el asfalto liso; eran de tierra compacta, con cuestas pronunciadas. Así, mis primeras sensaciones intentando pedalear sin caerme, estuvieron caracterizadas por la torpeza, tambaleándome constantemente, peaje a pagar traducido en un impulso de valentía, mientras sentía, de golpe, la ligereza del equilibrio. Por unos segundos, las fachadas de los edificios y  los ladridos de los perros parecían pasar a toda velocidad. El mundo se había vuelto repentinamente más grande y veloz. Estos primeros intentos de viaje terminaron, siempre, con un brusco frenazo y una rodilla (o ambas) raspada contra la acera, por no hablar de los tobillos, pero el dolor era irrelevante. Me levantaba  de inmediato, me limpiaba el polvo, omitiendo las heridas, y lo intentaba de nuevo. Sabía que, a partir de ese día y justo hasta el momento en que aprendiera a montar en bicicleta, las tardes en el barrio serían eternas y sin límites.  

La heridas, golpes, moratones... eran inherentes al juego en la calle. Nuestras rodillas eran el mapa de nuestras aventuras. No había tarde en la que el balón de reglamento, duro como una piedra, no dejara su marca en el muslo de alguien, o en la que una carrera frenética cuesta abajo, tan comunes, no terminara en un derrape forzoso sobre la grava. Caerse era, simplemente, parte del juego. Un rasponazo limpio en el codo o un chichón en la frente eran los trofeos que demostraban quién había corrido más rápido o quién había saltado desde el muro más alto. Cuando el golpe era fuerte, el juego se detenía solo un momento. El herido se miraba la pierna inexpresivamente, limpiaba la tierra con la palma de la mano y en la mayoría de los casos, se reincorporaba inmediatamente a la dinámica de juego. El verdadero ritual comenzaba al volver a casa. 

Nuestras madres no se asustaban, en absoluto, por un poco de sangre; simplemente, aplicaban el remedio universal. Abrían el botiquín del baño y sacaban aquel pequeño frasco de cristal con un tapón que llevaba una varilla de plástico incorporada. Era el momento de la mercromina... Sopla, que esto pica... me decía mi madre mientras pasaba la varilla sobre la piel levantada, el hematoma, el chichón... El líquido rojo brillante cubría la herida, transformándola en una mancha fosforescente imposible de ocultar. Durante los siguientes días, caminábamos por el barrio con varias zonas de nuestro cuerpo pintadas de rojo, exhibiendo, en el fondo, nuestros golpes como medallas de guerra. Aquellas manchas de mercromina eran el uniforme oficial de los niños de los años 60: la prueba irrefutable de que habíamos jugado sin miedo, devorando la vida a base de carreras, caídas y risas en mitad de la calle. Y qué placer, el descanso profundo del guerrero, en nuestra cama, al caer la noche.   

Todos los pisos de mi barrio eran iguales, reducidas viviendas sociales en las que las literas posibilitaban que hasta cinco personas, como era mi caso, compartiéramos a diario poco más de cuarenta y cinco metros cuadrados y dos dormitorios, que caracterizaban las construcciones masivas de protección oficial. El baby boom en España ocurrió más tarde que en el resto de Europa y tuvo su punto álgido en la década de los 60, impulsado por un tímido desarrollo económico y las políticas de incentivo a las familias numerosas., que eran la inmensa mayoría. El número medio de miembros de una familia era de cuatro, abundando los hogares, como el mío, que rebasaban ese número. Lo habitual era que cualquier amigo tuviera hermanos y hermanas, si bien estas últimas no existían a nuestros ojos. Las niñas, si bien participaban activamente en los juegos colectivos que transcurrían en la calle, el pañuelito, el escondite, el látigo, tantos otros, quedaban completamente fuera de nuestro círculo más estrecho; no las concebíamos integradas en  las actividades cotidianas de juego masculino, siempre en el límite de la brutalidad, que desarrollábamos. 

Y es que las tardes, solo interrumpidas por las meriendas, se desarrollaban sin cesar, hasta que anochecía, en la calle, ese inmenso territorio de juegos y socialización constante. El único límite para la diversión era el que imponía nuestra propia fantasía. Y si acaso el tiempo era inestable, con lluvias, corríamos como una exhalación de casa en casa, con un cargamento de tebeos, para intercambiar, para disfrutar leyendo, la mayoría de la omnipresente editorial Bruguera, con Mortadelo y Filemón, Las hermanas Gilda, Carpanta, Rompetechos, La familia Trapisonda, Zipi y Zape, Anacleto... dibujados por Ibáñez, Vázquez, Escobar, Peñarroya, Jorge... repartidos en las múltiples revistas semanales que abarrotaban los quioscos: Pulgarcito, Tío Vivo, DDT...  También se leía mucho la producción de las editoriales Novaro y Valenciana, esta última responsable de tantas colecciones de tebeos apasionados que habían hecho las delicias de nuestros padres: El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, Purk el hombre de piedra... y que para nuestra generación publicaba Jaimito y Pumby. Al menos hasta que irrumpió Vértice, mostrándonos los inicios del universo Marvel. No sabíamos sus nombres, dado que no se publicitaban, pero en aquellas páginas de papel de mala calidad y con viñetas remontadas, descubrimos a dibujantes como Jack Kirby, John Romita, Steranko, Ditko, Dick Ayers, Gene Colan, John Buscema y tantos otros, materializando en viñetas a todos aquellos superhéroes con problemas: Spiderman, Capitán América, Thor, Los 4 fantásticos, El hombre de hierro, La Masa...  Durante años, muchos fuimos víctimas de la fiebre verticera, a la búsqueda desesperada de ejemplares, siempre en el ámbito del trueque, con suma frecuencia en las numerosas tiendas de cambio/compro/vendo, que proliferaban en algunos barrios; nadie tenía cinco duros, de la época, una auténtica fortuna, para invertir en la adquisición de un ejemplar nuevo.   

Mi padre, al regresar a casa por la tarde y tras ducharse, armado de paciencia, dado que sabía que lo estaba esperando con un buen número de ejemplares bajo el brazo, listos para el trueque, me llevaba a varias de esas tiendas, modestos negocios donde los tebeos se amontonaban por todos los rincones posibles. Simplemente, había que elegir, tras un minucioso examen, aquellos que quería llevarme, entregando a cambio los míos y una pequeña aportación económica, por cada cambio. Mi madre era poco partidaria de aquellas visitas; insistía en que estar tocando y manipulando tebeos llenos de polvo de los que nada se sabía de su procedencia, podía ser una fuente de enfermedades. No sé si esa fue la causa de  que desarrollara una hepatitis B que me obligó a estar un mes en la cama. Durante ese tiempo leí y releí centenares de tebeos y libros, particularmente títulos de Colección Historias Selección,  de la editorial Bruguera, en la que estaban presentes los grandes nombres de la literatura juvenil: Salgari, Verne, Karl May, Stevenson, Mark Twain... Conviví, en aquellos días en los que mi madre me atiborraba de fruta en almíbar, con las tribus bechuanas y bosquimanas de Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral, con Ned Land y el capitán Nemo en 20000 leguas de viaje submarino, con Sandokan y Yáñez de Gomera en aquellos libros maravillosos de Salgari, con el imperio ruso de la mitad del siglo XIX en Miguel Strogoff, con toda clase de tribus indias junto a Winnetou y Old Shatterhand ... Aquel mes pasó muy rápido y sentí dejar atrás la cama, junto a todos aquellos libros, pero en el fondo anhelaba volver a recuperar mi día a día: colegio, calle y amigos. 

