domingo, 9 de julio de 2017

Moonlight, de Barry Jenkins


Moonlight es la adaptación de la obra de teatro de Tarell Alvin McCraney y su título hace referencia a una idea popular en EEUU que afirma que los chicos negros parecen azules bajo la luz de la luna. Pero en el magnífico film que nos ocupa, la luz de la luna también va a ser testigo de uno de los escasos momentos de felicidad de Chiron, el protagonista: un lugar, en la playa y un momento mágico en la vida del protagonista en el que podrá amar y sentirse amado, un hecho singular, inédito, en su desgraciada biografía que Barry Jenkins nos narra en tres actos: infancia, adolescencia y madurez, mostrando con sutil elegancia los hechos que marcan el sombrío mensaje de una vida marcada por una madre drogadicta, el bullying, la homosexualidad y el racismo entre personas de color. Moonlight es la crónica de una dura infancia y una desesperanzada adolescencia de un joven afroamericano en los peores barrios de Miami; el fim que respira grisura y opresión, rehuye sin embargo los esterotipos y la sordidez, desarrollando un profundo retrato psicológico de todos los personajes y enfatizando la soledad de un personaje cuyas profundas carencias no impiden, en el tercer acto de la película, el segmento más intenso y emocionante, que Chiron muestre que sigue atesorando, por encima de sus circunstancias, una enorme sensibilidad que sólo anhela afecto, amor, comprensión. Los excelentes diálogos del film están presentes en el texto original del dramaturgo Tarell Alvin McCraney, autor del guión, con abundantes elementos biográficos y del propio Jenkins: Chiron (interpretado sucesivamente en sus diferentes etapas vitales por los actores Alex R. Hibbert, Ashton Sanders y Trevante Rhodes, todos magistralmente) sólo en su etapa de madurez  consigue hablar con fluidez, comunicarse con su primer y único amor, recuperando con la palabra una existencia que le fue robada por su propia madre y unos crueles y despiadados compañeros de colegio, que desemboca en tragedia. En este tercer acto, Chiron es un hombre musculado que impone respeto a su alrededor y que ha seguido los pasos, como traficante de drogas, de la única figura paterna que le acompañó brevemente en su infancia; pero en su interior sigue siendo el chico confuso y retraído que siempre fue, en esa ruptura explícita del protagonista con el arquetipo de personaje afroamericano tan presente en el cine. “Cuando creces, te dicen que siendo un hombre negro tienes que ser mejor que tus colegas. Tienes que ser fuerte, masculino y la fuerza más dominante en la habitación siempre. Así que automáticamente te bloqueas y no piensas que sea posible mostrar ningún tipo de vulnerabilidad en ti”, declaró Trevante Rhodes a los medios de comunicación. La ruptura del arquetipo, en tal sentido, es absoluta, mostrando durante todo el film a alguien que es víctima, en su fragilidad, de un ambiente permanentemente violento y hostil pero que no deja de soñar con un amor romántico y sexual durante su vida: la más terrible de las carencias, en el ser humano, es la ausencia absoluta de afectividad. Un drama sutilmente narrado (con ecos del Cassavetes de sus inicios) con un mensaje final esperanzador. Imprescindible, una de las mejores películas del año.

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