Verano, inevitable. Calor, el esperado. Y mientras tanto, entre sudores, el tiempo transcurre, perezoso e indulgente, proyectando, desde nuestra imaginación colectiva, los rituales de los meses estivales. Pero no es fácil dejarse llevar por pensamientos apacibles, esos que derivan al ensimismamiento, a la contemplación, a la introspección. La cotidianeidad, salvo espejismos de fin de semana, sigue arrastrándome al momento presente en el que reinan otras sensaciones que intentan retener, como un dique, la mayoría de las fugas escapistas a las que mi imaginación gustaría entregarse. Cuando mis pensamientos aún eran los de un niño, cuanto más soñaba despierto con un deseo, más lejano me parecía. Y cuando al fin se materializaba, las emociones del momento, a pesar de ser intensas, apenas lograban superar aquellas otras desarrolladas previamente por mi imaginación. De hecho, para mi sorpresa, con frecuencia quedaban muy lejos. Difícil vivir el carpe diem, si el pasado, el presente y el hipotético futuro se superponen constantemente y entre sí.
Quizás por todo ello y porque la edad te vuelve más travieso o quizás más sabio, no hay día en que no intente, con mayor o menor éxito y siempre con cierto esfuerzo, escalar ese dique, regresando con frecuencia a algún lugar recóndito de mi interior del que quizás nunca quise irme y también, a veces, a algún paraje en el que los relojes de arena se funden con el sol del desierto. Ayer soñé con uno de estos últimos y, antes de que esas imágenes brumosas abandonen definitivamente mis recuerdos, intentaré recrearme en ellas. En un sendero solitario, de alta montaña, tan bello como majestuoso, donde las copas de los pinos, moldeadas por las duras corrientes, formaban un túnel verde y en el suelo, la hojarasca amortiguaba cada paso, mientras el camino serpenteaba desafiante, ocultando lo que aguardaba más allá de la próxima curva, divisé a lo lejos a un caminante que se dirigía hacia mí... Alguien que ha madrugado y ya está de regreso..., pensé, mientras que la distancia entre ambos se acortaba y al fin pude distinguir sus rasgos, los de un hombre maduro, fornido y muy sonriente.
Intercambiamos saludos de cortesía y me obsequió con media tableta de chocolate, mientras nos observábamos mutuamente. De repente, su rostro se ensombreció: ... Es curioso, pero tengo la extraña sensación, de repente, no sabría decir por qué, de que este sitio no existe realmente, ni nuestro encuentro es verdadero ... Me dijo, mientras volvía a cargar la mochila en su espalda... Y si acaso nada de esto es real, me pregunto si yo mismo tampoco lo soy; me fastidiaría ser una simple invención de alguien, de usted mismo... Enmudecí, viendo cómo se alejaba, perdiéndose en la línea del horizonte dibujada por las nubes. Dado que no tenía conciencia de estar soñando, me inquietó, como a aquel desconocido, la simple idea de que yo también fuera un simple personaje secundario surgido de un mundo onírico ajeno al propio. Si era así, compartía mis temores con aquel hombre: quizás yo tampoco existía.
Recuperé fuerzas comiendo varias onzas de aquel chocolate. El dulzor amargo me devolvió la calidez al pecho y aclaró mi mente nublada por las dudas. El camino, lejos de parecer hostil, parecía transmitir tiernas promesas. Me ajusté las botas y volví a caminar con paso firme, mientras el bosque se abría lentamente a medida que ganaba altura. Los árboles, cada vez más dispersos, dejaban pasar rayos de luz dorada que bailaban sobre mi rostro. La brisa alpina traía un olor intenso a pino, resina y roca fría. Con cada paso, el crujido de mis pisadas era el único sonido que competía con el murmullo del viento. De repente, tras superar un recodo del sendero, los últimos árboles desaparecieron. Ante mis ojos se desplegó la inmensidad de la alta montaña: picos afilados, extensiones de piedra gris y un horizonte limpio que parecía no tener fin. Respiré hondo, consciente de que el verdadero viaje quizás acababa de comenzar. Presentía que, si acaso había preguntas, las respuestas estaban esperándome en aquella cima que estaba a punto de alcanzar.
