lunes, 10 de agosto de 2026

En rosa



Juan era considerado un sensible y poético soñador, si bien, en el fondo, sin ser consciente de ello, era un escapista de la realidad, a la que intentaba acercarse a diario con una aplastante ingenuidad, siempre recubierto de ese candor, tan propio de la timidez, que lo caracterizaba. Entrañable al fin, era muy querido por todas las personas que lo conocían, que eran muchas, por más que él, eterno prisionero de la incertidumbre, nunca estuviera seguro de los sentimientos que inspiraba en los demás. 

Esta inseguridad crónica le impidió, durante mucho tiempo, definir sus emociones para con las mujeres que había conocido, siempre dubitativo respecto a sus propios sentimientos de enamoradizo y si estos, acaso, serían correspondidos. El temor a sorprender a una mujer con cuestiones románticas que a ella, en el peor de los casos, ni se le habría ocurrido imaginar, paralizaba cualquier avance en el terreno amoroso, propiciando lo inevitable: todas acababan viendo en él a un amigo sensible y muy especial, pero nada más. Se lo había dicho con frecuencia Agustín, uno de esas escasas personas en las que confiaba plenamente... Si las tratas como amigas, solo verán en ti a un amigo y eso, muchacho, es irreversible..., consejo que prefirió no escuchar. Juan pensaba que sus debilidades emocionales para con las mujeres eran insuperables y, en el fondo, disfrutaba asesorando amores platónicos, que se sucedían prácticamente a diario.

Bastaba un sutil detalle, una leve ráfaga de viento sobre el pelo de la mujer con la que se cruzaba cada mañana, camino a su oficina; las uñas pulcras de aquella administrativa deslizándose por el teclado; la silueta, vista de espaldas, recortada  por un vestido primaveral, de aquella mujer que subía las escaleras... Allá donde ella iba, mis pasos tornaban a seguirla..., Garabateó esta frase en su mente, abstraído en el autobús que lo transportaba al otro extremo de la ciudad.  El objetivo era visitar, como cada fin de semana, a sus padres y almorzar con ellos, si bien tenía por hábito dar antes un paseo por todo el barrio, intentando redescubrir sitios, lugares de su infancia que, transcurridos los años, resultaban irreconocibles. 

Como aquel descampado al que en otro tiempo acudían docenas de niños y niñas, dispuestos a disfrutar de la tarde, bocadillo en mano, con bicicletas, juegos grupales, carreras varias y cualquier otra actividad que surgiera de la imaginación desbordada de aquella niñez inagotable. En su lugar, se erguía una gran colmena de edificios anodinos, rodeada a su vez de asfalto y comercios varios. Estos últimos habían reemplazado a aquellos colmados en los que se vendía de todo, incluida la repostería del día. En la tienda de Catalina, así la llamaban en el barrio, a aquella panadería tan a mano de la casa de sus padres, Juan compraba cada día una palmera de chocolate que engullía con voracidad en escasos minutos... Este niño traga como si no hubiera un mañana, pero siempre está en los huesos... comentaba recurrentemente su madre a alguna vecina... O padece de nervios o le han echado mal de ojo... Respondía cualquiera de ellas. 

Se detuvo unos segundos frente a un pequeño local, con la puerta tapiada y con una maltrecha marquesina, aún legible: Tienda Paco, compro/vendo novelas. El tal Paco fue un hombre mayor, jorobado, siempre de mal humor y rodeado de pilas enormes de libros y tebeos, estos últimos permanentemente anhelados por Juan. Siempre que llegaba a sus manos algunas monedas, corría hasta el maloliente local, para hacer el trueque de alguno de sus tebeos por algún otro de la tienda, aportando una cantidad simbólica por cada cambio. Buscaba entre aquellos montones, con intenso anhelo, esperando toparse con tal o cual ejemplar, haciendo caso omiso de los gritos del jorobado: ... Tebeos que rompáis, tebeos que pagaréis, niños, con cuidado... 

En contraste, la papelería cercana era otra cosa. En su interior, bocanadas concentradas de caucho dulce, talco y resina que inundaban su rostro. Era un aroma limpio, casi medicinal, pero cargado de una extraña calidez protectora. Aquel olor significaba septiembre, estrenar estuche, el roce del lápiz afilado sobre la hoja en blanco y la maravillosa certeza de que, si te equivocabas, siempre podías volver a empezar. Y su olor preferido, el que siempre buscaba, el de la clásica goma rectangular, bicolor, partida entre el rosa y el azul que siempre acababa mordisqueando. En la cristalera de lo que hoy era una zapatería le pareció ver la imagen del amable señor Julián, mostrándole diferentes modelos de reglas y compás, así como láminas de dibujo de Freixas.    

... Pero hijo, ¿ni una sola novia? Hay chicas guapas hasta debajo de las piedras... Juan devoraba aquella paella con pulpo, junto a sus padres, en el salón de la casa familiar, mientras la radio insistía en deslizar por la estancia las noticias del día... Para mujeres siempre hay tiempo, deja al chico tranquilo..., sentenció su padre, que hizo girar la conversación a los últimos libros que habían leído; no en vano ambos eran lectores empedernidos... El día que los dos unáis vuestras bibliotecas, habrá que comprar un piso con estanterías por todas las paredes..., bromeó la madre de Juan, mientras servía un gran bol de natillas con galletas, el postre preferido de su hijo, que volvía a tener diez años, sumergido en una dulce regresión de domingo por la tarde, al abrigo del calor del refugio familiar, con los tres acurrucados en el sofá, dormitando mientras el televisor reproducía una vieja copia en VHS de Tarzán en Nueva York, elegida especialmente para Juan por su padre, que comenzó a roncar justo en los títulos de crédito de la película. 

Teresa gritaba cada una de las comandas con todos sus pulmones, para que el ayudante de cocina no albergara ninguna duda, mientras el resto de sus sentidos estaba puesto en la abarrotada barra, cuya clientela pugnaba entre sí por la enésima caña de cerveza, siempre bien tirada, a decir de la clientela, por aquella mujer que regentaba el exitoso restaurante con una energía que parecía inagotable. Las tapas seguían siendo uno de los artífices del éxito: sabrosas, variadas y siempre abundantes, como las migas de ese día, que devoraba aquel público variopinto: parejas, familias, grupos de amigos, muchos abuelos y, en general, bastantes vecinos del populoso barrio que a aquella hora, se dejaban caer justo en medio de aquel bullicio, tentados por las tapas de la Tere, así se llamaba el mesón con el que Teresa emprendió su propia aventura empresarial, hacía ya años, y con el que no podía estar más contenta. El crédito que lo había posibilitado estaba ya amortizado y había comprado un piso aportando una buena entrada al banco. 

... ¡A ver un buen plato de migas para don Cosme, ya, ahora mismo!..., ordenó Teresa, en cuanto vio entrar por la puerta al párroco del barrio, un hombre maduro, siempre sonriente, muy influyente entre sus feligreses, a los que escuchaba y ayudaba en todo lo que podía. Era vox populi que don Cosme era temido por las mujeres más jóvenes, que aseguraban que aquel cura les tocaba el culo a la menor ocasión, pero nadie daba especial crédito a esta cuestión, que se consideraba, en todo caso, un mal menor, en comparación con los desvelos de aquel hombre para con las familias que se acercaban a él para exponerle sus problemas. Incansable, se ponía en contacto con Cáritas, con los servicios sociales o directamente con el alcalde... Lo importante no son los problemas, son las soluciones...,  solía decir siempre. Teresa nunca le cobraba la consumición, consciente de la autoridad de aquel personaje entre su clientela. 

Cuando al fin Teresa pudo sentarse, junto a sus tres empleados, habían pasado no pocas horas. El almuerzo de todos ellos consistía en una suerte de merienda cena en la que el cocinero y su ayudante siempre se esmeraban, de nuevo instados al respecto por aquella mujer que sabía que gran parte del alma de su negocio se sustentaba en mimar a aquellas dos personas, el cocinero y su ayudante, que lo daban todo entre fogones, motivados y bien pagados por Teresa. 

Había que celebrar el final de la intensa jornada de trabajo y ese domingo había sido especialmente intenso. Pedrillo, el camarero, un joven de inteligencia límite pero siempre muy entregado a su trabajo, lo celebró a su manera, cantando a capela por Maluma, asombrosamente afinado, en los postres. Era sobrino de Teresa y gracias a ella, aquel muchacho había pasado de ser el tonto del barrio al camarero, eficaz y eficiente, del restaurante, después de un dilatado tiempo de práctica, entre las mesas. Finalizada la comida, se planeaba de forma concienzuda la jornada del día siguiente: ... Menú de mañana, chicos, he pensado que una cazuela de fideos de primero, para aprovechar los restos de los mariscos, y de segundo filetes de pollo empanado; me han informado que mañana las pechugas estarán muy bien de precio...  

Teresa soñaba, como cada noche, con la bañera de su casa, que llenaba de sales y aceites esenciales. Cuando se sumergía en ella, con una máscara térmica sobre su rostro, se sentía liberada del cansancio, pero también, durante unos momentos, de la feroz monotonía de su vida, de la que solo ella era consciente. Para el resto de personas, ella era la infatigable dueña del restaurante, incombustible, de vitalidad contagiosa y con un don natural para conversar y conectar con cualquier cliente. Ciertamente, Teresa, desde pequeña, tenía una intuición especial: adivinaba o así lo creía, prácticamente enseguida, las características de la personalidad de cualquiera, observando su forma de vestir, de mirar, su voz... Simple psicología de barra de bar... solía decir. Cualidades que había aplicado con ahínco al plano profesional, que le había absorbido gran parte del tiempo de su vida, desde hacía años. Un dilatado periodo en el que sus amigas de la infancia, la adolescencia, se habían convertido, a su vez, no solo en profesionales, también en esposas, madres, amigas, sin dejar nunca de mostrarse sexys, atractivas. Teresa se esforzó, en vano, en recordar su última visita a la peluquería. 

