Mientras la pócima humeante esparcía un desagradable olor a almendra amarga por todo el torreón, Merlín dudaba de sí mismo, dejándose arrastrar por profundas ensoñaciones y descuidando todas sus obligaciones para con Camelot. El anciano de edad indefinida se abría paso en la estancia entre cubetas, retortas y pergaminos amarillentos. El aire era pesado, una mezcla de azufre, hierbas secas y el olor acre de los metales disolviéndose. Había pasado, de nuevo, la noche en vela. La luz de la luna llena se filtraba por una pequeña ventana de arco apuntado, iluminando apenas la heterogeneidad de su laboratorio: un auténtico caos de cubetas de cerámica llenas de soluciones en distintas etapas de putrefacción, alambiques de vidrio con forma de huevo filosofal, burbujeando lentamente y estantes abarrotados de frascos con mercurio, sal y azufre.
Sus manos, manchadas de óxidos y hollín, acariciaron un pesado tomo forrado en cuero que perteneció a un sabio árabe. Las fórmulas que en otro tiempo había buscado hasta la extenuación, se habían reducido a una sola obsesión para la que no lograba encontrar poción alguna. Un elixir de amor, que transmutara el amor hacia otra persona, en realidad otro ser, era simplemente la mayor de las quimeras. Así, en medio de aquel absoluto desorden, donde las cubetas de madera contenían residuos de trabajos previos y una retorta de cobre podrida destacaba sobre una mesa de madera carbonizada, Merlin arrastraba los pies, perdida la cordura, ajeno al mundo exterior, la peste y las intrigas de los nobles. Su única batalla que libraba, irremediablemente perdida, era contra sí mismo, profundamente enamorado de la misteriosa Nimue, desde la primera vez que sus ojos se posaron en la misteriosa Dama del Lago, a pesar de los esfuerzos de Arturo, pero sobre todo de los caballeros de Camelot, por devolver la cordura al legendario mago, al que tanto apreciaban.
- ... Simplemente, ha dejado de ser Merlín. Se ha convertido en una triste parodia de sí mismo, vagando por el castillo, por el lago, como un joven amante, iluso, que desespera día y noche, al no ser correspondido..,. expuso el rey a Ginebra, dando el asunto como absolutamente perdido. La reina tenía otra perspectiva:
- ... Mi señor, el amor puede ser desesperación que se torna tortura, pero también el más poderoso de los bálsamos. Quizás Merlín, por primera vez en su dilatada existencia, se limita a vivir, intensamente, sus propios sentimientos... - Ginebra tenía la mirada perdida en el horizonte que se dibujaba alrededor de la torre, en la que ambos compartían un suculento almuerzo. Arturo asintió, sumiéndose en la melancolía; demasiado bien comprendía las palabras de su mujer, por más que ella intentara ocultar sus profundos sentimientos hacia Lanzarote, el más valiente de los caballeros de Camelot y trágicamente, el más fiel amigo del rey.
El mago recorrió aquella mañana la isla de Avalon, esperanzado, como todos los días, por ver surgir de sus aguas y de la fortaleza sumergida en la que habitaba, a su amada Nimue. El sol apenas comenzaba a teñir de violeta el cielo sobre el bosque de Brocelianda cuando el mago más grande que el mundo había conocido, llegaba a la orilla del lago cristalino. No llevaba su bastón de fresno, ni sus túnicas cargadas de runas; había dejado atrás sus propias señas de identidad, reemplazadas por el corazón desnudo y la esperanza, siempre renovada, a pesar de la sabiduría de los años y de las advertencias que su propia magia le susurraba. Susurros silenciados por un corazón permanentemente emocionado. Todas las mañanas, al alba, Merlín se sentaba sobre la misma roca cubierta de musgo. Miraba fijamente las aguas tranquilas, imaginando la figura etérea, desnuda, de la ninfa. Temeroso de la inmortalidad que lo separaba del tiempo mortal, había enseñado a Nimue todos sus secretos, entregándole su conocimiento y su corazón, igualando su magia a la de ella.