Ciertamente, apenas teníamos dinero de bolsillo, pero si acaso alguna moneda caía en nuestras manos, corríamos al quiosco más cercano: chucherías, pero sobre todo algún tebeo y un sobre Montaplex; en menor medida, sobres de cromos, de alguno de los numerosos álbumes coleccionables de aquellos años, como Vida y Color. En mi caso, jamás logré completar ni uno solo de ellos; las escasas pesetas de las que disponía, de muy vez en cuando, no podían dedicarse a un solo fin; inevitablemente, estaban predestinadas a diversificarse. De alguna manera, a pesar de la absoluta inconsciencia, a esas edades, sobre los pormenores de la vida cotidiana, intuíamos que la economía era el pilar sobre el que sustentaba el posible bienestar familiar. 

Los mandados, que hacía a diario, estaban regidos por el dinero exacto que mi madre me proporcionaba para la compra, cuyo listado yo iba repitiendo durante el camino, para que nada se me olvidara: ... Un cuarto de jamón cocido, dos barras de viena y dos de pan, seis danones de fresa, un kilo de limones... Así hasta llegar a la tienda, uno de los colmados del barrio, donde vendían de todo. Los envases eran retornables, es decir, si no llevabas la botella vacía de litro de Fanta, tenías que abonarla al adquirir la bebida. Ni se me pasaba por la cabeza quedarme con la vuelta, los céntimos o alguna peseta sobrante de la compra; regresaba a las manos de mi madre inmediatamente al regresar a la casa, por un sentido muy asumido de las obligaciones. En aquellos años, el respeto a los padres, extensible a todo el universo adulto, no era una norma escrita; era una ley física, como la gravedad. No concebíamos la posibilidad de mentir, y mucho menos de ocultar algo. La autoridad paterna no se cuestionaba porque de ella dependía el orden del mundo. Engañarles no solo era una falta; era una grieta en los cimientos de la casa. El sentido de la responsabilidad estaba tan arraigado en nosotros, incluyendo nuestras tareas escolares, que la culpa pesaba más, cuando era el caso, que cualquier reprimenda. 

El preescolar o párvulos, como se llamaba la etapa educativa de educación infantil en aquellos años, la desarrollé en un colegio de monjas, en la correspondiente sección masculina. La mayoría eran mujeres de avanzada edad, escasa paciencia y un continuo malhumor para con los escolares: en el aula no podíamos movernos, no podíamos hablar. No obstante, también había alguna monja joven, cercana y sonriente que un día descubrió su cabeza, a preguntas insistentes que le hacíamos respecto a si las monjas eran calvas. La sorpresa fue mayúscula: aquella gran melena de hermoso pelo pelirrojo nos dejó absolutamente deslumbrados. El libro de lectura que utilizábamos se titulaba El pájaro verde (años más tarde descubrí que había otro libro homónimo, escrito por Juan Valera), posiblemente fue mi primer texto escolar. Las fascinantes ilustraciones que acompañaban al texto se me quedaron literalmente grabadas en la retina. Pasadas muchas décadas, cuando logré poner nombre a su autor, Martín Valmaseda, conseguí un ejemplar, de reedición; fue muy emocionante reencontrarme con aquellas páginas que habían estado presentes en mi infancia.   

Sin límite de continuidad, seguí los estudios en un colegio del barrio, que constituía, por las mañanas, la rutina diaria de tantos niños de mi edad, incluidas las permanencias, cuando regresábamos por las tardes al aula, a hacer los deberes. La memorización constante era el único refugio seguro, para evitar que te atizaran en la mano, con la regla o aún peor, que te tiraran de las patillas. Saberse de carrerilla los afluentes del Tajo por la izquierda, las provincias de Andalucía, las preposiciones en orden alfabético o el terrible catecismo era la única forma de transitar por el colegio sin dejar rastro, de volverse invisible ante la autoridad, aunque no siempre era posible. El cura del barrio se volvía omnipresente los lunes, visitando el colegio y haciéndonos preguntas que no comprendíamos. A la afirmación del texto religioso: "Dios es nuestro Padre que está en el cielo" se sucedía la pregunta inmediata: "¿Dónde está Dios?", a lo que respondíamos, con una lógica aplastante, "En el cielo", pero no, se debía responder: "En el cielo, en la tierra y en todo lugar". ¿Pero no habíamos afirmado que estaba en el cielo? Jamás logré adaptarme a esta asignatura, simplemente aquello no tenía ni pies ni cabeza, mucho  menos a aquel cura de constante mal humor, que recordaba perfectamente quién no había asistido el domingo anterior a la iglesia. Las consecuencias: permanecer de rodillas, con los brazos en cruz durante un buen rato. Yo, junto al menos las tres cuartas partes de la clase, estaba siempre en ese grupo que sufría semejante castigo. No éramos niños traviesos, simplemente inconscientes de nuestro supuesto deber para con la madre iglesia. Dicha inconsciencia nos llevó un día, a unos cuantos de la clase, justamente a la parroquia del barrio. Levantamos el cierre de aluminio de la puerta, que no tenía candado y nos metimos dentro, recorriendo toda la estancia, incluidos los confesionarios, con la inédita sensación de ser diueños del lugar. Al oir gritos en el exterior, salimos de allí como una exhalación, corriendo, con todas nuestras fuerzas, hacia el refugio seguro del hogar.

En esos tiempos, las actividades manipulativas estaban muy extendidas: elaborábamos mapas de España, figuras, como el cilindro, en cartulina; en Navidad recreábamos con plastilina un Belén... El pegamento Imedio era utilizado masivamente, junto a la goma Milan, especialmente una que se publicitaba como nata; el juego de reglas, escuadra, cartabón y transportador, el compás y los lápices Staedtler número 2 complementaban el estuche escolar, generalmente de doble piso, abarrotado de lápices y rotuladores de colores. Elementos que, recién comprados, se asemejaban a un maravilloso tesoro y cuyo desgaste, al finalizar el curso escolar, evidenciaba su uso constante y el escaso cuidado que poníamos en ello. Todo ello, junto con los libros de texto, libretas varias y el bocadillo para el recreo, así como algún que otro tebeo para intercambiar, abarrotaba nuestras maletas escolares. En dichos recreos, el bocadillo se consumía en escasos minutos y el resto del tiempo era un constante ir y venir por todo el patio, entre juegos varios, si bien se podía salir libremente al barrio. Se imponía también la supervivencia, dado que aquello era la ley de la selva; había que convivir forzadamente y generalmente evitar a no pocos niños, especialmente brutales, al igual que ocurría en la calle. Se organizaban partidas rápidas de peonza, se hablaba de tebeos, se presumía de los cromos sobrantes o faltantes para completar los álbumes y, por supuesto, de la propia escuela: maestros, maestras, tareas...  Díficil olvidar a don José, que ejercía la dirección del colegio. Un hombre voluminoso, que tenía una pierna más corta que la otra y llevaba una suela muy gruesa y alta para nivelar, al menos levemente, su balanceante andar. Aplicaba a rajatabla, diariamente, el viejo refán la letra con sangre entra, que significa que el aprendizaje requiere un gran esfuerzo y una suerte de justificación, para quién no lo realizaba, de severos castigos físicos. Entre las brumas de mis recuerdos, veo a don José, haciendo estallar una regla, al impactarla en la cabeza de algún desgraciado niño. 

