miércoles, 28 de marzo de 2018

Vivir lentamente

- Nunca me planteo qué forma tendrá aquello que estoy concibiendo con mis otros sentidos y con la imaginación. Simplemento, me dejo llevar por mis sensaciones. Todo es una cuestión de mera sensibilidad... 
Arturo mientras habla, parece entonar una canción, tan musical es su voz. Se quedó ciego hacia los tres años y no recuerda nada del mundo que alcanzó a ver sus ojos antes de la oscuridad. Su mundo que es distinto del mio no tiene colores, quizás no tenga formas definidas. Es un mundo interiorizado mediante sensaciones y toneladas de recuerdos almacenados en su interior, como alguna vez me ha explicado. Sea como fuere, no conozco a una persona más feliz: siempre sonríe, al hablar, usando esa voz melodiosa y pausada que a veces parece una nana. Cuando tengo problemas, hablar con él es la mejor de las terapias. 

Paseamos por un agradable parque al que da nombre el poeta de Granada, durante una mañana por donde se asoma, al fin, una aún timida primavera. Arturo tiene una autonomía absoluta mientras anda, pero a veces coge mi brazo, sobre todo cuando aquello que va a contarme requiere de una especial atención, justo cuando en la conversación se asoman confidencias. 
- Tú sufres porque eres sensible. Sufres incluso por los demás, porque no puedes evitar identificarte con desgracias ajenas. Pero debes recordar que las fuentes de esos pesares no están dentro de ti. Y que siempre son personas, otras personas las que causan esos sufrimientos. Sin dejar de sufrir, porque si no lo hicieras no serías tú, serias otra persona, intenta sufrir menos
Pienso detenidamente en esos consejos, como siempre lo he hecho: no es la primera vez que los escucho. Sin embargo, siempre captan mi atención, quizás porque nunca he sido apaz de ponerlos en práctica. Arturo recita, mientras buscamos un banco soleado, algunos versos de Lorca: Tengo pena de ser en esta orilla, tronco sin ramas, y lo que más siento es no tener la flor, pulpa o arcilla, para el gusano de mi sufrimiento. Mi amigo sonríe abiertamente, deleitándose con cada palabra y yo apostillo el verso, con una frase de Houellebecq: el sufrimiento nos devoraría, por completo, si no lo pusiéramos en un poema. 

Seguimos andando, emulando a los poetas, pensadores y filósofos que tanto nos gustan a ambos. Hablamos de cómo pasan los años para ambos y él me recuerda que no puede mirarse en un espejo:  Como los animales, no soy consciente de la muerte, por lo tanto soy inmortal
Hablamos también de nuestro proyecto común: recorrer el mundo en tren, con una mochila, pero el tiempo que hemos vivido y sentido nos susurra que ya no somos tan jóvenes. Pero desde luego, tampoco somos unos ancianos, matiza mi amigo, vivimos en pleno floruit, coo decían los griegos. Me muestra una fotografía reciente de sus hijos y de su mujer, Manoli. Todos desprenden una felicidad plena, contagiosa, como salida de un cuento idealizado o de una película de Frank Capra. No hay secretos, sólo ganas de vivir, dando valor a todo lo que te rodea. Ser dichoso es una elección: decidimos, con frecuencia, si queremos ser felices o no. ¿Qué has decidido tú hoy?, me pregunta con ironía Arturo, justo cuando nos sentamos en la terraza de un bar. No puedo responder: siempre he sabido que Arturo ha sido, durante su vida, una persona infinitamente dichosa. Y si ha sido así es porque tomó siempre esa decisión, según su sencilla pero deslumbrante teoría de la misma vida.  Y mientras apuramos nuestras cervezas, me pregunto justo en que momento mis dudas han podido influir siempre en mi propia decisión, consciente o inconscientemente. Cierro los ojos y me veo a mí mismo como un adolescente con melena y barbalampiño, dispuesto a comerse el mundo, pedaleando en una bicicleta reluciente y con los mayores propósitos en la vida: profesionales, personales. Me sentía como una héroe dotado de la mayor íntegridad frente a los desafíos, como el personaje interpretado por Gregory Peck en Horizontes de Grandeza (The Big Country, 1958) de William Wyler, pelicula que por alguna razón siempe ha estado en mi inconsciente cinéfilo. Me sigo viendo proyectando en mis estudios, en mi profesión, en las mujeres de mi vida y en el ahnelo constante de seguir aprendiendo. El ritmo de la vida misma: unas oposiciones, una actividad profesional, un matrimonio, una casa, un hijo... La vida y nada más. Tu único problema son las personas, entre ellas tú mismo, por ser débil ante ellas. El día que comprendas que tu fortaleza reside no sólo en asesorar integridad y honestidad, sino además, defender estos valores ante los demás, serás realmente Gregory Peck.  El valor, pues, es mi problema, como diagnostica mi amigo. El valor entndido como una virtud, no como un forzado rol. Hay una gran diferencia entre ser valiente y simular valentía, por más convincente que pueda ser esa representación. 

Arturo recita a Walt Whitman, cuando una brisa repentina nos acaricia. Me dejo arrastrar por su voz y por los versos, hasta territorios oníricos en los que la naturaleza nos abraza a ambos. Me veo corriendo, entre casas torcidas, rumbo a la plaza de un pueblo, justo a la hora en que llegaba un artesano del helado portando una granizada de avellanas deliciosa. Y de nuevo corriendo, hacia una finca en un barrio de la ciudad en la que transcurrió gran parte de mi infancia, entre juegos que se sucedían sin descanso y siempre acompañado de los mejores amigos, compartiendo heridas en las rodillas, tebeos, bocadillos y juegos de mesa. En definitiva, te ves caminando, sin cesar por la misma vida, comenta mi amigo. Justo entonces, ambos decidimos recordar los versos de otra gran poeta, Martha Medeiros: 
Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.
Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito
repitiendo todos los días los mismos
trayectos,
quien no cambia de marca,
no se atreve a cambiar el color de su
vestimenta
o bien no conversa con quien no
conoce.
Muere lentamente
quien evita una pasión y su remolino
de emociones,
justamente estas que regresan el brillo
a los ojos y restauran los corazones
destrozados.
Muere lentamente
quien no gira el volante cuando esta infeliz
con su trabajo, o su amor,
quien no arriesga lo cierto ni lo incierto para ir
detrás de un sueño
quien no se permite, ni siquiera una vez en su vida,
huir de los consejos sensatos…

Nos abrazamos al despedirnos. Ambos nos vamos contentos, por el encuentro y el paseo y en mi caso, regreso a mi casa más sabio, quizás más feliz, gracias a que mi amigo ciego me ha hecho recordar que hay que resistirse a  morir lentamente. Dichosa amnesia, que nos ata al rígido ritmo de la vida. En mi salón, me desnudo, pongo la música a todo volumen y bailo de forma salvaje junto a Blue Swede Hooked On A Feeling. Recuperemos la memoria, para ser felices. Seamos valientes, para lograr esa felicidad. Y sobre todo, no dejemos de vivir.




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