miércoles, 1 de noviembre de 2017

Fundido en negro

El hombre chasquea los dedos mientras su cuerpo interpreta la coreografía tantas veces ensayada. Las luces se posan en él y la música irrumpe en el escenario, simultáneamente a la aparición de todo el cuerpo de baile, que lo rodea, al unísono, uniendo sus cuerpos a los cronometrados movimientos del baile que marca la coreografía, inundando de emociones cada rincón del teatro. Telón y un nuevo atrezo para un escenario que vislumbra un arriesgado pas de deux, dada su evidente dificultad técnica: a la entrée  le sucede el adagio, las dos variaciones donde ambos bailarines se lucen y una coda final que corta la respiración de todo el patio de butacas, que aplaude durante varios minutos, agradeciendo ese viaje emocional e intenso a territorios oníricos. 
Al salir, la lluvia ha irrumpido sobre el asfalto. La gran ciudad es un charco imposible de esquivar: mis pies notan enseguida la humedad y decido refugiarme en un bar cercano, más atraído por su música que por sus neones: qué grande Ellington,, que es capaz de concentrar los pasos perdidos de tantos transeúntes, incluidos los míos, una vez instalado en la barra, con un brandy doble que me reconforta del chaparrón. El camarero no da de sí, corriendo literalmente de un lado a otro de la barra, en un bar atestado y a pesar de estar prohibido, repleto de humo. Pyramid se abre paso, entre conversaciones, griteríos y miradas que desean encontrarse: incluso yo me topo con la que me está esperando, una mujer que estando acompañada, me mira fijamente, desde su soledad. Le devuelvo la mirada, que intento sea amable y vacío mi copa de un solo trago, sintiendo hervir mi estómago. De nuevo, la calle, la lluvia, acompañado de esa mirada que no puedo dejar atrás. 
Neones, ocultos por las cortinas de agua; ruido de automóviles que esquivan a los peatones y un callejón por el que siempre recorto unos metros de distancia hasta mi apartamento: un sofá acogedor y una selección de música me esperan, me digo a mí mismo, superando el desasosiego de sentir todo el cuerpo empapado por la lluvia. Una sorpresa me espera, al final de ese callejón: un individuo con ojos inyectados en sangre, que parece tambalearse. Me pide, tartamudeando, la cartera, mientras siento el  filo de una navaja amenazante sobre mi garganta. No soy ningún héroe, pero mi instinto de conservación se impone: salgo corriendo, seguro que ese zombi no va a poder alcanzarme, si bien siento sus pasos pisándome los talones, antes de alcanzar de nuevo la avenida principal y coger un taxi. Tiemblo, en el trayecto, quizás de frío, quizás de miedo. 
Al fin, mi cuerpo descansa en el sillón soñado, tras una ducha. La música seleccionada, una selección de privilegiadas voces femeninas de jazz, acompaña mi somnolencia, interrumpida por el teléfono, siempre inoportuno. Es una voz femenina que se presenta a sí misma como la mujer que cruzó la mirada con la mía y que insiste en verme inmediatamente. Le doy mi dirección y espero, intrigado por tener respuestas al hecho de que una desconocida conozca mi número de teléfono. Fuera, la lluvia arrecia; consumo el cigarro con parsimonia, mientras la voz incomparable de Billie Holiday me susurra: Blue moon, Now I'm no longer alone, Without a dream in my heart, Without a love of my own... Entonces, suena el timbre de la puerta. 


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