sábado, 16 de junio de 2018

Cuestión de siglos

En una profunda siesta, he soñado que volvía a Manderley. Atravesé la famosa verja de hierro y no tardé en encontrarme con aquella siniestra ama de llaves enamorada profundamente de la difunta Sra. de Winters. Pasé de largo y dejé atrás su silueta sigilosa al final de uno de aquellos pasillos interminables que serpenteaban por aquella desvencijada e infinita mansión, repleta de susurros de un pasado lejano. Al fin, mis pasos perdidos localizaron la estancia que deseaba volver a ver, aquella biblioteca que vivió días felices con la presencia de la nueva Sra. de Winters, iluminando con su presencia la estancia que ahora, ante mis ojos, mostraba las ruinas del paso cruel del tiempo y el olvido. 

Cuando el ala oeste de Manderley comenzó a ser consumida por un fuego voraz, corrí hasta la playa, deseando dejar atrás aquella engañosa aurora boreal. Apenas sin aliento, me regocijé escuchando a las olas susurrar secretos milenarios, destacando entre ellos aquél que hablaba de una guerrero apátrida que tras naufragar y sobrevivir varios días sobre un tablero a la deriva, llegó a aquellas arribó hasta aquella playa, extenuado y eufórico. No hay peor muerte que aquella que predestina todo tu cuerpo a ser devorado por los peces, comentó para sí mismo, mientras se internaba, esperazando, entre la vegetación, a la búsqueda de agua y comida que permitieran resucitar aquella ruina a la que había quedado reducida su cuerpo. Ironía, escapar de morir en el agua para acabar muriendo por no disponer de ella, se decía a sí mismo, a cada paso desesperado, temeroso de caer al suelo extenuado y defallecer de inanición. Pero la suerte decidió no esquivar al guerrero: vislumbró lo que parecía ser una gran fogata y extrayendo fuerzas de la desesperación, siguió andando, esperazando en aquel fuego que creía divisar a lo lejos. 

Yo seguía paseándome por la orilla de aquella playa, volviendo la vista atrás de vez en cuando: el cielo se iluminaba por el resplandor del fuego que estaba reduciendo Manderley a cenizas. Entre fogonazos, divisé la silueta de una persona que parecía dirigirse hacia mí. No tardamos en estar a escasos metros el uno del otro. Ante mi, un hombre que debía medir más de dos metros, con una indumentaria que no dejaba lugar a dudas sobre su origen normando, parecía tambalearse mientras llamaba mi atención en un nórdico primitivo. Antes de llegar hasta él, había caído al suelo y temí por su vida. Aquel vikingo anacrónico había perdido el sentido pero seguía respirando, si bien con dificultad. Corrí a pedir ayuda y en minutos, aquél hombre bebía desesperado de una cantimplora, sin que los que estabámos allí pudiéramos dar crédito a la presencia de aquel feroz guerrero surgido del siglo IX. 

Me llaman Rollón, el caminante, me contó días espués, cuando se había repuesto. Navegaba, junto a mi tripulación en el drakkar que habíamos construido en el ducado de Normandía cuando una furiosa tempestad destrozó nuestra embarcación, sepultandonos a todos bajo las olas. Nadé con todas mis fuerzas y logré ponerme a salvo, sin poder encontrar a ninguno de mis hombres. He perdido la cuenta de los dias que he podido estar sobreviviendo encima de un trozo de madera, hasta llegar aquí
Me temo que usted es de otro tiempo, muy lejano al presente. Por razones desconocidas, no sólo ha navegado por el mar, sino que además, ha dejado atrás siglos que distancian su época de la mía, intenté explicarle a Rollón, si es que había alguna explicación a aquél insondable misterio. Cuando comprendió que diez siglos nos separaban, enmudeció durante días, sumergido en sus profundos pensamientos. 

Al tercer día Rollón estaba completamente restablecido, gracias a los cuidados de un hospital de la zona. En nuestra última conversación, entendí que estaba dispuesto a construirse una embarcación, que con los víveres suficientes, le permitieran navegar de nuevo, hacia mi tiempo, me confesó con incertidumbre. He podido conocer algo de esta época y creo que no hay lugar para los guerreros. Yo sólo sé luchar por una buena causa. Conozco el bien y el mal, el designio de los Dioses y cómo la vida queda reducida a la victoria de una batalla  y esos placeres terrenales de un buen cuerno de vino y una mujer. Nada tengo que hacer aquí, en este tiempo que no comprendo, donde las personas parecen esclavas de sí mismas, reiterando cada día las mismas acciones. En este mundo, tu mundo, no hay sitio para un guerrero que siempre ha sido libre, siento que me ahogo entre personas que no saben nada de ellas mismas.

La madera que necesitaba Rollón la encontré en un astillero de la región, asi como las herramientas que precisaba. Le ayudé en la construcción de aquella pequeña embarcación, tarea a a que se entrego frenéticamente, trabajando de día y de noche. En apenas una semana, estaba listo para embarcar. Si los dioses me han traído hasta aquí, les rogaré que me vuelvan a transportar a mi tiempo. A nadie hablaré de este mundo extraño que he conocido. A tí, que me has ayudado como el mejor de los amigos, te ofrezco que vengas conmigo. El mejor de los guerreros no es el más despiadado, sino aquél que jamás se traiciona a sí mismo, incluso en las situaciones más adversas. Tú eres uno de estos ultimos. 

No se si me arrepenti o no de rechazar el singular ofrecimiento de Rollón. Apenas tardó segundos en desaparecer, entre la bruma con su embarcación. En días posteriores me interesé por su posible destino en el mar, pero ni rastro de una barcaza con la forma de un drakkar. Quizás sus Dioses fueran piadosos y le permitieron retornar a su época, que no era la mía, si bien ambos eramos guerreros en ambas. Rollón, sobreviviendo con su fuerza física y yo, con la fuerza moral, a esas hordas de feroces malvados que siempre han sido el enemigo, en cualquier época. 

Había regalado a Rollón varias botellas de una hidromiel que pareció ser de su gusto. Bebí tambien de ella y brindé por nuestro encuentro, antes de nuestra despedida. Misterios insondables que une a almas distanciadas por el abismo del tiempo. Era el momento de despertar pero decidí seguir soñando.


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