miércoles, 4 de julio de 2018

Voyage, Voyage

Al probar mi primer salmorejo del año, constato que el verano ha llegado, definitivamente, tras sufrir días de calor asfixiante en la ciudad y huir de ella ayer, para encontrarme con la brisa mediterránea del litoral y un pequeño paquete de libros que aún tendrán que esperar más de dos semanas para ser leídos. Desde Zweig hasta una muy cuidada selección de cuentos clásicos de terror editados por  Alianza Edtorial, pasando por La tempestad de Shakespeare, lectura previa y obligada a El mar, el mar, de Murdoch, ya dispongo de mis lecturas veraniegas, que iré alternando con el comic digital que como hoy, con Equatoria, la ultima aventura de Corto Maltés, he disfrutado, si bien no con la misma intensidad que lo hacía con Hugo Pratt, definitivamente inimitable, a pesar de los esfuerzos de sus autores. En agosto, un viaje a La Toscana se abrirá paso, a modo de aventura y sobre todo renovación mental.Ve el mundo. Es más fantástico que cualquier sueño, dijo Ray Bradbury, aunque también fue Kate Douglas Wiggin quien aseveró que Hay una especie de magia cuando nos vamos lejos y, al volver, hemos cambiado a modo de reset de esas neuronas que tanto castigamos, a diario. En definitiva, para descansar, hay que viajar y cuanto más lejos, mejor. 

Para cubrir las horas de aquél viaje en tren, tenia en principio todo lo indispensable: lectura, una botella de agua fresca, junto a uns galletas y sobre todo una gran somnolencia que prometía el mejor de los sueños hasta llegar a mi destino. Había logrado una plaza justo a la ventana y no me preocupaba en absoluto la persona que podría estar sentada a mi lado. La experiencia me había enseñado que salvo alguna frase de cortesia, acababa imponiéndose en escasos minutos un aislamiento recíproco, salvo en el caso de algunas personas mayores, capaces incluso de sostener un monologo continuado durante horas. Recliné mi asiento, abrí los periódicos y a los pocos titulares, un hombre se sentó a mi lado, un cura de mediana edad de aspecto desenfadado que enseguida encontró una excusa para iniciar una conversación, a la vista de una de las hojas del periódico.

- Los políticos se renuevan, pero la politica nunca lo hace. Llevo toda mi vida llamando a las mismas puertas y si bien los rostros siempre han sido distintos, siempre he recibido las mismas respuestas. Créame, la miseria es más una molestia que un problema - me dijo, en un singular tono irónico que me sorprendió.

Enseguida nos presentamos y en contra de mis previsiones, el padre Mateo me arrastró enseguida a una conversación fluida que no iba a decaer en ningún momento, durante el viaje. Había sido misionero en muy diversos países y antes de ello, para mi sorpresa, un malhechor de los peores, según me confesó abiertamente algo más tarde, una vez que gracias a la gran personalidad de mi interlocutor, se había creado entre ambos unos sorprendentes lazos de confianza. Compartimos nuestra frugal comida e inmediatamente, el relato de nuestras vidas, si bien la mía sse antojaba poco interesante en contraste con la del cura, que había logrado despertar toda mi curiosidad según éste me iba desvelando esos retazos tan pintorescos, sorprendentes, de su biografia.

- En efecto, mi entorno familiar no daba de sí. Prácticamente me crié en la calle y enseguida me transformé en un delincuente juvenil. Pasé por muchas tutelas judiciales en incontables pisos de acogida, solo para acabar finalmente entrando y saliendo de la cárcel. El único modo de vida que conocía era robar a diario. Y empleaba, si era necesario, la violencia mas desmedida para conseguir mis propósitos. Robar significaba mi sustento y mis puños la supervivencia. Además, era básicamente analfabeto, incluso incapaz de razonar mínimamente. Me había habituado a actuar según el más básico de los instintos.

Esperaba que aquella historia tuviera un giro inevitable hacia una suerte de rendención mística o alguna experiencia religiosa sobrecogedora, quizás algún robo en una iglesia y la sucesión de un milagro, pero el relato de mi compañero de tren desbordaba cualquier tópico: en pleno robo de un almacén, tuvo que salir huyendo ante la irrupción repentina de la policía, que le pisaban los talones en una atolondrada persecución que hizo que se extraviera por completo. Extenuado y a punto de entregarse, una puerta se abrió de repente y una mujer le facilito un escondite. Una prostituta, claro está. Aquello fue el principio de una amistad y enseguida de un romance que no podría sobrevivir con la vida de miseria que ambos teniamos; ella estaba hastiada de su vida y yo de la mía. Decidimos dejar todo atrás, encontrar un empleo y rehacer nuestras vidas. Parecía el principio de un cuento, ¿no cree?, me preguntó de repente Mateo, creando deliberadamente un momento de suspense en su relato.

