jueves, 21 de septiembre de 2017

El sueño del guerrero

El guerrero descabalga muy lentamente, deposita con pereza su escudo, sus armas en el suelo y como un ritual, procede a quitarse una armadura incrustada en su piel. Desnudo, mira la luna y murmura para sí canciones de la infancia, antes de bajar corriendo una ladera que le conducirá a un río con el que soñaba desde hacía días. Las frías aguas lo envuelven y por fin, tras mucho tiempo, siente de nuevo que la vida es mucho más que toda esa sangre derramada durante años por su espada. Pocas millas de distancia le separan de su casa, de sus tierras, de una mujer cuyo rostro borró el tiempo, de un hijo que jamás conoció, de una vida que quedó muy atrás y que se esfuerza por recordar.

"Recuerdo un sillón, al lado de la chimenea, una sopa humeante y un galgo que se tendía a mis pies. Pero quizás, no son realmente recuerdos, sino meros anhelos...", reflexiona, mientras nada. La noche estrellada invita al guerrero a hacer un fuego y en escasos minutos, devora sus últimas provisiones y se deja llevar por estrellas fugaces que, de nuevo, ve o cree ver. El sueño acaba venciendo a la débil vigilia y entonces las imágenes comienzan a solaparse entre sí: recuerda o cree recordar, el último beso a su mujer, antes de su partida; las lágrimas de ésta y las lágrimas veladas de él, sintiendo el horizonte al que se encamina como una amenaza; sueña con su espada, sesgando extremidades y nota o cree notar, el terrible hedor al finalizar una batalla. Pero de nuevo, un rostro femenino que enmarca unos ojos en los que desea perderse. "Maldita guerra que me apartó de tu lado. Mil veces maldita, al convertirme en una bestia, que luchando cada día por sobrevivir,  acabé olvidando quién era...". Y de nuevo, unas manos de mujer que acarician su rostro. Y unos labios en los que encuentra el mayor de los consuelos, para tanta desdicha en todo ese tiempo desperdiciado, para una vida destrozada. Sueña o cree soñar, que lo que queda de esa maltrecha vida, comienza a extinguirse. "Señora, en vuestro regazo encontré la vida y lejos de él, la muerte se cierne, sigilosa. Pero no puedo irme así, como un despojo, venid a mí, os lo ruego: que mis últimos momentos sea en vuestros brazos; durante todo este tiempo, lejos de ellos, no he querido sino llorar, la pena mi corazón encadena porque tus lazos han sido, día a día, mi libertad...". El guerrero sueña o cree soñar que exhala su último suspiro, entre lágrimas, desbordado por una pena inmensa que no puede soportar y que atenaza sus miembros, que siente o cree sentir, rígidos, inmóviles. Y entonces despierta. Allí sigue el cielo estrellado, allá su caballo. Olvidando todas sus pertenencias, completamente desnudo, comienza a cabalgar hacia el encuentro soñado con su hogar, con su mujer, con su hijo. Espolea el caballo y comienza a reconocer los paisajes, los lugares, por los que cabalga. Se emociona al contemplar el perfil de una fortaleza que identifica como su hogar y vuelve a llorar cuando abraza a esa mujer con la que soñaba, en el umbral de la puerta. Llora como nunca lo había hecho, besa los labios anhelados y entonces, vuelve a despertar. El hombre abandona su cama, abre la ventana y contempla la ciudad nocturna, mientras una música de saxo, a lo lejos envuelve de sensual melancolía la estancia. La melodía trae recuerdos de noches cargadas de humo y alcohol, de miradas en la penumbra de un escenario en el que los músicos manejan sus instrumentos con el alma. De besos apasionados en una calle desierta, de una lluvia repentina y de un soportal que acoge a dos amantes que viven el uno para el otro. El hombre acaricia el pelo mojado de la mujer, se deja perder en la mirada de ésta y entonces, despierta de nuevo...


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