lunes, 10 de abril de 2017

Paterson, de Jim Jarmusch

Interesante periplo cinematográfico de Jim Jarmush, hasta la fecha, siempre fiel a su estilo de cine minimalista y con especial apego a la recreación de tiempos muertos, siempre muy lejos de la narrativa clásica y tradicional, centrándose en cambio en las atmósferas y una introspección psicológica de sus siempre peculiares personajes, a costa de una desaparición de una trama propiamente dicha y rodando permanentemente desde los parámetros propios del cine independiente USA, donde es considerado uno de sus máximos exponentes. En sus películas, caracterizadas prácticamente todas ellas por un humor negro, abundan esos personajes inclasificables que se caracterizan por perfiles de perdedores natos pero sin sentimientos trágicos al respecto, convictos humanistas y chaplinescos (los tres protagonistas de la inclasificable Down by Law (1986), con Roberto Benigni a la cabeza: "I Scream, You Scream, We All Scream for Ice Cream"), personajes lacónicos e imposibles desplazados a otras épocas (Dead Man (1995), El camino del samurai (1999), peliculas extremadamente singulares) y en general un calidoscopio de individuos retraídos y tristes que son al mismo tiempo extremadamente encantadores, abundando en esa sucesión de escenas contemplativas, con frecuencia silenciosas y prolongadas tomas fijas sello característico del director, siempre al servicio no tanto de una tesis como de dar rienda suelta a retazos de vida de sus personajes.
En Paterson (2016), el protagonista de la película de Jarmush es un conductor de autobús  (Adam Driver) inmerso, día a día, en su cotidianeidad: su trabajo, su mujer, su cerveza nocturna tras pasear al perro. Durante siete dias, las imágenes del film recrean su existencia recreándose en los tiempos muertos propios de su vida, que podría ser la de cualquiera salvo por un detalle esencial que define al personaje, en su personalidad sensible: es un poeta cuyos versos son fruto, a diario, de esa dulce existencia que Jarmush recrea con sutil delicadeza, a modo de poema con siete estrofas, los días de la vida del protagonista que se recrean en el film. Pateron se inspira en los elementos ordinarios de su vida: las conversaciones con su mujer (Golshifteh Farahani, excelente); los retazos de conversaciones de los pasajeros en su autobús; una caja de cerillas que da lugar a un poema de amor; los encuentros, a veces con personajes singulares, en su pub habitual, paseando a su perro Vincent (que representa el único elemento de la vida del protagonista que no es de su gusto). Versos libres y austeros que van tomando forma hasta que los vemos escritos en la pantalla cuando están finalizados, leídos por el protagonista en ese viaje interior repleto de magia y atmósfera cercano a la propia ciudad a la que pertenece Paterson, con la que comparte nombre: esas imagenes recurrentes de las cataratas del río Passaic, lugar que frecuenta el poeta protagonista y una de sus fuentes de inspiración junto a ese crisol de situaciones y personajes entre las que destaca su propia esposa, de la que Paterson está profundamente enamorado y cuyas aficiones y sueños, abundantes en sensibilidad, crean una historia paralela que inunda la pantalla en cada una de sus apariciones, gracias a la magnífica interpretación de la actriz Golshifteh Farahani. Paterson, en este contexto vital, es la personificación de lo afable, de lo profundamente humano y Jarmush sitúa la cadencia narrativa de la película justo a la altura del personaje: la reiteración de los días se desliza en sus imágenes sin crepitar, dejando vía libre a los sentimientos y las emociones simbolizados en el cuaderno de poemas del protagonista y recordándonos, a los espectadores, que la magia de la vida se escribe minuto a minuto.Un film lírico, que envuelve, en su aparente sencilla estructura todo un armazón de semiótica fílmica  de gran complejidad; la cámara de Jarmush, en esta quizás su mejor película, equilibra la fascinación y la emoción de sus personajes, hasta su exteriorización en sus vidas diarias, tan cercanas, tan repletas de gestos cotidianos: el director, literalmente, nos hipnotiza de naturalidad, dando paso a una simbiosis de corrientes de lirismo y vitalidad en la que todos podemos reflejarnos. La felicidad, es la tesis de su director, se encuentra en todos los momentos de nuestra vida, a condición que tengamos la suficiente sensibilidad para aunarlos y disfrutar de los mismos. Como hace el protagonista, que ante la destrucción de su cuaderno de poemas por su perro, simplemente optará, de nuevo sentado frente a las cataratas, por comenzar de nuevo a escribir: la vida sigue si la sensibilidad no se agota. Imprescindible. 

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