sábado, 15 de julio de 2017

Primer baño estival

Llegó el primer baño, sin duda tardío, durante la semana, inmerso aún en cuestiones laborales que se sucederán durante unos días más. Sin embargo, el baño en la playa, hizo el efecto terapéutico que todos esperamos: liberar neuronas de su habitual presión y relajar esa bloqueo, al que nos habituamos, de los hombros: no dejamos, a diario, de soportar pesadas cargas, algunas reales, otras hipotéticas, pero  todas dispuestas a desgastarnos si no somos capaces de afrontarlas, superando frustraciones, propias y con mucha frecuencia, ajenas, no en vano, según Unamuno, "la envidia es la íntima gangrena del alma española". Un rasgo cultural que marca nuestra idiosincrasia, o quizás el efecto de otra carencia. La envidia, quizás, es la capa superficial de un problema más de fondo: la falta de un espíritu autocrítico genuino, de la que tan escasos estamos en España y quiero pensar que en cualquier otro país. Sea como fuere, somos, con frecuencia, no sólo producto de nuestro propio esfuerzo personal y nuestra perseverancia diaria; también somos esa persona que los demás quieren y desean que seamos, sobre todo cuando somos víctimas potenciales de falacias lógicas de falsos dilemas o falsas dicotomías: o estás con nosotros o estás contra nosotros, por ejemplo, frase tan característica, aunque nadie la verbalice, en según qué organizaciones donde la ideología es un vehículo al servicio de intereses comunes. Por encima de todo y de todos, la consecución de los mismos en clara confrontación con los criterios propios, sean personales y/o técnicos. Seamos realistas: el mundo es así, simplemente. No conseguiremos cambiarlo, de la misma manera que nuestras acciones individuales difícilmente pueden afectar a una realidad impuesta por muchos, dispuestos a marcar al unísono y con suma disciplina el paso de la oca. Pero siempre será reconfortante pensar que la libertad individual, cuanto menos, podrá imponerse circunstancialmente a esas reglas del juego que se antojan inquebrantables y axiomáticas, como lograba Oscar, el protagonista de El tambor de hojalata, de Günter Grass, capaz, con su tambor, de transformar las notas de un marcha militar en un vals. O de ese Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, me temo que muy olvidado, que no dejaba de hacerse preguntas en su camino personal de superación.
Sea como fuere, debemos ser nosotros mismos para gozar, realmente, de un baño estival. Si renunciamos a nuestra propia identidad, ese baño lo disfrutará esa otra persona en la que, tristemente, nos habremos convertido. No podemos dejar que la metamorfosis se complete, asumiendo el rol de un Mr. Hyde, por más que incluso pueda llegar a gustarnos, esa es la gran paradoja, meternos en la piel y en los pensamientos de semejante individuo, por más parabienes que nos prometan si completamos la transformación. “Propónete ser tú mismo, y ten por seguro que aquel que se encuentra a sí mismo, pierde su desdicha"Matthew Arnold dixit.  "Sigue siendo tú mismo", me dijeron un día, cuando a mi alrededor, todos parecían conjurarse. Y ciertamente, no he dejado de hacerlo, entre bosques repletos de maleza para los que hace falta, necesariamente, un machete. Y en consecuencia, este primer baño del verano lo he disfrutado intensamente, uniendo a la salitre de las olas la esencia de mi propia persona, no la de otra. Sí, ser uno mismo tiene sus bellas, insustituibles ventajas, aunque los golpes duelan. ¿Pero qué es el dolor, comparado con un abrazo permanente, de nuestra propia conciencia?....


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