martes, 28 de noviembre de 2017

Llegar

El hombre siente que "está llegando". La mujer, a su lado, tiene una expresión que se traduce como "llegar... ¿era esto?". Fuera como fuese, ambos están obligados a seguir el protocolo, allí donde quiera que hayan llegado. Sonríen, de oreja a oreja, al fin y al cabo para eso están allí, mientras contribuyen a hacer bulto alrededor de ese Mesías que micrófono en mano promete y arremete, en monótona cadencia verbal, con estudiados crescendos que deben aplaudirse y vitorearse para que el discurso vuelva a empezar de nuevo. El hombre saca pecho, sonríe aún mas si ello es posible y empuja con delicadeza a los que junto a él, forman la masa humana que aparecerá en televisión, arropando al líder. El sueño del hombre es, por supuesto, una instantánea en los medios de comunicacion, con suerte un primer plano en que se muestre, además de sonriente, interesante e inteligente. Aguantando la sonrisa, intenta elevar las cejas, para parecer interesante y a continuación se pregunta qué hacer para mostrarse, además inteligente: instintivamente, cierra ligeramente el ojo izquierdo y petrifica, de tal guisa, el rostro, evitando la mirada de incomprensión de la mujer, que alterna los aplausos con las aclamaciones reprimiendo un bostezo. La suerte hay que buscarla, piensa el hombre, impotente para dibujar en el desencajado rostro un nuevo matiz de heroicidad, empujando con delicadeza a la mujer y a todos los que se interfieren en su camino para llegar junto al líder, justo allí donde la fotografía de su vida le espera. Aplaude y empuja, arremete y logra unirse, sin desdibujar la sonrisa, al clamor milimétrico de la multitud cada vez que el líder acentúa la inflexión de su potente voz, hasta desgañitarse. El sudor recorre el rostro del hombre, pero erre que erre, rostro desencajado, avanza lentamente hasta llegar a su meta, allí donde las cámaras de televisión, los fotógrafos, hacen su trabajo. Aquí me quedo, piensa el hombre, mientras sueña despierto: un alto cargo, faltaría más; coche con chofer a su disposición; un sueldo elevado que ya se encargaría él de elevar a millonario. Pero el sueño se desvanece justo cuando la lluvia comienza a arreciar: el discurso finaliza, abruptamente, la masa humana, junto al líder, se dispersa y lo peor de todo es que es incapaz de volver a poner en orden su descompuesto rostro. La sonrisa pugna por seguir allí, las cejas y el ojo izquierdo han decidido no alterar esa composición imposible. Mira alrededor, buscando ayuda, pero la mujer también ha desaparecido. El hombre corre en cualquier dirección, bajo la lluvia, que comienza a menguar y llega hasta una plaza en la que otro mitin comienza a desarrollarse. Ya puestos, piensa: comienza de nuevo a empujar a su alrededor, mientras pletórico, vuelve a sentir que está llegando.  


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