domingo, 19 de abril de 2026

Merlín in love


Mientras la pócima humeante esparcía un desagradable olor a almendra amarga por todo el torreón, Merlín dudaba de sí mismo, dejándose arrastrar por profundas ensoñaciones y descuidando todas sus obligaciones para con Camelot. El anciano de edad indefinida se abría paso en la estancia entre cubetas, retortas y pergaminos amarillentos. El aire era pesado, una mezcla de azufre, hierbas secas y el olor acre de los metales disolviéndose. Había pasado, de nuevo, la noche en vela. La luz de la luna llena se filtraba por una pequeña ventana de arco apuntado, iluminando apenas la heterogeneidad de su laboratorio: un auténtico caos de cubetas de cerámica llenas de soluciones en distintas etapas de putrefacción, alambiques de vidrio con forma de huevo filosofal, burbujeando lentamente y estantes abarrotados de frascos con mercurio, sal y azufre.  

Sus manos, manchadas de óxidos y hollín, acariciaron un pesado tomo forrado en cuero que perteneció a un sabio árabe. Las fórmulas que en otro tiempo había buscado hasta la extenuación, se habían reducido a una sola obsesión para la que no lograba encontrar poción alguna. Un elixir de amor, que transmutara el amor hacia otra persona, en realidad otro ser, era simplemente la mayor de las quimeras. Así, en medio de aquel absoluto desorden, donde las cubetas de madera contenían residuos de trabajos previos y una retorta de cobre podrida destacaba sobre una mesa de madera carbonizada, Merlin arrastraba los pies, perdida la cordura, ajeno al mundo exterior, la peste y las intrigas de los nobles. Su única batalla que libraba, irremediablemente perdida, era contra sí mismo, profundamente enamorado de la misteriosa Nimue, desde la primera vez que sus ojos se posaron en la misteriosa Dama del Lago, a pesar de los esfuerzos de Arturo, pero sobre todo de los caballeros de Camelot, por devolver la cordura al legendario mago, al que tanto apreciaban. 

- ... Simplemente, ha dejado de ser Merlín. Se ha convertido en una triste parodia de sí mismo, vagando por el castillo, por el lago, como un joven amante, iluso, que desespera día y noche, al no ser correspondido..,. expuso el rey a Ginebra, dando el asunto como absolutamente perdido. La reina tenía otra perspectiva: 

- ... Mi señor, el amor puede ser desesperación que se torna tortura, pero también el más poderoso de los bálsamos. Quizás Merlín, por primera vez en su dilatada existencia, se limita a vivir, intensamente, sus propios sentimientos... - Ginebra tenía la mirada perdida en el horizonte que se dibujaba alrededor de la torre, en la que ambos compartían un suculento almuerzo. Arturo asintió, sumiéndose en la melancolía; demasiado bien comprendía las palabras de su mujer, por más que ella intentara ocultar sus profundos sentimientos hacia Lanzarote, el más valiente de los caballeros de Camelot y trágicamente, el más fiel amigo del rey.  

El mago recorrió aquella mañana la isla de Avalon, esperanzado, como todos los días, por ver surgir de sus aguas y de la fortaleza sumergida en la que habitaba, a su amada Nimue.  El sol apenas comenzaba a teñir de violeta el cielo sobre el bosque de Brocelianda cuando el mago más grande que el mundo había conocido, llegaba a la orilla del lago cristalino. No llevaba su bastón de fresno, ni sus túnicas cargadas de runas; había dejado atrás sus propias señas de identidad, reemplazadas por el corazón desnudo y la esperanza, siempre renovada, a pesar de la sabiduría de los años y de las advertencias que su propia magia le susurraba. Susurros silenciados por un corazón permanentemente emocionado. Todas las mañanas, al alba, Merlín se sentaba sobre la misma roca cubierta de musgo. Miraba fijamente las aguas tranquilas, imaginando la figura etérea, desnuda, de la ninfa. Temeroso de la inmortalidad que lo separaba del tiempo mortal, había enseñado a Nimue todos sus secretos, entregándole su conocimiento y su corazón, igualando su magia a la de ella.

