sábado, 28 de octubre de 2017

Retazos de un pasado

La tienda en la que entro es un universo caótico donde conviven muebles, cuadros, libros, inodoros y quizás cualquier objeto que podamos imaginar, bastaría con solicitarlo a cualquier miembro de esa numerosa familia que se pasea por estrechos pasillos que convergen a estancias atestadas de elementos en convivencia forzada, localizando en segundos aquello que piden los clientes, en un alarde de memoria fotográfica. Un perchero de madera, con aspecto clásico, demanda una señora mayor; allí lo tienen, apenas perceptible tras un desfasado mueble de salón que sin duda vivió mejores tiempos en décadas pasadas y semioculto tras un biombo chino. El tiempo se pasea, en esa torre horizontal de Babel, acariciando los recuerdos insondables de cada uno de esos objetos  que sus dueños, la mayoría, vendieron por mera necesidad o por deshacerse, los menos, de esos muebles que ya no querían tener en la casa. Observo que los proveedores del negocio se suceden continuamente, todos con la esperanza de obtener algo de dinero con el que salir del paso a cambio de una bañera antigua, una mesa y sus sillas de madera de roble, una lámpara, una colección de libros. Los libros no los compramos; aunque los pongamos a la venta a un euro, no se venden, me confiesa el patriarca de la familia, concentrado y preocupado por la autenticidad de unos jarrones, cuyo veredicto espera con anhelo una pareja de jóvenes cogidos de la mano. 
Decido perderme en ese laberinto del Minotauro, intrigado en encontrar aquello que no logro imaginar, pero que me susurra, desde algún rincón invisible, hablándome de su existencia. Me abro paso entre alfombras, más sillas y mesas, todos los sofás imaginables, colchones, televisores, puertas antiguas, lienzos de la caza del ciervo, montones de discos de vinilo y llegó allí donde esa voz me ha invitado. Un diario, ahogado en polvo, con una pequeña cerradura sellando su contenido en una estructura de metal que enmarca una ilustración que identifico de María Pascual, la famosa ilustradora de los cuentos troquelados. Inconfundibles, esos ojos grandes, la exigua nariz en una cara redonda y pecosa. Lleva tiempo ahí, como no tenemos la llave, habría que forzar la cerradura y no queremos estropearlo, es un diario que regalaban a las niñas en los años 70... me explican, con escaso interés, cuando cerramos el trato por cinco euros. Al salir de la tienda, siento la voz más perceptible, acompañando mis pasos. 
Con un simple destornillador hago saltar la cerradura y me entrego al misterio de ese contenido que reclama mi atención. La letra del dietario no es de una niña, es de alguien con más edad; sorbo el café, me dejo llevar por los rayos de sol que se filtran por los orificios de la persiana y entonces, leo la única página escrita del diario: 
Me hacía ilusión comenzar con este diario, escribir en él cada noche, antes de acostarme; nunca hubiera imaginado que estas navidades serían las últimas que viviría en mi casa y la última al lado de mi madre; la siento aún a mi lado, estoy segura que siempre estará conmigo, aunque haya fallecido. No sé qué es el cáncer, pero se la ha llevado, después de haberla consumido. Mi padre dice que todos, él, yo y mis hermanos vamos a comenzar otra vida y que volveremos a ser felices. Pero su rostro ha cambiado, desde que mi madre nos dejó, jamás sonríe. Sus ojos miran siempre al suelo y su voz se apaga en cuanto comienza a hablar. Al menos, en el pueblo, estarán mis tías, mis primos, que nos ayudarán. Pero siento que algo muy importante se va a quedar aquí, en esta casa donde hemos vivido felices durante tantos años. Pensar que nunca volveré a ella, me entristece profundamente y me hace preguntarme cómo serán los futuros años, sin mi madre. Pero también debo recordar que soy la mayor de mis hermanos y debo hacerme fuerte: cuidaré de vosotros, cuidaré de mi padre e intentaré cuidar de mí misma. La vida es aquello que tantas veces escuché decir a mi madre, justo la que nosotros queramos construir. 
Y nada más. Un retazo de existencia, un deseo y sobre todo una esperanza de futuro. Ningún nombre, unas fechas: esa mujer, fuera quién fuese, debía tener hoy día alrededor de 60 años. También el nombre de una localidad  andaluza, apuntada al final de la página. Un pasado recobrando vida a través de un extraño, marcado por una tragedia pero iluminado por un firme propósito de encontrar felicidad. Una persona extraordinaria, que en su juventud hizo el propósito de afrontar el futuro con entereza. Y sí, me pregunto que habrá sido de ella, de su padres y sus hermanos. Si habrá conseguido, a lo largo de su vida, encontrar esa felicidad, entre la tragedia que marco su vida. Me pregunto tantas cosas que no puedo evitar calcular la distancia, en coche, hasta esa localidad. Y me dejo llevar por esa voz, que vuelve a mí, apenas un murmullo audible: hago la maleta y salgo, decidido a emprender el viaje, con el propósito de encontrar a la dueña del diario y devolverle esa parte de su pasado. Arranco el motor: el Sur de Ulises nos espera a ambos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bette Davis

He visto recientemente dos clásicos del cineasta Robert Aldrich, con la eterna Bette Davis, un magnífico director de cine que me temo que...