Los hombres de su vida se contaban con los dedos de una mano. El último novio de Teresa, si acaso se pudo llamar así, fue aquel camionero que estuvo una semana por la zona, residiendo en un hostal, mientras arreglaban el motor de su vehículo. Un simple cliente que aparecía cada mañana en el bar para desayunar, fornido, de aspecto vulgar, desaseado y con testosterona en los ojos, muy bueno en la cama, pero que tras unas horas de placer, cerraba los ojos y se ponía a roncar. En cuanto su camión estuvo listo, desapareció, sin despedirse. Y ya habían pasado meses de aquello. Los anteriores habían seguido una línea parecida: un conocimiento superficial, sexo y poco más... Sé cómo son los hombres, pero no los conozco, pensó, mientras sumergía la cabeza en la bañera, prometiéndose a sí misma que al día siguiente buscaría un hueco para comprar ropa, arreglarse el pelo y las uñas. O que al menos, lo intentaría. 

Repasó, dando sorbos al último té verde del día, el álbum familiar y allí, en numerosas fotografías, estaba su entrañable abuela Rosario, que en vida parecía inmortal. Era imposible concebirla fuera del espacio y el tiempo de la casa familiar, omnipresente, siempre dejando rastros de sabiduría en todas sus frases, extraídas del pozo de conocimiento, que parecía infinito, de su propia vida... A los quince, la que quisiere; a los veinticinco, la que pluguiera; y a los treinta y cinco, la que viniere..., le había dicho más de una vez, un refrán que Teresa no llegó a entender hasta mucho más tarde, cuando precisamente se acercaba a los treinta años. 

Nunca había pensado en los hombres como un objetivo romántico, compañeros de vida, una relación basada en el apoyo, la comprensión mutua, en proyectos comunes. Los que había conocido habían sido simples empotradores fugaces y en definitiva, jamás había estado enamorada. Ni siquiera sabía en qué consistiría ese estado y aún menos cómo llegar hasta él. De nuevo, recordó otro refrán de su abuela, que parecía estar allí mismo, a su lado, tejiendo croché: ... El que quiere azul celeste, que le cueste...  El problema de Teresa era de grandes dimensiones: no tenía ni idea de cómo y dónde buscar y aún menos qué buscar. Y dudaba, a esas alturas, que alguien la buscara a ella... Ya lo pensaré mañana... se dijo a sí misma, con más resignación que convencimiento, justo antes de acostarse. 

Juan comprobaba los documentos a modo de disecciones. Comprobaba incluso las comas, tal era el minucioso trabajo que gustaba desarrollar desde su puesto de absoluta confianza, en aquella céntrica notaría en la que ejercía de oficial de don Pedro, un hombre entrado en años y que, a pesar de la intensa actividad diaria, solía quedarse dormido, de manera súbita, en el sillón de su despacho. Cuando ello ocurría, Juan se acercaba sigilosamente al notario y le susurraba al oído la frase... Don Pedro, su firma..., que hacía volver a este, de inmediato, al mundo de los vivos. Un ritual constante que divertía al resto del personal, auxiliares, copistas, contables y recepcionistas, que tenían en muy alta estima a Juan, como compañero siempre eficaz y eficiente, pero sobre todo por su sencillez y discreción. Ninguno sabía que aquel joven risueño y comprometido con su trabajo, que se entregaba absolutamente, a diario, en sus tareas profesionales, una vez finalizadas estas, hacia las catorce horas, regresaba inmediatamente a las nubes en las que solía habitar.  

A partir de ese momento, el tiempo le pertenecía y lo primero que solía hacer era, salvo en días de lluvia, dar un corto paseo sin rumbo fijo, observando a los transeúntes, dejando volar su imaginación, hasta que, vía metro, volvía a su piso y, tras almorzar algunos de los platos en tupper, preparados por su madre, que abarrotaban el frigorífico, invertía la tarde, siempre con una ecléctica selección musical de fondo, en leer, ver películas y dibujar, afición esta última en la que siempre había destacado y para la que tenía aptitudes notables. 

Esta rutina se veía interrumpida algunas veces por su amigo Agustín, que solía aparecer de repente, siempre acompañado por mujeres, como aquella misma tarde ... Eh, muchacho, estas dos chicas necesitan un café bien cargado de esos que tú haces tan bien, porque en cuanto lo acaben, nos vamos los cuatro de tardeo... Se conocían desde pequeños y se profesaban un amor fraternal que había sobrevivido al tiempo y las circunstancias, sobre todo al rechazo de los padres de Juan, que veían en Agustín un bala perdida. Y es que en efecto, salvo para el deporte, que constituía su medio de vida como entrenador personal en un gimnasio, aquel fornido muchacho era una  persona alocada, irresponsable, de poco juicio, obsesionado con las mujeres y el sexo y que no llevaba un rumbo fijo en la vida, cuestiones que, no obstante, para Juan eran intrascendentes; Agustín era como su hermano y los dos se divertían juntos.  

La tarde transcurrió entre desplazamientos y la localización de la cafetería, en aquel barrio lejano, en la que se representaba una divertida performance de una actriz argentina, Lograron una mesa para cuatro entre el concurrido público asistente y disfrutaron de la representación, abundante en bailes, canciones y el ácido humor de aquella mujer que se presentó a sí misma como indocumentada, sin techo pero artista, a pesar de todo... A la salida, las dos chicas expresaron su deseo de cenar algo y entraron en el primer bar que vieron, Las tapas de la Tere, que para su sorpresa estaba completamente lleno. Aun así,  un inesperado hueco en la barra, al quedarse cuatro taburetes libres, posibilitó que se sentaran, si bien Juan cedió inmediatamente el suyo, a un anciano con bastón, que se movía con dificultad... Gracias, joven, es que se me ha antojado, para cenar, un buen plato de calamares fritos y a mi edad, estos son los pequeños placeres que aún puedo permitirme... 

El gesto amable de Juan que había pasado completamente desapercibido, incluso para sus acompañantes, ya enfrascados en las cervezas, llamó la atención de Teresa, que desde el otro extremo de la barra había observado la escena, que le pareció sutil y hermosa, quizás por el contraste con la indiferencia que solían mostrar  entre sí, diariamente sus clientes; posiblemente porque entre aquel ruido omnipresente, que caracterizaba al restaurante, con la masa de voces superpuestas donde la comunicación se desdibuja, transformándose en un zumbido constante, grave y vibrante, entre tintineos agudos de copas brindando, el choque de platos y cubiertos, así como el golpe seco de los vasos al apoyarse en la barra, aquel gesto amable y desinteresado había sido como un destello fugaz, que se había abierto paso en aquella selva.

El rostro de Juan le pareció afable, un joven de unos veintitantos años, quizás su misma edad; cabello castaño ligeramente desordenado y mirada cálida. Destacaba su sonrisa natural y sincera que ilumina todo su rostro. Observó que las dos mujeres estaban muy interesadas por él, sus miradas se dirigían con frecuencia al muchacho, ignorando la del otro hombre, que no paraba de hablar. Pero aquel joven parecía ajeno a las sugerencias femeninas o más posiblemente, ni siquiera era consciente de las mismas, más atento a las viandas y al humor de su amigo.  

-... Tanto si sois del barrio como si no, os dejo esta publicidad; por detrás están todas las ofertas, ofrecemos de todo, productos muy frescos  y tenemos un menú diario muy económico... - Teresa se había acercado al grupo, pero en realidad hablaba con Juan, mirándole fijamente a los ojos, para asegurarse de que captara el guiño que le hizo ella con el izquierdo, pero que pasara inadvertido a sus acompañantes. La misma táctica que había empleado con sus anteriores ligues. Juan se quedó algo desconcertado y se limitó a dar las gracias a aquella mujer, guardándose la octavilla en el bolsillo. 

Antes de abandonar el restaurante, Juan no pudo evitar mirar a Teresa, con curiosidad. No sabía si aquel guiño había sido un acto reflejo o premeditado y desde luego, dada su natural ingenuidad, dudaba de lo que podía significar. Teresa le devolvió la mirada, sonriente, defraudada consigo misma, pues la táctica no le había funcionado, como en anteriores ocasiones. Juan pensó que ella parecía la dueña del negocio, pero se movía como si estuviera encerrada en una jaula de cristal tras la barra de madera oscura. Era joven, de una voluptuosidad notable, que pasaba desapercibida, no obstante, en todo el amplio espacio ruidoso del local. Con movimientos lentos, limpiaba una copa con un paño blanco, sin dejar de mirarle, como atrapada en su propia rutina nocturna. Juan, inmóvil desde la entrada, sintió que contemplaba un cuadro prohibido, donde la belleza y el encierro compartían el mismo mostrador. 

Al pasar los días, Teresa consiguió sacar tiempo, tal como se había propuesto, si bien escasamente convencida, para entregarse a los rituales, que había olvidado por completo, de estética personal. En aquel salón de manicura, miraba fijamente su mano izquierda, atrapada en la palma enguantada de la manicurista, mientras un palito de naranjo empujaba sus cutículas por tercera vez en diez minutos. El tiempo transcurrió muy lentamente, congelado en un frasco de esmalte semipermanente. Pensaba que le iría mejor en la peluquería; al menos tendría las manos libres. 

El peluquero, un hombre minucioso hasta la desesperación, se tomaba su tiempo con cada mechón. El proceso era hipnótico y plano: peinar hacia arriba, medir con la mirada, cortar un milímetro exacto, y volver a empezar. Teresa intentó evadirse resistiéndose a consultar el móvil, con todos los mensajes de los proveedores. Sin otra escapatoria visual, se vio forzada a mirar su propio reflejo en el espejo, descubriendo imperfecciones en su rostro que nunca antes había notado. 

