domingo, 13 de mayo de 2018

Manhattan, de Allen

Vuelvo a ver Manhattan (1979), del ahora vilipendiado, por razones que poco tienen que ver con su obra cinematográfica, Woody Allen y de nuevo me reencuentro con Gershwin y ese genio, algo olvidado, de la fotografía que fue Gordon Willis. Pero sobre todo vuelvo a sumergirme en ese mosaico de personajes, tan propio del director, repletos de humanidad: amores y desengaños, entre encuentros y desencuentros en busca de una hipotética felicidad que se antoja siempre huidiza. La vida misma y posiblemente el motivo por el que las películas de este magnifico director no envejecen.
El personaje que interpreta Diane Keaton se rodea de la élite intelectual y cultural neoyorquina a la que el protagonista, Isaac David, interpretado por Woody Allen, describe como “un grupo de amigos muy interesantes que parecen que hayan salido de una película de Fellini”. En definitiva, seres surrealistas, patéticos y excéntricos escondiendo sus miserias tras la acertada cita al universo felliniano, que junto a otras numerosas referencias culturales, como August Strindberg, Nabokov, Van Gogh, Ingmar Bergman (cabria preguntarse, ¿cuántas personas de las nuevas generaciones de cinéfilos conocen las peliculas de Bergman?),  conforman un universo a medio camino entre la crítica a los medios de comunicación de masas con todos esos aprendices a gurú cultual que caracterizan las películas de Allen (recuérdese la divertida escena en Annie Hall (1977), a costa de Fellini y sobre todo, Marshall McLuhan) y la verdadera admiración de Allen hacia estos nombres propios de las artes. 
Es en este film donde Allen expone por primera vez de forma precisa la tesis con la que nos encontramos en el resto de su filmografía. La razón, la cultura (en toda la posible extensión de la mass media, televisión y periódicos incluidos, como bien definió Savater en el imprescindible Apocalipticos e Integrados) y el conocimiento no conducen, necesariamente la felicidad. Por el contrario, el vacío en el que se encuentra el personaje, aparentemente autosuficiente en ese mundo artificioso de una suerte de élite cultural, se evidencia al menospreciar al único personaje de la película que en su sencillez, es capaz de tener verdaderos sentimientos románticos, en el rol interpretado por Mariel Hemingway .En una escena de la película, el personaje de Diane Keaton llama por teléfono a Isaac, que tras contarle que estaba leyendo el periódico, le dice “No leía el artículo sobre las masas anónimas de China. Estaba mirando los anuncios de lencería. Sí, no puedo dejar de mirarlos. Son realmente eróticos.” Allen plantea de forma cómica como el erotismo, o el placer en general, es la alternativa ideal para contrarrestar un exceso de intelectualismo o de un conocimiento extenso pero inútil de referentes culturales que los propios mass media imponen (la secuencia en el estudio de televisión con las risas enlatadas). Esta idea la explicita el protagonista en la mítica escena del planetario: “Nada que valga la pena puede ser entendido con la mente. Todo lo que es verdaderamente valioso tiene que entrar por una abertura distinta, y perdona lo desagradable de la imagen.”
Allen no tiene dudas en su tesis: la alternativa al uso del conocimiento y la razón para sobreponerse al vacío existencial y a los desequilibrios emocionales, es, simplemente, el amor. A condición de no estar ciego ante él. Al final de la película, Isaac David corre, literalmente, para encontrarse de nuevo con el personaje de Mariel Hemingway, dejando atrás al espejismo idealizado del rol de Diane Keaton. Allen elige a la más ingenua de los personajes, la menos intelectual, la más sencilla en su planteamiento vital, pero la única capaz, al mismo tiempo, de amar sinceramente, en ese marco preciosista en blanco y negro fotografiado por Willis y en el que los personajes, como un escenario teatral, buscan encontrarse a sí mismos entre relaciones cruzadas. Una película de referencia y sin duda una de las mejores en la filmografía de Woody Allen, imprescindible.

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