domingo, 11 de junio de 2017

Déjame salir, de Jordan Peele

Déjame salir (Get Out, Jordan Peele, 2017) es una muy singular película de bajo presupuesto (siete millones de dólares) que ha suscitado admiración entre la crítica especializada, a pesar de ser una opera prima de un actor secundario en películas de escasa calidad y que se trate de un film fallido. Sin embargo, son más las virtudes que los posibles defectos, los ofrecidos por Déjame salir, una sorprendente mezcolanza de ciencia ficción, terror y de denuncia social hacia una xenofobia omnipresente en EEUU, incluso en los sectores de izquierda aparentemente más progresistas, en los que se focaliza la película. Las influencias cinematográficas, por otra parte, presentes en el film, son abundantes: John Carpenter, John Frankenheimer y su Plan diabólico (Seconds, 1966), impresionante película injustamente olvidada, Stanley Kramer y su fundacional Adivina quien viene esta noche (Guess Who's Coming to Dinner, 1967), Roman Polanski y La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968), entre otras. Peele combina las líneas narrativas de su película con un notable pulso narrativo y una brillante composición de las escenas al servicio de una narrativa fílmica cuyo objetivo es sugerir y provocar, in crescendo, inquietud en el espectador; es ejemplar, en tal sentido, cómo se filma la llegada del protagonista y su novia, Chris y Rose al hogar de ésta: un plano general, lejano, en el que los personajes se saludan, a la entrada de la casa, sin poder distinguir a los padres de la chica; un breve travelling de retroceso que permite entrar en el plano a un criado negro, visto de espaldas: hemos visto la escena desde su punto de vista subjetivo para que finalmente, el verdadero protagonismo de la escena sea la casa misma, una mansión sureña inquietante. El terror que Peele nos plantea es el sugerido por las situaciones cotidianas: una aparente amabilidad de los padres de la chica y una naturalidad ante su condición de hombre de color que parece generalizarse a todos los vecinos. Una aparente ausencia de prejuicios en una amplia comunidad de personas progresistas y sonrientes pero con elementos que no dejan de provocar desasosiego al protagonista: la presencia de personas de color, bien en tareas de servicio doméstico o como uno de los miembros de la comunidad de vecinos, cuyas actitudes con Chris son sorprendentemente groseras; la madre de Rose, capaz de hipnotizar al protagonista... Como en la película citada de Polanski, el terror se oculta bajo la superficie de una cotidianeidad que se intuye artificiosa y en el caso de esta película, descubriendo sustratos donde la posición social y el color de la piel son elementos al servicio del sector más acomodado de la raza blanca, incluso de su inmortalidad, cuando el film se adentra en las vertientes del género de ciencia ficción sin dejar de constituirse como una cruel metáfora de la pervivencia de la esclavitud. Los únicos elementos que deterioran el impecable pulso narrativo de Peel son las secuencias oníricas, innecesarias y la introducción, forzada, del humor, a través del esperpéntico amigo del protagonista, así como su secuencia final, un singular anticlimax escasamente convincente. Pero por encima de todo, una película ejemplar en su propuesta y sobre todo su puesta en escena, sin duda uno de los más originales films de terror del año, muy recomendable.  


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