Recordó, de nuevo, muy a su pesar, el refranero constante de su abuela: ... Doncellita que llegó al tres cero, ya puede ir cerrando su ropero... Teresa, que aún se sentía lejos de esa cifra, nunca había pensado en la edad; quería suponer que no había tenido ni tiempo ni motivos para ello, pero sabía que, en realidad, lo había evitado. Salió de estas reflexiones al ver el peinado finalizado: su melena descuidada y estilo afro rizado había quedado sustituido por aquella imagen que no mostraba a una desconocida, sino a otra versión de sí misma, mantenida oculta durante años bajo un cabello encrespado, indomable y con frecuencia, atado en un moño apresurado. 

El estilista dio el último toque con la plancha y el peine, dejando caer una melena completamente lisa que brillaba como la seda bajo las luces blancas. No era solo el cambio de textura; era la forma en que las puntas desfiladas enmarcaban su mandíbula, suavizaban sus facciones y daban a sus ojos una intensidad que ella misma había olvidado que poseía. El peinado liso y pulido no la ocultaba, la proyectaba. 

Al salir a la calle, el aire de la tarde movió su cabello, pero esta vez no hubo enredos ni caos. La melena regresó a su sitio con una fluidez casi líquida. Teresa caminó con la espalda más recta y la barbilla más alta, sintiendo bienestar con el simple balanceo de su nuevo aspecto. Al cruzarse con el escaparate de una tienda de ropa para mujer, se detuvo a mirar su silueta: se veía elegante, resuelta y sumamente favorecida. Una sonrisa espontánea iluminó su rostro al comprender que no se trataba de vanidad, sino del reencuentro con su propia fuerza a través de un espejo que, por fin, le devolvía la imagen que merecía ver. Entró, decidida, a la tienda.

Juan había conseguido, en una librería de segunda mano, un número considerable de láminas de Emilio Freixas... absolutamente nuevas, sin circular..., así se lo había asegurado el vendedor. Deseaba llegar a su casa, ponerse el chándal y dibujar, cómodamente sentado en la gran mesa del salón, con todos los pertrechos propios de aquellas tardes dedicadas a los esbozos y bosquejos, entre lápices de grafito, carboncillos, blocs y láminas, gomas, entre otros, hasta conseguir dar forma a una ilustración, pues siempre acompañaba de texto sus creaciones. Entre las láminas que había adquirido, había varias dedicadas al rostro femenino y tenía en mente recrear alguna de ellas, dudando si practicar o no con el color. Lo que no tenía dudas era sobre la música de fondo que le acompañaría durante la tarde, un monumental archivo de audios de bandas sonoras de películas. 

El lápiz se deslizaba sobre el papel con una fluidez casi hipnótica, guiado por el ritmo de la música que flotaba en el aire. La habitación se había transformado en el refugio definitivo: la luz cálida de un flexo iluminaba el escritorio, el olor a café recién hecho impregnaba el ambiente y las paredes cubiertas de bocetos lo aislaban por completo del ruido del mundo exterior. En ese rincón sagrado de su casa, el tiempo parecía detenerse. La música distorsionaba la realidad exterior y la convertía en pura inspiración, permitiéndole plasmar, en aquellas hojas en blanco, universos enteros surgidos de cada uno de sus trazos. 

El grafito, moviéndose al ritmo de cada melodía, consolidaba la certeza de que entre esas cuatro paredes, él era el único dueño de su destino, entregado a aquel rostro ovalado que fue surgiendo desde una de las láminas de Freixas. El carboncillo se rompió por segunda vez sobre el papel áspero, ante aquel boceto, borrando y trazando líneas con una entrega que no lograba comprender. Sus dedos se movían por puro instinto, buscando una simetría exacta, una curvatura específica en el pómulo y una mirada que se le escapaba entre los dedos. Intentaba plasmar una caída sutil de los párpados, como si su memoria intentara salvar algo del olvido antes de que fuera demasiado tarde

Dejó el carboncillo y se alejó dos pasos para mirar la lámina. La luz de la tarde entraba oblicua por el ventanal de la habitación, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Juan entrecerró los ojos. En el papel, los trazos inconexos empezaban a cobrar una coherencia magnética. Unos ojos almendrados lo miraban de vuelta, cargados de una melancolía que le resultaba extrañamente familiar. ¿De dónde venía esa expresión? Cerró los ojos, intentando rastrear el origen de la imagen en los laberintos de su mente. No era una fantasía. Su cerebro no creaba de la nada; combinaba retazos de la realidad. Entonces, el repiqueteo metálico de los tenedores contra la loza, el tintineo constante de los vasos. Así como el crujido de las sillas arrastradas, volvieron a resonar como campanas afinadas en medio del bullicio. 

La compuerta de su memoria se abrió de golpe. Su mente consciente había pasado de largo, aquella noche, al finalizar la cena en aquel restaurante. Sin embargo, sus ojos de artista habían registrado el patrón exacto de las sombras de aquel rostro, la inclinación de su cuello y la sutil sonrisa de aquella mujer que le había hecho un guiño. Su subconsciente había procesado la belleza efímera de ese encuentro, exigiendo ser liberado. Juan sonrió, con una mezcla de alivio y asombro. Regresó a la lámina, tomó un trozo nuevo de carboncillo y, esta vez sin dudar, difuminó la sombra del paraguas invisible sobre la frente del dibujo, completando el milagro de la memoria. 

El restaurante de Teresa estaba en plena ebullición, con una clientela que había aumentado exponencialmente, desde aquellas sesiones de restauración, que era como ella denominaba a las visitas a la peluquería, a la que se habían adherido las realizadas a algún salón de belleza. La ropa de trabajo seguía siendo informal, pero más variada y seleccionada, para que su cuerpo tuviera más protagonismo, si bien ella no se había propuesto, conscientemente, realzar sus atributos, ni su belleza; simplemente se había dejado llevar por un impulso interior. Pero lo cierto era que al aliciente de la sabrosa y diaria oferta culinaria, se había unido la propia dueña del negocio, que había alcanzado una asombrosa visibilidad por parte de sus clientes masculinos, hasta hacía poco completamente insospechada, deseosos de redescubrir a una mujer tan atractiva y tan temperamental, pues su carácter, en la gestión del restaurante, no había cambiado un ápice.      

Juan entró al Restaurante de la Tere portando bajo el brazo una carpeta con el dibujo que había logrado terminar en días anteriores. Tras decidir que aquella obra debía pertenecer a su legítima dueña, había tomado el metro tras finalizar la jornada de trabajo en la notaría, con intención de llegar al restaurante para la hora del almuerzo y entregarle a su dueña, así lo suponía, aquel retrato que había surgido, sorpresivamente, de su inconsciente. Al entrar, miró sin ver. Entre el gentío y las mesas atestadas, no alcanzaba a ver a la mujer que buscaba. Pedrillo, el camarero, se ocupó enseguida de él, acomodándole en un rincón de la barra... En minutos podrá sentarse...  ¿Va a tomar el menú?, ¿prefiere la carta?... 

Antes de que el artista pudiera contestar, una  voz femenina sonó a sus espaldas: ... El señor probará el menú, pero antes sírvele una buena cerveza con una tapa de callos... Juan tardó unos segundos en reconocer a Teresa, hasta concluir que, en efecto, allí estaba la mujer que había pintado, pero transformada, difícil de reconocer a primera vista.  Ella lo volvía a mirar fijamente, sonriendo con auténtica calidez.  Él le devolvió la sonrisa y se presentaron: 

-... Yo soy Teresa, la Tere, como me llama todo el mundo... En cuanto has entrado, te he reconocido; estuviste aquí, en la barra, hace unos días, con amigos...  Me alegra mucho que hayas vuelto... - Juan estaba perplejo. Se asombraba de que, entre tanta clientela y semejante bullicio diario, ella pudiera recordarlo precisamente a él, que solo había estado allí una única vez, al menos hacía una semana. Intrigado por aquella retentiva prodigiosa, no pudo contener la curiosidad y le preguntó cómo era posible que se acordara. - ... Dicen que poseo una memoria fotográfica. Creo que es cierto, pero sobre todo con los rostros de las personas que me interesan...  

Teresa estaba eufórica; finalmente, aquel guiño había surtido el efecto deseado y volvió a repetirlo, desconcertando aún más a Juan, que, no obstante, entre bocado y bocado, logró explicarle a Teresa el objetivo de su visita. Ella jamás había recibido un regalo de un hombre y allí, entre sus manos, estaba su sorprendente, fidedigno y delicado retrato, con su peinado anterior, cuyo autor era aquel atractivo joven, que la miraba con timidez y cuya sonrisa era un destello de luz genuina, desprovista de cualquier doblez o malicia. Esos ojos le transmitían sentimientos inéditos, percibía que la dureza del día se evaporaba, incluso el restaurante se volvía más luminoso, como si la pureza de aquella mirada estuviera flotando en el aire.

The Sun Also Rises, había escrito Juan al pie del dibujo, el título de una novela de Hemingway. Teresa iba y venía, siempre al frente del restaurante, alternando las órdenes en la barra con aquella mesa en la que deseaba sentarse. A pesar de todo, Juan logró explicarle su significado: la naturaleza siempre se imponía a lo que era transitorio, al desencanto... Las personas somos efímeras, pero la belleza es eterna... comentó. Esta última frase provocó que Teresa se ruborizara, una reacción a la que siempre había permanecido ajena. Olvidándose del restaurante, se sentó frente a Juan y dejó fluir los sentimientos, en silencio, mientras sus miradas no se apartaban, la una de la otra. Era una conexión magnética, un hilo invisible que tensaba el aire entre sus ojos. 

Ninguno de los dos pestañeaba, temiendo que el más mínimo parpadeo rompiera el hechizo y los devolviera al ruido circundante, que había desaparecido; Teresa lo decía todo, sin articular una sola palabra. Juan comenzó a sentirse desbordado por las emociones que le transmitían aquellos ojos hipnotizantes; se sentía como perdido en un naufragio, sin saber cómo reaccionar, qué hacer, qué palabras emplear. Desbordado, víctima de sí mismo, ahogado por la timidez más profunda y la duda que siempre le carcomía, entró en pánico, incapaz de decidirse entre aquel fascinante momento o la angustia creciente, que lo paralizaba. Se levantó de su silla y abandonó, a toda prisa, el local.