La mujer, sentada en el suelo, cruzando las piernas en la postura del loto, rodeada por el subyugante paisaje, parecía esperarme. Instintivamente me senté frente a ella, imitándola, apoyando el dorso de mis manos sobre las rodillas con las palmas hacia el cielo. Cerré los ojos y respiré hondo. Entonces la mujer habló, entre susurros: ... No detengas el río, solo míralo pasar desde la orilla... Inhala contando hasta cuatro, reteniendo el aire un instante, y exhala de manera pausada, sin dejar de mirar las aguas... Con cada expulsión de aire, mis hombros se relajaban un poco más y la tensión acumulada comenzaba a disiparse, invadiéndome una sensación de ligereza. Me había transformado, junto a aquella mujer, simplemente en un cuerpo respirando, un punto de conciencia en perfecto equilibrio con el entorno. Una sutil sonrisa, casi invisible, se dibujó en sus labios.
-... Por fin eres parte del escenario que te rodea. Demasiados pensamientos; aún no has aprendido a vivir sintiendo donde estás, disfrutando del verdadero significado del silencio interno. Te ahogas en propósitos continuos, tu propia voz te los devuelve con ecos que tapan tus oídos, tu vista, tus sensaciones, mientras el tiempo futuro colapsa el presente. Eres espiritual, siempre lo has sido, pero te dejas arrastrar por ti mismo hacia universos donde apenas un ápice de ti está presente...
-... ¿Por qué me dices todo esto..? ¿Quién eres?... —pregunté, sin poder apartar la vista de aquellos bellos ojos penetrantes.
-... Escuchas justo las palabras que deseabas. No soy más que tú mismo, una proyección, transformada e idealizada de tu propia conciencia. Me has imaginado y materializado con grandes dosis de fantasía, pero sobre todo de una idílica delicadeza. Somos la misma persona, desdobladas; tú eres la que hace las preguntas, yo soy la que da respuestas, las mismas que tú me dictas.
Quería quedarme allí para siempre, seguir deleitandome con la presencia y las palabras de aquella mujer, con la belleza inmensa de la naturaleza que nos rodeaba, pero al mismo tiempo, deseaba irme, huir de la fascinación de aquel momento, de ese escenario en el que presentía que estaba a punto de caer el telón.
- ... Y también soy la que concede esos deseos que tú mismo has ideado; ahora quieres despertar, huyendo de ti mismo, pero no de cualquier modo, has imaginado un final a la altura de ese romanticismo que siempre te impregna: nuestras manos derechas van a tocarse justo cuando ambos extendamos muy lentamente los brazos. Cuando lo hagan, habrás logrado tus propósitos, volverás a tu realidad, esa en la que vives solo parcialmente, pues gran parte de ti siempre habita en los territorios del sueño. Y en ese retorno, ya no serás el mismo, pues habrás aprendido a sentir mientras miras, en cada instante de tu vida. No dilatemos más el momento que esperas. Toquemos ahora nuestras manos...
Al despertar, me levanté del sillón sintiendo aún el viento de la alta sierra, sorteando las piedras y el laberinto de musgo del suelo, buscando el sendero dibujado entre pinos que había recorrido, hasta que estas imágenes comenzaron a difuminarse, salvo la de la mujer, pues agarré con todas mis fuerzas su recuerdo, cincelando en mi cerebro aquel bello rostro, pues quería retenerlo para siempre, dentro de mí. Inmediatamente, localicé todo mi equipo de montaña, me vestí con él y cerré la puerta tras de mí. Sabía exactamente a donde dirigirme, la ruta que debía seguir, para llegar justo allá donde los sentidos forjan y dan forma a nuestros sueños.
