viernes, 8 de diciembre de 2017

El poema de Frost

Limpió la barra con un trapo que había vivido mejores tiempos y cumpliendo con el ritual de todos los días, abrió la puerta del bar, esperanzado con hacer caja y aliviar las deudas que le habían quitado el sueño en los últimos meses. Maldecía el día en que había cedido ante las presiones de su hijo, para hipotecar no sólo el bar, sino su propia casa para aquel crédito millonario que se había esfumado en escaso tiempo, devorado por un negocio ruinoso que sólo había servido para que el banco estuviera a diario instándole a pagar o a ser desahuciado y para que se le rompiera el alma ver a su hijo ingresar en la cárcel. Desde aquél día sabía que el fin se avecinaba, también para él. No había vuelta atrás: su modo de vida se desmoronaba, el negocio que había logrado dar de comer a él y a toda su familia, ya estaba prácticamente en manos de otros.

Recordó, mientras servía el desayuno a un cliente de los habituales, sus comienzos tras la barra del bar. Allí instalado sirviendo el café, la cerveza, las tapas, el anís y el coñac de toda la vida, se sintió en paz consigo mismo, tras una infancia difícil en la que su madre luchó por él y sus hermanos toda su vida, día a día limpiando todo aquello que le ofrecían, desolladas literalmente las manos y las rodillas, pero siempre con una sonrisa amable para con sus hijos. Cocido, lo mejor del mundo, repetía siempre que conseguía ofrecer esa comida a los suyos. Falleció de puro desgaste, no sin antes dejar bien colocados, al menos desde el punto de vista de una mujer que había renunciado a tener vida propia desde que su marido desapareció completamente de su vida, a él y a sus dos hermanos, en trabajos que podían ser ejercidos por personas sin la más mínima cualificación, como era el caso: tanto él como sus hermanos habían dejado los estudios siendo aún niños y toda su vida había transcurrido como aprendices en cualquier negocio que les daba trabajo. Habían crecido en la más pura miseria, con sueldos que apenas eran propinas y sin aprender gran cosa de ninguno de los segmentos profesionales que habían vivido, que fueron muchos. Sólo la perseverancia de aquella madre abnegada y envejecida con apenas veinte años, a base de labrar amistad, logró lo que ellos mismos nunca lograron ni buscaron, unos contratos fijos y un sueldo mensual en diferentes empresas. Uno de sus hermanos, en un negocio de maderas; otro, como aprendiz de una pequeña tienda de electricidad y a él, el más negado de todos, un puesto en un bar que con el paso de los años, sería suyo. El bar que estaba a punto de perder o que ya, de hecho, había perdido.

Aquél bar consiguió transmitirle, desde el primer día, lo más parecido al bienestar personal. Se sentía útil y el trato diario con tantas personas era de su agrado. Su vida, tras la barra, se sucedió durante años, sin que apenas fuera consciente de ello. Un día, el dueño falleció sin que nadie de su familia tuviera interés en seguir al frente del negocio y desde aquél día, gracias a el escaso dinero que tenia ahorrado y la ayuda también de sus hermanos para el traspaso, se sintió completamente realizado. Su vida le pertenecía, fruto de su trabajo, de su esfuerzo personal, fruto de sus propias decisiones sin interferencia de nadie, salvo su mujer, una prima lejana con la que estuvo obligado a casarse tras dejarla embarazada. Una mujer que como su madre, hacía todo lo posible por contribuir a la economía del hogar que habían conseguido montar con abnegado esfuerzo, fuera limpieza, arreglar ropa usada, cuidar niños o incluso ejercer de pinche de cocina: un piso de protección oficial, cuya hipoteca pagaron puntualmente, cada mes. Dichoso autobús, maldito mil veces, susurró entre dientes. El autobús que se llevó por delante la vida de aquella mujer que llegó a amar con el tiempo, cuando el hijo de ambos apenas tenía diez años. 
- ¿Qué tenemos hoy de tapeo? - preguntó uno de los mecánicos del taller de enfrente, un grupo de clientes que nunca le fallaban. 
- De todo: tortilla de patatas, magro con tomate, papas a lo pobres con huevo frito...

