domingo, 23 de julio de 2017

XXX Festival de Jazz de Almuñecar

Treinta años cumplidos, este verano, por el festival de jazz de Almuñecar, uno de los festivales más veteranos de Europa y un referente absoluto en Andalucía para los amantes del jazz. Se echa de menos, en su página web, algún texto que hubiera rememorado la singladura del festival durante todos estos años desde sus orígenes, más allá de los programas de cada año y no he logrado encontrar referentes al respecto, pero es evidente que durante todo este tiempo, se ha dado un salto exponencial cualitativo y cuantitativo, desde un festival que posiblemente tuvo un origen modesto, desconozco qué personas han estado ligadas a su historia, con un fundamental apoyo de las correspondientes instituciones, hasta lograr, desde hace ya bastantes años, la presencia en sus programas de artistas de primer orden acompañada de una entrega incondicional de un  público, que al igual que ayer sábado, ha abarrotado, literalmente, las instalaciones del Parque El Majuelo, un maravilloso marco para las noches mágicas de cada una de las ediciones del festival, agotando las mil localidades, si no me equivoco, puestas a la venta cada noche y con entrega absoluta al artista o la artista correspondiente. Hace algunos años, paralelamente al festival, se celebraba un curso de la UGR, en su sede del Centro Mediterráneo, con el epígrafe genérico de Historia y lenguaje del jazz, si mal no recuerdo, de una calidad incuestionable como marco de divulgación del jazz y con el placer añadido de ver y escuchar a referentes absolutos, en España, de críticos de este género musical, como esa figura, me temo insustituible, que fue Claudio Cifuentes. Asistí a dos ediciones y en uno de esos días, en la Casa de la Cultura de Almuñecar, ocurrió algo que no puede ser mero azar, un momento mágico, tan asombroso como extraordinario: se hablaba, quizás en una mesa redonda, de Charlie Parker, Bird; la tarde anterior se había proyectado la magnífica película de Clint Eastwood y se analizaba la singular biografía y el virtuosismo del genial saxofonista y compositor estadounidenses cuando, de repente, un pájaro comenzó a revolotear por el escenario, con insistencia hasta detenerse... encima del piano. No, no pudo ser un mero azar y todos los asistentes estuvimos de acuerdo: Parker estuvo allí. Sólo uno, de tantos momentos fascinantes, no me cabe la menor duda, ligados al festival que yo he gozado, como espectador, dejándome hipnotizar por las voces e instrumentos de los Four Brothers: Jon Hendricks, Kurt Elling, Mark Murphy (pienso que uno de los momentos más involdables de la historia del festival); Arturo Sandoval; Kenny Barron Quintet; Stanley Jordan Trio; Charles Lloyd Quartet.... nombres que escribo a vuela pluma, de entre tantos y con los que no era posible dejar de emocionarse, de levitar. 
Para despedir esta XXX edición, los organizadores eligieron, para su cierre, a Myles Sanko, básicamente soul comercial con no pocas influencias de funk, el hip-hop y con derivaciones momentáneas a algunas baladas sureñas. El soul clásico y las sonoridades jazzísticas quedan muy diluidas, por no decir que inexistentes en un estilo de sonido irremediablemente british y Northern Soul e influencias abundantes de Staple Singers e incluso la música disco más ochentera, En definitiva, un artista, desde mi punto de vista de relativo interés y absolutamente desconextualizado del género que caracteriza al festival, pero... al que las mil personas allí presentes siguieron, corearon y bailaron con absoluta entrega todos su temas. Y eso quizás, sea lo más importante, por encima de todo. Que el festival nos siga acompañando cada verano, al menos durante otros treinta años.  

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