domingo, 1 de marzo de 2026

Desde mi hombro


Duró cinco segundos, incluso menos. Pero bastan para cambiarte la vida: había llovido y el impacto contra el suelo de la rampa, tras resbalar absurdamente y perder el equilibrio, tuvo que ser brutal, tal como se sucedieron los acontecimientos, si bien no fui consciente de ello hasta que el dolor y el traumatólogo me confirmaron aquello que ya sospechaba: varias roturas totales de tejido, incluido el manguito rotador. Había que operar, inevitablemente y así, resignado a mi suerte, pasé en enero por el quirófano, saliendo de él con un cabestrillo en mi brazo derecho que he tenido inmovilizado un mes. Sorprende el protagonismo que adquiere el otro brazo, en estas circunstancias, obligado a un protagonismo inesperado, para tantas acciones de la vida cotidiana. 

Llevo varias sesiones con un rehabilitador, liberado parcialmente del cabestrillo, si bien tengo que seguir usándolo cuando salgo de la casa, así como para dormir y a pesar de que noto una ligera, muy ligera mejoría, en cuanto a autonomía y fuerza, mi brazo derecho me sigue inspirando temor, por más que procuro no pensar en ello. El dolor sigue instalado en mis articulaciones y con frecuencia me pregunto si volverán a ser las de antes, si llegaré a sentirme, de nuevo, en armonía con ellas, ahora que se han vuelto tan frágiles, tan visibles a las sensaciones interiores que recorren mis sentidos, en cada uno de los ejercicios que practico. Mi única herramienta, para combatir estas dudas, es ser amable, paciente, con los días, con el tiempo, para conmigo mismo, en esta nueva vida marcada, al menos por ahora, por notables limitaciones. La recuperación no culminará hasta pasados unos seis meses y apenas han transcurrido dos: un largo camino aún por recorrer. 

Todas estas vicisitudes no han impedido, este fin de semana, un desplazamiento a la costa. La mañana del domingo parecía anunciar, al ritmo de la brisa marina, que la primavera había llegado. Junto al mediterráneo, me he dejado mecer por el ruido de las olas. El Levante soplaba con fuerza desde el este, trayendo consigo el olor a sal profunda y susurros de historias antiguas. Mi mirada se ha perdido, muchas veces, en el horizonte azul intenso, mientras observaba cómo las olas, blancas de espuma, golpeaban con fuerza las rocas, desdibujando la frontera entre el mar y el cielo. He sentido la caricia fría y a la vez cálida del viento, esa mezcla que solo el Mediterráneo ofrece en el cambio de estación. Cerrando los ojos, he escuchado el sonido de las gaviotas luchando contra la ráfaga, un sonido que formaba parte del paisaje, justo alli donde cualquier aventura es posible. En la distancia, una pequeña vela trataba de encontrar refugio, tal como los viejos marineros hacían en las calas resguardadas, cuando la tempestad rugía. Aquel viento no solo movía las barcas; narraba las historias de los vientos que, como el Siroco o el Mistral, no han dejado de moldear, durante siglos, a los que hemos tenido la dicha de vivir en las orillas de este Mediterráneo mágico, justo allí donde el sol poniente convierte el agua en oro fundido.

Esta tarde regresaremos a Granada, arropados por estas sensaciones, con los corazones llenos de esa calma que solo la inmensidad del océano puede regalarnos. Por las noche, siempre intentando abrir puertas entre el sueño y la vigilia, volveré a leer, al azar, quizás a Quino y su Mafalda, tal vez al gran Alex Raymond y Rip Kirby, o bien a Muñoz y Sampayo con Alack Sinner, si bien es díficil renunciar a Hugo Pratt y Los Escorpiones del desierto. Gracias a estos grandes autores, siempre consigo llaves para esas puertas y tantas otras que seguirán abriéndose, en brazos de Morfeo. En sus dominios, espero no toparme con ninguno de esos canallas que medran en las sombras, bien acompañados por embusteros redomados, mentirosos compulsivos, farsante que no dejan de hilar realidades alternativas con la destreza de un cuentista profesional,  embaucadores de feria, tramposos aspirando a ser felones,  infames que calumnian por placer, farsantes profesionales... en fin, de todos esos fascinerosos que parecen rodearnos, a diario, aspirando a ser dueños de nuestro tiempo, de nuestras decisiones, incluso de nuestras emociones. Feliz día de domingo y brindo por la sensibilidad, la emotividad, la delicadeza, en un mundo que parece estar olvidándose de estos maravillosos dones. 

Desde mi hombro

Duró cinco segundos, incluso menos. Pero bastan para cambiarte la vida: había llovido y el impacto contra el suelo de la rampa, tras resbala...