La mañana había pasado rápidamente, como era habitual en aquellos días en los que no podía dejar de recordar, de reflexionar. La tristeza había hecho mella en él hasta tal punto que la vida parecía pasar por su lado, apenas rozándole. Simplemente, hacía su trabajo, comía, dormía y se recreaba en recuerdos que pudieran menguar esa desazón que lo devoraba. Una rutina que solo rompía una vez por semana, cuando iba a visitar a su hijo en la prisión, portando la comida que había elaborado con mimo, el día anterior. El rato que estaba con él, volvía a vivir, a sentir sensaciones, emociones. Era ya un hombre adulto, de treinta años, pero él lo seguía viendo con aquellos diez años que fue la edad en la que perdió a su madre y tuvo que recibir como único cariño el de su padre, que se entregó a él cada día. No podía tolerar carencias en su hijo, como las que él mismo había vivido, de ningún tipo, sobre todo afectivas y ejerció de padre y de madre día a día, recreando a la suya propia en todas sus acciones: su hijo creció feliz, finalizó una carrera universitaria, hecho éste que no se cansó de repetir a todos sus clientes y parecía encaminado a una existencia dichosa, cuando consiguió aprobar unas oposiciones. ¿Quién le metería la idea de aquél negocio ruinoso?,  se repetía a sí mismo, cada día. Miró el reloj: la noche había ya transcurrido, con la película en televisión finalizada. Era el momento que más temía, acostarse y no poder conciliar el sueño. No podía alejar de sí mismo la imagen, inexorable, de sí mismo, viviendo en una residencia de tercera categoría, la que pudiera permitirse con el dinero de su jubilación, sin techo propio, deambulando entre otros desgraciados que como él, estaban destinados a morir entre extraños. Le aterrorizaba sólo pensarlo, pero había logrado aminorar el miedo inventando una fantasía en la que veía a su hijo salir algún día de la cárcel y prosperar, convirtiéndose incluso en una persona de prestigio profesional. Una quimera que había construido noche tras noche, en forma de lejana esperanza y que le permitía, no sin dificultad, lograr conciliar el sueño, según transcurrían las horas nocturnas.

Pronto llegó el día en el que el banco cumplió sus amenazas. Ni siquiera los muebles de su casa le pertenecían, ni los enseres de cocina de su bar. Sólo le quedaba para sí los álbumes de fotos, así como su propia ropa. Toda su vida había quedado reducida a una maleta, que transportó hasta esa residencia que había gestionado, confirmando desde la primera visita, sus peores sospechas. Un sitio de aspecto cochambroso, con funcionarios vencidos por la rutina y una habitación que se asemejaba a la de cualquier pensión económica.

Allí transcurrieron los días, los años, en una rutina sin fisuras: desayuno, juegos de mesa, tiempo libre que prácticamente nadie usaba para salir, almuerzo, televisión, cena... Se había ofrecido para ayudar en la cocina, explicando toda su experiencia en el bar, pero fue inútil: él había venido a descansar,  que era la frase que repetían, constantemente, todos los que allí trabajaban. Había logrado, no obstante, hacer amistad, entre muchas de las personas que como él, estaban allí olvidadas por el mundo y aficionarse, obligadamente, a la lectura, para matar las horas, en aquella escasa, incómoda y mal iluminada biblioteca. Cada día, el espejo le devolvía su propia imagen, más que envejecida, destrozada. Todo su rostro se había descolgado, su pelo era apenas un recuerdo y todos los huesos de su cuerpo crujían, al menor de los movimientos. Se sentía cerca del final, que para su sorpresa, transcurría con calma, sin sufrimientos, con una conciencia ajena al desasosiego. Todos los que compartían sus días en aquella residencia se habían contado, muchas veces, la historia de sus vidas y había logrado relativizar la suya propia. Como él mismo, la mayoría apenas tenía visitas de familiares y el dolor que le provocó su hijo, tras salir de la cárcel, que prácticamente nunca fue a visitarle, fue a menos gracias a esa solidaridad compartida, obligada, entre todas aquellas personas de edad cada vez más avanzada.

