jueves, 28 de septiembre de 2017

Mis pasos se pierden entre hojas de otoño

Salgo a la calle, percibo las tímidas brisas otoñales, promesas de un frío agazapado entre temperaturas que se resisten a dejar de ser estivales y unas gotas de lluvia saludan a mis pasos. Un ritual se despliega ante mis ojos: los transeúntes van y vienen, reiterando unas inercias reflejo de la misma vida. La señora y sus hijos, todos dirigiéndose apresuradamente al colegio; los comercios, que reviven al día; los quioscos, ya revividos, cercados por publicaciones; las cafeterías y sus terrazas, abundantes de clientes ávidos del café matinal; el mendigo, resignado a que ese día no se diferenciará de los anteriores. Mientras me deslizo por una calle que conduce a mi destino, piso las hojas secas que adornan las aceras y pienso que la vida se forja de pequeños detalles, incluidas las miradas furtivas, que sustancian lo cotidiano. Recuerdo el verso de Eduardo Galeano: "... Me desprendo del abrazo, salgo a la calle. En el cielo, ya clareando, se dibuja, finita, la luna. La luna tiene dos noches de edad. Yo, una." Me pregunto por qué, al andar, nunca miramos al cielo, obsesionados con mirar de frente, aquello que siempre miramos, entre meras inercias que nos esclavizan. Prisioneros de nosotros mismos, entre encrucijadas de caminos asfaltados, la vida se sucede mientras yo hago mías las calles que llevan hacia ti y sigo pisando las hojas de otoño.


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