miércoles, 18 de octubre de 2017

Lluvia, al fin.

Tengo tentaciones de plegar el paraguas y dejar que la lluvia me empape del todo, mientras intento sortear los primeros charcos del otoño. Pero la inercia, es la inercia: sigo andando, apresuradamente, sintiendo esa brisa que parecía tan lejana y ese goteo intermitente que no cesa. Incluso tras los cristales, transcurridas las horas, sigue lloviendo delicadamente, mientras mi mirada se pierde, incapaz de concentrarme, en el trabajo minucioso de esa agua que quisiera asemejarse a espejos largos y delgados sobre las calles. Es la soñolencia resignada y amable de Lorca, difuminándose en un anochecer ajeno a la poesía, que transforma la lluvia en una serena luz suave, pero nunca silenciosa, abriéndose paso incluso tras la voz de Lena Horne y su versión de Stormy weather, que me acompaña en este feliz momento onírico. Así que me pierdo, en el manto que acribilla los silencios, ya en la plena noche de un telón que difumina el tiempo y extingue los colores, dejándome llevar por esas otras lluvias enigmáticas que siempre nos sorprende, sintiendo las gotas en el corazón, en el alma. Bienvenida, lluvia, al fin. 






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