sábado, 9 de junio de 2018

The Florida Project

He tenido la suerte de ver The Florida Project (2017), excelente película independiente de Sean Baker que contiene una tesis socio política elegante, poética pero al mismo tiempo feroz y desesperanzada. Los suburbios de un paraiso artificial (Disney World, Orlando) en el que malvive la niña protagonista (impresionante interpretación de la actriz Brooklyn Prince de seis años) sin conciencia  que tanto su madre como ella misma están bordeando la indigencia en ese microcosmos metafórico de un motel regentado por William Dafoe, donde se acumulan los marginados de una sociedad que sólo quiere mostrar el rostro colorido de la opulencia capitalista, a la que nunca accederán estas personas que corren a diario una carrera de fondo para subsistir. La madre de la niña protagonista vende perfumes falsos a los transeuntes, se cuela en un hotel para desayunar, se prostituye sólo para acabar frente a un ejército de policias y asistentes sociales que quieren llevarse a la niña. Una niña que no perderá su inocencia (corre, juega, se divierte con la inocencia propia de su edad junto a otros niños durante toda la película) hasta ese lírico, trágico y desesperanzado final, uno de los más exquisitos que recuerdo en el cine, corriendo junto a su amiga hacia las puertas de esa opulencia en forma de territorios artificiales de felicidad que posiblemente nunca logrará franquear. Lo más terrible de esta formidable tesis socio política, planteada con suma maestría por Sean Baker es ese mensaje subliminal que refleja el rostro de Brooklyn Prince: la pérdida de la inocencia supone una infancia que se rompe en una sociedad que vuelve la espalda a todos sus marginados.

Sean Baker comentaba en una entrevista, al respecto: "En Estados Unidos hay una enorme división de clases, y la gente no conoce o ignora a los sin techo. Es injusto, porque es muy fácil caer en la pobreza, en economías paralelas como las drogas o el sexo pagado. Y con un multimillonario como presidente. Se festeja la riqueza, se esconde a los sin hogar..." Sabia frase, fácilmente trasladable, en su esencia, a cualquier otro país. La miseria es molesta, incluso cuando la cifra de personas sin empleo, como es el caso de España, se vuelve endémica, insoportable. Rescato el texto, al respecto, de una entrada de este blog con fecha 14 de octubre de 2016 y espero que esos datos de hace sólo dos años hayan mejorado sustancialmente:

Sigue imperando la visión, interesadamente sesgada, de la cultura de la pobreza, atribuyéndola a una construcción étnica determinada, a una opción cultural o a una mentalidad concreta y eliminando de las razones que la explican todo factor social, político y económico. Según Oscar Lewis, creador del concepto de “cultura de la pobreza”, ésta agruparía todo un conjunto de conductas, sentimientos e ideas que responden adaptativamente a una marginalidad económica que se reproduce de modo autosostenido, que permanece invariable ante la eventualidad de cambios y condena, por sí misma a los pobres a la miseria. Es una cultura responsable de sí misma, en la que la categoría de clase se diluye en otras identificaciones. Que se lo pregunten a las personas de raza negra, en EUU, que no dejan de caer abatidas a balazos, en virtud de dicha cultura de la pobreza, convertida en una suerte de proyección colectiva, ciudadana, que convierte a estas personas en más que sospechosas, por el mero hecho de ser de dicha raza. 
En España, la marginalidad se ha abierto paso durante todos estos años, sin remisión y generando una exclusión social que aún convertida en mera estadística, no deja de ser escalofriante. Las cifras de hogares cuyos miembros están todos en paro, por ejemplo en la provincia de Cádiz, son insoportables. En la Comunidad Autónoma de Andalucía el 43,2% de las personas residentes en la misma está en riesgo de pobreza y exclusión. En el ámbito nacional, ayer leía en algún medio de comunicación que casi un 30% de personas, en edad laboral, están en riesgo de pobreza severa. La misma misera que conducía a Jean Valjean a la cárcel, por robar una barra de pan en Los miserables, de Victor Hugo. Y hoy, como ayer, nuestros gestores políticos, nuestros estadistas, aparentemente obligados a pensar en el bien común, no dejan de hablar de otros asuntos, fieles a la máxima de Platón: esos hombres de Estado tan orgullosos han sido incapaces de enseñar los propios valores políticos de las funciones que cumplen. Y es que hablar, continua y constantementee de sí mismos, es como negar que los ciudadanos existan. Sobre todo aquellos ciudadanos que necesitan, a diario, esa barra de pan, sin temor a tener que cumplir, vía dicha necesidad, los 19 años de cárcel que cumplió  Jean Valjean. No basta, para dar soluciones, gritar que hay que buscar soluciones. No basta para encontrar soluciones, vociferar hasta la saciedad que son necesarias. No basta para encontrar soluciones desgañitarse por completo criticando a los que no la encontraron. Soluciones en vez de alaridos, por favor; antes de volver a escuchar que tout va bien



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