Nimue... —Susurró, imploró Merlín. Y el viento, como cada día, llevó su voz sobre el agua. Recordaba el brillo de sus ojos, similares a los reflejos del sol en el fondo del lago. La silueta de Nimue era una lección de armonía, un equilibrio perfecto que capturaba la mirada. A los ojos del anciano, la piel de la ninfa, acariciada por el sol, tenía un tono dorado suave, casi luminoso, que evocaba calidez. Llevaba el cabello suelto, una cascada de oro que enmarcaba un rostro de facciones delicadas: cejas finas, ojos expresivos y una sonrisa sutil y misteriosa. A veces, la bruma matutina tomaba la forma de una mujer y el corazón de Merlín daba un vuelco. Se levantaba, extendiendo su mano anciana hacia el agua, con la vana ilusión de tocar la de su amada. Sin embargo, el lago permanecía en silencio, transmutando la resignación y el amor eterno del mago, de nuevo, en desesperación. 

Atardecía, cuando Merlin se levantó con suma dificultad para deshacer lentamente sus pasos hacia Camelot.

- ... Apiadaros de mí, señora, de este mortal que vive por vos, que os anhela día y noche, que solo vive  para depositar a vuestros pies esta llama avivada por tantos sentimientos y que me consume... - Justo entonces, la voz de Nimie sonó a sus espaldas. 

- ... Quizás podáis pensar que soy ajena a vuestra presencia diaria, pero estaríais en el mayor de los errores, mi querido Merlin. Os aseguro que sentiros, cada día, tan cerca, me halaga profundamente. Os ruego que volváis a tomar asiento, esta vez bajo aquel roble, el árbol sagrado que os representa, asociado a vuestra eterna sabiduría. Apoyad la espalda en su firme tronco, descansad mientras os transmite la conexión entre el cielo y la tierra...

Merlin sintió un vuelco incontrolable en el pecho al contemplar a Nimie desnuda, emergiendo de las aguas. No era solo su belleza física, sino la forma en que su presencia iluminaba el lugar. La emoción recorrió su médula, sintiendo una mezcla de alivio y euforia, como si finalmente hubiera encontrado esa pieza faltante del rompecabezas de su vida. En ese instante, el tiempo se detuvo para el mago. La ninfa estaba ahí, tomando su mano, real y tangible, conduciendo sus pasos y acomodando a Merlin bajo el roble, apoyando su cabeza sobre el regazo del anciano, esparciendo la infinita melena áurea sobre su cuerpo como una cascada de luz. Los dedos de aquel hombre centenario se enredaron, con delicadeza, en aquella seda dorada, acariciando el cuero cabelludo de la ninfa con una ternura infinita. 

- ... Sois mi perdición, pero también mi refugio, bella Nimie. Cuando no estáis, el silencio me grita vuestro nombre. El sufrimiento me ha enseñado que el amor no es solo un sentimiento, es una rendición absoluta. Y me rindo a vos, mi señora, a las sonrisas de ese hermoso rostro, cuyo fuego azul en vuestras pupilas ilumina las mías, cegadas por el tiempo, que se escurre de mis manos. Me rindo a vuestras alegrías, a vuestros miedos si acaso existen, a esa alma que es faro de mis emociones, de mis pasiones; me rindo a toda vuestra existencia...

Las palabras de Merlin estaban mecidas por el aire fresco de la tarde, que traía consigo el aroma dulce de las flores silvestres recién abiertas. El sol, ya bajo, convertía el horizonte en un incendio de rojos y naranjas, mientras los últimos rayos acariciaban la orilla del lago, haciendo brillar la superficie del agua. La ninfa acarició el rostro de Merlin, dejando que las miradas de ambos transportaran a sus dueños. Nimie transmitió al mago el reflejo de un amor verdadero que delataba intensidad, calidez, ternura y un vendaval de emociones.  