Jamás había escrito apenas un párrafo, pero aquella inédita afición por la lectura le llevó de una manera natural a escribir un diario. Se lo regaló, unas navidades, un hombre culto cuya vida había transcurrido entre avatares aún más desgraciados que los suyos. Escribir te ayudará, pero hazlo siempre con juicio, dejando atrás la ira, le dijo éste, aquel día de navidad. Y eso hizo: convertir aquel dietario en su propia voz, que contuvo siempre para que fuera reflejo de sí mismo, no así de su simple estado de ánimo. Escribió cada noche, antes de dormir, al menos una página y a ese dietario le siguieron otros dos. Todos ellos los recibió su hijo, cuando le comunicaron el fallecimiento de su padre, por causas naturales. Había expirando en pleno sueño nocturno.

El destino del hijo de aquél sencillo hombre, contra todo pronostico, había transcurrido de forma afortunada, según transcurrieron los años. Había dejado atrás la fausta experiencia de la cárcel y se había situado, esta vez con fortuna, en el negocio de las inmobiliarias, rehaciendo por completo su vida tras casarse con una compañera de trabajo. Aquella fantasía que había alimentado su padre, para lograr conciliar el sueño entre tanto infortunio, se había materializado: su hijo era realmente una persona bien considerada en el sector de su profesión. Un hijo entregado a su trabajo, a su propia familia, huyendo hacia adelante de su pasado y que nunca tuvo tiempo para su padre, que había fallecido sin apenas saber nada de su nueva vida, quizá porque formaba parte, precisamente, de ese pasado que no quería volver a recordar. Decidió, consciente o inconscientemente, romper con todos los recuerdos, volver a empezar para poder volver a vivir.

Aquella noche, de vuelta a casa tras el entierro, al que sólo acudieron él y su mujer, comenzó a leer los diarios de su padre. La sorpresa inicial se transformó en rendida admiración, sin dejar de dar crédito a lo bien que escribía su padre, una persona prácticamente analfabeta, así como a la profundidad de sus reflexiones, una lección de vida que se desprendía de cada una de aquellas páginas en las que volvió a vivir su infancia, volvió a sentir a su madre junto a él y a recordar tantos y tantos días de su propia vida, entre recuerdos que se volvían intensos y emocionantes. Comprendió que había cometido el mayor error de su vida, al desprenderse de todos ellos y sobre todo de su propio padre, al que ahora anhelaba profundamente, pero que le volvía a hablar, desde aquellos párrafos que leía y releía con fruición. Amanecía cuando su mirada recorrió cada palabra de las últimas escritas por su padre, horas antes de fallecer. Había copiado un poema de Frost:

"La naturaleza verde es como el oro, es difícil retener su color. Su primer brote es una flor, pero solo dura un instante, luego una hoja sustituye a otra y el edén se torna melancólico. Así le ocurre al amanecer. El oro no permanece". Creo que significa que eres oro cuando eres niño como la hierba. Cuando eres niño todo es nuevo como el amanecer. Lo mismo ocurre con la puesta de sol, es oro siempre que nos paremos a mirar, que nos detengamos para contemplar que el mundo está lleno de cosas buenas. Debemos evitar que el edén de nuestras vidas se marchite, basta con detenernos, mirar a nuestro alrededor y sentir que nosotros también somos, si queremos, oro reluciente. No importan los infortunios, sólo cuenta lo bien que logremos sentirnos, cada día de nuestras vidas... 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bancos públicos

Por ahí pasea nuestro protagonista: allá donde sus pasos se pierdan, con el ritmo en el cuerpo y la mente despejada de fantasmas. Vive su...