martes, 14 de noviembre de 2017

El vitral marino

A escasos metros, el mar embravecido, narrando historias milenarias. Presto atención a relatos que hablan de Ulises, de Simbad pero también del Kraken y otras criaturas monstruosas como el Leviatán. Una historia sobre sirenas se abre paso, entre las otras y decido escucharla, mientras apuro una bebida que me han prometido que es auténtica hidromiel, recuperada de una ánfora de barro encontrada por un buceador griego. Al beber de ella, noto en mi cuerpo una transformación asombrosa: recupero, de repente, la juventud. Si sigo bebiendo, me pregunto, regresaré al útero materno, esa caverna de Platón que nunca recordamos, pero a la que siempre anhelamos volver. 
- No me dirás que vas a establecer una ingenua relación entre la obsesión masculina por las mujeres y el útero materno...Por favor, esos tópicos no son dignos de ti - me suelta Ahab, con brusquedad, mientras me sirve un ron infernal. 
- Me gustan los tópicos: una vela que es apagada por el viento, el crujido del suelo de madera, el ruido de unas pisadas, la aparición de un marinero, en el umbral de la puerta, con aspecto espectral... - contesto, sintiendo mi estomago perforado por el ron, que he bebido de un trago, en una pose estudiada y en un rol destinado a un público invisible. 
- No nos desviemos de la cuestión... - interviene Kurtz, con una pose aún más teatral, mientras todos esperamos esa frase final que, inevitablemente, siempre repite al respecto del horror -... lo importante, realmente, es dirimir si más allá de estas líneas de texto, seguiremos o no existiendo en el inconsciente colectivo y sin que yo tenga, necesariamente, que tener el rostro de Marlon Brando. Os confieso que es cansino... 
Meditaba alguna frase ingeniosa para contestar a Kurtz, pero unos golpes en la puerta interrumpen mi, por otra parte, frágil concentración y aparece ante nosotros Anne Bonny que sonríe con una tarta entre las manos.
- Eh, Anne, hay que temer a una mujer que nunca va vestida de mujer excepto precisamente hoy... - interrumpe Corto Maltés, con una mirada que no deja lugar a dudas y que Anne sostiene durante unos segundos.
- Marino, a mi me deberías temer siempre, tenga el vestido que tenga... - responde la mujer pirata, mientras nos invita a probar su tarta.
 Un trozo de esa deliciosa tarta y otros tragos de ese ron surgido de las llamas del infierno. De nuevo, el mar brama toda clase de historias que se resisten a ser olvidadas. Me pregunto cuantas historias surgirán nuevas, en el presente, en el futuro, condenadas a que nadie hable de ellas, perdidas en los laberintos de un tiempo incansable, de recovecos inencontrables más allá del laberinto del Minotauro.
- Vamos, todos a cantar y a brindar por la belleza de Anne... - sueltan  dos tritones que agarrados por los hombros, se tambalean mientras entonan con voz cavernosa una canción que habla de tesoros escondidos y por supuesto de mucho ron.
Sandokán, muy en su rol bravío, se sube a una mesa, tras romper el cuello de una botella y brindar por Anne, exhibiendo músculos, mientras Corto Maltés lo mira de soslayo. Hermosos tópicos, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, como un pulso que golpea las tinieblas. Salgo de entre la bruma, corro hacia la playa y tras desnudarme, no dudo en sumergirme en las acogedoras aguas mediterráneas. Infinitos relatos me esperan, en cada una de sus olas. En una de ellas diviso a  Davy Jones, en compañía de Calipso: nado hacia ellos.




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