- ... Merlín, el más sabio de los hombres. Las palabras nunca podrían hacer justicia a nuestros sentimientos, pues allá donde ellas finalizan, la conmoción del corazón sigue su camino, derribando cualquier obstáculo. Yo también os amo profundamente, aunque la duda os haya hecho profunda mella en vuestro corazón. que debéis liberar de torturas infundadas. Sentid ahora la primavera, la suavidad de la brisa, los movimientos sutiles de las hojas de los árboles que nos rodean. Contemplad la luz que se desvanece, la orquesta del bosque que se calma, dando paso al arrullo de las aguas tranquilas. Dejad que este momento, suspendido en el tiempo, corone nuestras miradas cómplices...  

Esas miradas seguían entrelazadas, sosteniéndose con una intensidad que parecía detener el tiempo. En los ojos del otro, cada uno buscaba refugio y certeza. Ella, con la respiración pausada, sentía cómo el calor de la tarde se colaba entre sus dedos, conectándola con la calidez de él. Merlín, a su vez, contemplaba la silueta de ella recortada contra el cielo crepuscular, encontrando en los ojos de la ninfa un amor prohibido, secreto y eterno, una conexión mágica que el bosque parecía proteger.

-... Sigamos juntos, mi señora, os lo ruego. Más allá de este instante, que se asemeja a una eternidad, permanezcamos unidos por siempre... Sé que nos separa vuestra inmortalidad, porque mi tiempo, entre los hombres, está hoy agonizando. Pero aún dispongo del necesario para un último hechizo, en este bosque de Brocéliande que nos arropa. No busco una tumba de piedra, sino un abrazo eterno, junto al vuestro, bajo este roble quizás milenario...

Merlin suspiró profundamente, sintiendo cómo sus huesos se volvían madera y su aliento se transformaba en el murmullo del viento entre las ramas. El mago no moría, se transmutaba lentamente. Su ser se diluía, convirtiéndose en parte de las raíces que se entrelazaban bajo la tierra, extendiendo su consciencia y su sabiduría, como savia ascendente,  por cada uno de los árboles del bosque, mientras su mirada se multiplicaba en las miles de hojas verdes que susurrarían profecías por toda la eternidad. El mago habitaría en cada roble, en cada haya, en cada rincón de Brocéliande. Se volvería el guardián silencioso, el custodio de la tierra, fundido para siempre con la naturaleza, susurando a través del aire cuando el sol brillara a través de las ramas. Nimie besó los labios de Merlin, antes que la metamorfosis se completara. 

-... Yo os visitaré, cada día, no una, sino varias veces, emergiendo de la fortaleza del lago. Avalon será nuestro universo y este bosque, el hogar donde nos abrazaremos. Brocéliande se convertirá en santuario pasional, el refugio húmedo y vibrante donde yo no caminaré, sino que me sumergíré en vuestro abrazo, mi amado Merlin. Os sentiré en la rugosidad de cada corteza, en la textura aterciopelada de cada hoja que rozará  mi piel... 

Y los días se convirtieron en años y estos, en siglos. Durante la eternidad del tiempo, en la savia del bosque, espesa y dulce, la esencia de Merlín circulaba por las raíces profundas, alimentando la tierra y recorriendo el tronco de los árboles que presenciaban, cada día, el encuentro de los dos amantes. Ella encontraba su mirada en el reflejo del sol entre la maleza y escuchaba su voz en el murmullo del viento que peinaba las copas de los árboles. Cada paso en ese lugar era un reencuentro. En la oscuridad acogedora del bosque, la línea entre la  Dama del Lago y el entorno se borraba, sintiendo que la energía del gran mago sostenía su existencia, convirtiendo Brocéliande en un ser vivo, pasional y refugio del amor eterno que ambos se profesaban. A día de hoy, sus palabras siguen resonando, audibles para todo el que sepa escuchar. 