El peor momento de la vida escolar se centraba en el  boletín escolar de calificaciones, que debíamos entregar a nuestro padre, para que constara su recibí al devolverlo, tras las vacaciones. Si había algún suspenso, era imposible de justificar, no había excusas; el fracaso se traducía en una reprimenda monumental que, afortunadamente, se había diluido al día siguiente, puesto que las vacaciones, repletas de promesas de bienestar, nos estaban esperando. Las de verano, particularmente, más de dos meses donde la playa tendría un absoluto protagonismo. Mi madre organizaba las idas, a modo de safari, con una nevera de gran tamaño abarrotada de comida, en la que no faltaban la tortilla de patatas y los filetes empanados. La sandía se enterraba en la orilla, generalmente con algún elemento visible para diferenciarlas de tantas otras. Mis utensilios de playa eran, invariablemente, unas gafas de buzo y un rastrillo de red de malla, más conocido como rastrillo para las almejas, en un tiempo donde había posibilidades de recolectar moluscos enterrados en la orilla. Como cualquier niño de la época, yo entraba en el agua y, salvo para el almuerzo, ignorando, a pesar de los imperativos de mi madre, aquella regla de dos o tres horas sin bañarse para evitar los cortes de digestión, apenas salía de ella hasta la hora de regreso, al atardecer. 

Por la noche, toda la familia íbamos al cine de verano, que comenzaba a las diez de la noche,  al aire libre, con sillas metálicas, que funcionaban como salas de proyección temporales durante los meses estivales. Había tantas terrazas de verano como barrios en la ciudad; solo había que elegir el mejor programa doble que se adaptara a nuestros gustos. Las películas solían estar cortadas, es decir, aligeradas de metraje, para que esas sesiones nocturnas no se extendieran excesivamente. Cuando el salto entre una escena y otra era abrupta, la imagen se desenfocaba o incluso se quemaba, el ritual del público era gritar "¡Gafas!", la reacción unánime y humorística del público a esos fallos técnicos constantes, convirtiendo las interrupciones en un auténtico ritual colectivo. A veces, también estallaba una pelea, en algún punto del recinto, creando expectación en gran parte de los allí presentes, que se levantaban de sus asientos, creando un remolino y exclamando al unísono "¡Toma, toma, toma!". Al cabo de unos minutos, la calma volvía, al menos hasta la siguiente incidencia. 

Sin duda, las vacaciones de verano eran intensas, pero a partir de septiembre, que se reanudaban las clases, comenzábamos a soñar con la Navidad, mientras el invierno comenzaba a extenderse y la llegada de las lluvias invitaba a salir a la calle con las katiuscas, si bien todos las denominábamos simplemente botas de agua. Buscábamos los charcos más profundos, en nuestro afán continuo de aventuras, y por más cuidado que poníamos en ello, acabábamos con barro en nuestras ropas, para disgusto de nuestras madres. Mientras tanto, esperábamos la vuelta de los Reyes Magos en diciembre, lo que se traducía en regalos, con mucha suerte materializados en aquellos juguetes que contemplábamos, embelesados, en los escaparates del barrio, con la nariz pegada a los mismos.  

Más allá de los Madelman y los productos Comansi, otras muchas posibilidades se abrían, cada año, ante nuestros ojos: Scalextric, Ibertren, coches teledirigidos Rico y Payá, Magia Borrás, Exin Castillos, Mecano, Tente, Cine Exín... Mientras nuestros deseos debían esperar hasta el 6 de enero para comprobar si se materializaban o no, las cenas de Nochebuena y Nochevieja se sucedían. En mi casa, el festín estaba asegurado, por los esfuerzos de mi madre de presentar una mesa más que abundante y variada, incluyendo marisco, que a esa edad no era de mi gusto; prefería, a gran diferencia, la carne y los entremeses, sobre todo de jamón y queso. Estos dos últimos productos eran adquiridos por mi padre, al que yo siempre acompañaba, en visita a un populoso mercado, a una carnicería de confianza. Me encantaba ver al tendero elegir uno de los jamones, después de varios tanteos, tocando y presionando aquí y allá, hasta dar con el que consideraba el más óptimo, técnicas que escapaban a mi comprensión. Adquiríamos también una caja de mantecados, con un gran calendario de regalo en el interior de las mismas, que tenían unas dimensiones asombrosas, entre 3 y 5 kilos de productos a granel de los típicos dulces navideños, todos envueltos en papel de seda, que los adultos consumían junto a una copa de anís dulce; los roscos de vino eran mis preferidos, hasta que descubrí las hojaldrinas Matas.  

Mi hermana mayor recuerda que yo jugaba con los muñecos mezclando toda suerte de diálogos, onomatopeyas e incluso música, durante horas. Mis recreaciones seguían una estructura dramática: el inicio (planteamiento), la trama (nudo o desarrollo) y el desenlace (final), en tramas que recuerdo muy elaboradas, inspiradas en las películas del sábado por la tarde, en televisión y sobre todo en mis lecturas de libros y tebeos. El género western era mi preferido y utilizaba cualquier elemento que tuviera a mano, a modo de atrezo: el papel de aluminio que envolvía las tabletas de chocolate, cajas de cartón, plastilina, incluso las latas redondas metálicas de Cola-Cao, al que yo era adicto. Las balas de cañón eran canicas y el sable del general Custer, al que había descubierto en la película Murieron con las botas puestas, un largo clavo hurtado del maletín de herramientas de mi padre. En mis fantasiosos argumentos, yo interpretaba a cada uno de los personajes que me inventaba, olía la pólvora de los revólveres, tocaba la madera de la empalizada del fuerte del ejército, sentía en mi propio cuerpo las heridas provocadas por las flechas de la tribu india de los sioux y tragaba el polvo del desierto, mientras galopaba, desesperado, buscando la ayuda del destacamento militar más cercano. Mi casa, mi barrio, dejaban de existir, reemplazados por aquella realidad, entre virtual y física, que construía con mi desbordante imaginación. 

Al finalizar la década de los 60, yo tenía 7 años. No podía saber que, en el transcurso de la década siguiente, toda la familia nos mudaríamos a otro barrio, dando lugar a otra etapa en mi vida, que intentaré exponer en breve, en la que progresivamente dejé de ser niño, muy a pesar mío, dado que estaba muy apegado a la infancia. Un día, soy incapaz de recordar la edad, mi padre me vio jugando con muñecos Madelman y me dijo, sin ninguna intencionalidad, sino más bien como un simple comentario casual, que si no era ya muy grande para seguir con los muñecos... Ese día dije adiós a mi niñez, al ordenar y guardar todos los incontables juguetes que tenía y regalar gran parte de los mismos, por recomendación de mi madre, al hermano pequeño de uno de mis mejores amigos, de mi misma edad. 

Le debo a mi infancia, rebosante de bienestar y magia, que no cambiaría por ninguna de las actuales, gran parte de la persona que soy: las vidas que trazamos están hechas del mismo material con que se forjan los sueños que tuvimos, siendo niños.  

lunes, 10 de agosto de 2026

En rosa



Juan era considerado un sensible y poético soñador, si bien, en el fondo, sin ser consciente de ello, era un escapista de la realidad, a la que intentaba acercarse a diario con una aplastante ingenuidad, siempre recubierto de ese candor, tan propio de la timidez, que lo caracterizaba. Entrañable al fin, era muy querido por todas las personas que lo conocían, que eran muchas, por más que él, eterno prisionero de la incertidumbre, nunca estuviera seguro de los sentimientos que inspiraba en los demás. 

