lunes, 4 de septiembre de 2017

Héroes de lo cotidiano

La ciudad comienza a llenarse de personas y los rituales sumergen de ese asfalto que cede en temperatura, adormecido aún por un tiempo estival que se resiste a desaparecer del todo. Entre acordes y notas invisibles, el ritmo de la calle renace, contagiando o quizás obligando, a la vitalidad a todos los transeúntes, forzados bailarines del marcado compás de la vida misma. Quizás un ballet, adecuadamente ejecutado, a base de ensayos diarios y cronómetro: abrir los ojos, ducha, desayuno y esa puerta que se abre, deslumbrando una mañana que se sueña heroica mientras se torna inevitablemente monótona, sin dejar de anhelar una épica que se abra paso entre los pliegues de un tiempo que parece reciclarse en acciones, personas, palabras y gestos. Un feroz guerrero que corre para tomar el autobús a tiempo; una princesa amazona que antes de portar su arco y flechas, prepara el almuerzo para su familia; un coloso cuyos puños de acero se depositan en las estanterías de material escolar; un poeta legendario que anda por la calle, con un maletín y la cabeza repleta de Leyes e informes; un sensible y enamoradizo juglar, que llave inglesa en mano, sueña con melodías en su laúd. "Ah, mi señora, en territorios recónditos he buscado al unicornio, en tierras inhóspitas me enfrenté a todos los elementos que se interponían en mi camino y el del Santo Grial y al fín, mi camino me llevó hasta tu regazo", acierta a confesar el anciano a la anciana, que lo mira con dulzura; "No es la batalla, ni la victoria, es el valor ante fieros y templados enemigos, el fragor de las armas, el sonido de mi espada", piensa el estudiante, que cuenta con preocupación las monedas que tiene en el bolsillo; "Vuestra cinta lucirá en mi brazo y exhibirá ante el fiero enemigo toda vuestra belleza que yo transformaré, lanza en mano, en un huracán invencible de conquistas", sueña el conductor del autobús; "Recorreré el mundo, describiré con mi pincel aquella naturaleza que me enamore, escucharé el sonido del viento entre las hojas, pisaré con mis pies descalzos los mares de hierba", recita la cajera del supermercado. El día 1 de septiembre, mientras mis pasos se acercaban a mi lugar de trabajo, noté el peso de la armadura bañada en oro. 

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