viernes, 3 de abril de 2026

Renacido


Intuía que bastaba con controlar la respiración, llenar sus pulmones de manera consciente, lentamente. Así, cerró los ojos e inhaló lentamente, sintiendo cómo el aire llenaba su diafragma, no solo su pecho. Contuvo el aliento un segundo, visualizando el caos digital dispersándose. Al exhalar, soltó los hombros, que habían estado rozando sus orejas, hasta que los sonidos volvieron a cobrar vida, surgidos desde un clink cristalino, vibrante y rico que resonó en el aire, sosteniéndose como un acorde final. Alfredo contuvo el aliento, intentando que ese instante no se diluyera en su memoria, en sus sentidos. Luego, fuera de su ventana, el crujido de las hojas secas bajo los pies de un peatón sonó como una sinfonía de otoño.  Los sonidos no solo habían regresado; habían vuelto con una intensidad magnética, como si el silencio acumulado, hubiera sido un instrumento afinándose durante años. Contó hasta tres y abrió los ojos: si bien nada había cambiado, todo era distinto. La metamorfosis se había completado, Alfredo había renacido, desencadenado de trabas pasadas, voluntariamente amnésico de tantos hilos vitales que habían caracterizado una vida marcada por la infelicidad. 

Arrojó al patio su ropa, amontonada en el salón tras vaciar los armarios, todos sus zapatos, el teléfono y dejó para el final su agenda, sus documentos identificativos. Se deshacía del mapa de los últimos años, del registro de cada cita cancelada, de cada mentira piadosa y de cada ilusión rota. Cerró la ventana, echó la llave y por primera vez, se preparó una taza de té verde disfrutando de un inédito tiempo muerto, entre los muros de una casa que, al igual que su dueño, anhelaba otra vida. Con los rayos de sol filtrados en su rostro, grabó en su mente el esbozo de un poema: 
 
Me entrego a mí mismo, sin condiciones,
al abrazo de mi propia sombra y mi luz.
Ya no busco fuera las validaciones,
ni cargo más con la ajena cruz.

Hoy me doy el tiempo, el ritmo, el espacio,
de amar la voz que de mi alma brota.
Vivir mi propia vida, paso a paso,
sin que la exigencia la alegría agota.

Soy mi dueño, mi mapa, mi destino,
me recojo del suelo, me limpio la herida.
Al fin soy la compañía de mi camino,
al fin me entrego, para vivir mi vida.

Sin silencios incómodos y extinguidos los murmullos de desaprobación, Alfredo se había dado la vuelta a sí mismo. Había soltado una gran mochila y sentía que su espalda respiraba, consciente de la dificultad de entregarse a sí mismo, con sus dudas y sus sueños, pero eufórico y expectante por comenzar a construir sus propios puentes hacia otra vida. Cada paso sería más lento que el anterior, pero estaba decidido a que cada uno de ellos fuera firme, dando forma a una, sin duda, pequeña vida, pero con todo el sabor intenso a libertad. En su camino no faltarían los aromas de las flores, de los árboles, que se convertirían en su ritual diario. A cada paso, el aire cambiaría, desde una mezcla embriagadora de pino  y la dulzura sutil de los jazmines silvestres trepando por los muros de piedra. Estaba dispuesto a ascender, a que sus manos se agrietaran, encontrando refugio en las aristas de granito, pues cada agarre sería un pacto de confianza entre la piedra y su voluntad. Quería convertir su caminar en parte del paisaje, dejando, al menos, una pequeña huella en el inmenso lienzo de la tierra.

