Julián cerraba los ojos y volvía, forzado por la resignación, a los tiempos de su infancia, tan lejanos en el tiempo, tan cercanos en su memoria. Aquellos recuerdos aminoraban el dolor de sus rodillas desgastadas, carcomidas por los años, mientras tapaba sus oídos para no escuchar el eco de todos los pasos perdidos entre aquellas interminables estancias, que recorría a diario, como un espectro, en esa mansión que un día mandó construir como monumento a sí mismo y en la que nunca encontró la felicidad, siempre esquiva, que creía poder alcanzar, en esa etapa final de la vida, entre sus muros.
Simplemente, estaba solo, como siempre lo había estado toda su vida, pero ahora también olvidado por el mundo, demasiado viejo para rehacer una existencia cuyo único objetivo había sido el dinero, pero también el poder. Había vivido, exclusivamente, para sus negocios, que multiplicó constantemente, cometiendo todas las tropelías que fueron necesarias para garantizar el éxito, ajeno siempre a cualquier atisbo de conciencia, de remordimientos. Una bestia que destrozaba todos los obstáculos con sus garras, a dentelladas con sus colmillos, sembrando el camino a su imperio económico de cadáveres, que jamás volverían a levantar cabeza en el mundo financiero. Transformado en un animal salvaje, olvidó el dolor de ser hombre, inmunizado ante cualquier sentimiento humano, mientras su imperio económico siguió creciendo de manera desmedida. Así, los años se fueron sucediendo, hasta que Saturno le devolvió, de repente, una imagen en el espejo que lo aterró. Aquel cuerpo decrépito parecía estar a punto de convertirse en polvo, de abrazar para siempre el vacío.
El miedo no fue inmediato, sino diferido, un frío que subió lentamente desde la boca del estómago hasta bloquearle la respiración. La vanidad, su coraza, esa compañera fiel de tantas décadas, se desmoronó con un crujido seco. No hubo ningún grito, ni lágrimas, ni atisbo alguno de resignación. En su lugar, nació una furia ciega, un impulso eléctrico de no ser testigo de su propia decadencia. Ese día se vistió para la fuga, emprendiendo una huida hacia delante, una espantada de su propio reflejo. Dejó toda la gestión de sus negocios en manos seguras e inmediatamente mandó construir aquella mansión gigantesca, caracterizada por su suntuosidad, inmensidad y lujo extremo. Buscaba su propio Xanadú, un lugar para esquivar espejos de escaparates y superficies brillantes, decidido a vivir lo que quedara de su vida en la oscuridad, en la niebla de un presente continuo donde la vejez no tuviera tiempo de posar para el espejo. Y estaba decidido, por primera vez en su vida, a estar acompañado en su último viaje.
Las mujeres de su vida, incontables, habían pasado, una tras otra, como parte de un simple ritual propio de un millonario, sin albergar ni el más mínimo sentimiento para con ninguna de ellas. Eran accesorios, piezas de arte efímero que adornaban su vida durante un tiempo efímero. Para Julián, el amor era una debilidad inherente al resto de los hombres; el deseo, una simple transacción rápida. Deslizaba el dedo por la pantalla de su teléfono con la misma frialdad con la que un coleccionista examina un catálogo. Buscaba belleza, sí, pero una belleza inofensiva, sin preguntas, sin más pretensiones que vivir unos momentos de placer hasta que se sucedía el cierre de la relación: un regalo costoso, un chofer que las devolvía a sus vidas ordinarias y el olvido inmediato de sus rostros, de sus nombres.
Julián, que siempre había elegido la soledad, por primera vez en su vida deseaba encontrar una mujer que compartiera sus días, confundiendo el amor con su hambre atroz de compañía, con la necesidad imperiosa de no estar solo. Anhelaba la seguridad de que, si despertaba a las tres de la mañana con el pecho oprimido por la angustia, habría una respiración rítmica a su lado que le recordara que seguía vivo. Junto a esa mujer que lo amara y le diera hijos, a salvo del mundo entre aquellos muros, quería huir de sí mismo, de la muerte que lo acechaba, rodeándose de vida.
Conoció a aquella camarera de piso, joven e ingenua, con la que entabló, una mañana, una conversación a la que siguieron otras. Ella era solo una más: una criada de apenas veinte años, con un candor que contrastaba con la sofisticación fría de las paredes. Tenía el cabello siempre recogido con prisa y las manos, a pesar de su juventud, ya ásperas por el jabón. En una mañana de lluvia grisácea, él estaba en la fastuosa biblioteca, aburrido de sí mismo, cuando ella entró a arreglar los libros. Se sucedió una conversación trivial sobre un ejemplar caído, un breve intercambio de sonrisas, la de Juián forzada, la de ella, tímida.
Él notó la frescura sincera de sus ojos, una luz que nunca había frecuentado, siempre inmerso entre las sombras de su vida. A partir de ese día, los encuentros se volvieron un ritual silencioso. Ella barría; él observaba con discreción. Él preguntaba, ella respondía con una sencillez que lo desarmaba. Él creyó sentir, en el paulatino deshojar de los días, que el amor, o al menos la idea de amor que podía imaginar alguien absolutamente ajeno al mismo, residía en la forma en que ella colocaba las flores frescas en el jarrón. Era un soplo de vida auténtica en su mundo de tonalidades sepias. El día que Julián le propuso matrimonio, la adolescente se llevó la mayor sorpresa de su vida. Ante la insistencia del anciano, que la colmó de regalos, y los consejos de su madre, alineada con el fastuoso imperio económico que rodeaba al inesperado pretendiente, acabó aceptando, sin poder salir de su perplejidad.
