sábado, 11 de noviembre de 2017

La mujer de los sueños

En el segundo día de mi viaje, conocí a la mujer del encargado de la posada donde me alojaba. Por alguna razón, no pude articular palabra cuando la vi, mientras ella me miraba fijamente. No era una cuestión de mera atracción física, era algo más carnal que sería difícil de explicar con palabras, pero semejante a esa sensación que en un museo, te recorre de arriba abajo cuando tienes frente a ti al original de esa obra pictórica que tantas veces has visto reproducida. Y es que aquella mujer de rasgos perfectos, de mirada felina, penetrante, era sin duda una obra de arte cuya visión excitaba todos los sentidos, al tiempo que los colmaba: contemplar aquel cuerpo, aquel rostro, significaba rendir tributo a la belleza femenina, en su máxima expresión cuando se encuentra con la divinidad de las formas, de unos rasgos y proporciones a cuyo lado, el resto de mujeres no podían competir, convertidas en meros reflejos de aquella diosa que ese día me miró durante unos minutos, mientras yo la admiraba, hasta desaparecer tras unas cortinas. 
Las ocupaciones que me habían llevado hasta aquella localidad perdieron cualquier interés: las desarrollé con desgana y procurando darles carpetazo cuanto antes, ante el asombro de mis interlocutores, que esperaban ver en mí a un agresivo y omnipotente representante del más grande los bancos. Incluso mi contacto en la localidad, cuando almorzábamos, se permitió preguntarme si estaba enfermo. Quizás, contesté, sin saber explicar que desde aquella mañana, ya no era la misma persona. 
Pasé horas en la sala de estar de la posada, esperando el momento de volver a ver a aquella mujer, pero mis desvelos fueron en vano. Sólo el marido asomaba de vez en cuando por la estancia, sonriendo y sirviendo la bebida a los huéspedes. Cuando anochecía, me armé de valor y pregunté directamente: 
- Celebro haber elegido vuestro hotel, con toda franqueza. La estancia está siendo muy agradable y tengo que felicitarle por el amable trato... espero, antes de irme, poder felicitar también a su mujer, creo que la vi esta mañana... - le dije a aquel hombre de aspecto afable, intentando ser lo más natural posible. Para mi desconcierto, palideció y su mirada cordial desapareció de su semblante. Unos minutos eternos se sucedieron, el uno frente al otro, antes de recibir la sorprendente, inexplicable respuesta: 
- Señor... mi esposa murió hace más de un año...- acertó a explicarme mi interlocutor, consciente de mi asombro. Insistí que yo había visto aquella mañana a una mujer, al lado del mostrador y describí su fisonomía, si acaso ello era posible, insistiendo que si bien ella no me había dirigido palabra alguna, nuestras miradas se habían cruzado por unos minutos y que no tenia dudas que era su esposa, puesto que era la misma mujer que aparecía en una fotografía al lado del dueño de la posada y que lucía tras el mostrador de la entrada, fotografía que señale a aquel hombre que me miraba con creciente incredulidad y que volvió a insistir que su esposa, en efecto presente en aquella fotografía había fallecido.
Enmudecí por completo, mirando fijamente los ojos tristes de aquel hombre, que quizás estaría pensando que me estaba burlando despiadadamente de él. Me disculpé como pude, le hablé de una lamentable confusión y que de hecho, no me sentía nada bien desde aquella mañana, algo que además era cierto. Con estas excusas, me escapé a mi habitación, haciéndome servir una botella de brandy y un té con leche que consumí al calor del fuego de la chimenea, haciéndome muchas preguntas, sin encontrar ninguna respuesta, hasta que el sueño llego junto a la embriaguez. 
Volví a ver a aquella mujer, cuyo nombre desconocía, en imágenes oníricas que se sucedían a mi alrededor. Corría tras ella, por las estancias de la posada y fuera de ella, sin lograr alcanzarla, hasta que llegamos a un bosque en cuyos árboles parecía esconderse. Su voz era dulce, sensual, en forma de cántico y me llamaba constantemente, en aquel trayecto sin fin en el que, continuamente, cuando parecía estar junto a ella, aparecía de repente lejos de mi. Desesperaba por llegar a ella, alcanzarla, tocarla, a pesar que las fuerzas parecían abandonarme. Sólo cuando caí de rodillas, extenuado, apareció junto a mí y entonces pude abrazar sus piernas, llorando de emoción. Le confesé todos mis sentimientos, le rogué que permanecería a mi lado y seguí declarando todo mi amor hacia aquella mujer que finalmente abracé y besé, sintiéndome el más feliz de los hombres, llorando como un niño entre sus brazos, mientras aquel bosque comenzaba a ser devorado por un fuego devastador que nos rodeaba a ambos. Nos desnudamos, hicimos el amor rodeado de llamas, bajo las estrellas, extasiados de placeres que nadie había jamás sentido: levitamos más allá de las copas de los árboles, sin dejar de mirarnos, de sentirnos. 
Y entonces desperté, justo en el bosque soñado, completamente desnudo y lejos de la posada que ardía como la yesca. Miré, busqué, en todas direcciones, pero ella había desaparecido, tal como desapareció hacía más de un año, cuando falleció. Nunca más volví a verla, por más que intenté, al menos,  volver a sentirla, durante el resto de mi vida. 


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