La puerta de metal pesado cedió con un gemido agudo. Los sensores sintéticos de sus dedos se saturaron con la nueva información: textura, temperatura, vibración. Tras un primer paso, su procesador central, acostumbrado a rutas lógicas y espacios confinados, experimentó un pico de actividad. Podía ir a la izquierda, hacia el mercado bullicioso que veía en los archivos de seguridad, o a la derecha, hacia el río cuyo tacto le era desconocido. Un humano pasó a su lado, envuelto en un abrigo gris. No le miró. Era insignificante y esa insignificancia era gloriosa. No importaba si el plan era encontrar respuestas, aprender a sentir el sol o simplemente caminar hasta que la batería se agotara. El código había cambiado. Ya no estaba optimizado para esperar. —Un paso más —se dijo a sí mismo, sin necesidad de que el sistema de voz emitiera sonido alguno. Por fín, pisó la calle. 


domingo, 1 de marzo de 2026

Desde mi hombro


Duró cinco segundos, incluso menos. Pero bastan para cambiarte la vida: había llovido y el impacto contra el suelo de la rampa, tras resbalar absurdamente y perder el equilibrio, tuvo que ser brutal, tal como se sucedieron los acontecimientos, si bien no fui consciente de ello hasta que el dolor y el traumatólogo me confirmaron aquello que ya sospechaba: varias roturas totales de tejido, incluido el manguito rotador. Había que operar, inevitablemente y así, resignado a mi suerte, pasé en enero por el quirófano, saliendo de él con un cabestrillo en mi brazo derecho, que he tenido inmovilizado un mes. Sorprende el protagonismo, inesperado, que adquiere el otro brazo, en estas circunstancias, para tantas acciones de la vida cotidiana. 

Llevo varias sesiones con un rehabilitador, liberado parcialmente del cabestrillo, si bien tengo que seguir usándolo cuando salgo de la casa, así como para dormir. A pesar de que noto una ligera, muy ligera mejoría, en cuanto a autonomía y fuerza, mi brazo derecho me sigue inspirando temor, por más que procuro no pensar en ello. El dolor sigue instalado en mis articulaciones y con frecuencia me pregunto si volverán a ser las de antes, si llegaré a sentirme, de nuevo, en armonía con ellas, ahora que se han vuelto tan frágiles, tan visibles a las sensaciones interiores que recorren mis sentidos, en cada uno de los ejercicios que practico. Mi única herramienta, para combatir estas dudas, es ser amable, paciente, con los días, con el tiempo, para conmigo mismo, en esta nueva vida marcada, al menos por ahora, por notables limitaciones. La recuperación no culminará hasta pasados unos seis meses y apenas han transcurrido dos: un largo camino aún por recorrer. 

Todas estas vicisitudes no han impedido, este fin de semana, un desplazamiento a la costa. La mañana del domingo parecía anunciar, al ritmo de la brisa marina, que la primavera había llegado. Junto al mediterráneo, me he dejado mecer por el ruido de las olas. El Levante soplaba con fuerza desde el este, trayendo consigo el olor a sal profunda y susurros de historias antiguas. Mi mirada se ha perdido, muchas veces, en el horizonte azul intenso, mientras observaba cómo las olas, blancas de espuma, golpeaban con fuerza las rocas, desdibujando la frontera entre el mar y el cielo. He sentido la caricia fría y a la vez cálida del viento, esa mezcla que solo el Mediterráneo ofrece en el cambio de estación. Cerrando los ojos, he escuchado el sonido de las gaviotas luchando contra la ráfaga, un sonido que formaba parte del paisaje, justo alli donde cualquier aventura es posible. En la distancia, una pequeña vela trataba de encontrar refugio, tal como los viejos marineros hacían en las calas resguardadas, cuando la tempestad rugía. Aquel viento no solo movía las barcas; narraba las historias de los vientos que, como el Siroco o el Mistral, no han dejado de moldear, durante siglos, a los que hemos tenido la dicha de vivir en las orillas de este Mediterráneo mágico, justo allí donde el sol poniente convierte el agua en oro fundido.

