sábado, 27 de enero de 2018

Un breve respiro

Muchos días sin poder escribir una sola línea. Entre idas y venidas y siempre como espectador de todo un glosario de frustraciones personificadas en esas personas que, cueste lo que cueste, insisten en conseguir aquello que desean, las horas y los días se han sucedido, hasta justo este momento de extraña, insólita serenidad de un sábado por la tarde, justo a esa hora en que cualquier tipo de responsabilidad parece diluirse junto al té de las cinco y esas sensaciones que me acompañan surgidas de las últimas páginas leídas de un libro de Hemingway: creación y desesperación en un Paris que parecía no acabarse nunca. 
Mi sofá es como una cuna: me siento protegido de todos y de todo. Desde ese bienestar, los párrafos que surgen en la pantalla se asemejan a una luminosa lucidez que logra desterrar de mí esos últimos vestigios de desasosiego tan propios del descanso del guerrero, tras no pocas batallas. Difícil olvidar, sin embargo, los escenarios cotidianos, abundantes en rostros, generalmente crispados, que no dejan de hablar, sin parar, incluso cuando enmudecen, siempre de sí mismos. Excesiva humanidad, de la que todos formamos parte.
Alguien me dijo, hace unos días que todos tenemos la más alta concepción de nosotros mismos y ciertamente no se equivocaba, sea porque tenemos una memoria selectiva que nos hace olvidadar instantaneámente todo aquello susceptible de menguar dicha concepción o sea porque definitivamente nos gusta representar el rol de de persona íntegra, honesta y representante de los más altos códigos éticos, sean cuáles sean, realmente, nuestras acciones. Y fue entonces, cuando por razones obvias, recordé de repente la frase que cierra Barry Lyndon, de Thackeray, así como la magnífica pelicula de Kubrick: "fue durante el reinado de Jorge III cuando los antedichos personajes vivieron y disputaron; buenos o malos, hermosos o feos, pobres o ricos, todos son iguales ahora".  Triste consuelo, en una sociedad en la que somos incapaces de entendernos y en la que la amistad, por más intensa y prolongada en el tiempo que pueda concebirse, es traicionada en segundos, por motivos que, inmediatamente después, nadie logra recordar. Una sociedad que siempre ha sido, básicamente, la misma, por más que la que nos toca vivir se nos antoje, a poco que reflexionemos, tan singular como diferente a cualquier otra. Cuestión de perspectiva, al fin y al cabo sólo tenemos una vida y con frecuencia, escasos conocimientos de historia y de antropología que nos impiden concebir que durante siglos, desde nuestros orígenes, los comportamientos humanos no han dejado de repetirse, cuál perpetuum mobile.
Sea como fuere, olvidemos estos pensamientos. Es sábado por la tarde y se supone que es un día para disfrutar de uno mismo, como eran mis propósitos al principio. Hay que seguir balanceándose en ese columpio, evitando tomar tierra. Es necesario, siempre, ese breve respiro para que no mueran las posibilidades y para seguir, fundamentalmente, creyendo en ellas. Estamos hecho del material con el que se forjan los sueños, al fin y al cabo. Sigamos probando a darle forma, día a día.
      

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