domingo, 18 de febrero de 2018

Vivre pour vivre

Vivir es vivir, igual que una rosa es una rosa. Vivir para vivir, una magnifica película de Claude Lelouch y Vivir!, una excepcional film de Zhang Yimou; aunque ahora que recuerdo, habia una pelicula de Kurosawa con el mismo título, una obra maestra absoluta. El buen cine nos anima a vivir y cabría preguntarse por las razones de nuestra frágil memoria cinéfila, en un día a dia que solemos hacer de todo excepto vivir para nosotros mismos. Hoy se lo he dicho a alguien que parece vivir exclusivamente para hacer daño a los demás, extraña estrategia de supervivencia para con uno mismo: "Intente vivir, sea feliz". Y me temo que por desgracia, no me habrá entendido. Demasiados años de frustraciones en sus ojos, imposible asimilar, posiblemente, la más triste de las conclusiones: que su vida no es tal. Al final somos, inexorablemente, básicamente un producto de nosotros mismos; el material con el que forjamos nuestra propia existencia, para bien o para mal, proviene de esa manera, personal y singular, de interactuar con un mundo con el que nunca llegamos a reconciliarnos, si esos fracasos, reveses, desengaños, se han sucedido con demasiada frecuencia en nuestras vidas:  heridas profundas en el azar de nuestros días. 

Escucho una bella canción en la voz de Rocio Durcal que popularizó mucho antes Javier Solís y que se titulaba Sombras, nada más, que en su origen fue un tango de Lomuto y Contursi. Una triste y aún más melancólica oda a la soledad del amor. Para deshacerme rapidamente de la pesadumbre que me provoca esa letra, que no se merece un sábado por la tarde, busco entre mis recuerdos y localizo el famoso adaggio de la 5ª sinfonia de Mahler. Las anteriores sensaciones son sustituidas rápidamente por un atardecer en una playa de Venecia. Sin embargo, no es suficiente: la marcha de El Cascanueces, de  Chaikovsky, emerge justo cuando el adaggio finaliza, provocándome, por fin, esa sensación reconfortante que buscaba para conmigo mismo. La música expresa todo aquello que no puede decirse con palabras y no puede quedar en el silencio, como bien expresó Victor Hugo: me dejo llevar definitivamente por ella, mientras escribo y convierto en olvido los desasosiegos de una semana intensa de trabajo, desbordante de rostros, palabras y situaciones a los que Harpo Marx hubiera respondido, posiblemente, con varios sonidos de su bocina. 

Recuerdo un fragmento de un poema de Safo: Ven aquí, a mí, desde Creta, a este sagrado templo, donde te espera un delicioso recinto sagrado de manzanos, y altares perfumados con incienso y comienzo a soñar con ese recinto que descubro, en mi propio sueño, que no es otro que el propio salón de mi casa. Aparece frente a mí, sonriendo, la poeta japonesa Chiyo - Ni y me susurra:  Del violeta de las nubes al morado de los iris, se dirige mi pensamiento y dejo que el mio viaje hasta el monte perdido de Ordesa y mientras camino por uno de sus senderos,  me topo con Baudelaire, que con estudiada pose declama, subido a un árbol: Ya pueden iluminarse de noche las ciudades. Mi jorada ha concluido; dejo la Europa. El aire marino quemará mis pulmones; me tostarán los climas remotos. Nadar, aplastar la hierba, cazar, fumar sobre todo; beber licores fuertes como metal fundido --como hacían esos caros antepasados en torno de las hogueras. Si, la libertad es sinónimo de contacto con la naturaleza y ésta nos hace fuertes, si logramos identificarnos con ella, pienso, mientras mis pies apresuran sus pasos, ante la inminente tormenta que se avecina. Localizo lo más parecido a un cobijo en una hendidura de la ladera de una montaña, donde me acomodo lo mejor posible, dispuesto a disfrutar del espectáculo de una lluvia que deseo que sea torrencial, antes de ser consciente de que tengo compañía, conmigo mismo.

- ¡Hombre!
- Pero bueno.... ¿qué tal?
- No puedo decir que sea una sorpresa, nos encontramos constantemente, afortunadamente. ¿Pero por que aquí y ahora?
- La reflexión, la aventura, ese sueño idílico del hombre disfrutando de la naturaleza... era inevitable. Cuanto más feliz te sientes en esos terrenos de la utopía, mas probabilidades de encuentro con uno mismo. Y ahora la inevitable pregunta: ¿cómo te sientes?
- Intento sentirme bien, constantemente. Aunque parezca increíble, suelo conseguirlo. ¿La edad, la experiencia vital...?
- Simplemente la fortaleza interna, la que siempre has tenido, pero cultivada a diario, madurada. Recuerda, el aforismo de Aristóteles: conócete a ti mismo. Y tú siempre lo has hecho, toda tu vida.
- Creo haber soñado con el templo de Apolo en Delfos, en un viaje a Grecia. Pero nunca logré encontrar esa frase en el pronaos. Sin embargo, me pareció maravilloso leer en un graffiti en Granada la expresión "Carpe diem" en un muro de un edificio en ruinas, firmado por un tal Raúl.
- Entonces, estamos de acuerdo... 
- Como siempre, desde hace bastante tiempo. Salvo en la música... te has quedado en los 90. 
- Niego rotundamente ese extremo y afirmo que la nostalgia no es un error. 
- Venga, venga, mientras escribías escuchabas a Ray Charles...
- Los clásicos con los clásicos...
- Se impone un resumen: conócete a ti mismo mientras aprovechas los momentos. Antes de que abras los ojos, recuerda que la sensibilidad es la mejor de las virtudes, nunca lo contrario. 
- Te toca despertar, muchacho... hemos caído en el terreno de lo tópico.
- Por otra parte, siempre que conversamos, tendemos a convertirnos en dos personajes de Samuel Beckett... 

Despierto, si acaso estaba dormido, en mi cama. Las 09,30 horas de la mañana, luego es domingo. Y los domingos... paella. Pero antes, desayuno, gym y paseo bajo un sol que ha querido olvidar que es invierno.


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