Teresa no se movió, por más que si se hubiera dejado llevar por sus impulsos, habría salido corriendo tras Juan. Contempló, en silencio, su huida y esbozó una sonrisa triste. Gracias a esa facilidad natural para captar la psicología de las personas, pudo intuir lo que le había ocurrido a su pintor y temió no volver a verlo. Mientras tanto, Juan se había refugiado en un autobús, de regreso a su casa, sumido en un mar de dudas. Ni siquiera había sentido el alivio inmediato de la huida, el regreso a su zona de confort. La adrenalina había desaparecido y la cruda realidad se había instalado en su pecho. Una punzada de profunda vergüenza le atenazaba: su peor enemigo era él mismo, su propia timidez. El arrepentimiento lo golpeó con la fuerza de un jarro de agua fría. Deseaba volver, pero temía hacerlo; anhelaba estar junto a Teresa, pero no tenía valor para ello, después de lo que había hecho.

… ¿La camarera de aquel restaurante?... ¿Y te fuiste corriendo, dejándola allí?... Agustín no daba crédito al relato de su amigo. Juan había decidido contárselo todo; si bien no buscaba ningún consejo, únicamente quería compartir sus pensamientos con el único colega que tenía. Agustín, que conocía perfectamente a Juan, evitó hacer comentarios, por más que la actitud de este con Teresa le resultara absolutamente delirante. Se limitó a aconsejarle que, en primer lugar, se tranquilizara y que a continuación, siguiera sus propios impulsos, pero no pudo evitar, finalmente, exponer una cuestión que le preocupaba profundamente… Pero evita la tentación de catalogar esto, a modo de una simple excusa para olvidarlo, como otro amor platónico de los tuyos…

Juan pasó el resto de la tarde dictando líneas sobre el papel, buscando la forma exacta de la chica que le había robado el aliento. Cada trazo era un intento de capturar la luz de su cabello, de su nuevo peinado. El carboncillo manchaba sus dedos mientras dibujaba el contorno de su rostro. Recordaba la forma en que el sol caía sobre ella, filtrándose por las ventanas del restaurante, transformando cada mechón en un hilo de fuego. Con líneas suaves y rápidas, definió la curva de sus pestañas y la seguridad de su sonrisa. No buscaba la perfección simétrica, sino la vibración de su recuerdo. Borraba y volvía a empezar, insistiendo en la mirada. 

El papel se gastaba bajo la goma, pero la silueta cobraba vida poco a poco. Eran trazos cargados de una urgencia silenciosa, la urgencia de quien había descubierto que el amor a primera vista es un fantasma que podía desvanecerse si no se atrapa a tiempo. Cuando la noche tiñó la habitación de sombras, encendió el flexo. La luz directa iluminó el dibujo. Allí estaba ella, mirándolo desde el papel con la misma intensidad que lo había paralizado esa mañana. Dejó caer el lápiz, con el corazón acelerado y los dedos negros de grafito, contemplando el rostro de Teresa.

El agua caliente cubría los hombros de Teresa, pero el verdadero calor seguía atrapado en su pecho. Sumergida en la bañera, cerró los ojos y dejó que la mente regresara al encuentro con Juan. A ese instante suspendido en el tiempo. Había sentido, por primera vez, un flechazo absoluto, de esos que solo ocurren en las películas o en las novelas baratas, pero aquellos ojos no mentían. Él sostuvo la mirada con una fijeza limpia, asombrada, y una sonrisa diminuta, casi involuntaria Ella sintió un vuelco idéntico en el estómago. Durante unos segundos eternos, se pertenecieron en silencio. Un escalofrío delicioso le recorrió la espalda limpia. 

Rozó la superficie del agua con las yemas de los dedos, recreando mentalmente la línea de la mandíbula de Juan. Sabía su nombre, conocía su voz, pero nada más. Pero no tenía dudas de que esa conexión eléctrica y fugaz le había cambiado el pulso de todo el día y albergaba todas las esperanzas para que Juan apareciera de nuevo en su vida.  Alargó la mano hacia el grifo, abrió un hilo de agua caliente para estirar el momento y se hundió un poco más, sonriendo sola en la penumbra del baño, feliz de haberse enamorado perdidamente.

Era sábado y Juan se pasó la mañana visitando, de nuevo, el barrio de su infancia. Llevaba dos cosas consigo: la carpeta en la que guardaba el nuevo dibujo de Teresa y una primera edición, muy antigua, de La montaña mágica, de Thomas Mann, que había adquirido online en una muy conocida web de coleccionismo, como regalo de cumpleaños para su padre, que ese día había invitado a almorzar a gran parte de la familia o al menos a la que pudiera albergar en el piso. Juan iba pensando en la paella de pulpo, mientras su corazón dio un vuelco de nostalgia limpia, desprovista de tristeza. Caminó despacio por la acera agrietada, la misma donde aprendió a montar en bicicleta. Al pasar por la plaza central, vio que la vieja fuente seguía cantando su eterno murmullo de agua. 

Cerró los ojos un instante y casi pudo escuchar las risas de sus amigos de la infancia, el eco del balón rebotando contra la pared de la iglesia. Todo seguía allí, guardado de forma segura en la memoria de aquellos adoquines. Una vecina anciana cruzó la calle cargando una bolsa de la compra. Al mirarlo fijamente, sus ojos cansados se iluminaron. ¡Pero si eres el nieto de Elena! ¡Qué grande estás, hijo!, exclamó con una alegría genuina que conmovió a Juan. Charlaron unos minutos, recordando anécdotas compartidas y poniéndose al día con la naturalidad de quienes comparten un origen común. Juan no sintió la melancolía del tiempo perdido, sino una profunda gratitud. El niño que fue seguía viviendo en ese rincón del mundo y el hombre que era o quería ser, llevaba consigo la fuerza y la alegría de ese barrio que lo había visto crecer. Tras finalizar la sentida celebración en casa de sus padres, de la que Juan disfrutó mucho, encaminó sus pasos hacia el único lugar al que anhelaba volver. 

La tarde caía sobre la plaza y Teresa servía cafés en la barra. Al levantar la mirada hacia la cristalera del restaurante, que no había dejado de mirar, durante todo el día, su corazón dio un vuelco. Allí, en la calle, estaba él, el muchacho de sonrisa tímida y chaqueta vaquera, a una cierta distancia de la puerta. Los ojos de Juan, brillantes y fijos, no se habían apartado, de aquella vidriera, con la esperanza de ver tras ella a Teresa. Ella sintió, de nuevo esa inédita sensación de cálido rubor que le encendía las mejillas. Sin pensarlo dos veces, caminó hacia la salida. Al empujar la puerta, el tintineo del cascabel rompió el silencio de la calle… Yo hablaré por ti, no te preocupes… Tan solo, mírame…  dijo ella con una gran sonrisa. 

Juan parpadeó ante Teresa; al fin se había reencontrado justo con la imagen que había recreado en su dibujo. Aquellos ojos, que desprendían misterio y dulzura, volvieron a  aprisionarlo al instante. No era solo su color profundo lo que fascinaba, sino el torrente de vida y ternura que transmitían. Teresa volvió a ver una magia limpia en la mirada de Juan, una promesa silenciosa que transformaba el ruido del mundo en un susurro lejano… Si vuelves a sentir la necesidad de huir, toma antes mi mano…, susurró a Juan.  El tono gris de la tarde desapareció en un instante, eclipsado por la calidez de un encuentro que ambos sabían que era solo el feliz comienzo de su historia. Justo en esos momentos pasó por allí don Cosme, el párroco del barrio. Se sorprendió al reconocer a Tere bajo aquella nueva estética y aún más verla tan acaramelada con aquel chico...  ¿Quién se lo hubiera podido imaginar?... Qué se le va a hacer, cosas más raras se han visto..., murmuró para sí. 



  

viernes, 7 de agosto de 2026

Es la bola de cristal


Quizás, solo quizás, bastaría el deseo. Pero intenso, tenaz, adherido a nuestros poros como una obsesión constante, transformándose en una forma de vida, incluso en una obsesión... Así reflexionaba para sí mismo el tarotista, en realidad un simple cuentista que había descubierto el filón comercial que tenían las cartas con algunas mujeres de cierta edad. Como aquella, que escuchaba con anhelo todas las ambiguas afirmaciones que Jorge improvisaba con espontaneidad, siguiendo el hilo de las preguntas y respuestas, casi siempre abundantes en el ámbito romántico. ¡Si, si... ¡tengo esperanzas con ese hombre!, contestó la señora, entre el éxtasis y la enajenación mental. Al finalizar aquel teatro del absurdo, Jorge nunca pedía dinero; simplemente la clientela le daba un donativo, que iba en aumento según reiteraban las visitas, que era lo más frecuente. Bastaba que aquellas personas escucharan promesas halagüeñas a sus propias expectativas o que al menos así lo creyeran.  

... Las mujeres necesitan amar y ser amadas, a cualquier edad. Tienen necesidad de ternura, de escuchar palabras tiernas y amables, que hablen de sentimientos, siendo ella misma el centro del deseo, de la atención constante de ese hombre idealizado, que siempre es el mismo: varonil, alto, atractivo, pero por encima de todo, gentil, sensible, detalloso, que la rodee en todo momento de afecto... expuso Jorge a Antonio, aquella noche, delante de un tanque de cerveza, en el bar que solían verse... ¿Y los hombres no?, preguntó Antonio, ingenuamente. No, no. Somos universos muy distintos. El deseo es nuestro motor y cuando finaliza, comenzamos de nuevo y así constantemente. Las mujeres, por el contrario, se instalan en un territorio en el que reinan las utopías y pugnan por mantenerlo, por conservarlo... Pero lo más sorprendente es que, a pesar de todo, en nuestras vidas, logramos converger, ellas y nosotros, al menos momentáneamente... 

