martes, 11 de abril de 2017

Algo salvaje, de Jonathan Demme

Es probable que Algo salvaje (1986) sea una película algo olvidada en el conjunto de la filmografía de Jonathan Demme, que alterna películas de gran éxito comercial y crítico con otras menos celebradas. Entre las primeras, sin duda, Stop Making Sense (un concierto de los Talking Heads, 1984), Philadelphia (1993), pero sobre todo El silencio de los corderos (1991), un mediático thriller, ganador de cinco óscars, que se ha convertido en toda una referencia icónica cinematográfica, vía Anthony Hopkins y su caracterización del personaje del Dr. Hannibal Lecter, surgido de la pluma del novelista Thomas Harris, entre otros elementos notables en la película. Una filmografía, en consecuencia, irregular, la del famoso director, productor y guionista estadounidense con una especial pasión por la filmación de la música en directo: "La comunión con la música en directo es la forma de cine más pura que existe. La meta es no mostrar la música, sino que el cine interactúe con ella y se convierta en parte de la experiencia”, como demuestra su trabajo con los Talking Heads ya citado, toda una película de culto, así como sus tres trabajos con Neil Young y uno con Justin Timberlake. Oculta entre dicha filmografía se encuentra Algo salvaje, un ejercicio de estilo combinando eficazmente géneros tan diversos como la road movie, screwball comedy, película de psychokiller, comedia romántica pero también drama. Un vehículo al servicio de sus tres protagonistas, Charlie Driggs (Jeff Daniels), Audrey “Lulu” Hankel (Melanie Griffith) y sobre todo Ray Sinclair, un loco violento, intérpretado por Ray Liotta, el gran descubrimiento de la película. La trama se sucede desde el encuentro de Charlie y Audrey, que emprenden, tras conocerse, un alocado viaje hasta la localidad natal de ella hasta que irrumpe su marido, recién salido de la cárcel, que quiere recuperarla. En la primera parte de la película, abundan las situaciones características de la screwball comedy, generadas por el rol interpretado por Melanie Griffith de mujer absolutamente desinhibida e imprevisible; desde la irrupción de Ray Liotta en escena, la película torna a un relato inesperado entre el asesino psicópata, tal es la impresionante caracterización del actor y el drama, finalizando con un romanticismo inevitable, dada la especial singladura de los dos personajes protagonistas. La gran virtud de Demme es la mezcla equilibrada de todos estos géneros y la naturalidad narrativa para pasar de uno a otro sin desvirtuar la historia propuesta y sin que las actitudes de los personajes, transformadas en razón de las tramas, resulte abrupta en sus transformaciones, por el contrario derivadas de cada una de las situaciones (Melanie Griffith cambia su peinado y su color de pelo, en casa de su madre, para complacer a ésta, pero  justo antes de que aparezca, abruptamente su ex marido: se anticipa visualmente un cambio de registro notable en la película). Demme rueda con precisión y economía de medios, pero al mismo tiempo con una planificación rigurosa de las escenas, abundando en una semiótica brillante en la composición de los planos (la escena final donde muere accidentalmente Ray es absolutamente magnífica, centrándose en primeros planos alternados de Jeff Daniels y Ray Liotta). Una road movie, en definitiva, moviéndose con absoluta naturalidad en diversos géneros cinematográficos que se disfruta hasta su final, en el que la rapera Sister Carol interpreta el tema central del filme. La música, de hecho, es otra de las señas de identidad de la película, omnipresente en toda la película: en las radios de los coches, en el baile, en la calle, entonada por un grupo de raperos...  Una magnífica película, a recuperar. 



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