Esta inseguridad crónica le impidió, durante mucho tiempo, definir sus emociones para con las mujeres que había conocido, siempre dubitativo respecto a sus propios sentimientos de enamoradizo y si estos, acaso, serían correspondidos. El temor a sorprender a una mujer con cuestiones románticas que a ella, en el peor de los casos, ni se le habría ocurrido imaginar, paralizaba cualquier avance en el terreno amoroso, propiciando lo inevitable: todas acababan viendo en él a un amigo sensible y muy especial, pero nada más. Se lo había dicho con frecuencia Agustín, uno de esas escasas personas en las que confiaba plenamente... Si las tratas como amigas, solo verán en ti a un amigo y eso, muchacho, es irreversible..., consejo que prefirió no escuchar. Juan pensaba que sus debilidades emocionales para con las mujeres eran insuperables y, en el fondo, disfrutaba asesorando amores platónicos, que se sucedían prácticamente a diario.

Bastaba un sutil detalle, una leve ráfaga de viento sobre el pelo de la mujer con la que se cruzaba cada mañana, camino a su oficina; las uñas pulcras de aquella administrativa deslizándose por el teclado; la silueta, vista de espaldas, recortada  por un vestido primaveral, de aquella mujer que subía las escaleras... Allá donde ella iba, mis pasos tornaban a seguirla..., Garabateó esta frase en su mente, abstraído en el autobús que lo transportaba al otro extremo de la ciudad.  El objetivo era visitar, como cada fin de semana, a sus padres y almorzar con ellos, si bien tenía por hábito dar antes un paseo por todo el barrio, intentando redescubrir sitios, lugares de su infancia que, transcurridos los años, resultaban irreconocibles. 

Como aquel descampado al que en otro tiempo acudían docenas de niños y niñas, dispuestos a disfrutar de la tarde, bocadillo en mano, con bicicletas, juegos grupales, carreras varias y cualquier otra actividad que surgiera de la imaginación desbordada de aquella niñez inagotable. En su lugar, se erguía una gran colmena de edificios anodinos, rodeada a su vez de asfalto y comercios varios. Estos últimos habían reemplazado a aquellos colmados en los que se vendía de todo, incluida la repostería del día. En la tienda de Catalina, así la llamaban en el barrio, a aquella panadería tan a mano de la casa de sus padres, Juan compraba cada día una palmera de chocolate que engullía con voracidad en escasos minutos... Este niño traga como si no hubiera un mañana, pero siempre está en los huesos... comentaba recurrentemente su madre a alguna vecina... O padece de nervios o le han echado mal de ojo... Respondía cualquiera de ellas. 

Se detuvo unos segundos frente a un pequeño local, con la puerta tapiada y con una maltrecha marquesina, aún legible: Tienda Paco, compro/vendo novelas. El tal Paco fue un hombre mayor, jorobado, siempre de mal humor y rodeado de pilas enormes de libros y tebeos, estos últimos permanentemente anhelados por Juan. Siempre que llegaba a sus manos algunas monedas, corría hasta el maloliente local, para hacer el trueque de alguno de sus tebeos por algún otro de la tienda, aportando una cantidad simbólica por cada cambio. Buscaba entre aquellos montones, con intenso anhelo, esperando toparse con tal o cual ejemplar, haciendo caso omiso de los gritos del jorobado: ... Tebeos que rompáis, tebeos que pagaréis, niños, con cuidado... 

En contraste, la papelería cercana era otra cosa. En su interior, bocanadas concentradas de caucho dulce, talco y resina que inundaban su rostro. Era un aroma limpio, casi medicinal, pero cargado de una extraña calidez protectora. Aquel olor significaba septiembre, estrenar estuche, el roce del lápiz afilado sobre la hoja en blanco y la maravillosa certeza de que, si te equivocabas, siempre podías volver a empezar. Y su olor preferido, el que siempre buscaba, el de la clásica goma rectangular, bicolor, partida entre el rosa y el azul que siempre acababa mordisqueando. En la cristalera de lo que hoy era una zapatería le pareció ver la imagen del amable señor Julián, mostrándole diferentes modelos de reglas y compás, así como láminas de dibujo de Freixas.    

... Pero hijo, ¿ni una sola novia? Hay chicas guapas hasta debajo de las piedras... Juan devoraba aquella paella con pulpo, junto a sus padres, en el salón de la casa familiar, mientras la radio insistía en deslizar por la estancia las noticias del día... Para mujeres siempre hay tiempo, deja al chico tranquilo..., sentenció su padre, que hizo girar la conversación a los últimos libros que habían leído; no en vano ambos eran lectores empedernidos... El día que los dos unáis vuestras bibliotecas, habrá que comprar un piso con estanterías por todas las paredes..., bromeó la madre de Juan, mientras servía un gran bol de natillas con galletas, el postre preferido de su hijo, que volvía a tener diez años, sumergido en una dulce regresión de domingo por la tarde, al abrigo del calor del refugio familiar, con los tres acurrucados en el sofá, dormitando mientras el televisor reproducía una vieja copia en VHS de Tarzán en Nueva York, elegida especialmente para Juan por su padre, que comenzó a roncar justo en los títulos de crédito de la película. 

Teresa gritaba cada una de las comandas con todos sus pulmones, para que el ayudante de cocina no albergara ninguna duda, mientras el resto de sus sentidos estaba puesto en la abarrotada barra, cuya clientela pugnaba entre sí por la enésima caña de cerveza, siempre bien tirada, a decir de la clientela, por aquella mujer que regentaba el exitoso restaurante con una energía que parecía inagotable. Las tapas seguían siendo uno de los artífices del éxito: sabrosas, variadas y siempre abundantes, como las migas de ese día, que devoraba aquel público variopinto: parejas, familias, grupos de amigos, muchos abuelos y, en general, bastantes vecinos del populoso barrio que a aquella hora, se dejaban caer justo en medio de aquel bullicio, tentados por las tapas de la Tere, así se llamaba el mesón con el que Teresa emprendió su propia aventura empresarial, hacía ya años, y con el que no podía estar más contenta. El crédito que lo había posibilitado estaba ya amortizado y había comprado un piso aportando una buena entrada al banco. 

... ¡A ver un buen plato de migas para don Cosme, ya, ahora mismo!..., ordenó Teresa, en cuanto vio entrar por la puerta al párroco del barrio, un hombre maduro, siempre sonriente, muy influyente entre sus feligreses, a los que escuchaba y ayudaba en todo lo que podía. Era vox populi que don Cosme era temido por las mujeres más jóvenes, que aseguraban que aquel cura les tocaba el culo a la menor ocasión, pero nadie daba especial crédito a esta cuestión, que se consideraba, en todo caso, un mal menor, en comparación con los desvelos de aquel hombre para con las familias que se acercaban a él para exponerle sus problemas. Incansable, se ponía en contacto con Cáritas, con los servicios sociales o directamente con el alcalde... Lo importante no son los problemas, son las soluciones...,  solía decir siempre. Teresa nunca le cobraba la consumición, consciente de la autoridad de aquel personaje entre su clientela. 

Cuando al fin Teresa pudo sentarse, junto a sus tres empleados, habían pasado no pocas horas. El almuerzo de todos ellos consistía en una suerte de merienda cena en la que el cocinero y su ayudante siempre se esmeraban, de nuevo instados al respecto por aquella mujer que sabía que gran parte del alma de su negocio se sustentaba en mimar a aquellas dos personas, el cocinero y su ayudante, que lo daban todo entre fogones, motivados y bien pagados por Teresa. 

