El espejo le devolvió una imagen más acogedora que confortable: sus años, ya avanzados, parecían ocultarse tras su rostro, que lucía más joven de lo que realmente era, al igual que su cuerpo. Un día, me marchitaré de golpe... se dijo a sí mismo, mientras se afeitaba y ordenaba mentalmente los quehaceres profesionales del día que, con el tiempo, había aprendido a relativizar, dejando a un lado las obsesiones laborales, el estrés cotidiano que siempre se anticipaba a cualquier responsabilidad a la que debía hacer frente. Simplemente, los años lo habían conducido hasta la otra orilla del ámbito profesional, donde, cómodamente sentado, jugaba con cierta maestría al ajedrez, moviendo las piezas necesarias y sin implicarse emocionalmente en ninguna partida, seguro del desenlace de cualquiera de ellas: los peones eran siempre los mismos y los movimientos, mera reiteración de tantos otros del pasado. Todo se repite, una y otra vez. Cuando has visto tanto, parece que lo hayas visto todo...
Ya en la calle, esos apenas veinte minutos que lo separaban de su lugar de trabajo se convertían en un ejercicio de abstracción. No miraba a los rostros de los transeúntes, ignoraba los comercios. Su propia imaginación copaba sus pensamientos, todos sus sentidos. Y así, imágenes desordenadas se sucedían delante de sus ojos, incapaces de hilvanarse entre sí, sin dejar apenas espacio a la realidad circundante. Aquella puesta de sol de uno de sus viajes; la línea del horizonte dibujada sobre el mar, contemplada en cualquier atardecer de un día de playa; la fuente expulsando agua helada de la sierra; la página en blanco, incapaz de acoger palabras; Tintin y Astérix; Marilyn cantando Diamonds Are a Girl's Best Friend; aquel plato de camarones blancos con huevo frito... Sabía que llevaba así toda su vida, mucho más cerca de su mundo interior que de cualquier otra acción cotidiana, de las tantas que definían su vida. Quizás, por eso, era incapaz de mirar a los ojos de las personas, resistiéndose a la realidad que transmitían. Pero lo cierto es que había logrado, a lo largo de su vida, sin salir nunca de su mundo onírico, asomarse con frecuencia a su entorno, por entre minúsculas rendijas, el tiempo suficiente para comprender el mundo exterior e interactuar con él, a diario, siempre desde un ámbito de discreción, pues bajo ningún concepto deseaba dejar de pasar desapercibido.
Así, el paseo se convertía en recreaciones fantasiosas, sin límite de continuidad, donde los transeúntes se transformaban en personajes de ficción. La mujer de la tienda de frutas y verduras, que exponía cada mañana y con mimo parte del género en los expositores exteriores, estaba secretamente enamorada de uno de los mendigos que rondaban a diario la casa de acogida, situada justo enfrente. Ese papel estaba destinado a un indigente que Antonio había logrado distinguir, de entre tantos, un hombre maduro, semejante a una estatua de sal en medio del asfalto. Su piel, curtida por los inviernos inclementes y los soles de agosto, tenía el color y la textura de la tierra seca, surcada por arrugas profundas donde se escondía el polvo, quizás de mil caminos, sin rumbo. Ambos entrelazaban miradas furtivas, cruzando de una acera a la otra, la de dos personas que se atraen, pero que nunca han hablado. Instantes sutiles, suspendidos, un choque eléctrico de apenas dos segundos donde los ojos de ambos se encontraban, antes de desviarse rápidamente, llenos de una timidez culpable y un deseo contenido que jamás ninguno se atrevería a confesar en voz alta.
Y llegó el turno del joven ciego, una presencia matinal constante. El sol golpeaba el aluminio del quiosco de cupones, transformándolo en una pequeña caja de resonancia metálica en mitad de la acera. Dentro, casi inmóvil, permanecía el ciego, un hombre cuya presencia parecía fundirse con la estructura misma que lo resguardaba. Su figura encarnaba una paciencia antigua, ajena al ritmo frenético de los transeúntes que desfilaban frente a su ventanilla. A falta de luz, su mundo se construía a través del oído y el tacto. Tenía la cabeza sutilmente ladeada, siempre en guardia, descifrando el murmullo de la ciudad: el chirrido de los frenos del autobús, los pasos apresurados sobre las baldosas y las conversaciones fragmentadas que flotaban en el aire. Sus manos, de dedos largos y yemas desgastadas por el roce constante, descansaban sobre el mostrador con la precisión de un pianista antes del concierto. Sabía exactamente dónde terminaba la madera y dónde empezaban las tiras de papel que prometían la fortuna.
