jueves, 23 de noviembre de 2017

A la sombra de Bukowski

El empleo era aún peor de lo que me imaginaba. Una estación de gasolina olvidada por el mundo y solo frecuentada por taxistas, prostitutas y algún conductor despistado. A diferencia de otras gasolineras, sus puertas estaban abiertas, a cualquier hora de la noche, para inspirar confianza entre la clientela, según singulares teorías del dueño de aquel antro, un anciano desvencijado cuya vida había transcurrido entre aquellas cuatro paredes, como un pez en una pecera. Mi trabajo consistía en recibir al cliente, llenar el depósito de su coche y cobrarle el importe en el interior de la tienda, animándole a consumir bollería industrial, refrescos, lotería e incluso charcutería. Cada noche de cada semana, a cambio de un sueldo miserable pero que en mi precaria situación económica, ese dinero se me antojaba una auténtica fortuna.
La primera noche me pareció eterna. Las horas parecían no transcurrir en un escenario desolado, por la ausencia absoluta de clientes. En efecto, aparecía algún taxista de manera ocasional, pero nada más. La zona de polígonos industriales cercana rebosaba de prostitutas pero ninguna hacía acto de presencia. Un negocio ruinoso: habían pasado cuatro horas y sólo habían repostado dos clientes. Tuve que vencer las tentaciones continuas de cerrar y ponerme a dormir y quizás lo hubiera hecho si no hubiera aparecido, de repente, en el umbral de la puerta, una de las furcias que me miraba fijamente. 
- ¿Puedo entrar? - preguntó. Observé la escasa ropa que llevaba y por lo demás, su lamentable aspecto físico. ¿Qué clase de hombre podría buscar sexo en una mujer como ella? 
- ¿Por qué no podrías hacerlo? - respondí, intentando mostrarme amable con ella. Al fin y al cabo, ambos éramos despojos. 
- El anterior empleado nos prohibió la entrada; decía que no quería sida en los lavabos... - me confesó, mientras se acercaba a mí. Visitó los lavabos, compró una lata de cerveza que consumió allí mismo sin dejar de hablarme de sus clientes, sus servicios y su independencia - Los chulos son para las más idiotas; para vender mi cuerpo, me basto y me sobro... 
Al día siguiente, ella volvió, acompañada de más mujeres que como ella, buscaban los lavabos, bebida fresca y sobre todo un descanso de la calle. Hablaban entre sí, se contaban sus penurias y sobre todo bromeaban con el penoso anecdotario a costa de clientes que rehuían mirarlas a los ojos. Entre ellas destacaba Lucy, una chica joven, de Senegal, que era como el alma de aquel grupo que fue en aumento, según transcurrieron los días. Lucy tenía liderazgo, personalidad y un cuerpo que exprimía, cada noche: necesitaba dinero, mucho dinero. 
- Quiero volver con los míos, cuanto antes; pero quiero hacerlo con dinero. Montaré un buen negocio, me casaré y tendré una vida normal, con niños - contaba cada noche al resto de mujeres. Un sueño compartido por todas, una quimera para la mayoría, desgastadas por un trabajo del que nunca podrían escapar. 
En un cajón disponía de un revolver, listo para usarse pero con la prohibición expresa de usarlo. Sólo podía exhibirlo en caso de peligro, nada más. El dueño no disponía de licencia y yo aún menos: un arma persuasiva, para situaciones extremas, que se habían dado en el pasado. Lucy acostumbraba a beberse su cerveza descansando su espalda sobre un expositor que estaba justo al lado de la puerta, mostrando, quizás exhibiendo su perfil, enmarcado en un voluptuoso cuerpo del que gustaba hablar continuamente. Dinero invertido en tetas y culo, explicaba, entre risas. Una noche tuve una visión y le cedí la pistola, a condición que posara en su sitio habitual y que pusiera imaginación al hecho de portar un arma cargada. No andaba equivocado: Lucy se convirtió, con sus posados, en una letal presencia, tan sexual como mortal, una fascinante mezcla que en su rol de mantis religiosa, no tenia rival. 
Cada noche venía buscando la pistola y cada noche representaba su papel, para jolgorio de sus compañeras. Los escasos clientes que venían a repostar no salían de su incredulidad, la gasolinera parecía regentada por prostitutas y Lucy era la líder absoluta de aquél tinglado imposible del que escapan  a toda prisa. 
Una noche, el dueño y un fornido taxista se presentaron en el local, justo en medio de la fiesta habitual. El anciano me dijo de todo y me despidió, mientras el taxista la emprendió a patadas con las chicas, que huyeron despavoridas, entre ellas Lucy, con la pistola y maldiciendo. 
Me fui a mi casa: el enésimo empleo perdido; dormí profundamente y al despertar, me obsequié con un desayuno copioso, mientras escuchaba la radio. Una estación de gasolina había ardido durante la noche. No constaban  víctimas, se habían escuchado disparos y era posible que los mismos dieran origen al fuego. Recordé a Lucy, el umbral de la puerta, dibujando su figura en el contraluz de la noche, enfrentándose sola al mundo y a los hombres, cada día. 





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