Había que celebrar el final de la intensa jornada de trabajo y ese domingo había sido especialmente intenso. Pedrillo, el camarero, un joven de inteligencia límite pero siempre muy entregado a su trabajo, lo celebró a su manera, cantando a capela por Maluma, asombrosamente afinado, en los postres. Era sobrino de Teresa y gracias a ella, aquel muchacho había pasado de ser el tonto del barrio al camarero, eficaz y eficiente, del restaurante, después de un dilatado tiempo de práctica, entre las mesas. Finalizada la comida, se planeaba de forma concienzuda la jornada del día siguiente: ... Menú de mañana, chicos, he pensado que una cazuela de fideos de primero, para aprovechar los restos de los mariscos, y de segundo filetes de pollo empanado; me han informado que mañana las pechugas estarán muy bien de precio...  

Teresa soñaba, como cada noche, con la bañera de su casa, que llenaba de sales y aceites esenciales. Cuando se sumergía en ella, con una máscara térmica sobre su rostro, se sentía liberada del cansancio, pero también, durante unos momentos, de la feroz monotonía de su vida, de la que solo ella era consciente. Para el resto de personas, ella era la infatigable dueña del restaurante, incombustible, de vitalidad contagiosa y con un don natural para conversar y conectar con cualquier cliente. Ciertamente, Teresa, desde pequeña, tenía una intuición especial: adivinaba o así lo creía, prácticamente enseguida, las características de la personalidad de cualquiera, observando su forma de vestir, de mirar, su voz... Simple psicología de barra de bar... solía decir. Cualidades que había aplicado con ahínco al plano profesional, que le había absorbido gran parte del tiempo de su vida, desde hacía años. Un dilatado periodo en el que sus amigas de la infancia, la adolescencia, se habían convertido, a su vez, no solo en profesionales, también en esposas, madres, amigas, sin dejar nunca de mostrarse sexys, atractivas. Teresa se esforzó, en vano, en recordar su última visita a la peluquería. 

Los hombres de su vida se contaban con los dedos de una mano. El último novio de Teresa, si acaso se pudo llamar así, fue aquel camionero que estuvo una semana por la zona, residiendo en un hostal, mientras arreglaban el motor de su vehículo. Un simple cliente que aparecía cada mañana en el bar para desayunar, fornido, de aspecto vulgar, desaseado y con testosterona en los ojos, muy bueno en la cama, pero que tras unas horas de placer, cerraba los ojos y se ponía a roncar. En cuanto su camión estuvo listo, desapareció, sin despedirse. Y ya habían pasado meses de aquello. Los anteriores habían seguido una línea parecida: un conocimiento superficial, sexo y poco más... Sé cómo son los hombres, pero no los conozco, pensó, mientras sumergía la cabeza en la bañera, prometiéndose a sí misma que al día siguiente buscaría un hueco para comprar ropa, arreglarse el pelo y las uñas. O que al menos, lo intentaría. 

Repasó, dando sorbos al último té verde del día, el álbum familiar y allí, en numerosas fotografías, estaba su entrañable abuela Rosario, que en vida parecía inmortal. Era imposible concebirla fuera del espacio y el tiempo de la casa familiar, omnipresente, siempre dejando rastros de sabiduría en todas sus frases, extraídas del pozo de conocimiento, que parecía infinito, de su propia vida... A los quince, la que quisiere; a los veinticinco, la que pluguiera; y a los treinta y cinco, la que viniere..., le había dicho más de una vez, un refrán que Teresa no llegó a entender hasta mucho más tarde, cuando precisamente se acercaba a los treinta años. 

Nunca había pensado en los hombres como un objetivo romántico, compañeros de vida, una relación basada en el apoyo, la comprensión mutua, en proyectos comunes. Los que había conocido habían sido simples empotradores fugaces y en definitiva, jamás había estado enamorada. Ni siquiera sabía en qué consistiría ese estado y aún menos cómo llegar hasta él. De nuevo, recordó otro refrán de su abuela, que parecía estar allí mismo, a su lado, tejiendo croché: ... El que quiere azul celeste, que le cueste...  El problema de Teresa era de grandes dimensiones: no tenía ni idea de cómo y dónde buscar y aún menos qué buscar. Y dudaba, a esas alturas, que alguien la buscara a ella... Ya lo pensaré mañana... se dijo a sí misma, con más resignación que convencimiento, justo antes de acostarse. 

Juan comprobaba los documentos a modo de disecciones. Comprobaba incluso las comas, tal era el minucioso trabajo que gustaba desarrollar desde su puesto de absoluta confianza, en aquella céntrica notaría en la que ejercía de oficial de don Pedro, un hombre entrado en años y que, a pesar de la intensa actividad diaria, solía quedarse dormido, de manera súbita, en el sillón de su despacho. Cuando ello ocurría, Juan se acercaba sigilosamente al notario y le susurraba al oído la frase... Don Pedro, su firma..., que hacía volver a este, de inmediato, al mundo de los vivos. Un ritual constante que divertía al resto del personal, auxiliares, copistas, contables y recepcionistas, que tenían en muy alta estima a Juan, como compañero siempre eficaz y eficiente, pero sobre todo por su sencillez y discreción. Ninguno sabía que aquel joven risueño y comprometido con su trabajo, que se entregaba absolutamente, a diario, en sus tareas profesionales, una vez finalizadas estas, hacia las catorce horas, regresaba inmediatamente a las nubes en las que solía habitar.  

A partir de ese momento, el tiempo le pertenecía y lo primero que solía hacer era, salvo en días de lluvia, dar un corto paseo sin rumbo fijo, observando a los transeúntes, dejando volar su imaginación, hasta que, vía metro, volvía a su piso y, tras almorzar algunos de los platos en tupper, preparados por su madre, que abarrotaban el frigorífico, invertía la tarde, siempre con una ecléctica selección musical de fondo, en leer, ver películas y dibujar, afición esta última en la que siempre había destacado y para la que tenía aptitudes notables. 

Esta rutina se veía interrumpida algunas veces por su amigo Agustín, que solía aparecer de repente, siempre acompañado por mujeres, como aquella misma tarde ... Eh, muchacho, estas dos chicas necesitan un café bien cargado de esos que tú haces tan bien, porque en cuanto lo acaben, nos vamos los cuatro de tardeo... Se conocían desde pequeños y se profesaban un amor fraternal que había sobrevivido al tiempo y las circunstancias, sobre todo al rechazo de los padres de Juan, que veían en Agustín un bala perdida. Y es que en efecto, salvo para el deporte, que constituía su medio de vida como entrenador personal en un gimnasio, aquel fornido muchacho era una  persona alocada, irresponsable, de poco juicio, obsesionado con las mujeres y el sexo y que no llevaba un rumbo fijo en la vida, cuestiones que, no obstante, para Juan eran intrascendentes; Agustín era como su hermano y los dos se divertían juntos.  

La tarde transcurrió entre desplazamientos y la localización de la cafetería, en aquel barrio lejano, en la que se representaba una divertida performance de una actriz argentina, Lograron una mesa para cuatro entre el concurrido público asistente y disfrutaron de la representación, abundante en bailes, canciones y el ácido humor de aquella mujer que se presentó a sí misma como indocumentada, sin techo pero artista, a pesar de todo... A la salida, las dos chicas expresaron su deseo de cenar algo y entraron en el primer bar que vieron, Las tapas de la Tere, que para su sorpresa estaba completamente lleno. Aun así,  un inesperado hueco en la barra, al quedarse cuatro taburetes libres, posibilitó que se sentaran, si bien Juan cedió inmediatamente el suyo, a un anciano con bastón, que se movía con dificultad... Gracias, joven, es que se me ha antojado, para cenar, un buen plato de calamares fritos y a mi edad, estos son los pequeños placeres que aún puedo permitirme... 

