sábado, 25 de noviembre de 2017

Preferiría no hacerlo

Bartleby me miró sin verme. Su mirada perdida navegaba, quizás, entre funestos recuerdos de vivencias nunca superadas, por brumas amargas de retazos de vida en forma de puñaladas, entre mares de profundas tristezas. Su única frase conocida, la única que acertaba a pronunciar, junto a esa mirada que conmovía, definían al más infeliz de los hombres, que tras su mesa de despacho, imperturbable, parecía extinguirse a ojos vista, en la más absoluta inmovilidad, inmerso en sí mismo, indescifrable a la razón si bien sus sentimientos se volvían omnipresentes en aquella estancia sumida en la penumbra, en mezcla de aciagas sensaciones e infaustas sensibilidades al servicio de la más profunda de las aflicciones.
Recuerdo mi primer encuentro con Bartleby, en un día de almuerzo familiar, en el campo. Tras la paella cocinada con leña, el café al atardecer y todo esos maravillosos tiempos muertos entre paseos, recolección de flores silvestres e improvisadas escaladas a los árboles, el atardecer se caracterizaba, en aquellos domingos, por un rato de lectura coincidiendo con el día tocando a su fin. La lectura del libro de Melville, elegido para la ocasión, constituyó una de las mayores experiencias de inmersión literaria que recuerdo. Yo estaba allí, junto al infeliz escribiente, contemplando su tragedia, compartiendo la perplejidad del narrador ante aquel indescifrable personaje y viviendo, junto a él, la tragedia de un hombre que un día prefirió no hacer nada, absolutamente nada, salvo quizás dejarse extinguir por la más absoluta inanición. La tristeza me invadió, profundamente, aquella tarde de domingo y la imagen propia que creé de aquél, el más desdichado de los hombres, me acompañó siempre, como símbolo del desconsuelo humano, si bien evité volver a leer posteriormente el magistral relato, en un intento inútil de dejar atrás tan vivos recuerdos surgidos de mi propia imaginación. Hasta hoy, que una nueva edición cayó en mis manos y la tentación superó mi débil voluntad. De nuevo, ante mi, Bartleby había aparecido, con sus ojos vidriosos y apagados, prefiriendo fallecer junto a reyes y consejeros, víctima quizás de la lectura de tantas y tantas cartas que jamás llegaron a su destino, portando esperanzas para aquellos que probablemente murieron antes de poder recibirlas, de sentirlas. 
Triste humanidad, capaz de volver aún más tristes a los hombres, devorándolos hasta el fin.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comprar tiempo

La frase es de Terenci Moix, en relación al premio Planeta: la importante dotación económica le permitía "comprar tiempo" y la ...