sábado, 16 de septiembre de 2017

Aprendamos a convivir


"Será necesario, sobre todo, recordar a los padres y a los maestros que un educador que no siente gusto por su trabajo es un esclavo de su medio de sustento y que un esclavo no podría preparar hombres libres y audaces; que no podréis preparar a vuestro alumnos para que construyan mañana el mundo de sus sueños si vosotros ya no creéis en estos sueños; que no podréis prepararlos para la vida si no creéis en ella; que no podríais mostrar el camino si os habéis sentado, cansado y desalentados en la encrucijada de los caminos", Freinet, Una pedagogía moderna de sentido común. Los dichos de Mateo, primera edición en francés, 1959.

Es el problema de los grandes ideales: que se antojan, con frecuencia, como meros tópicos. Parece indudable que todos deseamos vivir en la más ejemplar de las sociedades, justo aquella cuyos miembros representan por sí mismos la quintaesencia de la convivencia democrática en un marco de relaciones regidas por unos principios éticos que sean reflejo de una civilización moderna en la que el equilibrio de derechos y deberes, tras siglos de ensayo y error, nos permita a diario convivir en el marco de un conciencia global de respeto mutuo. Sólo es posible vivir aprendiendo de los demás, pero para que ello sea posible,  no dejemos de cultivar, a diario, la tolerancia, reflexionaba Walt Whitman. Anhelos y sentido común, en la voz del poeta. Difícilmente es concebible una persona que discrepara al respecto y cabría preguntarse, en consecuencia,  qué impide que estos deseos comunes, universales, sean una realidad y no una simple proyección colectiva del imaginario popular, universo al que se relegan tantos sueños imposibles.
Quizás el problema, paradójicamente, seamos nosotros mismos; nuestra propia esencia humana que nos convence a todos/as de que esa sensación que nos acompaña de forma cotidiana y que se traduce en que tengamos la mejor de las opiniones sobre nuestra propia forma de ser y comportarnos en sociedad, invariablemente muy superior al resto de personas. En la celebrada escena final de La dama de Shanghái (The Lady from Shanghai, 1947) de Orson Welles, una metafórica sala de espejos devuelve imágenes de sus protagonistas, distorsionadas o no, reflejo de la ambivalencia humana: todos tienen sus razones, sus deseos y luchan, pistola en mano, por la consecución de los mismos; no hay personajes eminentemente buenos, aún menos malos de manual, ni fines, en apariencia, moralmente superiores a otros. En tal tesitura, la destrucción mutua parecería inevitable, en un mundo, como el nuestro, que en pleno siglo XXI ha acabado por socializar la violencia como algo inherente al comportamiento humano. Triste cotidianeidad en la que antes de escuchar las razones del otro, procuramos interrumpirlo con gritos. El reto no es otro que aprender a convivir, uno de los desafíos permanentes de la especie humana que una comisión de la Unesco, presidida por Jacques Delors plasmó en el esencial libro La educación encierra un tesoro en el año 1996.
Las ciencias experimentales como la sociología y la psicología han estudiado en profundidad la complejidad de los grupos humanos en el contexto de las organizaciones. Fuera de las mismas, basta invocar el infausto recuerdo del  Estadio de Heysel de Bruselas, en Bélgica, con 32 personas pisoteadas, literalmente, por una masa humana descontrolada. Y dentro de dichas organizaciones, bastaría, en muchos casos, con vivirlas día a día para experimentar como se materializa la peor esencia humana a las órdenes del narcicismo, la envidia, el mero orgullo o la sangre, no tanto la herida: las frustraciones, en definitiva, que nos hacen rechazar, odiar visceralmente a nuestro/a compañero/a. Y si ese odio particular no basta, que el mismo se generalice al resto de miembros de la organización, utilizando generalmente las más burdas estrategias a nuestro alcance, vía las peores manifestaciones de civismo imaginables, incluyendo el voceo y la difamación constante incluida. Y si la organización debe caer, para ver cumplidos nuestro afán de destrucción, que caiga a su vez.
No hemos dejado, desde nuestros ancestros, a lo largo de la historia de la humanidad, de destruirnos recíprocamente. Si nuestros orígenes estaban marcados por la mera supervivencia, cabe concluir que, probablemente, el falso orgullo ha venido a sustituir las necesidades básicas de antaño, para dejar rienda suelta a un odio cotidiano que se enciende en nuestro interior de forma súbita, en cualquier momento, en cualquier situación. Nos convertimos en guiñoles movidos por los hilos de la ira, el rencor, las frustraciones.
La convivencia debería ser ese fascinante ejercicio existencial que proponga una reflexión sobre el los derechos humanos y la situación del ciudadano en una sociedad que se ha construido con herramientas democráticas. Negar la convivencia significaría rebelarnos contra ella y convertir los lugares donde vivimos, donde trabajamos, en organizaciones decadentes y en el peor de los casos sin esperanza. Debemos aprender a dar sentido a nuestras vidas por nosotros mismos, utilizando nuestra propia sensibilidad, en un esfuerzo diario que debería hacernos sentir plenos, pues seríamos finalmente el resultado de nosotros mismos. Si los problemas emocionales, por el contrario, condicionan nuestra existencia, estaremos a un paso de una profunda desesperación  y de ese status de Orlando, furioso que parece caracterizar a todas las sociedades modernas, como símbolo de lo más nefasto de la naturaleza humana.
Aprendamos a convivir: es un reto urgente, imprescindible, quizás el mayor de los retos sociales y educativos. Y aprendamos a transmitir a las nuevas generaciones, al menos, que si nosotros no lo hemos logrado, ellos sí podrán hacerlo, en un mundo mejor que el actual; ese mundo en el que mirándonos a los ojos, seamos capaces de ser, simplemente, mejores personas, para con los demás pero también para con nosotros mismos. 




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