El gesto amable de Juan que había pasado completamente desapercibido, incluso para sus acompañantes, ya enfrascados en las cervezas, llamó la atención de Teresa, que desde el otro extremo de la barra había observado la escena, que le pareció sutil y hermosa, quizás por el contraste con la indiferencia que solían mostrar  entre sí, diariamente sus clientes; posiblemente porque entre aquel ruido omnipresente, que caracterizaba al restaurante, con la masa de voces superpuestas donde la comunicación se desdibuja, transformándose en un zumbido constante, grave y vibrante, entre tintineos agudos de copas brindando, el choque de platos y cubiertos, así como el golpe seco de los vasos al apoyarse en la barra, aquel gesto amable y desinteresado había sido como un destello fugaz, que se había abierto paso en aquella selva.

El rostro de Juan le pareció afable, un joven de unos veintitantos años, quizás su misma edad; cabello castaño ligeramente desordenado y mirada cálida. Destacaba su sonrisa natural y sincera que ilumina todo su rostro. Observó que las dos mujeres estaban muy interesadas por él, sus miradas se dirigían con frecuencia al muchacho, ignorando la del otro hombre, que no paraba de hablar. Pero aquel joven parecía ajeno a las sugerencias femeninas o más posiblemente, ni siquiera era consciente de las mismas, más atento a las viandas y al humor de su amigo.  

-... Tanto si sois del barrio como si no, os dejo esta publicidad; por detrás están todas las ofertas, ofrecemos de todo, productos muy frescos  y tenemos un menú diario muy económico... - Teresa se había acercado al grupo, pero en realidad hablaba con Juan, mirándole fijamente a los ojos, para asegurarse de que captara el guiño que le hizo ella con el izquierdo, pero que pasara inadvertido a sus acompañantes. La misma táctica que había empleado con sus anteriores ligues. Juan se quedó algo desconcertado y se limitó a dar las gracias a aquella mujer, guardándose la octavilla en el bolsillo. 

Antes de abandonar el restaurante, Juan no pudo evitar mirar a Teresa, con curiosidad. No sabía si aquel guiño había sido un acto reflejo o premeditado y desde luego, dada su natural ingenuidad, dudaba de lo que podía significar. Teresa le devolvió la mirada, sonriente, defraudada consigo misma, pues la táctica no le había funcionado, como en anteriores ocasiones. Juan pensó que ella parecía la dueña del negocio, pero se movía como si estuviera encerrada en una jaula de cristal tras la barra de madera oscura. Era joven, de una voluptuosidad notable, que pasaba desapercibida, no obstante, en todo el amplio espacio ruidoso del local. Con movimientos lentos, limpiaba una copa con un paño blanco, sin dejar de mirarle, como atrapada en su propia rutina nocturna. Juan, inmóvil desde la entrada, sintió que contemplaba un cuadro prohibido, donde la belleza y el encierro compartían el mismo mostrador. 

Al pasar los días, Teresa consiguió sacar tiempo, tal como se había propuesto, si bien escasamente convencida, para entregarse a los rituales, que había olvidado por completo, de estética personal. En aquel salón de manicura, miraba fijamente su mano izquierda, atrapada en la palma enguantada de la manicurista, mientras un palito de naranjo empujaba sus cutículas por tercera vez en diez minutos. El tiempo transcurrió muy lentamente, congelado en un frasco de esmalte semipermanente. Pensaba que le iría mejor en la peluquería; al menos tendría las manos libres. 

El peluquero, un hombre minucioso hasta la desesperación, se tomaba su tiempo con cada mechón. El proceso era hipnótico y plano: peinar hacia arriba, medir con la mirada, cortar un milímetro exacto, y volver a empezar. Teresa intentó evadirse resistiéndose a consultar el móvil, con todos los mensajes de los proveedores. Sin otra escapatoria visual, se vio forzada a mirar su propio reflejo en el espejo, descubriendo imperfecciones en su rostro que nunca antes había notado. 

Recordó, de nuevo, muy a su pesar, el refranero constante de su abuela: ... Doncellita que llegó al tres cero, ya puede ir cerrando su ropero... Teresa, que aún se sentía lejos de esa cifra, nunca había pensado en la edad; quería suponer que no había tenido ni tiempo ni motivos para ello, pero sabía que, en realidad, lo había evitado. Salió de estas reflexiones al ver el peinado finalizado: su melena descuidada y estilo afro rizado había quedado sustituido por aquella imagen que no mostraba a una desconocida, sino a otra versión de sí misma, mantenida oculta durante años bajo un cabello encrespado, indomable y con frecuencia, atado en un moño apresurado. 

El estilista dio el último toque con la plancha y el peine, dejando caer una melena completamente lisa que brillaba como la seda bajo las luces blancas. No era solo el cambio de textura; era la forma en que las puntas desfiladas enmarcaban su mandíbula, suavizaban sus facciones y daban a sus ojos una intensidad que ella misma había olvidado que poseía. El peinado liso y pulido no la ocultaba, la proyectaba. 

Al salir a la calle, el aire de la tarde movió su cabello, pero esta vez no hubo enredos ni caos. La melena regresó a su sitio con una fluidez casi líquida. Teresa caminó con la espalda más recta y la barbilla más alta, sintiendo bienestar con el simple balanceo de su nuevo aspecto. Al cruzarse con el escaparate de una tienda de ropa para mujer, se detuvo a mirar su silueta: se veía elegante, resuelta y sumamente favorecida. Una sonrisa espontánea iluminó su rostro al comprender que no se trataba de vanidad, sino del reencuentro con su propia fuerza a través de un espejo que, por fin, le devolvía la imagen que merecía ver. Entró, decidida, a la tienda.

Juan había conseguido, en una librería de segunda mano, un número considerable de láminas de Emilio Freixas... absolutamente nuevas, sin circular..., así se lo había asegurado el vendedor. Deseaba llegar a su casa, ponerse el chándal y dibujar, cómodamente sentado en la gran mesa del salón, con todos los pertrechos propios de aquellas tardes dedicadas a los esbozos y bosquejos, entre lápices de grafito, carboncillos, blocs y láminas, gomas, entre otros, hasta conseguir dar forma a una ilustración, pues siempre acompañaba de texto sus creaciones. Entre las láminas que había adquirido, había varias dedicadas al rostro femenino y tenía en mente recrear alguna de ellas, dudando si practicar o no con el color. Lo que no tenía dudas era sobre la música de fondo que le acompañaría durante la tarde, un monumental archivo de audios de bandas sonoras de películas. 

El lápiz se deslizaba sobre el papel con una fluidez casi hipnótica, guiado por el ritmo de la música que flotaba en el aire. La habitación se había transformado en el refugio definitivo: la luz cálida de un flexo iluminaba el escritorio, el olor a café recién hecho impregnaba el ambiente y las paredes cubiertas de bocetos lo aislaban por completo del ruido del mundo exterior. En ese rincón sagrado de su casa, el tiempo parecía detenerse. La música distorsionaba la realidad exterior y la convertía en pura inspiración, permitiéndole plasmar, en aquellas hojas en blanco, universos enteros surgidos de cada uno de sus trazos. 

