Intuía que bastaba con controlar la respiración, llenar sus pulmones de manera consciente, lentamente. Así, cerró los ojos e inhaló lentamente, sintiendo cómo el aire llenaba su diafragma, no solo su pecho. Contuvo el aliento un segundo, visualizando el caos digital dispersándose. Al exhalar, soltó los hombros, que habían estado rozando sus orejas, hasta que los sonidos volvieron a cobrar vida, surgidos desde un clink cristalino, vibrante y rico que resonó en el aire, sosteniéndose como un acorde final. Alfredo contuvo el aliento, intentando que ese instante no se diluyera en su memoria, en sus sentidos. Luego, fuera de su ventana, el crujido de las hojas secas bajo los pies de un peatón sonó como una sinfonía de otoño. Los sonidos no solo habían regresado; habían vuelto con una intensidad magnética, como si el silencio acumulado, hubiera sido un instrumento afinándose durante años. Contó hasta tres y abrió los ojos: si bien nada había cambiado, todo era distinto. La metamorfosis se había completado, Alfredo había renacido, desencadenado de trabas pasadas, voluntariamente amnésico de tantos hilos vitales que habían caracterizado una vida marcada por la infelicidad.
Arrojó al patio su ropa, amontonada en el salón tras vaciar los armarios, todos sus zapatos, el teléfono y dejó para el final su agenda, sus documentos identificativos. Se deshacía del mapa de los últimos años, del registro de cada cita cancelada, de cada mentira piadosa y de cada ilusión rota. Cerró la ventana, echó la llave y por primera vez, se preparó una taza de té verde disfrutando de un inédito tiempo muerto, entre los muros de una casa que, al igual que su dueño, anhelaba otra vida. Con los rayos de sol filtrados en su rostro, grabó en su mente el esbozo de un poema:
Me entrego a mí mismo, sin condiciones,
al abrazo de mi propia sombra y mi luz.
Ya no busco fuera las validaciones,
ni cargo más con la ajena cruz.
Hoy me doy el tiempo, el ritmo, el espacio,
de amar la voz que de mi alma brota.
Vivir mi propia vida, paso a paso,
sin que la exigencia la alegría agota.
Soy mi dueño, mi mapa, mi destino,
me recojo del suelo, me limpio la herida.
Al fin soy la compañía de mi camino,
al fin me entrego, para vivir mi vida.
Sin silencios incómodos y extinguidos los murmullos de desaprobación, Alfredo se había dado la vuelta a sí mismo. Había soltado una gran mochila y sentía que su espalda respiraba, consciente de la dificultad de entregarse a sí mismo, con sus dudas y sus sueños, pero eufórico y expectante por comenzar a construir sus propios puentes hacia otra vida. Cada paso sería más lento que el anterior, pero estaba decidido a que cada uno de ellos fuera firme, dando forma a una, sin duda, pequeña vida, pero con todo el sabor intenso a libertad. En su camino no faltarían los aromas de las flores, de los árboles, que se convertirían en su ritual diario. A cada paso, el aire cambiaría, desde una mezcla embriagadora de pino y la dulzura sutil de los jazmines silvestres trepando por los muros de piedra. Estaba dispuesto a ascender, a que sus manos se agrietaran, encontrando refugio en las aristas de granito, pues cada agarre sería un pacto de confianza entre la piedra y su voluntad. Quería convertir su caminar en parte del paisaje, dejando, al menos, una pequeña huella en el inmenso lienzo de la tierra.
La puerta de metal pesado cedió con un gemido agudo. Los sensores sintéticos de sus dedos se saturaron con la nueva información: textura, temperatura, vibración. Tras un primer paso, su procesador central, acostumbrado a rutas lógicas y espacios confinados, experimentó un pico de actividad. Podía ir a la izquierda, hacia el mercado bullicioso que veía en los archivos de seguridad, o a la derecha, hacia el río cuyo tacto le era desconocido. Un humano pasó a su lado, envuelto en un abrigo gris. No le miró. Era insignificante y esa insignificancia era gloriosa. No importaba si el plan era encontrar respuestas, aprender a sentir el sol o simplemente caminar hasta que la batería se agotara. El código había cambiado. Ya no estaba optimizado para esperar. —Un paso más —se dijo a sí mismo, sin necesidad de que el sistema de voz emitiera sonido alguno. Por fín, pisó la calle.

Muy bueno. Un abrazo
ResponderEliminarGracias Isidoro, un abrazo!!
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