sábado, 18 de noviembre de 2017

Comedia del Arte

Arlequín me analiza, semioculto tras una gran jarra de cerveza, de la que bebe lentamente. Yo he preferido, en una mañana de sol radiante en Venecia un té helado. Justo en medio de ambos, Colombina se arregla por enésima vez su pelo, llamando la atención de tantos hombres de cierta edad que llenan la plaza de San Marcos. Goldoni, siempre enamorado de ella, la contempla sonriente, tras pagar unas monedas a un acordeonista para que toque alguna romanza veneciana. El músico, que parece salido de algún cuadro de Francis Bacon, nos sorprende a todos, interpretando a Brassens. Irrumpe de repente Polichinela, tan repulsivo de aspecto como inteligente en ese humor contagioso que desprende, rompiendo el momento de solaz y cantando junto al acordeonista. 
- A pesar de estar constantemente apaleado, qué máscara más alegre... - suelta Colombina, acompañando con sus palmas la improvisada canción.
Peor es pasar a la posteridad sin pronunciar ni una sola palabra... - responde Arlequín, con su habitual cinismo. 
- Entregaos a este maravilloso tiempo muerto en Venecia, criaturas... además, hablar de los ausentes significa, en esta ciudad, hacerlos presentes... - reflexiona Goldoni. En efecto, Pierrot aparece, sigilosamente, tras una columna. Primero su pierna, a continuación un brazo y de un pequeño salto, a nuestro lado. Los niños de la plaza, al verlo, corren hacia ese Pierrot que aún con el rostro melancólico de Jean-Louis Barrault, promete, con su sola presencia, toda la diversión de un mimo. El espectáculo comienza, con la expresión corporal del clown melancólico a las reacciones de los transeúntes. La plaza se llena de una alegría contagiosa. Goldoni sonríe satisfecho y obsequia a Colombina con una de las rosas que una mujer con atuendo de maga, nos ofrece, a cambio de unas monedas. 
- De vos no quiero ninguna moneda, señor, sólo quisiera ver la palma de vuestra mano derecha, si no os parece una proposición demasiado atrevida... - me susurra la maga veneciana, ante la curiosidad de general. Le tiendo la mano, sin poder resistirme a la tentación de un conocimiento disfrazado de quimeras, tal es la tradición de la quiromancia, pienso, sin poder apartar la mirada de esos ojos verdes de edad indefinida que escrutan con curiosidad las líneas de la vida. La maga se detiene en alguna de ellas, eleva el dedo índice y traza círculos con el mismo para volverse a concentrar de nuevo, inconsciente de Pierrot, que la imita a sus espaldas, para regocijo general. Al cabo de unos instantes, Arlequín venciendo su habitual discreción, se levanta de la silla y con su voz estridente, interrumpe las posibles profecías de mi maga particular: 
- Señora, no me hace falta leer su mano para saber su futuro... basta contemplar su rostro, sus gestos y adivinar sus pensamientos, que es como decir sus dudas, sus incertidumbres y quizás, en el fondo, sus propias debilidades... -  recita Arlequín, con voz prodigiosa, desplazando la atención, hasta ese momento centrado en Pierrot a su propia persona. Pierrot se sienta en la mesa, adoptando un gesto de atención y mostrando en su rostro sorpresa ante cada frase de Arlequín, gestos que los niños también imitan, entre risas y vítores hacia éste, animándole a seguir su perorata.
- ... porque este hombre es más producto de sus propias debilidades, que las afronta como retos, que de las metas que consigue en cada uno de sus propósitos... creedme si os digo que no obstante de ello, su mente no deja de trabajar, incluso dormido: piensa y vuelve a pensar, reflexiona, medita y disecciona; contempla, analiza, investiga, considera y si ello no es suficiente, vuelve a comenzar... - suelta Arlequín, cada vez más histriónico y duplicado en sus gestos por el arte del mimo Pierrot. 
- Este criado con ínfulas de filósofo tiene toda la razón, señor... - me confiesa la maga, mientras Goldoni asiente - ... Recordad que hay que vivir para vivir... dejad de lado las reflexiones y abandonaros a los momentos, según lleguen y dejaos llevar, según transcurran... 
- Si, debéis vivir para vos mismo, recordando quién sois y sin dejar de ser esa persona que tan bien conocéis en todos los momentos, a condición de que disfrutéis de ellos... - me declara Colombina, mirándome fijamente hasta que el beso, inevitable, surge entre nosotros, entre una salva de ovaciones.
- De sabios es tomar nota: en el empleo de vuestra propia vida, olvidaos de los patronos, gobernad en vosotros mismos y  junto al que os quiera. Recordad que el amor ingenioso (aquel que no es un plato de habichuelas) es el único verdadero - acierta a exclamar Arlequín, como frase final, mientras Pierrot a su lado hace gestos románticos mirando hacia una luna incipiente y la maga acaricia la calva de Goldoni, desconsolado ante Colombina. Es el momento de que todos en pie, alineados sobre el escenario, miremos de frente al publico e inclinemos ligeramente la cabeza ante los aplausos y justo antes que caiga el 
TELÓN

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