viernes, 12 de mayo de 2017

Viernes, en la ciudad

El sonido del saxo no existe y es imprescindible: en minutos, todas la estancias de mi casa son recorridas por Charlie Parker y noto que al fin, mis articulaciones se relajan y mis neuronas regalan al vacío sus últimas resistencias, "por fin es viernes", susurran, casi convencidas. Quizás si busco el tema Last Dance de Donna Summer, de la exitosa película del mismo título, acabarían por abandonar el escepticismo que las caracteriza, pero, me digo a mi mismo, es inútil intentar engañar a la propia naturaleza: optimismo, sin duda, pero con ese ápice de reserva que no nos abandona, prácticamente desde que adquirimos conciencia de nosotros mismos. Me asomo a la ventana y reflejo mis recuerdos infantiles en una transeunte que parece elevarse en su andar pausado sobre la acera, recreando aquellos tiempos en que la vida era eterna, la magia aún posible y el deseo infantil, insaciable. Pero a continuación, también me veo sobre una vespa color rojo, respirando bocanadas de atardeceres estivales, pleno de deseos y rodeado de colores intensos de esperanza, entre espetos de sardinas, lecturas de Thomas Mann y la más abrumadora, en definitiva, de las ingenuidades, rosas en el mar.
"Y yo me pregunto, cómo es posible pasar de la apatía a la euforia, de los jirones de la piel al compás de una verbena etílica, del vértigo de los acontecimientos al anhelo de que acontezcan vértigos...", escribo, dejándome llevar por Bird pero también, a continuación, por Malú, pastiches sólo excusables por un tiempo de primavera otoñal. No hay excusas, no hay argumentos, ni Torres de arena (en la voz, obviamente de Marife de Triana), sólo la vida misma y salmos compulsivos entre frases orgásmicas: "¿por qué realizar una obra cuando es tan bello sólo soñarla?", como expresaba, quizás, Giotto. Soñemos, sin duda, en primer lugar, pera a continuación, venciendo nuestras dudas, procedamos a tallar la estatua de nuestro jardin botánico, de nuestras propias vidas. Que el cincel y el martillo se recreen entre visiones románticas de la naturaleza, que diría Ruskin y retornemos a la ingenuidad de los acordes de Nacha Pop: me asomo a la ventana y es la chica de ayer, jugando con las flores en mi jardín...
Es hora de que mis ropas me vistan de mí mismo; que mis pisadas se pierdan entre calles laberínticas adornadas por neones, música en off y ruidosas aglomeraciones en las que reina la euforia etílica y el deseo del otro. Bares, qué lugares, tan gratos para conversar, no hay como el calor del amor en un bar: me espera, en la mejor de las compañías, algún que otro vermut entre asentadas miradas cómplices abundantes, en efecto, de romanticismo, entre crisoles de esperanza donde vivir para vivir es realmente lo importante. Salimos por la puerta y el ruido de la misma vida, nos envuelve.

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