Desde la primera noche juntos, un sentimiento de repulsión se instaló y creció, irremediablemente, en la mujer a la que tantas envidiaban. La luz de la mañana entraba sin piedad, desnudando la realidad que ella intentaba ignorar. Se apartaba instintivamente hacia el borde de la cama, intentando evitar el roce de su marido, que respiraba con pesadez, una respiración ruidosa que parecía una fatiga constante. Aquel cuerpo decrépito se revelaba como un mapa de desintegración. La piel de su cuello colgaba en pliegues finos, amarillentos, similares al pergamino seco, y se adhería a las clavículas marcadas como una sábana vieja y mal ajustada. Donde antes hubo vida, ahora solo quedaba una fragilidad traslúcida que dejaba ver venas azuladas y profundas. Así, cuando él intentaba tocarla, el rechazo de ella era absoluto, entre gritos silenciosos. Aquellas manos, manchadas por el tiempo, con articulaciones nudosas y rugosas, provocaban en la mujer una mezcla de miedo y repulsión por el desgaste de la carne y aquel olor rancio de la edad en las sábanas, un olor a tiempo acabado que había impregnado toda la casa y que le revolvía el estómago.
Apenas pudo aguantar una semana. Una mañana, simplemente, cerró tras de sí la puerta y huyó, intentando borrar, desde ese instante, al anciano de todos sus sentidos, de cualquier recuerdo de aquella carne camino de la putrefacción... Soy parte de la nada, apenas unos jirones de piel y unas gotas de conciencia. Moriré en la soledad más absoluta, lejos de la memoria de los hombres... pensó Julián, viendo marchar, presurosa, a su mujer, desde una de las ventanas del desvencijado palacio. Desde aquel día, solo estuvo acompañado por el eco de sus pasos por los pasillos, los salones, excepción hecha de la mujer que venía a diario a prepararle la comida, con la que nunca se cruzaba. La última de sus mujeres había huido, a la primera oportunidad, de aquella monumental prisión de piedra, dejando tras de sí al resignado anciano, devorado por su soledad. Un golpe demoledor, pues a su modo, él había querido a aquella mujer, en la flor de la vida, con la que había trazado un futuro con muchos hijos recorriendo todas aquellas estancias, insuflando vida, con su sola presencia, a su maltrecha alma.
... Recuerdo el sabor a fresa de un helado de hielo, derritiéndose en mi boca, entre mis dedos, mientras el sol intenso de un agosto cualquiera me invitaba a correr hasta el río y saltar entre sus aguas. Recuerdo y casi puedo tocar sus hojas, cuando trepaba en aquel árbol, de rama en rama, haciendo caso omiso de los arañazos, hasta llegar a su corona. Allí, embriagado de olores combinados de frescura vegetal con toques terrosos y, en ocasiones, dulces o florales, observaba el mundo a mi alrededor, sintiendo que me pertenecía, cegado por el contraluz rojizo del atardecer... Y aún recuerdo la tarta de manzana de mi abuela, que dejaba enfriar en el alféizar de la ventana que daba al huerto. Cuando su olor llegaba hasta mí, me arrastraba sigilosamente, rodeando la casa, hasta lograr hundir, sigilosamente, mis dedos pulgar e índice en aquella apetitosa masa hasta conseguir un trozo de ella que devoraba en escasos segundos, huyendo inmediatamente, ajeno a la reprimienda que me esperaba después...
Julián se recreaba con todas aquellas imágenes, sintiéndose a salvo entre ellas. Agazapado en su propio mundo onírico, sonreía ante aquel niño feliz, inagotable, que parecía capaz de encender la noche con su mirada intensa. Se paseaba por aquellos jardines abandonados de la mansión, que desprendían, a esas alturas, una atmósfera decadente, donde la naturaleza salvaje imperaba: estatuas de mármol cubiertas de musgo, fuentes secas o invadidas de algas, senderos contagiados de maleza y rosales trepadores sin podar, creaban un contraste melancólico entre el lujo pasado y el abandono presente. Entre pérgolas de madera podrida, bancos de piedra rotos y estanques vacíos cubiertos de hojas secas, el anciano arrastraba sus pies, limitándose a recordar, sonriente, aferrado a unos recuerdos quizás reales, quizás fantasiosos, pero que le transmitían lo más parecido a la felicidad.
Aquella tarde, en la que sintió un dolor muy intenso y aplastante en el centro del pecho, que le hizo caer al suelo, aún tuvo tiempo, con su cara aplastada contra la hojarasca y antes de cerrar los ojos, de refugiarse, por última vez, en sus recuerdos: ... Mis botas estaban siempre llenas de barro y mis rodillas, cosidas a cicatrices. Vivíamos en un pueblo donde el tiempo no corría, caminaba despacio, casi perezoso. Recuerdo el sol de julio, un sol de justicia que no me importaba nada porque me pasaba el día en el río, con el agua hasta la cintura, intentando atrapar cangrejos que luego mi madre cocinaba sin preguntar dónde había estado. El olor a pan recién hecho que me llamaba a casa cuando ya el cielo se ponía naranja. El sonido de la radio vieja en la cocina, la sensación de que el verano iba a durar para siempre y que el mayor problema del mundo era que se me rompiera la cuerda de la peonza. Pronto descubrí que no teníamos nada. Mis zapatos tenían parches y mi ropa era aquella que, una vez usada, le cedían mis vecinos a mi madre. Pero yo corría, corría hasta que me dolían los pulmones, sintiéndome dueño del mundo...

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