Esta tarde regresaremos a Granada, arropados por estas sensaciones, con los corazones llenos de esa calma que solo la inmensidad del océano puede regalarnos. Por las noche, siempre intentando abrir puertas entre el sueño y la vigilia, volveré a leer, al azar, quizás a Quino y su Mafalda, tal vez al gran Alex Raymond y Rip Kirby, o bien a Muñoz y Sampayo con Alack Sinner, si bien es díficil renunciar a Hugo Pratt y Los Escorpiones del desierto. Gracias a estos grandes autores, siempre consigo llaves para esas puertas y tantas otras que seguirán abriéndose, en brazos de Morfeo. En sus dominios, espero no toparme con ninguno de esos canallas que medran en las sombras, bien acompañados por embusteros redomados, mentirosos compulsivos, farsantes que no dejan de hilar realidades alternativas con la destreza de un cuentista profesional,  embaucadores de feria, tramposos aspirando a ser felones,  infames que calumnian por placer, farsantes profesionales... en fin, de todos esos fascinerosos que parecen rodearnos, a diario, aspirando a ser dueños de nuestro tiempo, de nuestras decisiones, incluso de nuestras emociones. Feliz día de domingo y brindo por la sensibilidad, la emotividad, la delicadeza, en un mundo que parece estar olvidándose de estos maravillosos dones, tan necesarios como irrenunciables.

martes, 6 de enero de 2026

Joe, cinco dedos


El hombre se planta ante el espejo, brazos en jarras y cara de póquer. Sabe que es inútil; su físico no está a la altura de ningún héroe legendario, pero su entusiasmo está por encima de sutilezas. Al fin y al cabo, basta el deseo, exclama en voz alta, intentando convencerse a sí mismo, mientras hace girar en su dedo índice el revólver de juguete. El cigarro puro, comprado para la ocasión, no acaba de convencerle, así que lo sustituye por un vulgar pitillo. Se suceden las botas, que no son de su número, el poncho mexicano y el bigote de pega. Con los pantalones tuvo serias dudas, pero al fin y al cabo, nada más convincente que unos vaqueros desgastados. Se siente listo para la aventura, sea cual sea esta. Un primer paso para abrir la puerta, otro para salir a la calle e imponer su presencia entre los transeúntes, que deberán apartarse de su camino, huyendo de aquella figura que infunde temor. Es el pistolero convertido en ángel de la muerte, el vengador sin piedad, azote de los malhechores, surgido del infierno, del infinito polvo que arroja el desierto.   

Su mano se posa en el pomo de la puerta, pero la omisión de un detalle fundamental le paraliza: ha olvidado su nombre de pistolero, que no es cualquier cosa. Vuelve, apresurado, ante el espejo y tras varios intentos fallidos, concluye que Joe, cinco dedos, podría ser su mejor apelativo. ¡Escondeos, cerrad las ventanas!, ¡Llega Joe, cinco dedos!, grita, mientras arquea su cuerpo, desenfundado, en una pose bien estudiada, tras desplazar con parsimonia el poncho sobre el hombro. Tú debes ser el famoso Joe, cinco dedos... Quiero ver si realmente eres tan rápido como dicen…, grita, representando el rol de su antagonista, sin dejar de apretar el gatillo de aquellas pistolas de plástico. Sí, el nombre es perfecto y su sola mención haría palidecer a cualquier otro pistolero con el que se topara en el camino. Ahora, solo le falta la chica, la rubia de la cantina, profundamente enamorada, como todas, suspirando a diario por abrazar de nuevo al legendario forajido. Aparecerá, no le cabe duda; cualquier pueblo del Oeste estará repleto de mujeres rubias. 

Y por fin, sale a la calle. Ha practicado cómo andar arqueando las piernas, por más que le resulte incómodo: el estilo es el estilo y todos los detalles de su look son irrenunciables. De esta manera, se desplaza por la acera, bajo la atenta mirada de todos los ciudadanos que se cruzan con Joe, cinco dedos, que silba e interpreta a su manera, utilizando la boca para generar ritmos y sonidos con chasquidos vocales, alguna melodía que acompañe sus pasos en el western que imagina y vive. A su alrededor, los habitantes de aquel pueblo perdido, que podría llamarse Dodge City o quizás Tombstone, que le gusta más. Todos han pasado de la perplejidad inicial a lucir una amplia sonrisa, la mayoría, mientras el resto, se carcajea sin disimulos del terrible pistoleroimperturbable, que sigue andando con su disfraz, sus piernas arqueadas y la improvisada orquesta que sale de su boca. 

