miércoles, 2 de agosto de 2017

En el balneario


En el balneario (1977), de Herman Herman, el autor establece paralelismos entre los mecanismos de la vida cotidiana, tanto psicológicos como los propiamente derivados de la mera rutina diaria, con su estancia en un balneario, al que no logra habituarse pero en el que desea seguir estando. Las visitas al médico, las terapias sustentadas en los baños termales, el placer de un relax permanente, se convierten en el epicentro de cada uno de sus días, en los que el tiempo parece detenerse para dar paso a rituales de placer: las comidas, los tratamientos, la observación azarosa de otras personas, las conversaciones que surgen con éstas, las sensaciones que parecen acariciar al autor en esos días en los que se entrega al deleite de los tiempos muertos. Hesse reflexiona sobre el mundo, la vida cotidiana, sobre sus propios pensamientos y las actitudes de las personas con las que se cruza, siquiera de forma momentánea, sobre la importancia, en definitiva de los pensamientos positivos para mantener un cuerpo saludable y viceversa. 
La sociedad actual parece estar confrontada con los tiempos muertos: la vorágine de las redes sociales, los medios de comunicación en general, han transformado usos y costumbres, de forma exponencial desde la década de los 90,  hasta convertir al ciudadano en un engranaje activo al servicio del ruido informativo diario, constante, en que ha acabado convirtiéndose la realidad. Los nuevos dioses, a los que una gran mayoría veneran, tienen forma de 70 caracteres, fotografías que viajan de forma incesante por las redes y de titulares sesgados. Un contexto en el que, además, los padres combaten el aburrimiento de sus hijos como si estuvieran gravemente enfermos: malos tiempos, en definitiva, para compartir tiempos y espacios con uno mismo, sin más elementos que no se reduzcan a un buena compañía de carne y hueso y aún peores para la reflexión, los pensamientos, las sensaciones propias de la vida misma, en su esfera más humana y tangible, que no es otra que la que se deriva de nuestra propia sensibilidad utilizando todos nuestros sentidos, lejos, muy lejos, de mundos y ámbitos virtuales. Debemos volver, cabría preguntarse cómo, a aprender a estar con nosotros mismos, el mundo necesita de nuestro humanismo, no de nuestra capacidad, que parece infinita, de provocar griterío para sustituir a las palabras. 
Durante varios días, hemos disfrutado de una estancia en el balneario de Alhama de Granada. Como Hesse, nos hemos entregado al paso de los días ausentes de relojes, quedando el tiempo reducido a momentos y experiencias siempre gratas: en los copiosos almuerzos, los baños de algas, de chocolate; los masajes, los chorros de agua, la piscina termal; el agua a alta temperatura en contraste con la ducha fría; los exfoliantes, los aceites, las cremas... todo ello servido por las manos expertas de un personal especializado muy voluntarioso; los paseos a pie por los sugerentes alrededores, la siesta, el sueño profundo nocturno. El baño de la reina se realiza en una terma romana original, con aguas a muy alta temperatura y necesario contraste de agua fría, al menos, en mi caso, cada cinco minutos en ducha circular o directamente bajo un buen caudal en las duchas colindantes. Sensaciones que según se han ido acumulando, nos han envuelto, acariciado y mimado, logrando, no sólo los pensamientos positivos a los que se refería Hesse, sino al mismo tiempo, regenerar nuestros cuerpos y nuestras mentes. Días en los que los medios de comunicación dejaron de existir, incluida la televisión y los smartphones, ni siquiera un periódico, ni uno de esos titulares aludidos.En el contexto del balneario, todo ello eran elementos superfluos, inútiles para conseguir nuestro objetivo:  el placer pleno de sentirse consigo mismo, en la mejor de las compañías, sintiéndonos como el Ave Fénix; sin duda, volveremos, para renacer de nuevo, periódicamente. Y recomiendo a quién esto lea y pueda permitírselo, que haga lo mismo. Un brindis por el tiempo estival y por esta maravillosa experiencia.  

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