El grafito, moviéndose al ritmo de cada melodía, consolidaba la certeza de que entre esas cuatro paredes, él era el único dueño de su destino, entregado a aquel rostro ovalado que fue surgiendo desde una de las láminas de Freixas. El carboncillo se rompió por segunda vez sobre el papel áspero, ante aquel boceto, borrando y trazando líneas con una entrega que no lograba comprender. Sus dedos se movían por puro instinto, buscando una simetría exacta, una curvatura específica en el pómulo y una mirada que se le escapaba entre los dedos. Intentaba plasmar una caída sutil de los párpados, como si su memoria intentara salvar algo del olvido antes de que fuera demasiado tarde

Dejó el carboncillo y se alejó dos pasos para mirar la lámina. La luz de la tarde entraba oblicua por el ventanal de la habitación, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Juan entrecerró los ojos. En el papel, los trazos inconexos empezaban a cobrar una coherencia magnética. Unos ojos almendrados lo miraban de vuelta, cargados de una melancolía que le resultaba extrañamente familiar. ¿De dónde venía esa expresión? Cerró los ojos, intentando rastrear el origen de la imagen en los laberintos de su mente. No era una fantasía. Su cerebro no creaba de la nada; combinaba retazos de la realidad. Entonces, el repiqueteo metálico de los tenedores contra la loza, el tintineo constante de los vasos. Así como el crujido de las sillas arrastradas, volvieron a resonar como campanas afinadas en medio del bullicio. 

La compuerta de su memoria se abrió de golpe. Su mente consciente había pasado de largo, aquella noche, al finalizar la cena en aquel restaurante. Sin embargo, sus ojos de artista habían registrado el patrón exacto de las sombras de aquel rostro, la inclinación de su cuello y la sutil sonrisa de aquella mujer que le había hecho un guiño. Su subconsciente había procesado la belleza efímera de ese encuentro, exigiendo ser liberado. Juan sonrió, con una mezcla de alivio y asombro. Regresó a la lámina, tomó un trozo nuevo de carboncillo y, esta vez sin dudar, difuminó la sombra del paraguas invisible sobre la frente del dibujo, completando el milagro de la memoria. 

El restaurante de Teresa estaba en plena ebullición, con una clientela que había aumentado exponencialmente, desde aquellas sesiones de restauración, que era como ella denominaba a las visitas a la peluquería, a la que se habían adherido las realizadas a algún salón de belleza. La ropa de trabajo seguía siendo informal, pero más variada y seleccionada, para que su cuerpo tuviera más protagonismo, si bien ella no se había propuesto, conscientemente, realzar sus atributos, ni su belleza; simplemente se había dejado llevar por un impulso interior. Pero lo cierto era que al aliciente de la sabrosa y diaria oferta culinaria, se había unido la propia dueña del negocio, que había alcanzado una asombrosa visibilidad por parte de sus clientes masculinos, hasta hacía poco completamente insospechada, deseosos de redescubrir a una mujer tan atractiva y tan temperamental, pues su carácter, en la gestión del restaurante, no había cambiado un ápice.      

Juan entró al Restaurante de la Tere portando bajo el brazo una carpeta con el dibujo que había logrado terminar en días anteriores. Tras decidir que aquella obra debía pertenecer a su legítima dueña, había tomado el metro tras finalizar la jornada de trabajo en la notaría, con intención de llegar al restaurante para la hora del almuerzo y entregarle a su dueña, así lo suponía, aquel retrato que había surgido, sorpresivamente, de su inconsciente. Al entrar, miró sin ver. Entre el gentío y las mesas atestadas, no alcanzaba a ver a la mujer que buscaba. Pedrillo, el camarero, se ocupó enseguida de él, acomodándole en un rincón de la barra... En minutos podrá sentarse...  ¿Va a tomar el menú?, ¿prefiere la carta?... 

Antes de que el artista pudiera contestar, una  voz femenina sonó a sus espaldas: ... El señor probará el menú, pero antes sírvele una buena cerveza con una tapa de callos... Juan tardó unos segundos en reconocer a Teresa, hasta concluir que, en efecto, allí estaba la mujer que había pintado, pero transformada, difícil de reconocer a primera vista.  Ella lo volvía a mirar fijamente, sonriendo con auténtica calidez.  Él le devolvió la sonrisa y se presentaron: 

-... Yo soy Teresa, la Tere, como me llama todo el mundo... En cuanto has entrado, te he reconocido; estuviste aquí, en la barra, hace unos días, con amigos...  Me alegra mucho que hayas vuelto... - Juan estaba perplejo. Se asombraba de que, entre tanta clientela y semejante bullicio diario, ella pudiera recordarlo precisamente a él, que solo había estado allí una única vez, al menos hacía una semana. Intrigado por aquella retentiva prodigiosa, no pudo contener la curiosidad y le preguntó cómo era posible que se acordara. - ... Dicen que poseo una memoria fotográfica. Creo que es cierto, pero sobre todo con los rostros de las personas que me interesan...  

Teresa estaba eufórica; finalmente, aquel guiño había surtido el efecto deseado y volvió a repetirlo, desconcertando aún más a Juan, que, no obstante, entre bocado y bocado, logró explicarle a Teresa el objetivo de su visita. Ella jamás había recibido un regalo de un hombre y allí, entre sus manos, estaba su sorprendente, fidedigno y delicado retrato, con su peinado anterior, cuyo autor era aquel atractivo joven, que la miraba con timidez y cuya sonrisa era un destello de luz genuina, desprovista de cualquier doblez o malicia. Esos ojos le transmitían sentimientos inéditos, percibía que la dureza del día se evaporaba, incluso el restaurante se volvía más luminoso, como si la pureza de aquella mirada estuviera flotando en el aire.

The Sun Also Rises, había escrito Juan al pie del dibujo, el título de una novela de Hemingway. Teresa iba y venía, siempre al frente del restaurante, alternando las órdenes en la barra con aquella mesa en la que deseaba sentarse. A pesar de todo, Juan logró explicarle su significado: la naturaleza siempre se imponía a lo que era transitorio, al desencanto... Las personas somos efímeras, pero la belleza es eterna... comentó. Esta última frase provocó que Teresa se ruborizara, una reacción a la que siempre había permanecido ajena. Olvidándose del restaurante, se sentó frente a Juan y dejó fluir los sentimientos, en silencio, mientras sus miradas no se apartaban, la una de la otra. Era una conexión magnética, un hilo invisible que tensaba el aire entre sus ojos. 

Ninguno de los dos pestañeaba, temiendo que el más mínimo parpadeo rompiera el hechizo y los devolviera al ruido circundante, que había desaparecido; Teresa lo decía todo, sin articular una sola palabra. Juan comenzó a sentirse desbordado por las emociones que le transmitían aquellos ojos hipnotizantes; se sentía como perdido en un naufragio, sin saber cómo reaccionar, qué hacer, qué palabras emplear. Desbordado, víctima de sí mismo, ahogado por la timidez más profunda y la duda que siempre le carcomía, entró en pánico, incapaz de decidirse entre aquel fascinante momento o la angustia creciente, que lo paralizaba. Se levantó de su silla y abandonó, a toda prisa, el local.

Teresa no se movió, por más que si se hubiera dejado llevar por sus impulsos, habría salido corriendo tras Juan. Contempló, en silencio, su huida y esbozó una sonrisa triste. Gracias a esa facilidad natural para captar la psicología de las personas, pudo intuir lo que le había ocurrido a su pintor y temió no volver a verlo. Mientras tanto, Juan se había refugiado en un autobús, de regreso a su casa, sumido en un mar de dudas. Ni siquiera había sentido el alivio inmediato de la huida, el regreso a su zona de confort. La adrenalina había desaparecido y la cruda realidad se había instalado en su pecho. Una punzada de profunda vergüenza le atenazaba: su peor enemigo era él mismo, su propia timidez. El arrepentimiento lo golpeó con la fuerza de un jarro de agua fría. Deseaba volver, pero temía hacerlo; anhelaba estar junto a Teresa, pero no tenía valor para ello, después de lo que había hecho.