Jorge se guardaba para sí mismo los remordimientos. En el fondo no mentía a sus clientas, pero la realidad era que tejía para ellas un manto trenzado con quimeras. Para difuminar estas sensaciones, se había convencido de que ilusionarlas, hacerlas felices, era un acto honesto, sin duda no desinteresado, pero un hacedor de sueños, como se denominaba a sí mismo, lograba que ellas volvieran a creer en sí mismas, nada menos. Y ese acto no tenía precio, razonó para sus adentros, así que al fin y al cabo bien podía valer un simbólico billete de 10, de 20 euros... 

Todo comenzó por azar, en un pequeño local, a modo de trastero, que le habían cedido sus padres. El objetivo era transformarlo en una tienda de venta y reparación de equipos informáticos, un principio modesto pero profesional, para un  reciente ingeniero con muy escasa predisposición para el trabajo. La idea de trabajar para otras personas se le hacía insoportable y así llevaba meses, tras su graduación, en una suerte de limbo existencial... Pero hijo, todos tus compañeros están comenzando a preparar oposiciones, enviando su currículum a las empresas... Tienes que comenzar a labrarte un futuro..., le había dicho su madre muchas veces, sin ningún resultado. Jorge se dedicaba a dormir, leer, navegar en la web y recorrer la ciudad en bicicleta, incansable y ajeno a cualquier obligación. No era, sin embargo, ningún irresponsable; simplemente era víctima de sí mismo: no tenía la menor idea respecto a qué hacer con su vida. No conseguía proyectarse en ningún futuro hipotético y parecía ajeno al presente, como si una lluvia de nihilismo lo hubiera empapado; a su alrededor, el tiempo parecía haberse detenido y él se sentía a gusto, lejos de cualquier responsabilidad. 

Mientras hacía una desganada limpieza en el local, se topó con caja olvidada, de gran volumen, en cuyo interior, además de libros de literatura juvenil carcomidos por el polvo, encontró aquellas cartas del tarot que algún familiar le había regalado en aquellas lejanas Navidades que transcurrieron en un hospital, estando en observación,  término difuso empleado por los médicos, tras precipitarse de cabeza contra una piedra, cuando corría como una exhalación, compitiendo en velocidad con otros niños, en alguna ladera de los montes cercanos al barrio. En aquellos aburridos días se limitó a leer tranquilamente en la cama y a zamparse a escondidas los bocadillos que le traía su madre, complementando así los frugales almuerzos, pues estaba siempre hambriento, que le servían aquellas religiosas, siempre sonrientes y muy entregadas a su bienestar. No leas tanto, que te va a doler la cabeza, le advertían. 

Aquella baraja de cartas cayó en sus manos la mañana de Reyes, como un regalo especial; enseguida sintió fascinación por aquellas ilustraciones, que el manual describía como símbolos del camino de la vida,  como emociones, trabajo, ideas, bienes materiales y proyecciones para el futuro... Pasó todo el día descifrando los códigos de aquellos arcanos hasta concluir que, al igual que la frase, en observación, que lo había llevado hasta aquella habitación, la interpretación de aquellas cartas podía ser aún más ambigua y subjetiva, a capricho del que las leyera, concluyó. 

Se quedó muy sorprendido cuando una de las monjas insistió, cuando caía la tarde, para que Jorge le echara las cartas y así, dubitativo, con aquella mujer sentada en la cama, a sus pies, hizo justo lo que el manual exponía: barajar, darle a elegir seis cartas y disponer las mismas boca abajo, para ir descubriéndolas una a una, leyendo en voz alta su significado. Tenía muy claro que debía evitar cualquier connotación negativa para con aquella amable anciana. No sabía si ella, simplemente, le estaba haciendo compañía o realmente tenía curiosidad por aquel ámbito místico, pero algo le decía que debía ser muy positivo con esa mujer, sobre todo en el terreno de la salud, así que se inventó espontáneamente, al levantar la última carta, la Sacerdotisa, una parrafada que sonara lo más convincente posible, insistiendo en la buena salud, el bienestar y la felicidad, para con ella y los demás. Como lector incansable, tenía suma facilidad para expresarse. Inmediatamente, Jorge supo que había acertado de pleno: la sonrisa de la monja y sus ojos, que se iluminaron por unos segundos, eran prueba fehaciente de ello. 

Hasta que le dieron el alta, otras monjas pasaron por la habitación de Jorge y con todas se mostró tan fantasioso como generoso, en palabras y mensajes positivos. Con apenas doce años, había descubierto que la felicidad podía sustentarse en simples frases, ficticias o no, a modo de supuestas predicciones, que confirmaran lo que una persona, sencillamente, esperaba escuchar. A su edad, todo aquello le parecía completamente absurdo, además de una responsabilidad difícil de asumir por un niño. Así que respiró aliviado,  cuando le dieron el alta. Al fin pudo dejar atrás aquel teatro improvisado, pues el divertimento inicial pronto había sido sustituido por unos remordimientos que no podía evitar: sentía que se había portado, en el fondo, como un absoluto farsante para con aquellas pobres monjas. Guardó las cartas y el profuso manual en algún cajón de su casa y se olvidó completamente de la quiromancia. 

Hasta aquel día, que aquella polvorienta caja de cartón le devolvió, inesperadamente, entre otros recuerdos de la infancia, aquel tarot con sus figuras alegóricas. No pudo evitar volver a recrearse con la visión de los arcanos, mayores y menores, de difuso recuerdo, que habían vuelto a sus manos. Allí estaban el Loco, el Mago, la Emperatriz...  Oculta entre varios ejemplares polvorientos de la revista Pulgarcito, logró encontrar la guía, la mejor excusa para dejar a un lado las obligaciones para con las tareas de limpieza del local y así, se enfrascó en la lectura (o relectura) de la misma, como en aquel día lejano de la infancia, en el hospital, diluyéndose el tiempo imperceptiblemente. Caía la tarde, cuando Celia, una vecina algo apurada, se acercó al local: ... Jorge, sé que aún no has abierto, pero ¿te puedo traer el ordenador de mi hijo, que tiene problemas?... Él ya te los explicará... Antes de que Jorge pudiera contestar, aquella señora había centrado su atención en las cartas desplegadas sobre una mesa... ¡Anda, no me digas que también echas las cartas!... Aquella mujer, en cuestión de segundos, ya estaba sentada en la mesa, expectante, ante el disgusto de Jorge, que pocas dudas tenía de que Celia, de fuerte personalidad, no concebía un no como respuesta, no en vano su voz estaba siempre presente en el patio del edificio, invariablemente dando órdenes a sus hijos y al marido.  

Volvió a hacer lo que había hecho hacía años, barajar el mazo de cartas y dar a elegir a Celia seis de ellas, pero dudaba lo suyo, para decidir qué clase de lectura positivista podía proporcionar a una mujer como ella, hasta que decidió sorprenderla, tras varias lecturas literales de las cartas: ... Tu existencia es plena, en esta etapa de tu vida, pero te esperan sorpresas que no podrías imaginarte. Las cartas aventuran cambios muy profundos; surgirán otras oportunidades que te mostrarán otros caminos, otra vida feliz, muy distinta a la que llevas... No sabía si había apuntado demasiado alto; temía la reacción de aquella mujer que lo miraba boquiabierta. Pero los ojos de ella volvieron a darle la razón. Sonreía, visiblemente contenta y al irse le dejó, agradecida, un billete de 20 euros sobre la mesa... Es solo una ayudita, para que cuando abras tu negocio...  

Fue su primera clienta involuntaria, a la que seguirían otras muchas: el boca a boca comenzó a surtir efecto y en pocos días, la clientela de mujeres fue multiplicándose, e indirectamente, los ingresos económicos. Jorge nunca supo si tomó la decisión consciente de dedicarse a la cartomancia, dado que en el fondo aquello era divertido, o si fue arrastrado por las circunstancias, pero tenía claro que solo lo haría en horario de tarde; al fin y al cabo, era época estival y tenía la excusa perfecta con sus padres, dado que por las mañanas seguiría trabajando en el local y que no sería hasta septiembre que lo enfocaría a cuestiones profesionales. Con este argumento, logró convencer a su madre, la más incrédula ante semejante propuesta; su padre se limitó a negar con la cabeza, concluyendo, para sus adentros, que su hijo era un absoluto cretino. Ambos, a pesar de todo, seguían depositando esperanzas en aquella futura tienda, para que su hijo sentara algo de cabeza.  

Había transcurrido más de un mes, el verano se aproximaba a su fin, pero el flujo de mujeres seguía siendo incesante. A esas alturas, sus particulares predicciones se exponían a sus clientas en modo piloto automático. Siempre el amor, como leitmotiv inevitable,  a veces también el dinero, pero sobre todo las posibilidades de que la vida, a corto, a medio plazo, pudiera ser distinta y sustancialmente mejor. Bastaban las palabras adecuadas y el tono de voz convincente, así como la amabilidad para con cada una de ellas; de este modo sus palabras siempre surtían el efecto deseado: la autoestima de aquellas mujeres se elevaba y volvían a su mundo con energías renovadas, seguras de sí mismas.

-... Todo lo que quieras, puedes conseguirlo, El Mago es una carta que genera auspicios positivos, que marca el comienzo de algo nuevo; solo tienes que creer en ti misma... 

- ... La Sacerdotisa te sonríe. Debes saber que representa la intuición, la sabiduría interior y el conocimiento oculto. Además, se la relaciona con la capacidad de alcanzar objetivos y convertir en realidad deseos que parecían imposibles... 

- ... Tienes que poner en marcha tu creatividad; la carta de La Emperatriz simboliza el éxito creativo y la belleza. Es la personificación del poder femenino y tú, si quieres y así lo deseas, lograrás los objetivos que te propongas; tu fuerza no tiene límites... 

 -... Tú eres alguien muy, muy especial. El Carro puede indicar el comienzo de un viaje o travesía, así como una pugna contigo misma, porque quieres buscar tu propia verdad y armonía... 

