jueves, 5 de abril de 2018

El sendero

Es evidente que la escritura es una suerte de terapia y en mi caso, la más efectiva de todas. Cuando logro escribir, a pesar de los posibles sinsabores del día y de los días, logro, en cierta medida, deshacerme de esa sensación creciente, siempre terrible, que tiende a apoderarse de nosotros, a modo de tela de araña, hasta dejarnos insomnes, cuando los problemas parecen irresolubles. 

Intento escribir, que significa centrar todos tus sentidos en la búsqueda de esas palabras que con suma frecuencia, tienden a tener malas relaciones entre si. No es sólo una imágen, que da lugar a unos pensamientos que quisieran extenderse, crecer. Es cruzar varias puertas, por laberintos bifurcados hasta aproximarte, al menos, con párrafos que con suerte serán afortunados, justo al centro de ese jardín oculto, allá donde el texto, ajeno al fin a una timidez inicial, comienza a crecer, dando lugar al milagro: el escrito toma forma. Quizás lejos de los pensamientos iniciales y aún más lejos de unos propósitos que se perdieron, irremediablemente, en ese laberinto, pero así es la fragilidad de la memoria, tan debil como cualquiera de las voluntades que por la noche se sueñan así mismas como férreas, sólo para despertar sumidas en el extravío del día siguiente. 

Cruzo puertas, en consecuencia. Las abro con timidez, esperando que tras ellas, se encuentre esa imagen que consiga transportarme a esos territorios en los que las cualidades propias de la naturaleza humana, descubran al hombre y al sentido racional de la vida. Busco el más elemental humanismo y desespero a veces al descubrir que la mayoría de esas puertas sólo me ofrecen tristes espejos de la irracionalidad, resistiéndome a ver reflejada mi imagen en cualquiera de ellos. Cruzo por esos senderos del jardin borgiano, en el que se bifurcan tantos sueños olvidados y aún más vanidades. Y cruzo los dedos para no toparme con paraísos soñados por otros que sólo sueñan con ellos mismos, al menos mientras mis propios sueños reclamen, en compañía de otros soñadores, su propio vergel en el que soñemos todos juntos. 

Quisiera abrir la última puerta, aún extenuado por el esfuerzo. Una intuición disfrazada de esperanza me insufla no tanto energías, como una suerte de certidumbre que tras esa puerta, las promesas pueden materializarse, al menos en forma de sueños que sueñan con ser acariciados. No puedo evitar aguantar la respiración, agitado por tan dulces expectativas y cierro los ojos cuando mis dedos se deslizan por ese pomo que giro muy despacio. Abro la puerta. 


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