- Me temo que no consiguieron materializar esos buenos propósitos, es evidente. ¿Qué ocurrió? 
- Ella no aguantó. Días enteros limpiando aquí y allá por un sueldo miserable. Acabó retornando a su antiguo oficio y yo no pude hacer nada por impedirlo. El amor es efímero si lo único que tienes a tu alrededor es la más absoluta de las miserias. Yo seguí trabajando en cualquier empleo que me salia al paso: de obrero, de camarero, de portero de discoteca. Lograba, a duras penas, subsistir, hasta que descubrí la droga... - se descubrió los brazos y en efecto, no habia lugar a dudas de ese pasado, quizás no muy lejano - A partir de entonces, me convertí en el más sangriento de los mendigos. Hice cosas inconfesables para conseguir mi ración de droga diaria, hasta acabar, de nuevo, en la cárcel, convertido en un monstruo anhelando mi ración de metadona diaria. Y así transcurrieron los años, entre rejas, conviviendo con tantos y tantos desgraciados que como yo mismo, habían perdido toda esperanza en sí mismos. 

El tren siguió su camino, superponiendo los paisajes fugaces y los tonos rojizos de un atardecer que se extinguia a ojos vista. El relato de Mateo, que se habia ausentado un momento, me había sumido en un extraño estado melancólico. Su vida, al menos hasta donde me habia contado, había sido absolutamente desgraciada y me preguntaba cómo era posible sobrevivir moralmente a todas esas circunstancias, por más que era evidente que él, finalmente, lo había logrado. En la cárcel, logré alfabetizarme. Asistir al colegio te liberaba de una rutina insoportable y de un aburrimiento al que logré esquivar aficionándome a la lectura. Leyendo, me sentía libre. Y no dejé de hacerlo, siguió contándome el padre Mateo, incluso cuando logré salir de allí, tan miserable como siempre pero con el propósito firme de no volver a pisar los muros de ninguna prisión. Ya no era una persona jóven y la mera idea de seguir envejeciendo rodeado de rejas me parecía insoportable. Tenía un posible empleo, haciendo de todo en los comedores sociales, al que me entregué por completo y la habitación de una vivienda compartida que se convirtió en mi primer hogar.  En mi trabajo, aprendí que los hambrientos de la sociedad éramos muchos más de lo que nunca había imaginado. Y que además de comida, la necesidad más apremiante era siempre la compañía, el consuelo de hablar y que alguien te escuchara, esquivar la soledad atroz. Aprendi, por primera vez en mi vida, a convivir, a compartir y entender en qué consistía la solidaridad, tan vital entre todos los miserables que abarrotábamos, forzadamente y a diario, aquellas paredes.

- Usted descubrió que ejercer la solidaridad con las personas era algo má que una actividad necesaria. En su caso, se convirtió en una vocación, ¿fue así, verdad? 
- En efecto. Todos comenzaron a llamarme el padre Mateo, con el tiempo. Estaban convencidos de que yo era un cura. Y con la ayuda de los religiosos que acudían a los comedores sociales, comencé a estudiar teología y no tuve dudas en acabar siendo, realmente, el cura que soy ahora.
- ¿Pero usted es una persona religiosa? - pregunté, desconcertado, a Mateo.
- En absoluto. Pero en el seminario, cuando expuse mis dudas me respondieron asegurándome que para ser un buen cristiano no era necesario, en principio, creer en Dios. Que bastaba creer en los demás. Y aquí me tiene. Digamos que trabajo con un uniforme en el que sí creen muchas otras personas. 

Nos despedimos al llegar a la estación, con un abrazo. El viaje de nuestras vidas es el viaje más apasionante de entre todos los que podamos concebir. Y ese viaje de Mateo, desde el infierno hasta lo más parecido al cielo, sin duda habia sido, además, uno de los más sorprendentes. Vivir es viajar, cada día, con rumbo hacia la suerte de nuestro propio destino.


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