… ¿La camarera de aquel restaurante?... ¿Y te fuiste corriendo, dejándola allí?... Agustín no daba crédito al relato de su amigo. Juan había decidido contárselo todo; si bien no buscaba ningún consejo, únicamente quería compartir sus pensamientos con el único colega que tenía. Agustín, que conocía perfectamente a Juan, evitó hacer comentarios, por más que la actitud de este con Teresa le resultara absolutamente delirante. Se limitó a aconsejarle que, en primer lugar, se tranquilizara y que a continuación, siguiera sus propios impulsos, pero no pudo evitar, finalmente, exponer una cuestión que le preocupaba profundamente… Pero evita la tentación de catalogar esto, a modo de una simple excusa para olvidarlo, como otro amor platónico de los tuyos…

Juan pasó el resto de la tarde dictando líneas sobre el papel, buscando la forma exacta de la chica que le había robado el aliento. Cada trazo era un intento de capturar la luz de su cabello, de su nuevo peinado. El carboncillo manchaba sus dedos mientras dibujaba el contorno de su rostro. Recordaba la forma en que el sol caía sobre ella, filtrándose por las ventanas del restaurante, transformando cada mechón en un hilo de fuego. Con líneas suaves y rápidas, definió la curva de sus pestañas y la seguridad de su sonrisa. No buscaba la perfección simétrica, sino la vibración de su recuerdo. Borraba y volvía a empezar, insistiendo en la mirada. 

El papel se gastaba bajo la goma, pero la silueta cobraba vida poco a poco. Eran trazos cargados de una urgencia silenciosa, la urgencia de quien había descubierto que el amor a primera vista es un fantasma que podía desvanecerse si no se atrapa a tiempo. Cuando la noche tiñó la habitación de sombras, encendió el flexo. La luz directa iluminó el dibujo. Allí estaba ella, mirándolo desde el papel con la misma intensidad que lo había paralizado esa mañana. Dejó caer el lápiz, con el corazón acelerado y los dedos negros de grafito, contemplando el rostro de Teresa.

El agua caliente cubría los hombros de Teresa, pero el verdadero calor seguía atrapado en su pecho. Sumergida en la bañera, cerró los ojos y dejó que la mente regresara al encuentro con Juan. A ese instante suspendido en el tiempo. Había sentido, por primera vez, un flechazo absoluto, de esos que solo ocurren en las películas o en las novelas baratas, pero aquellos ojos no mentían. Él sostuvo la mirada con una fijeza limpia, asombrada, y una sonrisa diminuta, casi involuntaria Ella sintió un vuelco idéntico en el estómago. Durante unos segundos eternos, se pertenecieron en silencio. Un escalofrío delicioso le recorrió la espalda limpia. 

Rozó la superficie del agua con las yemas de los dedos, recreando mentalmente la línea de la mandíbula de Juan. Sabía su nombre, conocía su voz, pero nada más. Pero no tenía dudas de que esa conexión eléctrica y fugaz le había cambiado el pulso de todo el día y albergaba todas las esperanzas para que Juan apareciera de nuevo en su vida.  Alargó la mano hacia el grifo, abrió un hilo de agua caliente para estirar el momento y se hundió un poco más, sonriendo sola en la penumbra del baño, feliz de haberse enamorado perdidamente.

Era sábado y Juan se pasó la mañana visitando, de nuevo, el barrio de su infancia. Llevaba dos cosas consigo: la carpeta en la que guardaba el nuevo dibujo de Teresa y una primera edición, muy antigua, de La montaña mágica, de Thomas Mann, que había adquirido online en una muy conocida web de coleccionismo, como regalo de cumpleaños para su padre, que ese día había invitado a almorzar a gran parte de la familia o al menos a la que pudiera albergar en el piso. Juan iba pensando en la paella de pulpo, mientras su corazón dio un vuelco de nostalgia limpia, desprovista de tristeza. Caminó despacio por la acera agrietada, la misma donde aprendió a montar en bicicleta. Al pasar por la plaza central, vio que la vieja fuente seguía cantando su eterno murmullo de agua. 

Cerró los ojos un instante y casi pudo escuchar las risas de sus amigos de la infancia, el eco del balón rebotando contra la pared de la iglesia. Todo seguía allí, guardado de forma segura en la memoria de aquellos adoquines. Una vecina anciana cruzó la calle cargando una bolsa de la compra. Al mirarlo fijamente, sus ojos cansados se iluminaron. ¡Pero si eres el nieto de Elena! ¡Qué grande estás, hijo!, exclamó con una alegría genuina que conmovió a Juan. Charlaron unos minutos, recordando anécdotas compartidas y poniéndose al día con la naturalidad de quienes comparten un origen común. Juan no sintió la melancolía del tiempo perdido, sino una profunda gratitud. El niño que fue seguía viviendo en ese rincón del mundo y el hombre que era o quería ser, llevaba consigo la fuerza y la alegría de ese barrio que lo había visto crecer. Tras finalizar la sentida celebración en casa de sus padres, de la que Juan disfrutó mucho, encaminó sus pasos hacia el único lugar al que anhelaba volver. 

La tarde caía sobre la plaza y Teresa servía cafés en la barra. Al levantar la mirada hacia la cristalera del restaurante, que no había dejado de mirar, durante todo el día, su corazón dio un vuelco. Allí, en la calle, estaba él, el muchacho de sonrisa tímida y chaqueta vaquera, a una cierta distancia de la puerta. Los ojos de Juan, brillantes y fijos, no se habían apartado, de aquella vidriera, con la esperanza de ver tras ella a Teresa. Ella sintió, de nuevo esa inédita sensación de cálido rubor que le encendía las mejillas. Sin pensarlo dos veces, caminó hacia la salida. Al empujar la puerta, el tintineo del cascabel rompió el silencio de la calle… Yo hablaré por ti, no te preocupes… Tan solo, mírame…  dijo ella con una gran sonrisa. 

Juan parpadeó ante Teresa; al fin se había reencontrado justo con la imagen que había recreado en su dibujo. Aquellos ojos, que desprendían misterio y dulzura, volvieron a  aprisionarlo al instante. No era solo su color profundo lo que fascinaba, sino el torrente de vida y ternura que transmitían. Teresa volvió a ver una magia limpia en la mirada de Juan, una promesa silenciosa que transformaba el ruido del mundo en un susurro lejano… Si vuelves a sentir la necesidad de huir, toma antes mi mano…, susurró a Juan.  El tono gris de la tarde desapareció en un instante, eclipsado por la calidez de un encuentro que ambos sabían que era solo el feliz comienzo de su historia. Justo en esos momentos pasó por allí don Cosme, el párroco del barrio. Se sorprendió al reconocer a Teresa bajo aquella nueva estética y aún más verla tan acaramelada con aquel chico...  ¿Quién se lo hubiera podido imaginar?... Qué se le va a hacer, cosas más raras se han visto..., murmuró para sí. 



  

Despierta, soldado

Y al fin, algo de fresca brisa. Suficiente para que un oasis mental tome forma y que, al menos, por unos momentos, el calor sofocante quede ...