—Nimue... —Susurró, imploró Merlín. Y el viento, como cada día, llevó su voz sobre el agua. Recordaba el brillo de sus ojos, similares a los reflejos del sol en el fondo del lago. La silueta de Nimue era una lección de armonía, un equilibrio perfecto que capturaba la mirada. A los ojos del anciano, la piel de la ninfa, acariciada por el sol, tenía un tono dorado suave, casi luminoso, que evocaba calidez. Llevaba el cabello suelto, una cascada de oro que enmarcaba un rostro de facciones delicadas: cejas finas, ojos expresivos y una sonrisa sutil y misteriosa. A veces, la bruma matutina tomaba la forma de una mujer y el corazón de Merlín daba un vuelco. Se levantaba, extendiendo su mano anciana hacia el agua, con la vana ilusión de tocar la de su amada. Sin embargo, el lago permanecía en silencio, transmutando la resignación y el amor eterno del mago, de nuevo, en desesperación.
Atardecía, cuando Merlin se levantó con suma dificultad para deshacer lentamente sus pasos hacia Camelot.
- ... Apiadaros de mí, señora, de este mortal que vive por vos, que os anhela día y noche, que solo vive para depositar a vuestros pies esta llama avivada por tantos sentimientos y que me consume... - Justo entonces, la voz de Nimie sonó a sus espaldas.
- ... Quizás podáis pensar que soy ajena a vuestra presencia diaria, pero estaríais en el mayor de los errores, mi querido Merlin. Os aseguro que sentiros, cada día, tan cerca, me halaga profundamente. Os ruego que volváis a tomar asiento, esta vez bajo aquel roble, el árbol sagrado que os representa, asociado a vuestra eterna sabiduría. Apoyad la espalda en su firme tronco, descansad mientras os transmite la conexión entre el cielo y la tierra...
Merlin sintió un vuelco incontrolable en el pecho al contemplar a Nimie desnuda, emergiendo de las aguas. No era solo su belleza física, sino la forma en que su presencia iluminaba el lugar. La emoción recorrió su médula, sintiendo una mezcla de alivio y euforia, como si finalmente hubiera encontrado esa pieza faltante del rompecabezas de su vida. En ese instante, el tiempo se detuvo para el mago. La ninfa estaba ahí, tomando su mano, real y tangible, conduciendo sus pasos y acomodando a Merlin bajo el roble, apoyando su cabeza sobre el regazo del anciano, esparciendo la infinita melena áurea sobre su cuerpo como una cascada de luz. Los dedos de aquel hombre centenario se enredaron, con delicadeza, en aquella seda dorada, acariciando el cuero cabelludo de la ninfa con una ternura infinita.
- ... Sois mi perdición, pero también mi refugio, bella Nimie. Cuando no estáis, el silencio me grita vuestro nombre. El sufrimiento me ha enseñado que el amor no es solo un sentimiento, es una rendición absoluta. Y me rindo a vos, mi señora, a las sonrisas de ese hermoso rostro, cuyo fuego azul en vuestras pupilas ilumina las mías, cegadas por el tiempo, que se escurre de mis manos. Me rindo a vuestras alegrías, a vuestros miedos si acaso existen, a esa alma que es faro de mis emociones, de mis pasiones; me rindo a toda vuestra existencia...
Las palabras de Merlin estaban mecidas por el aire fresco de la tarde, que traía consigo el aroma dulce de las flores silvestres recién abiertas. El sol, ya bajo, convertía el horizonte en un incendio de rojos y naranjas, mientras los últimos rayos acariciaban la orilla del lago, haciendo brillar la superficie del agua. La ninfa acarició el rostro de Merlin, dejando que las miradas de ambos transportaran a sus dueños. Nimie transmitió al mago el reflejo de un amor verdadero que delataba intensidad, calidez, ternura y un vendaval de emociones.