De forma simultánea, el establecimiento tomó forma final, dadas las energías renovadas, hasta hacía poco inimaginables, de Jorge. Por primera vez en su vida, comenzaba a verse proyectado en el futuro, al sentirse identificado, como un modo de vida, con su negocio personal. La inversión de sus padres obró sus frutos: mobiliario, taller, almacén y, sobre todo, el estocaje de mercancías, no excesivo, pero sí suficiente para empezar, relacionadas con todo el ámbito informático, el conjunto de productos guardados según inventario del propio Jorge, listos para su uso o venta. Una más que generosa inversión económica con las mejores perspectivas de futuro. Él sería el único responsable de su propia persona y de sus circunstancias. 

El empoderamiento constante a sus clientas, finalmente, había actuado sobre su propia persona, como una terapia involuntaria: no era consciente de ello, pero comenzaba a creer en sí mismo. En dos días, su negocio comenzaría a  funcionar y su ya lejana apatía se había transformado en una suerte de hiperactividad: listado de proveedores, material a la venta más demandado, todos los elementos claves del taller de reparaciones... Sus padres, muy conscientes del cambio que se estaba produciendo en su hijo, invitaron a diversos familiares a una paella, a modo de celebración de la apertura del Taller de Informática de Jorge, pomposo título para el negocio. Pero antes, toca cerrar la etapa de adivino... pensó Jorge, entre cucharada y cucharada del delicioso arroz. 

Jorge y Antonio compartían, por la noche, la última cerveza del tiempo estival. Su amigo partía a otra provincia, al día siguiente, donde había conseguido una plaza de interino como docente de informática. No estaba nada convencido del trabajo; en el fondo envidiaba a Jorge por tener unos padres que le proporcionaban todo el respaldo económico necesario, pero él, sin esas posibilidades, por algo tenía que empezar. Se iban a echar mucho de menos, se conocían desde pequeños y a Antonio le encantaba escuchar las reflexiones de su amigo y opinar al respecto... 

- ...Creo que haces bien en dejar esa actividad del tarot, vas a acabar mal de la cabeza, a este paso...  comentó Antonio. Jorge reflexionó un momento y respondió

... He estado leyendo sobre el tema y creo que hombres y mujeres gestionamos muy mal las frustraciones; nos sentimos abrumados e inseguros en nuestro propio mundo,  el que hemos construido, si las cosas no se desarrollan como nos gustaría... Es habitual que me digan cosas como “¡Parece que lo has escrito para mí!” o “¡Siento que lees mi mente!”... Es cierto que las personas no somos tan diferentes; creo que todas tenemos las mismas inquietudes, problemas y aspiraciones, pero a diferencia con el hombre, he aprendido que la mujer necesita compartirlas, hablar, autoafirmarse y en última instancia, acabar creyendo en sí mismas, que esos cambios que desean son posibles...

- ... Más que tarotista, has ejercido de coach, con mucha labia, eso sí. Y deja a un lado esos problemas de conciencia, que me vienes contando: todas están renaciendo gracias a ti... ¿Pedimos otra ronda?... 

Se limitó a ir comunicando que cerraba su consulta. Sabía que de nuevo, el boca a boca funcionaría, como así fue. Todos sus sentidos se dirigían, en aquellos días, hacia la gestión de la tienda de informática y su etapa como adivino comenzaba a quedar muy atrás, si bien en el fondo, no pudo evitar echar de menos a sus clientas, con su fragilidad, sus dudas, pero sobre todo por esas miradas luminosas, cuando abrazaban esperanzas por una vida mejor. 

A mediados de septiembre, con trabajo hasta las cejas, tal era la expresión que utilizaba para con su madre cuando le preguntaba al respecto, una sorpresa le aguardaba: Celia, su vecina y primera clienta, entró a la tienda. Hacía tiempo que no la veía y aún más tiempo que no escuchaba sus gritos en el ojopatio del edificio. Se sorprendió por el cambio físico de aquella mujer, más que evidente; parecía sustancialmente más joven. 

- ... Solo he venido a darte las gracias; cuando me leíste las cartas, cambió mi vida, puedes creértelo. Tomé una determinación: me fui con los niños a casa de mi madre, que tiene un piso grande y comencé a buscar trabajo: de limpiadora, de pinche de cocina, de lo que fuera. Un día, vi una peluquería que se traspasaba, que parecía que me estaba esperando; llegué a un acuerdo con la dueña, para pagárselo poco a poco y mira, todo marcha, aunque parezca increíble, de maravilla. Tengo un montón de clientela y por primera vez, en mucho tiempo, soy muy feliz. Tú me transmitiste la confianza que necesitaba, para volver a empezar... 

Jorge estuvo tentando de preguntar a aquella mujer por su marido, pero no fue necesario:

 - ... A mi marido lo mandé a tomar viento; ya le dije que no quería saber nada más de él, un hombre cuya única función en la vida es trabajar, dormir y quejarse de todo y que, si contactaba conmigo, era para firmar los papeles de divorcio... Definitivamente, pensó Jorge, Celia estaba radiante; gracias a esa  metamorfosis milagrosa que ella misma había generado, era otra persona.

-... Celia, tengo que confesarte algo muy importante... - titubeó Jorge- ... O, al menos, muy importante para mí: mis conocimientos del tarot siempre han sido muy, muy limitados. No es que me inventara, al menos no del todo, las cosas que te dije, aquella tarde, cuando me pediste que te echara las cartas, pero gran parte de ellas sí que las improvisé, solo para que escucharas cosas positivas. No tuve mala intención, de verdad, únicamente pensaba que era importante comunicar, de la manera más favorable posible, aquellas cuestiones que creía que una persona necesitaba escuchar. Y lo hice no solo contigo, sino con todas las mujeres que vinieron a verme... 

Celia sonrió abiertamente y soltó una carcajada. 

-... Niño, eso ya lo sabíamos todas. No somos tan tontas. ¿Pero qué mujer se resiste, a un chico guapo y amable, que mirándote a los ojos te asegura que si una quiere, también puede? Mira, es como si soplaran dentro de ti, llenándote de vida y de energía, un soplo que llevas esperando mucho tiempo, algunas toda la vida... Te vuelvo a dar las gracias... Me han dicho que te va muy bien con tu negocio; como a mí, espero que tengas mucha suerte, te la mereces... 

Jorge vio alejarse a Celia, esa mujer menuda capaz de derribar cualquier muro, si se lo proponía. Sus palabras habían sido como un bálsamo. Una de sus clientas le había proporcionado las últimas dosis de empoderamiento que necesitaba. Respiró profundamente, sintiéndose en absoluta plenitud. Quizás, después de todo, debería abrir de nuevo la consulta..., pensó, mientras una chica joven, con el ordenador portátil bajo el brazo, entraba en la tienda. 

lunes, 3 de agosto de 2026

Junto al mar


Y cierro los ojos, herido por la alquimia líquida de un sol que se disuelve en el horizonte, como tinta dorada en el agua, tiñendo las olas con destellos carmesí, violeta y rosa. Pero vuelvo a abrirlos inmediatamente: la sinfonía de los sentidos se refleja en la espuma de plata, que muere en la arena húmeda;  parece recoger los últimos hilos de luz, dejando destellos brillantes antes de retirarse en silencio. Las sirenas de Ulises me llaman para el último baño del día. Al sumergirme, el agua tibia me abraza como un lienzo de tintes dorados, púrpuras y carmines. Cada ola pequeña envuelve mi cuerpo en un susurro de espuma resplandeciente, borrando el peso del día. Flotar en ese instante es fundirse con el cielo, suspendido entre la calma de la noche que llega y el último suspiro dorado de la tarde. El tiempo se detiene mientras mi piel se tiñe de crepúsculo y sal. Sentado de nuevo en mi silla, a la orilla del Mediterráneo, quisiera alzar el vuelo, para unirme a las gaviotas. 

Mientras el mundo rugía con sus prisas habituales, en ese escenario el tiempo parecía haberse ensanchado. El viento de la tarde arrastraba el olor a salitre y algas secas. A esa hora, la playa ya estaba vacía; los turistas se habían marchado y solo quedaba el murmullo rítmico del mar, infatigable. Me sorprendí al no encontrar grandes revelaciones ni pensamientos profundos en mi mente. Solo estaba el tacto frío de la arena bajo mis pies, calzados de sal, en el horizonte limpio. Impregnado de aire puro, el universo entero se había reducido a la paz de ese instante, junto al agua. El mar se había convertido, al anochecer, en un espejo de mercurio oscuro. Con cada vaivén de las olas, un murmullo suave y rítmico llenaba el aire, borrando cualquier ruido del mundo exterior. El viento de poniente, suave pero constante, parecía transportar el aroma limpio de los árboles de la sierra, mezclado con el salitre de la orilla. No había pasado nada extraordinario, pero al ver la noche cerrarse sobre el mar, sentí una certeza imperturbable: la inmensidad del universo se reflejaba entera en la paz de aquella orilla. 

El sol dejó de ser una moneda de fuego, se sumergió lentamente en la línea perfecta del horizonte, tiñendo el lienzo del agua con sus últimos destellos templados. En la orilla, las olas van muriendo, con un murmullo suave, casi un secreto. Llegan como encaje blanco a lamer la arena húmeda, que brilla como un espejo de plata bajo la luz agonizante. Cada retirada del agua deja un rastro de espuma luminosa y un eco que apacigua el alma, un latido constante que acompasa el silencio que empieza a reinar. El viento se vuelve más fresco, cargado de salitre y de promesas de luna. Las siluetas de las últimas aves marinas cruzan el firmamento como trazos de sombra, buscando su refugio. La luz dorada se apaga por fin, dando paso a un azul místico y sombrío, mientras las primeras estrellas titilan tímidas en lo alto, coronando el encuentro eterno entre la tierra, el océano y la noche. Sonrío expectante, al pensar que yo estoy justo en medio de aquella mágica, esperada fusión.  