El quiosco era su faro oscuro en medio del asfalto. Un rincón diminuto desde donde aquel hombre, envuelto en su penumbra habitada, vendía a los demás los sueños que él no necesitaba ver para creer que existían. Sabía que a media mañana, aquella voz femenina lo saludaría y él le entregaría a cambio una gran sonrisa, imaginando las facciones de aquella amable mujer, posiblemente madura, que quizás sintiera por él, al menos un ápice de lo que él sentía o creía sentir por ella. Nunca sabría el color de sus ojos, la curva exacta de sus labios o el tono de su cabello, pero conocía detalles que los demás, cegados por la vista, solían pasar por alto. Sabía, por ejemplo, que su risa tenía la vibración de una nota de violonchelo bien ejecutada: profunda, cálida y capaz de llenar el espacio sin esfuerzo. También conocía su perfume, una mezcla sutil de azahar y lluvia que permanecía en el aire flotando mucho después de que aquella maravillosa voz anunciara su partida. Había decidido declararse esa mañana y las palabras que iba a emplear estaban grabadas en sus labios: ... Te siento. Sé que eres luz porque disipas mis sombras. Sé que eres música porque ordenas mi ruido. No necesito ver tus rasgos para saber que eres la persona más hermosa, de entre todas las que se han acercado a mi quiosco...
Antonio se acercaba a su destino. Una mujer joven, que él imagina embarazada, se situó justo a su lado, esperando cruzar a la otra acera, cuando el semáforo lo permitiera... Ahí dentro ocurre el milagro del silencio. Mientras la ciudad ruge, en mi centro se teje el tiempo a otra velocidad. Apenas mide unos milímetros, pero su peso en mi conciencia es el de una galaxia entera. Me descubro cambiando el ritmo de mis pasos al caminar por la acera. Ya no esquivo los charcos con prisa; ahora protejo un centro de gravedad que aún no ha cambiado, pero que ya gobierna cada uno de mis impulsos. Es un instinto silencioso, una corriente subterránea que me dicta respirar más profundo, como si mis pulmones tuvieran que llenarse también por él, o por ella. Ayer me quedé mirando mis manos durante un largo rato. Pensé en la primera vez que pueda tocar su piel, en cómo tendré que aprender a ser nido y escudo a la vez. Siento un respeto casi sagrado por mi propio cuerpo, que me ha dejado de pertenecer y dividirse para ser, simplemente, un hogar. A veces me asalta una ternura que roza el miedo. No el miedo que paraliza, sino el que reverencia lo desconocido. ¿Cómo será su voz? ¿Qué mirada traerá del otro lado de la existencia? Por ahora, nos comunicamos en el idioma de los latidos compartidos y los pensamientos sutiles. Le hablo sin palabras, con la certeza de que, de alguna manera, el amor ya le llega como un calor constante, un sol que nunca se pone en su pequeño universo...
Son los últimos momentos. El ascensor, los pasillos. Una auxiliar de limpieza saluda a Antonio... A esa hora, el edificio ya no le pertenecía. Al deslizar la mopa por el pasillo principal, imaginaba que el suelo pulido no era mármol, sino el espejo de un majestuoso salón de baile en la Viena del siglo XIX. El rugido lejano del tráfico exterior se convertía en una orquesta de violines. Ella no vestía un uniforme de algodón azul cobalto; llevaba un vestido de seda blanca que flotaba a cada paso. Su mente siempre volaba hacia el mismo protagonista: el joven del despacho situado en la primera planta. Tenía los ojos cansados y sonrisa tímida y siempre llegaba antes que los demás. Nunca se atrevía a mirarlo fijamente, pero conocía de memoria la silueta de su espalda y el sonido compasivo de sus pasos. Se detuvo frente al estrado del salón de actos. Apoyó el mentón sobre el mango de la fregona y cerró los ojos. En su ensoñación, el juicio no era por un asunto burocrático. Él estaba allí, de pie en el centro de la sala, defendiéndola de la monotonía del mundo. La miraba a los ojos y pronunciaba un discurso encendido sobre cómo su presencia iluminaba los rincones más oscuros de aquel edificio de piedra. «La acuso, señoría, de haberme robado el corazón entre los pasillos», diría él con voz firme, haciendo sonreír a los ujieres imaginarios...
Antonio abrió la puerta de su despacho, encendió el ordenador y sacó de su maletín, tras colgar su chaqueta en el perchero, todo el arsenal profesional que utilizaría durante la mañana... Quizás soy la persona más introvertida del mundo, pero poca importancia puede tener, a estas alturas, en las que mis días son más bellos que sus noches...