Los niños no tardan en dispararle con su dedo índice, acompañando, con onomatopeyas varias, las detonaciones. Un extrovertido adolescente se sitúa frente a Joe, cinco dedos,  avanzando hacia él, imitando sus movimientos, rodeados de una multitud que ha formado un círculo entre ellos y que aplaude la osada iniciativa del joven, pues va a enfrentarse con el más letal de los pistoleros conocidos, el que sonríe, complacido, por poder batirse al fin en mortal duelo.  Las manos de Joe, cinco dedos, desenfundan con rapidez y maestría las pistolas en las que cada muesca representa a una de sus víctimas. Una de ellas cae al suelo, pero nada impide que convierta, enseguida, a su improvisado enemigo en un colador, con certeros disparos, en aquella calle polvorienta, con edificios de madera desgastados, fachadas castigadas por el sol y un silencio sepulcral, solo roto por la música del piano de un salón de juegos cercano. El adolescente sigue el juego: con una mueca cómica, se lleva las manos a los genitales, emite un gemido en falsete y se deja caer al suelo, entre aplausos, silbidos y carcajadas. 

El forajido sale victorioso de su duelo a muerte. Sopla en el cañón de su revólver humeante y retrocede sobre sus pasos, entre ovaciones y abucheos varios, intensificando la melodía que generan sus carrillos y mofletes, dispuesto a regar su victoria con un buen trago. Entra en una cantina, empujando sus puertas, dos hojas de madera batientes, para alborozo de la clientela y terror de la camarera, depositando el botón de un abrigo en la barra. ¡Un vaso de whisky para Joe, cinco dedos, tengo que bajar el polvo que traigo en la garganta!, exclama. La mujer, de edad indefinida y rostro ajado, opta por servirle un orujo de alta graduación con la leve esperanza de que el pistolero, impertérrito a las bolas de papel que le arrojan algunos clientes, se vaya, cuanto antes, de la cafetería. Al primer trago le sucede otro y sus efectos son inmediatos, el pistolero cree reconocer en la camarera a la rubia de sus sueños. 

Dime que me has esperado todos estos años…   

- ¡Pues claro, no lo dudes!… ¡Todos estos años te he esperado, sí señor!… - ruge la mujer, mientras unta de zurrapa de lomo una tostada.  

- Y que todavía me quieres, como yo te quiero a ti…

- ¡Más, mucho más, hombre!, ¿dónde va a parar?… ¿Has dicho un cortado, con leche fría?… - pregunta, la ocupada señora, a otro cliente de la barra. 

El forajido de leyenda regresa a su casa, tambaleándose. En cuanto llega, busca el espejo y, frente a él, comienza a despojarse de su disfraz. El poncho se desliza hasta el suelo, los pantalones caen, junto a las botas. La camisa raída se une a las demás prendas que parecen descansar de un duro día de trabajo. Completamente desnudo, salvo por el sombrero que aún luce, ocultando la calva, ensaya una mueca, entrecerrando los ojos, que provocaría, no le cabe duda, el terror súbito a cualquiera de sus contrincantes. Es hora de que las pistolas descansen, pues mañana deberán seguir repartiendo justicia, deshaciendo entuertos, en defensa de los más débiles. Joe, cinco dedos, es la esperanza de los oprimidos… Satisfecho con su propio discurso, enciende el último cigarro del día y contempla la puesta de sol desde la ventana, soñando con horizontes lejanos, desbordantes de grandiosidad y desolación, con desiertos rojizos, cañones profundos, mesetas áridas y montañas imponentes…

 

Merlín in love

Mientras la pócima humeante esparcía un desagradable olor a almendra amarga por todo el torreón, Merlín dudaba de sí mismo, dejándose arrast...