jueves, 3 de agosto de 2017

La ciudad perdida de Z, de David Grann

Fascinante, el libro La ciudad perdida de Z, de David Grann, publicado en el año 2009, con edición en España de la editorial Plaza y Janés. Ha vuelto a cobrar actualidad con la reciente adaptación cinematográfica dirigida por el cineasta James Gray, que aún no he visto, tras años de permanencia en los ránkings de best seller de EEUU y todo un historial de premios de los críticos literarios nortemericanos. David Grann, periodista de The New York Times, tras acceder y analizar en profundidad todas las fuentes posibles al respecto del teniente coronel Percival Harrison Fawcett, describe en su libro la azarosa vida del mítico personaje y se adentra, expedición al Amazonas incluida, como otros tantos que le precedieron, en el misterio irresoluble del destino final, en 1925,  en el transcurso de una expedición que recorría el río Xingú, en la vertiente sur del Amazonas, entre las densas selvas del este del Brasil, de P.H. Fawcett, su hijo Jack y un amigo de éste llamado Raleigh Rimell. Tras su desaparición, nunca se supo más de ellos ni de la suerte que corrieron, a pesar de otras muchas expediciones que intentaron localizarlos en los primeros años de la desaparición de los mismos, muchas de ellas a su vez desaparecidas en la espesura del Amazonas, o al menos encontrar sus restos, según las décadas fueron transcurriendo. 
Muy célebre en vida, Fawcett, explorador, militar y arqueólogo, nacido en 1867 en la localidad de Torquay del condado de Devon, Inglaterra, representó, en su faceta de viajero y aventurero, el estereotipo de caballero victoriano exponente fiel del imperio británico de la época y del anhelo, como primera potencia del mundo, con la Royal Geographical Society a la cabeza, de cubrir todas las regiones inexploradas del mundo. Fawcett exploró el Amazonas aportando abundantes datos científicos mientras una obsesión fue creciendo en su interior: localizar los restos de una fastuosa civilización extinguida, una ciudad a la que denominó Z. Como Francisco de Orellana, Pizarro, Juan Díaz de Solis y otros conquistadores en la época de la colonización española, la búsqueda de una suerte de El Dorado ocupó sus investigaciones, incluyendo todos los documentos generados por los conquistadores españoles, particularmente por cronistas como fray Gaspar de Carbajal. Un manuscrito de diez páginas, conocido como 512, que se encuentra en la biblioteca de Río de Janeiro y que relataba con toda claridad que en algún lugar de la inmensa región del Mato Grosso (un millón de kilómetros cuadrados: dos veces España) existía una inmensa ciudad perdida, fue definitivo para Fawcett en su imparable obsesión. Descubierto en 1753 es el testimonio de un grupo de cazadores portugueses que en el siglo XVIII había recorrido la zona. La descripción contenida en dicho manuscrito coincidía con las propias observaciones de Orellana cuando abrió el Amazonas en 1542.
El libro de  David Grann es un calidoscopio histórico, que paralelamente a la biografía de Fawcett (surgida de los numerosos escritos del propio explorador), describe la sociedad inglesa de la época, la Primera Guerra Mundial, así como los avances científicos en un contexto europeo ávido de conocimiento: cada logro de la Royal Geographical Society suponía un acontecimiento nacional y sus exploradores eran revestidos con la aureola de héroes. Paralelamente, nombres famosos, contemporáneos de Fawcett y amigos del mismo, aparecen en las páginas del libro, como Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes y H. Rider Haggard, autor a su vez de Las minas del Rey Salomón que facilitó al explorador una pequeña estatua de basalto negro y origen desconocido. Fawcett hizo que la estudiara un psicometrista, es decir un vidente, que vino a aseverar que el origen de dicha estatua estaba ligado a un linaje atlante. Por otra parte, el ex cónsul británico en Río de Janeiro, coronel O´Sullivan Beare, aseguró a Fawcett que tenía constancia, por muchas fuentes indígenas de toda confianza, de que la gran ciudad perdida con la que soñaba éste existía realmente y que era posible dar con ella recorriendo el río Xingú, en la vertiente sur del Amazonas, entre las densas selvas del este del Brasil. Desde el siglo XVI, decenas de miles de hombres habían buscado en la espesura del Amazonas civilizaciones perdidas que albergaran oro y riquezas inimaginables. Españoles, ingleses, alemanes y franceses habían recorrido de punta a punta la inmensa, impenetrable Amazonia siguiendo el rastro de mitos y leyendas majestuosas que hablaban de calles pavimentadas de oro. Nadie consideraba que fuera un mito: todas las tribus amerindias coincidían en avalar su existencia real. Los conquistadores españoles buscaron en el norte las Siete Ciudades de Cíbola y en el sur, el mito de los mitos, Eldorado y otros muchos siguieron su estela. Era el turno de Fawcett, que en su caso, había unido a todos las leyendas anteriores la de la Atlántida.
Fawcett, su hijo adolescente y un amigo de éste, desaparecieron en alguna región indeterminada del inmenso Mato Grosso, en tierras de las tribus kalapalo, baciary, arumá, suyá, aloique, xavante… Tribus que en aquella época aún eran salvajes y, algunas de ellas, caníbales. La mujer de Fawcett, que confiaba en las constatadas virtudes de su marido como explorador, estuvo esperando su regreso y el de su hijo toda su vida: Fawcett, con el paso de los décadas tras su desaparición, se había convertido, a su vez, en otra leyenda asociada a la selva amazónica, buscado por incontables personas (entre ellas un actor de cine), dado que la teoría más extendida era que el explorador seguía vivo, en contacto con la civilización atlante que había logrado descubrir. David Grann, el autor del libro, en su último capítulo, toma contacto con Michael Heckenberger, de la Universidad de Florida, habitante de la región de Xingú, plenamente aceptado por los nativos; Heckenberger había descubierto las ruinas de una gran ciudad amurallada, una monumental civilización precolombina de los siglos VIII y XIV de nuestra era y que posiblemente se extinguió andando el siglo XVI, víctima de las epidemias y/o de la llegada de los europeos. El tiempo había dado, finalmente, la razón a Fawcett, ocultando posiblemente para siempre, el destino que corrió el famoso explorador, víctima de sí mismo y de quimeras impregnadas de columnas de piedra erosionadas por el tiempo y de sueños de gloria.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Voyage, Voyage

Al probar mi primer salmorejo del año, constato que el verano ha llegado, definitivamente, tras sufrir días de calor asfixiante en la ciu...