sábado, 6 de mayo de 2017

Yo era un tonto y lo que vi (y oí) me hizo dos tontos


Para la generación del 27 el cine se convirtió en  una gran novedad artística:  Todos ellos se declararon adictos al cine, lo consideraron, quizás de forma muy apresurada, el gran renovador de las artes, opinando que el teatro debía sumergirse en el cine, aprender de de su narrativa. Yo era un tonto y lo que he visto me hizo dos tontos rompió los moldes en el 27 con un poemario insólito. Alberti es el autor que mayor rendimiento poético le ha sacado a un género específico como es el de la comedia americana: por sus páginas asoman Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy,entre otros muchos brillantes actores cómicos de los inicios del cine, probablemente muy olvidados y sin duda desconocidos para las nuevas generaciones. Alberti retrata al tonto como ese buen hombre, el que nunca va con segundas intenciones, el que se lleva los trompazos y al que golpea la policía por cualquier motivo, como tantas veces recreó Charles Chaplin en pantalla, a través de Charlot, el vagabundo en cortos y películas impregnadas de delicadeza y gags inolvidables. El título del poemario, que se debe a José Bergamín, ha quedado como una frase hecha, también olvidada, que define el infortunio inesperado, sin duda injusto y necesariamente cómico al sumir a su víctima en situaciones absolutamente extravagantes (Chaplin cocinando sus zapatos en La quimera del oro (The Gold Rush, 1925), Buster Keaton perseguido por docenas de mujeres vestidas de novia en Siete ocasiones (Seven chances, 1925),  Harold Lloyd colgado del reloj de un edificio en la icónica El hombre mosca (Safety Last!, 1923), Stan Laurel y Oliver Hardy utilizan los dedos de sus manos a modo de mechero en una  escena de Way Out West, 1937... La eclosión absoluta del splastick al servicio de abundantes situaciones con universos humorísticos, imposibles, profundamente surrealistas. Como la que yo viví recientemente, como espectador de una mesa redonda, con representantes de diversas formaciones políticas y gran protagonismo, cada uno de ellos/as, en el sistema educativo, dando que están presentes en las instituciones en la que se organiza políticamente el autogobierno de nuestra Comunidad Autónoma. Nuestros legisladores en todos los aspectos que conforman el sistema educativo. Sus intervenciones, sin embargo, estaban muy lejos del conocimiento y desde luego de cualquier análisis riguroso de los indicadores básicos de la Educación. Por el contrario, las argumentaciones, si acaso merecen esta denominación las meras exhibiciones ideológicas a veces manifestadas a través de discursos vacíos tristemente populistas de los presentes, no interesaban lo más mínimo, en un contexto de profesionales del mundo educativo con profundos conocimientos al respecto. En definitiva, una triste tortura que alguien, a mis espaldas, no dudó en sintetizar en voz alta: "... y estos son nuestros representantes políticos, nada menos, del mundo de la educación..."  Una lapidaria afirmación a esa esperpéntica sublimación al mero servicio de la confrontación política que caracterizó aquella mesa de expertos en educación de varias formaciones políticas. Al finalizar la misma, abundaba el escepticismo inteligente, en forma de humor negro pero sobre todo una descorazonadora ironía ante el futuro. Si estas personas eran los especialistas en materia educativa y posiblemente responsables de las decisiones ejecutivas que van a decidir qué deben hacer y cómo los miles de profesionales que prestan sus servicios en los Centros Educativos, ¿qué se puede esperar, en el futuro, incluso a medio plazo, de uno de los pilares fundamentales de la sociedad si pretendemos que la misma esté integrada por personas abundantes en conocimiento y competentes para usar el mismo, esto es, de ciudadanos en un marco democrático de convivencia? Yo era una de ese largo centenar de personas, presentes en un salón de actos abarrotado, uno de muchos tontos al esperar tanto y recibir tan poco. Un tonto asistente a un  espectáculo de broza dialéctica, en el que lo que vi y oí, me hizo ser dos tontos.

 


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