sábado, 29 de abril de 2017

A trompicones

Algo le ocurre a una sociedad en la que sus miembros tienen serias dificultades para entenderse. Algo que debería ser objeto de un diagnóstico y sobre todo, de un tratamiento urgente que pudiera aliviar esos alarmantes síntomas de enfermedad, que se manifiestan en la más elemental cotidianeidad. Una mujer que está al frente de una panadería, cerca de mi casa, me confesaba el otro día: "... lo más triste de un trabajo muy monótono es que absolutamente nadie entra a la tienda con un mínimo de cortesía; nadie saluda con un buenos días, buenas tardes o incluso una mera sonrisa...". En mi trabajo diario, se suceden continuas, constantes manifestaciones verbales de personas que, sin ser conscientes en el mejor de los casos, han volcado sus frustraciones en otros familiares. No hablan de éstos, por más que el motivo de la entrevista tenga que ver con ellos: hablan de sí mismos, de sus decepciones, desencantos, desilusiones, por más que intenten proyectar estas sensaciones en otros, mediante argumentos al servicio de una triste terapia que con frecuencia, oculta en su seno egoísmos inconfensables.
Soñamos con existencias siempre distintas a la nuestra y esos sueños, al alejarse de los territorios de Morfeo, nos impulsan a adquirir tickets de aspiraciones que pospongan, el máximo tiempo posible, el encontronazo entre la falta de concordancia del sueño y realidad. Nos negamos a alejarnos del territorio onírico en el que nos sentimos mejor por el simple hecho de no sentirnos aún peor: nuestro hijo es, por fin, en el anhelo de nuestros deseos, el aplicado estudiante, muy inteligente y ejemplo de virtudes con el que siempre soñamos; mi trabajo está bien remunerado, mis compañeros son ideales y es aquél trabajo para el que me preparé, durante tantos años; mi pareja me ama y a diario su amor se manifiesta en los más pequeños detalles cotidianos; mi cuerpo es como el templo de peregrinación de centenares, miles de miradas de deseo, es un cuerpo perfecto, es un cuerpo sensual que jamás conocerá la erosión; todo el mundo tiene la mejor de las opiniones sobre mi, soy esa persona apreciada y reconocida, esa persona que causa admiración allá por donde pasa, la persona que todos quisieran tener su amistad...   Nos repetimos a nosotros mismos, sólo para acabar vociferando y negando que la realidad, sin embargo, es otra bien distinta. Una realidad a la que no saludamos, ni en la panadería ni en ningún otro sitio, que nos vuelve poco a poco, mellando en el tiempo nuestra propia dignidad, viscerales, violentos, menguando nuestra generosidad para con los demás, sobre todo para con nosotros mismos. 
Difícil mochila, para el viaje de nuestras propias vidas, según el contenido que despositemos en ella. Recuerdo una vez que presencié una fuerte discusión entre dos personas. Una discusión visceral que finalizó de forma abrupta: una de esas personas se dirigió a la otra, "...está bien, te perdono; lo hago porque no quiero pasarme el resto de mi vida odiando a alguien..." Me asombró la lucidez de esa persona y aún recuerdo la expresión de perplejidad de la otra, ante una lección de vida sin necesidad de aspavientos en escenarios repletos de atrezzo teatrales. El telón tras el que se representa la vida, nada más.  Como ha indicado J. Habermas (1985), se busca un principio puente, que nos permita pasar de sentimientos morales, de intereses, de todas formas comunes a muchos en situaciones semejantes, a principios morales. Se busca la manera de pasar de juicios espontáneos de aprobación o desaprobación de determinados comportamientos por parte nuestra o de nuestros conciudadanos a juicios morales propiamente dichos, aquellos que pretenden ser correctos, normativamente válidos para todos los participantes en la sociedad. Pero además, por otra parte, una de las canciones de My Fair Lady, Wouldn’t it be loverly la protagonista, Eliza, expresaba: "Sólo quiero una habitación, una mesa y un buen colchón, con un enorme y gran sillón…¡Esto es ser feliz! Mil bombones comer allí, a montones carbón pedir, de cara, manos, pies arder…¡Esto es ser feliz!" ¿Una utopía? Quizás, pero necesaria, posiblemente urgente para que logremos, a diario, buscar puntos de cohesión social que nos permita a todos/as, ser más felices, en sociedades cada día más complejas. O conseguimos entendernos o el peso de esa mochila se nos volverá absolutamente insoportable: aprendamos, por contra, a vivir sin dejar de convivir. Comencemos con nosotros mismos.

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