- ... Merlín, el más sabio de los hombres. Las palabras nunca podrían hacer justicia a nuestros sentimientos, pues allá donde ellas finalizan, la conmoción del corazón sigue su camino, derribando cualquier obstáculo. Yo también os amo profundamente, aunque la duda os haya hecho profunda mella en vuestro corazón. que debéis liberar de torturas infundadas. Sentid ahora la primavera, la suavidad de la brisa, los movimientos sutiles de las hojas de los árboles que nos rodean. Contemplad la luz que se desvanece, la orquesta del bosque que se calma, dando paso al arrullo de las aguas tranquilas. Dejad que este momento, suspendido en el tiempo, corone nuestras miradas cómplices...
Esas miradas seguían entrelazadas, sosteniéndose con una intensidad que parecía detener el tiempo. En los ojos del otro, cada uno buscaba refugio y certeza. Ella, con la respiración pausada, sentía cómo el calor de la tarde se colaba entre sus dedos, conectándola con la calidez de él. Merlín, a su vez, contemplaba la silueta de ella recortada contra el cielo crepuscular, encontrando en los ojos de la ninfa un amor prohibido, secreto y eterno, una conexión mágica que el bosque parecía proteger.
-... Sigamos juntos, mi señora, os lo ruego. Más allá de este instante, que se asemeja a una eternidad, permanezcamos unidos por siempre... Sé que nos separa vuestra inmortalidad, porque mi tiempo, entre los hombres, está hoy agonizando. Pero aún dispongo del necesario para un último hechizo, en este bosque de Brocéliande que nos arropa. No busco una tumba de piedra, sino un abrazo eterno, junto al vuestro, bajo este roble quizás milenario...
Merlin suspiró profundamente, sintiendo cómo sus huesos se volvían madera y su aliento se transformaba en el murmullo del viento entre las ramas. El mago no moría, se transmutaba lentamente. Su ser se diluía, convirtiéndose en parte de las raíces que se entrelazaban bajo la tierra, extendiendo su consciencia y su sabiduría, como savia ascendente, por cada uno de los árboles del bosque, mientras su mirada se multiplicaba en las miles de hojas verdes que susurrarían profecías por toda la eternidad. El mago habitaría en cada roble, en cada haya, en cada rincón de Brocéliande. Se volvería el guardián silencioso, el custodio de la tierra, fundido para siempre con la naturaleza, susurando a través del aire cuando el sol brillara a través de las ramas. Nimie besó los labios de Merlin, antes que la metamorfosis se completara.
-... Yo os visitaré, cada día, no una, sino varias veces, emergiendo de la fortaleza del lago. Avalon será nuestro universo y este bosque, el hogar donde nos abrazaremos. Brocéliande se convertirá en santuario pasional, el refugio húmedo y vibrante donde yo no caminaré, sino que me sumergíré en vuestro abrazo, mi amado Merlin. Os sentiré en la rugosidad de cada corteza, en la textura aterciopelada de cada hoja que rozará mi piel...
Y los días se convirtieron en años y estos, en siglos. Durante la eternidad del tiempo, en la savia del bosque, espesa y dulce, la esencia de Merlín circulaba por las raíces profundas, alimentando la tierra y recorriendo el tronco de los árboles que presenciaban, cada día, el encuentro de los dos amantes. Ella encontraba su mirada en el reflejo del sol entre la maleza y escuchaba su voz en el murmullo del viento que peinaba las copas de los árboles. Cada paso en ese lugar era un reencuentro. En la oscuridad acogedora del bosque, la línea entre la Dama del Lago y el entorno se borraba, sintiendo que la energía del gran mago sostenía su existencia, convirtiendo Brocéliande en un ser vivo, pasional y refugio del amor eterno que ambos se profesaban. A día de hoy, sus palabras siguen resonando, audibles para todo el que sepa escuchar.

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