domingo, 25 de marzo de 2018

Jauría humana


Dedicado a una amiga que sufre

Volviendo a ver la magnífica película de Arthur Penn La jauría humana (The Chase, 1966), es inevitable llegar a la conclusión que el guión, punzante, agresivo, de Lillian Hellman no ha envejecido en absoluto. Al contrario, la trágica situación que se plantea, todo un pequeño pueblo sureño simbolizando la mayor de las intolerancias y el arribismo frente a contadas personas íntegras, con el detonante de un preso fugado que esa jauría de personas desea abatir, destruir, es una tan triste como poderosa metáfora que simboliza lo peor de la sociedad del siglo XXI. Desde los medios de comunicación, a estas alturas absolutamente contagiados del periodismo amarillo, las tragedias se convierten en horas y horas de relleno de programación televisiva, en pleno prime time, vía rostros desencajados que profieren gritos, increpan, lanzan exabruptos e interrumpen constantemente a su interlocutor; de ahí a esa masa, arropada o no en el anonimato, que se convierte en una verdadera jauría para con los demás o con alguien, apenas un paso, en el que la angustia, impotencia y desazón ante el comportamiento humano nos devuelve la más cruel de las imágenes frente al espejo de una civilización dispuesta a devorarse mutuamente, desaparecida la identidad individual,  como aquella masa de personas en el estadio de Heysel de Bruselas matándose, literalmente, unas a otras en uno de las más desoladoras, estremecedoras imágenes que caben recordar en el contexto de la sociologia de masas: el mismo infierno.
La violencia está sufriendo una progresiva"autonomización", es decir, pasa de ser tratada como una cuestión tangencial, aconstituirse como un auténtico fin informativo, a ser una noticia por sí misma. Ha sido inevitable que finalmente, se haya socializado la misma, a fuerza de convivir con ella a diario, vía mass media y sobre todo en una nueva conceptualización de las relaciones humanas en una sociedad en la que las tecnologías de la información y la comunicación están omnipresentes. El desarrollo y definitiva consolidación de la sociedad de la información y del conocimientoestá estableciendo la posibilidad de generar nuevos modos de relación social, modificar las identidades sociales y sentar las bases para la emergencia de nuevos riesgos, así como de redefinir los preexistentes. En tal sentido, los especialistas de todo el mundo han comenzado a interesarse por cómo estas nuevas formas de relación social online están afectando y modificando los comportamientos y prácticas habituales existentes previamente en la sociedad y, a la inversa, estudian cómo las estructuras de relación social propias de las relaciones offline de la vida cotidiana se están trasladando al ámbito digital de Internet y las redes sociales. Estas últimas consustanciales al ocio y la vida cotidiana de un gran porcentaje de la población, inherentes a todas esas personas jóvenes que han nacido con ellas. El  ciberacoso está teniendo un desarrollo exponencial; es un  problema que afecta a la libertad y a la igualdad entre las personas, no en vano es una forma evidente de limitación de la libertad de las personas acosadas y de una forma de generar dominación y relaciones desiguales entre personas constituyendo hoy día un grave  problema social, considerando el impacto emocional o social de las víctimas, el supuesto anonimato de los que acosan y el sentimiento de unidad y causa común, sin prejuicios de ningún tipo, de todos éstos: de nuevo el estadio de Heysel.
En la  brechtiana Dogville (2003), de Lars Von Trier, los aldeanos conforman un pueblo de perros, de animales hambrientos que con el tiempo abandonarán sus máscaras para abusar de una fuente de bondad, Grace (Nicoke Kidman), la protagonista, de la que obtienen todo tipo de satisfacciones —en un principio acceden a pagar los servicios de Grace pero luego optan por, simplemente, tomar de ella todo lo que consideran que les pertenece—. A través del sufrimiento y la humillación de la heroína se nos ofrece la peor visión del mundo, reflejando que más que un código moral lo que guía a todas esas personas es lo que el grupo concreto al que pertenecen establece, según sus propios intereses, como bueno o malo. Y cualquier decisión, por más inmoral que sea, siempre que beneficie al conjunto puede maquillarse con palabras, excusas, incluso argumentos: lo importante es que suenen y parezcan razonables, que alejen cualquier sentimiento de culpa de la más inmoral de las actitudes, en ese pueblo de perros en el que todos y cada uno de ellos tiene la mayor opinión de si mismos.

¿Qué se hace frente a una jauría humana, frente a un pueblo de perros, frente a ese grupo de indeseables que día a día, en nuestra vida cotidiana, nos hacen la vida imposible? En las dos películas citadas, la violencia es la única respuesta posible frente a la sinrazón, aún más violenta. El problema, de gran calado, es que si recurrimos a ella, cabría preguntarse si a partir de ese momento no hemos pasado a ser parte de aquellos a los que deseamos combatir. Pero  en tal tesitura, ¿qué clase de respuesta podemos ofrecer a la furia, a la irracionalidad, para que ésta se extinga, antes de que lo haga la víctima? Difícil responder: pero sea como fuere, que la moral y la razón sigan siendo nuestro patrimonio argumentativo frente a la violencia, en todas sus manifestaciones. Aunque esa violencia sea el único código de comportamiento de tantos, sigamos siendo nosotros mismos. Nuestra mejor arma, para no dejar de ser humanos, será siempre la palabra, frente a los ladridos.







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