Estoy sobre la línea exacta donde la piedra firme se rinde ante el agua, justo bajo el abismo negro del cielo estrellado. Soy un testigo minúsculo en medio del encuentro eterno entre la tierra, el océano y la noche. A mis pies, la roca resiste. Es el hueso del mundo, viejo y paciente, soportando el peso de los siglos. Frente a mí, el océano se mueve como un animal antiguo que nunca duerme, pero que se apacigua, en ese diálogo que se diluye en la oscuridad, de ruidos sordos y espuma blanca. Arriba, la noche lo abraza todo. No es solo la ausencia de luz; es un manto inmenso, salpicado de fuegos lejanos, que borra las fronteras entre el mar y el horizonte. En este punto de unión, las tres fuerzas conversan sin palabras. La tierra impone el límite, el agua desafía la quietud y la noche dicta el silencio. Me siento parte de estos reinos, en este instante sagrado. Mientras, la brisa me llena los pulmones y comprendo que la eternidad no es el tiempo que pasa, sino este abrazo perpetuo del que ahora soy testigo. Entonces pienso: ... Quisiera envolver estas emociones con un lazo azul, para guardarlas en una preciosa caja, que pudiera abrir en cualquier momento, para recordar que los mejores instantes son aquellos en los que sentimos el corazón latir... 

domingo, 28 de junio de 2026

Sentir los sueños

Verano, inevitable. Calor, el esperado. Y mientras tanto, entre sudores, el tiempo transcurre, perezoso e indulgente, proyectando, desde nuestra imaginación colectiva, los rituales de los meses estivales. Pero no es fácil dejarse llevar por pensamientos apacibles, esos que derivan al ensimismamiento, a la contemplación, a la introspección. La cotidianeidad, salvo espejismos de fin de semana, sigue arrastrándome al momento presente en el que reinan otras sensaciones que intentan retener, como un dique, la mayoría de las fugas escapistas a las que mi imaginación gustaría entregarse. Cuando mis pensamientos aún eran los de un niño, cuanto más soñaba despierto con un deseo, más lejano me parecía. Y cuando al fin se materializaba, las emociones del momento, a pesar de ser intensas, apenas lograban superar aquellas otras desarrolladas previamente por mi imaginación. De hecho, para mi sorpresa, con frecuencia quedaban muy lejos. Difícil vivir el carpe diem, si el pasado, el presente y el hipotético futuro se superponen constantemente y entre sí. 

Quizás por todo ello y porque la edad te vuelve más travieso o quizás más sabio, no hay día en que no intente, con mayor o menor éxito y siempre con cierto esfuerzo, escalar ese dique, regresando con frecuencia a algún lugar recóndito de mi interior del que quizás nunca quise irme y también, a veces, a algún paraje en el que los relojes de arena se funden con el sol del desierto. Ayer soñé con uno de estos últimos y, antes de que esas imágenes brumosas abandonen definitivamente mis recuerdos, intentaré recrearme en ellas. En un sendero solitario, de alta montaña, tan bello como majestuoso, donde las copas de los pinos, moldeadas por las duras corrientes, formaban un túnel verde y en el suelo, la hojarasca amortiguaba cada paso, mientras el camino serpenteaba desafiante, ocultando lo que aguardaba más allá de la próxima curva, divisé a lo lejos a un caminante que se dirigía hacia mí... Alguien que ha madrugado y ya está de regreso..., pensé, mientras que la distancia entre ambos se acortaba y al fin pude distinguir sus rasgos, los de un hombre maduro, fornido y muy sonriente. 

Intercambiamos saludos de cortesía y me obsequió con media tableta de chocolate, mientras nos observábamos mutuamente. De repente, su rostro se ensombreció: ... Es curioso, pero tengo la extraña sensación, de repente, no sabría decir por qué, de que este sitio no existe realmente, ni nuestro encuentro es verdadero ... Me dijo, mientras volvía a cargar la mochila en su espalda... Y si acaso nada de esto es real, me pregunto si yo mismo tampoco lo soy; me fastidiaría ser una simple invención de alguien, de usted mismo... Enmudecí, viendo cómo se alejaba, perdiéndose en la línea del horizonte dibujada por las nubes. Dado que no tenía conciencia de estar soñando, me inquietó, como a aquel desconocido, la simple idea de que yo también fuera un simple personaje secundario surgido de un mundo onírico ajeno al propio. Si era así, compartía mis temores con aquel hombre: quizás yo tampoco existía. 

Recuperé fuerzas comiendo varias onzas de aquel chocolate. El dulzor amargo me devolvió la calidez al pecho y aclaró mi mente nublada por las dudas. El camino, lejos de parecer hostil, parecía transmitir tiernas promesas. Me ajusté las botas y volví a caminar con paso firme, mientras el bosque se abría lentamente a medida que ganaba altura. Los árboles, cada vez más dispersos, dejaban pasar rayos de luz dorada que bailaban sobre mi rostro. La brisa alpina traía un olor intenso a pino, resina y roca fría. Con cada paso, el crujido de mis pisadas era el único sonido que competía con el murmullo del viento. De repente, tras superar un recodo del sendero, los últimos árboles desaparecieron. Ante mis ojos se desplegó la inmensidad de la alta montaña: picos afilados, extensiones de piedra gris y un horizonte limpio que parecía no tener fin. Respiré hondo, consciente de que el verdadero viaje quizás acababa de comenzar. Presentía que, si acaso había preguntas, las respuestas estaban esperándome en aquella cima que estaba a punto de alcanzar. 

La mujer, sentada en el suelo, cruzando las piernas en la postura del loto, rodeada por el subyugante paisaje, parecía esperarme.  Instintivamente me senté frente a ella, imitándola, apoyando el dorso de mis manos sobre las rodillas con las palmas hacia el cielo. Cerré los ojos y respiré hondo. Entonces la mujer habló, entre susurros: ... No detengas el río, solo míralo pasar desde la orilla... Inhala contando hasta cuatro, reteniendo el aire un instante, y exhala de manera pausada, sin dejar de mirar las aguas...  Con cada expulsión de aire, mis hombros se relajaban un poco más y la tensión acumulada comenzaba a disiparse, invadiéndome una sensación de ligereza. Me había transformado, junto a aquella mujer, simplemente en un cuerpo respirando, un punto de conciencia en perfecto equilibrio con el entorno. Una sutil sonrisa, casi invisible, se dibujó en sus labios. 

-... Por fin eres parte del escenario que te rodea. Demasiados pensamientos; aún no has aprendido a vivir sintiendo donde estás, disfrutando del verdadero significado del silencio interno. Te ahogas en propósitos continuos, tu propia voz te los devuelve con ecos que tapan tus oídos, tu vista, tus sensaciones, mientras el tiempo futuro colapsa el presente. Eres espiritual, siempre lo has sido, pero te dejas arrastrar por ti mismo hacia universos donde apenas un ápice de ti está presente...

-... ¿Por qué me dices todo esto..? ¿Quién eres?... —pregunté, sin poder apartar la vista de aquellos bellos ojos penetrantes.  

-... Escuchas justo las palabras que deseabas. No soy más que tú mismo, una proyección, transformada e idealizada de tu propia conciencia. Me has imaginado y materializado con grandes dosis de fantasía, pero sobre todo de una idílica delicadeza. Somos la misma persona, desdobladas; tú eres la que hace las preguntas, yo soy la que da respuestas, las mismas que tú me dictas. 

Quería quedarme allí para siempre, seguir deleitandome con la presencia y las palabras de aquella mujer, con la belleza inmensa de la naturaleza que nos rodeaba, pero al mismo tiempo, deseaba irme, huir de la fascinación de aquel momento, de ese escenario en el que presentía que estaba a punto de caer el telón.  

- ... Y también soy la que concede esos deseos que tú mismo has ideado; ahora quieres despertar, huyendo de ti mismo, pero no de cualquier modo, has imaginado un final a la altura de ese romanticismo que siempre te impregna: nuestras manos derechas van a tocarse justo cuando ambos extendamos muy lentamente los brazos.  Cuando lo hagan, habrás logrado tus propósitos, volverás a tu realidad, esa en la que vives solo parcialmente, pues gran parte de ti siempre habita en los territorios del sueño. Y en ese retorno, ya no serás el mismo, pues habrás aprendido a sentir mientras miras, en cada instante de tu vida. No dilatemos más el momento que esperas. Toquemos ahora nuestras manos... 

Al despertar, me levanté del sillón sintiendo aún el viento de la alta sierra, sorteando las piedras y el laberinto de musgo del suelo, buscando el sendero dibujado entre pinos que había recorrido, hasta que estas imágenes comenzaron a difuminarse, salvo la de la mujer, pues agarré con todas mis fuerzas su recuerdo, cincelando en mi cerebro aquel bello rostro, pues quería retenerlo para siempre, dentro de mí. Inmediatamente, localicé todo mi equipo de montaña, me vestí con él y cerré la puerta tras de mí. Sabía exactamente a donde dirigirme, la ruta que debía seguir, para llegar justo allá donde los sentidos forjan y dan forma a nuestros sueños.

sábado, 2 de mayo de 2026

Dueño del mundo

Julián cerraba los ojos y volvía, forzado por la resignación, a los tiempos de su infancia, tan lejanos en el tiempo, tan cercanos en su memoria. Aquellos recuerdos aminoraban el dolor de sus rodillas desgastadas, carcomidas por los años, mientras tapaba sus oídos para no escuchar el eco de todos los pasos perdidos entre aquellas interminables estancias, que recorría a diario, como un espectro, en esa mansión que un día mandó construir como monumento a sí mismo y en la que nunca encontró la felicidad, siempre esquiva, que creía poder alcanzar, en esa etapa final de la vida, entre sus muros.   Simplemente, estaba solo, como siempre lo había estado toda su vida, pero ahora también olvidado por el mundo, demasiado viejo para rehacer una existencia cuyo único objetivo había sido el dinero, pero también el poder. Había vivido, exclusivamente, para sus negocios, que multiplicó constantemente, cometiendo todas las tropelías que fueron necesarias para garantizar el éxito, ajeno siempre a cualquier atisbo de conciencia, de remordimientos. Una bestia que destrozaba todos los obstáculos con sus garras, a dentelladas con sus colmillos, sembrando el camino a su imperio económico de cadáveres, que jamás volverían a levantar cabeza en el mundo financiero. Transformado en un animal salvaje, olvidó el dolor de ser hombre, inmunizado ante cualquier sentimiento humano, mientras su imperio económico siguió creciendo de manera desmedida. Así, los años se fueron sucediendo, hasta que Saturno le devolvió, de repente, una imagen en el espejo que lo aterró. Aquel cuerpo decrépito parecía estar a punto de convertirse en polvo, de abrazar para siempre el vacío.  El miedo no fue inmediato, sino diferido, un frío que subió lentamente desde la boca del estómago hasta bloquearle la respiración. La vanidad, su coraza, esa compañera fiel de tantas décadas, se desmoronó con un crujido seco.  No hubo ningún grito, ni lágrimas, ni atisbo alguno de resignación. En su lugar, nació una furia ciega, un impulso eléctrico de no ser testigo de su propia decadencia. Ese día se vistió para la fuga, emprendiendo una huida hacia delante, una espantada de su propio reflejo. Dejó toda la gestión de sus negocios en manos seguras e inmediatamente mandó construir aquella mansión gigantesca, caracterizada por su suntuosidad, inmensidad y lujo extremo. Buscaba su propio Xanadú, un lugar para esquivar espejos de escaparates y superficies brillantes, decidido a vivir lo que quedara de su vida en la oscuridad, en la niebla de un presente continuo donde la vejez no tuviera tiempo de posar para el espejo. Y estaba decidido, por primera vez en su vida, a estar acompañado en su último viaje. 
Las mujeres de su vida, incontables, habían pasado, una tras otra, como parte de un simple ritual propio de un millonario, sin albergar ni el más mínimo sentimiento para con ninguna de ellas. Eran accesorios, piezas de arte efímero que adornaban su vida durante un tiempo efímero. Para Julián, el amor era una debilidad inherente al resto de los hombres; el deseo, una simple transacción rápida. Deslizaba el dedo por la pantalla de su teléfono con la misma frialdad con la que un coleccionista examina un catálogo. Buscaba belleza, sí, pero una belleza inofensiva, sin preguntas, sin más pretensiones que vivir unos momentos de placer hasta que se sucedía el cierre de la relación: un regalo costoso, un chofer que las devolvía a sus vidas ordinarias y el olvido inmediato de sus rostros, de sus nombres.  Julián, que siempre había elegido la soledad, por primera vez en su vida deseaba encontrar una mujer que compartiera sus días, confundiendo el amor con su hambre atroz de compañía, con la necesidad imperiosa de no estar solo. Anhelaba la seguridad de que, si despertaba a las tres de la mañana con el pecho oprimido por la angustia, habría una respiración rítmica a su lado que le recordara que seguía vivo. Junto a esa mujer que lo amara y le diera hijos, a salvo del mundo entre aquellos muros, quería huir de sí mismo, de la muerte que lo acechaba, rodeándose de vida.

Conoció a aquella camarera de piso, joven e ingenua, con la que entabló, una mañana, una conversación a la que siguieron otras. Ella era solo una más: una criada de apenas veinte años, con un candor que contrastaba con la sofisticación fría de las paredes. Tenía el cabello siempre recogido con prisa y las manos, a pesar de su juventud, ya ásperas por el jabón. En una mañana de lluvia grisácea, él estaba en la fastuosa biblioteca, aburrido de sí mismo, cuando ella entró a arreglar los libros. Se sucedió una conversación trivial sobre un ejemplar caído, un breve intercambio de sonrisas, la de Juián forzada, la de ella, tímida.

Él notó la frescura sincera de sus ojos, una luz que nunca había frecuentado, siempre inmerso entre las sombras de su vida. A partir de ese día, los encuentros se volvieron un ritual silencioso. Ella barría; él observaba con discreción. Él preguntaba, ella respondía con una sencillez que lo desarmaba. Él creyó sentir, en el paulatino deshojar de los días, que el amor, o al menos la idea de amor que podía imaginar alguien absolutamente ajeno al mismo, residía en la forma en que ella colocaba las flores frescas en el jarrón. Era un soplo de vida auténtica en su mundo de tonalidades sepias. El día que Julián le propuso matrimonio, la adolescente se llevó la mayor sorpresa de su vida. Ante la insistencia del anciano, que la colmó de regalos, y los consejos de su madre, alineada con el fastuoso imperio económico que rodeaba al inesperado pretendiente, acabó aceptando, sin poder salir de su perplejidad.  

Desde la primera noche juntos, un sentimiento de repulsión se instaló y creció, irremediablemente, en la mujer a la que tantas envidiaban. La luz de la mañana entraba sin piedad, desnudando la realidad que ella intentaba ignorar. Se apartaba instintivamente hacia el borde de la cama, intentando evitar el roce de su marido, que respiraba con pesadez, una respiración ruidosa que parecía una fatiga constante. Aquel cuerpo decrépito se revelaba como un mapa de desintegración. La piel de su cuello colgaba en pliegues finos, amarillentos, similares al pergamino seco, y se adhería a las clavículas marcadas como una sábana vieja y mal ajustada. Donde antes hubo vida, ahora solo quedaba una fragilidad traslúcida que dejaba ver venas azuladas y profundas. Así, cuando él intentaba tocarla, el rechazo de ella era absoluto, entre gritos silenciosos. Aquellas manos, manchadas por el tiempo, con articulaciones nudosas y rugosas, provocaban en la mujer una mezcla de miedo y repulsión por el desgaste de la carne y aquel olor rancio de la edad en las sábanas, un olor a tiempo acabado que había impregnado toda la casa y que le revolvía el estómago. 

Apenas pudo aguantar una semana. Una mañana, simplemente, cerró tras de sí la puerta y huyó, intentando borrar, desde ese instante, al anciano de todos sus sentidos, de cualquier recuerdo de aquella carne camino de la putrefacción... Soy parte de la nada, apenas unos jirones de piel y unas gotas de conciencia. Moriré en la soledad más absoluta, lejos de la memoria de los hombres... pensó Julián, viendo marchar, presurosa, a su mujer, desde una de las ventanas del desvencijado palacio. Desde aquel día, solo estuvo acompañado por el eco de sus pasos por los pasillos, los salones, excepción hecha de la mujer que venía a diario a prepararle la comida, con la que nunca se cruzaba.  La última de sus mujeres había huido, a la primera oportunidad, de aquella monumental prisión de piedra, dejando tras de sí al resignado anciano, devorado por su soledad. Un golpe demoledor, pues a su modo, él había querido a aquella mujer, en la flor de la vida, con la que había trazado un futuro con muchos hijos recorriendo todas aquellas estancias, insuflando vida, con su sola presencia, a su maltrecha alma. 

... Recuerdo el sabor a fresa de un helado de hielo, derritiéndose en mi boca, entre mis dedos, mientras el sol intenso de un agosto cualquiera me invitaba a correr hasta el río y saltar entre sus aguas. Recuerdo y casi puedo tocar sus hojas, cuando trepaba en aquel árbol, de rama en rama, haciendo caso omiso de los arañazos, hasta llegar a su corona. Allí, embriagado de olores combinados de frescura vegetal con toques terrosos y, en ocasiones, dulces o florales, observaba el mundo a mi alrededor, sintiendo que me pertenecía, cegado por el contraluz rojizo del atardecer... Y aún recuerdo la tarta de manzana de mi abuela, que dejaba enfriar en el alféizar de la ventana que daba al huerto. Cuando su olor llegaba hasta mí, me arrastraba sigilosamente, rodeando la casa, hasta lograr hundir, sigilosamente, mis dedos pulgar e índice en aquella apetitosa masa hasta conseguir un trozo de ella que devoraba en escasos segundos, huyendo inmediatamente, ajeno a la reprimienda que me esperaba después...  

Julián se recreaba con todas aquellas imágenes, sintiéndose a salvo entre ellas. Agazapado en su propio mundo onírico, sonreía ante aquel niño feliz, inagotable, que parecía capaz de encender la noche con su mirada intensa. Se paseaba por aquellos jardines abandonados de la mansión, que desprendían, a esas alturas, una atmósfera decadente, donde la naturaleza salvaje imperaba: estatuas de mármol cubiertas de musgo, fuentes secas o invadidas de algas, senderos contagiados de maleza y rosales trepadores sin podar, creaban un contraste melancólico entre el lujo pasado y el abandono presente. Entre pérgolas de madera podrida, bancos de piedra rotos y estanques vacíos cubiertos de hojas secas, el anciano arrastraba sus pies, limitándose a recordar, sonriente, aferrado a unos recuerdos quizás reales, quizás fantasiosos, pero que le transmitían lo más parecido a la felicidad. 

Aquella tarde, en la que sintió un dolor muy intenso y aplastante en el centro del pecho, que le hizo caer al suelo, aún tuvo tiempo, con su cara aplastada contra la hojarasca y antes de cerrar los ojos, de refugiarse, por última vez, en sus recuerdos: ... Mis botas estaban siempre llenas de barro y mis rodillas, cosidas a cicatrices. Vivíamos en un pueblo donde el tiempo no corría, caminaba despacio, casi perezoso. Recuerdo el sol de julio, un sol de justicia que no me importaba nada porque me pasaba el día en el río, con el agua hasta la cintura, intentando atrapar cangrejos que luego mi madre cocinaba sin preguntar dónde había estado. El olor a pan recién hecho que me llamaba a casa cuando ya el cielo se ponía naranja. El sonido de la radio vieja en la cocina, la sensación de que el verano iba a durar para siempre y que el mayor problema del mundo era que se me rompiera la cuerda de la peonza. Pronto descubrí que no teníamos nada. Mis zapatos tenían parches y mi ropa era aquella que, una vez usada, le cedían mis vecinos a mi madre. Pero yo corría, corría hasta que me dolían los pulmones, sintiéndome dueño del mundo...


En rosa

Juan era considerado un sensible y poético soñador, si bien, en el fondo, sin ser consciente de ello, era un escapista de la realidad, a la ...